sábado, 10 de marzo de 2018

A PROPÓSITO DE LA SEMANA SANTA DE ZAMORA II


Resultado de imagen de barandales monumento


Ahora le toca el turno de aparición a unos personajes emblemáticos de las procesiones de la Semana Santa de Zamora. Me refiero en primer lugar al Barandales, que era la persona que abría las procesiones haciendo sonar un par de campanas que llevaba atadas a las muñecas y al homenaje que le rindió la ciudad de Zamora en 1994, con motivo de celebrarse el cuarto centenario de la aparición de tan entrañable personaje de nuestra Semana Mayor. El homenaje consistió en erigirle en su recuerdo en la Plaza de Santa María la Nueva, situada en los aledaños del Museo de Semana Santa, una escultura del Barandales, en bronce y en plena acción, obra del imaginero zamorano Ricardo Flecha, escultor zamorano, nacido en 1958, que comenzó su actividad como aprendiz en el taller del escultor también zamorano Ramón Abrantes, del que ya hemos tenido ocasión de hablar en este blog.

Antiguamente debido a la prescripción litúrgica, las campanas de las Iglesias de Zamora enmudecían desde la tarde del Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, de ahí surgió la necesidad de la figura del Barandales. Para que la percusión metálica de sus campanas recordara a los fieles la celebración de los distintos oficios y acontecimientos que se fuesen sucediendo en la pasión zamorana. Así pues, con el sonido característico de esas dos campanas que llevaba pendientes de sus muñecas, este singular “campanillero” abría la marcha de tres cofradías: la Santa Vera Cruz, el Santo Entierro y Nuestra Madre de las Angustias. Doscientos años después las cofradías de la Borriquita, la Tercera Caída, el Vía Crucis, la Virgen de la Esperanza y Luz y Vida, no queriendo ser menos, introdujeron esta figura humana tan emblemática es sus desfiles procesionales con el mismo cometido. Por todo esto, Barandales es una de las figuras más representativas de la Semana Santa de Zamora.
En mi Zamora entre la ausencia y el reencuentro incluí estos versos dedicados a España, la primera persona que hizo de Barandales que conocí de niño:
“Tío Barandales, dales, dales…,
suena en el alma de los chavales,
mientras los pasos pasan perennes
por las callejas viejas, solemnes.
Esas campanas, como latidos,
suenan a tiempos nunca perdidos
en lo más hondo del corazón,
como una eterna, viva canción…
Semana Santa de mi ciudad.
Los pensamientos son de piedad
mientras voltean esas campanas
y ves las gentes tras las ventanas
mirar con ojos tiernos, llorosos,
los latigazos tan dolorosos
que Dios padece en su soledad.
Sigue sonando, tío Barandales,
tío Barandales, dales, dales…
Para que nunca nos olvidemos
de aquellas cosas que bien sabemos
que forman siempre nuestra Verdad.”
 



Resultado de imagen de barandales monumento 

Y ya que hablamos de homenajes hechos por medio de esculturas, mencionaremos el grupo escultórico titulado el Merlú, obra del pintor y escultor zamorano Antonio Pedrero. El conjunto, también de bronce, como el de Barndales, está formado por dos encapirotados, uno con corneta y otro con tambor, que, ubicados sobre un pedestal de piedra delante del templo de San Juan Bautista, en la Plaza Mayor, recuerdan a los dos cofrades de carne y hueso que en la madrugada del Viernes Santo recorren las principales calles de la ciudad avisando a los 6.000 hermanos de la Cofradía de Jesús Nazareno de que va a comenzar la procesión que tiene su salida de madrugada del  templo citado.




jueves, 1 de marzo de 2018

A PROPÓSITO DE LA SEMANA SANTA DE ZAMORA I

Ahora que la Semana Santa de mi tierra está a la vuelta de la esquina, quiero traer aquí algunos textos de mis Seducciones zamoranas, libro que estoy a punto de dar a conocer. A la sección GENTE DE LA TIERRA pertenecen los dos que siguen.

