jueves, 10 de febrero de 2011

EL POEMA DEL MES

TREPANDO HACIA LA LUZ

Salir a ver el mundo y comprobar
las pálidas monedas del olvido,
las olas de la edad
o las lluvias que el árbol necesita
para seguir trepando hacia la luz.

Y poco a poco ver cómo madura
el árbol con sus sombras más humanas,
aun sabiendo que dentro, por la savia,
boga la muerte hacia su puerto.



Como la fruta
bajo la ley del tiempo y de la espera,
como el vino sujeto a los rigores
y disciplina de la fiel bodega.

La dura vigilancia,
las condenas
que nos suben al cielo
o nos sepultan entre las miserias.

Celebrar la madurez,
crecer en la madera
como una yedra fiel. Oh, sacramento
del vino en nuestra fiesta,
que en vez de emborrachar cura y alegra.

Celebrar la madurez
de la fruta que espera
entregarse a la boca de la vida
como el grano a su surco fiel se entrega.

Nos alza el sol del día como a un fruto
pendiente de su rama. Todavía
seguimos un día más entre el asfalto
comido de remiendos y la cúpula
del cielo salpicada de humo y polvo.



Peinémonos las canas del olvido
y mintamos al mar donde aún estamos
sufriendo de oleaje. El corazón
nos late todavía en su desván
de dudas y temores. Aún podemos
alegrarnos el alma con masajes
de esperanza y caricias de los nietos.
En el fondo añoramos otro abril
al limpiarnos los labios de cerveza.

Comprueba que muy poco
te queda ya de aquel árbol primero
de la tierra que te daba luz y alma.
Mejor que te acostumbres a este cielo
de tarde que se cae sobre tus ramas
y las besa con un poco de sol.

Aún puedes soñar en otras albas
y en el milagro de otro nido
cantando entre tus ramas.

Tu otoño es este otoño.
El pasado es estéril
y un cálido veneno la nostalgia.

(De mi libro inédito Acto de humildad)

miércoles, 9 de febrero de 2011

PROSAS DE ANTAÑO

5. Ranas

El tren corría alegre y paralelo al mar. La chica volvió a la lectura.

"En un abrir y cerrar de ojos salió de su hueco y se sentó sobre el escalón superior, apoyó los codos en las rodillas y se puso a hablar:
--Mientras lleves encima ese librito de la rana, no tengo otro remedio que ponerme a tu servicio. Yo conocí bien el mundo de los pícaros, vagabundos y gente de mal vivir que pululaban como bichos irredentos por las grandes ciudades españolas, donde solían reunirse en lugares sólo concurridos por gentecilla de su clase, en los Percheles de Málaga, el Compás de Sevilla, el Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, la Playa de Sanlúcar o el Potro de Córdoba, formando extrañas cofradías. El centro de operaciones era el burdel y sus actividades eran, entre otras, asesinatos pagados, robos y hurtos, venganzas, engaños y delitos y faltas graves de todo tipo contra el resto de la sociedad, y para llevarlas a cabo se valían de cebos, reclamos, espías, alcahuetas, exploradores, una hueste de seres especializados en las artes del robo y en la destreza con el cuchillo; para mayor éxito de sus trapacerías contaban con la complicidad de algunos alguaciles, que hacían oídos sordos y ojos ciegos a cuanto oían y veían a su alrededor para luego ser recompensados por los malhechores. Muchos de nosotros, los escritores, nos servíamos de los conocimientos que teníamos de sus andanzas para llenar nuestros relatos con ellas y con sus comidas, sus costumbres, sus vidas miserables y sus muertes afrentosas, la mayoría de las veces.
En ese momento hizo su aparición el dueño de la casa y me pidió que ya era hora de que volviera a utilizar mi libro talismán. Así lo hice. Y entonces todo empezó a cambiar a mi alrededor, las paredes, las escaleras, las pinturas... Dentro de mí los huesos, las venas y los músculos parecían descomponerse como si fuera agua dentro de una jarra sacudida por un energúmeno. Menos mal que no llegué a sentir el final de mi desintegración porque antes se me fue el sentido.
Cuando abrí de nuevo los ojos descubrí los bajos de una estantería atestada de libros de todos los tamaños y colores. Y mientras me incorporaba fui echando una ojeada al resto de la estancia. Se trataba de una especie de buhardilla llena de estanterías con libros de todas clases, algunas vitrinas con diversas colecciones, un par de aparatos de radios antiguos, una mesa baja con objetos de adorno y a su lado un sillón de lectura situado justo bajo la claraboya del tejado. Lo primero que examiné fue la colección de libros de cocina, que abarcaba las dos estanterías del ángulo derecho. Había unos cuantos volúmenes escritos en francés, otros en lengua catalana y el resto en el idioma de Cervantes.


Luego eché un vistazo a las otras cosas que había en la buhardilla. Intenté poner en marcha las dos radios antiguas y miré en su interior tras retirar las tapas de cartón duro que ocultaban a la vista las lámparas, resistencias y demás componentes de las tripas del aparato, sin saber qué estaba buscando. Luego abrí las vitrinas para examinar su contenido; en una de ellas había insectos clavados con alfileres en cajas divididas en pequeños compartimentos, sobre todo, mariposas, cuyas alas, abiertas, presentaban en su mayor parte el color amarillo; en otra, ranas de todo tipo, y eso me encantó sobremanera pues yo soy un compulsivo coleccionista de ranas y tengo en casa más de trescientas réplicas de este simpático batracio; había allí ranas que hacían de cenicero, de pinza, de linterna, de mechero, de anzuelo, de sujetapelo, de vela; ranas con libros en ademán de leer, con paraguas, con instrumentos musicales; ranas de conchas, de plástico, de goma, de hojalata, de hierro, de madera... Fue divertido comparar algunos modelos de la vitrina con los que yo tenía en casa y, curiosamente, había allí una rana dorada, como de oro, con una coronita en la cabeza, que era igual que una mía que encontré en Tossa de Mar, en una tienda de recuerdos el último día de las vacaciones del último verano, caída detrás de otras en la repisa donde la dueña mostraba al público otras ranas, y que me llevé sin pagar junto a otra que era una marioneta de madera articulada que movía los brazos y las piernas si se le tiraba de unos hilos, que sí pagué con mucho gusto porque me pareció muy original.
Con la imagen de la dorada ranita en la cabeza, pasé a examinar los objetos que adornaban la mesa bajita de la estancia. Me llamó la atención un gran caracol de piedra, tal vez un fósil, con cuyo peso sujetaba unos papeles medio escritos con una letra nerviosa y sin duda apresurada. Enseguida me olvidé del caracol y del resto de las cosas que había sobre la mesa para leer aquellos papeles. Era una lista de libros, algunos de cuyos títulos aparecían acompañados de unas letras y unos números que relacioné pronto con las letras y los números en que se organizaban los estantes de libros que cubrían las paredes de la buhardilla. Las letras eran las tres siguientes: A, N, R, mientras que los números eran estos cuatro: 2, 3, 4 y 5. Tres letras y cuatro números. Las letras, así, de repente, nada me dijeron, pero tras unos minutos de reflexión llegué a la conclusión de que combinándolas daban el nombre de RANA, añadiendo una A, claro, y siempre teniendo en cuenta que había cuatro números que se relacionaban con ellas. Poco a poco fui atando cabos hasta dar con las siguientes combinaciones de letras y números: primera, A-2, A-3, N-4, R-5; segunda, N-2, R-3, A-4, A-5; tercera, R