Resultado de imagen de ramon abrantes

Ramón Abrantes
Mientras que por motivos obvios, como enseguida quedará patente, comienzo este recorrido por el escultor Ramón Abrantes, a mi memoria vienen otros nombres de gentes sencillas e ilustres que tuvieron que ver con mi infancia y adolescencia, desde aquel vagabundo anónimo que todos los veranos aparecía en la arboleda con la manta al hombro, hasta el cantero con nombre y apellidos, al que dediqué unos versos que siguen escritos en un libro de piedra sobre su tumba del cementerio de San Atilano, pasando por el Barandales de las procesiones, el herrero de mi plazuela, el inocente que desfilaba como un cofrade más en la Semana Santa serio y digno, los ciegos cantadores del Mercado de Abastos, el maestro de la escuela de Cabañales que me enseñó a querer el Romancero o el profesor del Instituto que me infundió el gusto por la Literatura, aquel inefable don Ramón Luelmo, que nos enseñó a amar la literatura a varias promociones.
Este otro Ramón, Ramón Abrantes, perteneciente a la escuela de San Ildefonso, había nacido en Corrales del Vino en el invierno de 1930. Su familia fue mucho tiempo vecina de la mía y su madre, la señora Luisa, hacía de comadrona de las mujeres del barrio que se ponían de parto; fue ella precisamente quien ayudó a mi madre a traerme al mundo. Ramón, de formación autodidacta, pronto montó su taller cerca de la iglesia de San Cipriano, al otro lado del Puente de Piedra, y se atrevió a esculpir con materiales muy diversos: madera, bronce, granito, pizarra... Más tarde, consagrado como artista de reconocimiento nacional, trasladó su taller al lugar en el que trabajó hasta su fallecimiento, en  la calle Sacramento, detrás de la iglesia de San Juan Bautista, templo en el que solía guardarse la única obra de Abrantes encaminada a desfilar en Semana Santa, la Virgen de la Amargura (1959), concretamente todos los Lunes Santos en la Hermandad de Jesús en su Tercera Caída, acompañando al Jesús Caído de Quintín de la Torre, que el propio Abrantes restauró en 1961, y la Despedida de Jesús y María de  Pérez Comendador. En su taller se expone la mayor parte de su obra escultórica, aunque existe mucha en colecciones particulares. En uno de mis retornos a Zamora me mostró en el taller de la calle Sacramento, con un orgullo que me emocionó, el primer caballete que tuvo, mientras me decía: “Mira, Esteban. Este caballete me lo hizo tu padre.” Buena parte de sus esculturas presenta la figura de la «mujer-madre» en varias situaciones como eje central de la obra, incluidas las de iconografía católica. Entre sus mejores amigos figuraron el escultor Baltasar Lobo y el poeta Claudio Rodríguez, ambos también paisanos de la tierra (debo añadir que precisamente en uno de mis retornos a la ciudad del Duero, mientras visitaba con un amigo la exposición escultórica del taller de Abrantes, éste me regaló un libro del poeta titulado Claudio Rodríguez para niños).  Ramón murió en Zamora en el verano de 2006, al mes siguiente de otra de mis visitas a su taller, cuando el artita ya estaba muy enfermo. Al poco tiempo de mi vuelta a Barcelona, La Opinión de Zamora tuvo la generosidad de publicarme una carta en recuerdo del escultor.
En mi separata Zamora entre la ausencia y el reencuentro, 1995, recuerdo la primera visita que hice a su taller con estos versos:
“Voy de asombro en asombro porque Abrantes
me enseña el caballete que le hiciera
mi padre en otro tiempo, en la primera
hornada que esculpieron los amantes
diamantes de sus dedos. Los diamantes
postreros me los muestra en primavera
--¡oh tacto cuidadoso y luz certera
de tallas femeninas y brillantes!--.
Voy de asombro en asombro por el Arte
que Abrantes muestra vivo por su casa
en bronce, en barro, en piedra… Y es tan fuerte
a huella que en el alma me reparte,
que, aunque sé que su cuerpo muere y pasa,
lo que posee de dios no tiene muerte.


 Resultado de imagen de ramon alvarez zamora

Ramón Álvarez

Otro Ramón grande fue Ramón Álvarez, que es el más importante de los imagineros zamoranos. Nació en Coreses, pueblo situado a la orilla del Duero, a pocos kilómetros al norte de la capital, en septiembre de 1825. De familia humilde, no tuvo más formación que la que se podía procurar un artesano, y hasta los treinta años ofició de hojalatero. A edad madura cursó el bachillerato, y tras enseñar dibujo en la Escuela de la Sociedad Económica de Amigos del País, obtuvo por oposición una cátedra de Dibujo lineal, adorno y figura en el Instituto de Segunda Enseñanza de Zamora en 1866. Y cuando la imaginería procesional decae en la capital aparece con fuerza Ramón Álvarez para dar forma y popularidad a su Semana Santa de tal manera que cabe afirmar que las figuras más representativas de los pasos que desfilaban por las calles y plazas de la ciudad salieron de sus manos o de las de los alumnos que se formaron en su taller. Los elementos que más se emplearon en la confección de las imágenes fueron muy sencillos, como la escayola y la tela encolada que, unidos a la madera y debidamente pintados transferían vida y verosimilitud a las figuras. Lo económico de los materiales usados y la genialidad del escultor se unieron para que sus pasos, cuya carga dramática movía a la devoción de los fieles y espectadores, fuesen requeridos por la mayoría de las cofradías semanasanteras. Por ello conviene afirmar que Ramón Álvarez, más que un escultor, fue un excelente imaginero y que su obra es sobre todo expresión plástica local y afirmación de lo vernáculo, así que para comprenderla en su exacto significado y valorarla justamente hay que situarla en el marco espacio-temporal de la Zamora de la segunda mitad del siglo XIX. Y que su genialidad estriba, más que en la sencillez de su concepción artística, en ser forjadora de una piedad y devoción que incluso en la actualidad es capaz de suscitar multitud de emociones.
Entre sus obras destacan La Soledad, El Descendimiento, La Virgen de las Angustias, La Lanzada, La Crucifixión, La Verónica o La Caída, que era el paso preferido de mi padre y del que tanto me habló siempre. Recuerdo con muchísimo cariño lo que me decía del paso en su conjunto y de las figuras que lo componían,  del niño de la cesta de los clavos, del sayón que tira de la soga que pende del cuello de Jesús, del otro esbirro que apoya un pie en su espalda y le amenaza con el puño en alto, del Cirineo que le ayuda a llevar la cruz, de la Virgen María que asiste desconsolada a la desgracia de su Hijo, de la Magdalena que intenta consolarla y del propio Jesús, que mira a ambas mujeres, agradecido y comprensivo del dolor que sufren por él. 

viernes, 23 de febrero de 2018

EL PODER DE LA MÚSICA EN LA ANTIGÜEDAD



El pasado 22 de febrero estuve en Caixa Forum de Barcelona visitando la exposición "Músicas en la antigüedad" y viví emociones que no me había imaginado, caminando por miles de años atrás entre las civilizaciones de Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma principalmente, gracias a la generosidad de la Obra Social de la Caixa y los museos del Louvre y el Louvre-Lens, este último subsede del famoso museo de París y enclavado en la ciudad de Lens (Paso de Calais), sin olvidar las valiosas aportaciones de museos de la importancia del Arqueológico Nacional de Atenas o el Metropolitan de Arte de Nueva York.
Mientras hacía el recorrido por las salas de la exposición, salían a mi encuentro instrumentos musicales de hueso, caña, madera, cuero, bronce o marfil, que me desvelaban no sólo la habilidad de los artesanos que los habían construido, sino también los músicos, unos profesionales y otros meramente aficionados, que los habían tocado para alegrar y consolar en diversas etapas de la vida y de la muerte de sus coetáneos, desde el mismo momento de abrir los ojos al mundo en su nacimiento hasta el triste instante de cerrarlos antes de enfrentarse con el misterio del más allá, pasando por el campo de batalla, los casamientos o las celebraciones políticas y religiosas.
En estelas funerarias, relieves monumentales, sarcófagos, papiros egipcios, tablas cuneiformes, vasijas griegas, joyas, objetos, tallas y esculturillas de las más diversas formas y volúmenes, ante mis ojos desfilaban en mayestático silencio pero sugiriendo músicas y sonidos desaparecidos para siempre desde sonajeros hasta arpas, pasando por cuernos de guerra, liras, cítaras, trompetas, aulós, laúdes, flautas, platillos, tambores o los misteriosos sistros, uno de los cuales sostiene el dios egipcio Osiris, señor del silencio y de la muerte.
Un paseo por las músicas del pasado que ya no suenan pero que fueron cuna y origen de las que hoy nos acompañan en la alegría y la tristeza con su imparable poder evocativo.



ANTE EL SARCÓFAGO DE JULIA TYRRANIA

Tenías veinte años y te llamabas Julia.
Eras rubia y menuda como un aro de oro
y rïendo ocultabas como una niña el miedo.
Cantabas en el templo y tocabas la cítara.
Soñabas que la vida era siempre un altar
que te lo daba todo con sólo desearlo.
Comparabas los besos con frambuesas bebidas,
y en tus ojos el cielo aprendía otro azul.

Tenías veinte años y te llamabas Julia,
y el sol copiaba el brillo del oro de tu pelo.
Andabas por el foro como en el mar las olas,
Y los hombres volvían la cabeza al pasar,
Soñando con tu abrazo de Venus impugnable.
La vida te envidiaba y te ansiaba el amor.
Eras siempre verano y parecías eterna,
y tus padres tejían su vejez con tu sueño.

Pero el tiempo es un soplo que transcurre volando,
y los cuerpos cenizas de un efímero fuego.
Y hoy, después de mil años, en el frío silencio
de un museo lejano, contemplo tu sarcófago.
En la estela central leo “Julia Tyrrania”,
y a los lados, silentes, instrumentos de música.
Tu pasión por la vida sonó y guardó silencio.
De largo pasó el miedo. La paz siga contigo.
 

domingo, 4 de febrero de 2018

A PROPÓSITO DE LA ÚLTIMA GALA DE LOS GOYA



Resultado de imagen de gala de los goya 

Anoche, 3 de febrero, tuvo lugar la tan esperada “gala” de los Goya para premiar nuestro cine último. Y a la vista de lo ocurrido durante el espectáculo, se me ocurre hacer una breve reflexión. En primer lugar es muy importante recordar la definición de la palabra “gala” y pensar seriamente sobre algunos de sus adjetivos: “Fiesta o ceremonia de carácter extraordinario, elegante y con muchos invitados que se organiza para celebrar o conseguir una cosa”, para ver si se cumplen los dos señalados en negrita. Y en cuanto al término “ceremonia”, también la definición de la palabra se las trae: “Acto o serie de actos públicos y formales de acuerdo con reglas o ritos fijados por la ley o por la costumbre”. ¿Se cumplió plenamente el adjetivo en negrita?
Y ya dejándonos de aclaraciones y paréntesis, para volver al acto de entrega de los premios Goya y a la forma de conducirse los dos monologuistas encargados de su presentación, se me ocurre sacar a colación la diferencia que existe entre un buen monologuista y un buen presentador para desterrar la idea que últimamente se está extendiendo sin rigor alguno, según la cual un buen monologuista siempre puede ser un buen presentador. Como poder ser, no me pronuncio. Lo que sí quiero exponer, como he dicho más arriba, es la diferencia que separa al menos las definiciones de una y otra actividad. Empecemos por el monologuista, que es una persona que pronuncia ante un público, generalmente predispuesto a escucharle (entendiendo por “escuchar” prestar la máxima atención), un discurso (sobre un tema o situación de la que va haciendo diversas observaciones) que pretende hacer pensar y sentir con el fin primordial de entretener y divertir a su auditorio. Sin que en ningún momento formule enunciado alguno o pregunta que espere del público una intervención o respuesta; y eso porque lo que practica es un monólogo, alocución que genera una sola persona y cuya diferencia principal respecto del diálogo es que resalta el papel del monologuista, que no se dirige a un interlocutor concreto, sino que habla o piensa para sí mismo con autenticidad y desinhibición donde, como queda dicho más arriba, las observaciones personales de todo tipo son frecuentes, así como cualquier entonación exclamativa de sorpresa o de cualquier otro sentimiento experimente a lo largo de su elocución.
En cuanto al presentador, se trata de una persona encargada de conducir programas de televisión, radio o cualquier otro evento público o privado, desde dar a conocer un libro hasta presentar a un personaje más o menos célebre perteneciente a un área de la cultura, las artes o la literatura. Suele ser un profesional, es decir, alguien que se dedica a ese oficio y vive de él, y posee ciertas cualidades como buena dicción, carisma o conocimientos del tema presentado. Y la concreción de su trabajo recibe el nombre de presentación, que siempre es resultado de una investigación previa. Y precisamente en la investigación previa y en las cualidades del presentador se encuentran los elementos que diferencian la presentación del monólogo, así como la ausencia de la espontaneidad de las observaciones y la desinhibición del monologuista. El presentador, sin dejar de ser ameno durante su intervención, ha de mostrar durante su transcurso corrección en la expresión lingüística y rigor científico en la exposición de ideas.

Resultado de imagen de gala de los goya 
Dicho lo cual, la pregunta que formulo es la siguiente: ¿las dos personas, reconocidos monologuistas (nadie lo discute), que se encargaron de conducir anoche la gala de los Goya, anoche fueron buenos presentadores?

jueves, 25 de enero de 2018

ADIÓS A NICANOR PARRA












Hace pocas noches oí por la radio que nos había dejado el poeta chileno Nicanor Parra, el de Poemas y antipoemas, el que supo conjugar en sus versos la ironía, el surrealismo y el humor negro. Este profesor de Mecánica teórica y matemático, inventor de una poesía a contracorriente, erótica y para muchos escandalosa y que él mismo denominó antipoesía, había nacido en San Fabián de Alico en septiembre de 1914. Por su obra, traducida a numerosos idiomas, recibió, entre otros, los premios Nacional de Literatura, 1969, y el Cervantes, 2011 (también ha sido candidato al Nobel en varias ocasiones). A lo largo de sus más de cien años de vida pulsó las cuerdas de varios movimientos literarios (poesía de la claridad, surrealismo, nuevas vanguardias, posmodernismo y cualquiera que significara alguna transgresión de lo oficialmente establecido, recurriendo para ello al absurdo, al arte callejero, al chiste y a la cultura popular) y también del mundo político pertenecientes a la izquierda y al comunismo, al ecologismo, etcétera. Entre sus libros destacan, además del mencionado arriba, Versos de salón, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Ecopoemas y Obras públicas. 

 Para ir abriendo boca, copio a continuación las Preguntas a la hora del té, composición perteneciente a Poemas y antipoemas:
 "Este señor desvaído parece
Una figura de un museo de cera;
Mira a través de los visillos rotos:
Qué vale más, ¿el oro o la belleza?,
¿Vale más el arroyo que se mueve
O la chépica fija a la ribera?
A lo lejos se oye una campana
Que abre una herida más, o que la cierra:
¿ Es más real el agua de la fuente
O la muchacha que se mira en ella?
No se sabe, la gente se lo pasa -
Construyendo castillos en la arena.
¿Es superior el vaso transparente
A la mano del hombre que lo crea?
Se respira una atmósfera cansada
De ceniza, de humo, de tristeza:
Lo que se vio una vez ya no se vuelve
A ver igual, dicen las hojas secas.
Hora del té, tostadas, margarina,
Todo envuelto en una especie de niebla."

lunes, 15 de enero de 2018

PABLO GARCÍA BAENA, HASTA SIEMPRE



 

Ayer, domingo 14 de enero, se nos fue el poeta Pablo García Baena, que había nacido en Córdoba en 1923. Estudió pintura e historia del arte en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba. Consumado lector, desde muy niño ya leía a san Juan de la Cruz (del que antes de cumplir lo veinte años estrenaría en su ciudad natal una versión teatral de cuatro poemas suyos) y luego a Marcel Proust, Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén y Luis Cernuda, cuya lectura frecuentaría toda la vida. Fundó la revista "Cántico" con los poetas amigos Ricardo Molina, Juan Bernier, Mario López y Julio Aumente. Este grupo de poetas, a los que se unieron lo pintores Moral y Liébana, será conocido con el mismo nombre que el de la Revista. "Cántico", que buscaba más exigencia formal y estética y abierta sensualidad en sus manifestaciones artísticas, estaba ligado directamente con la poesía de la Generación del 27, especialmente la representada por Luis Cernuda, muy elaborada a la vez que vitalista, lo que influyó en las generaciones posteriores, sobre todo en la de lo llamados Novísimos. Volviendo a Baena, su primer libro, Rumor oculto, apareció en la revista "Fantasía" en enero de 1946. Le siguieron otros, entre los que destacan Mientras cantan los pájaros, Óleo, Almoneda o Poniente (con dibujos del propio autor). Su poesía completa se reunió en 2008 en un libro que con introducción de Luis Antonio de Villena editó Visor Libros. Entre los numerosos premios y galardones que su obra ha merecido, sobresalen los siguientes: Premio Príncipe de Asturias en 1984, Premio Andalucía de las Letras en 1992 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2008.   
La muerte ha silenciado su voz, pero nosotros la reavivamos con nuestro recuerdo.
“Reías. Dependía del color de la túnica,
del color del deseo invadiendo tus hombros
como yedra que repta por estatua de otoño.
Reías.
Era dulce aquel tóxico,
aquel filtro o narcótico del amor en tus brazos:
un dragma de beleño, phelandrio, tejos fúnebres.
Un día te alejaste. Como un golpe de mar
te arrebató, desnuda, la galerna de Europa.
Pienso si salvarías al menos del naufragio
 el samovar de plata.”        (De “Ágata 2”)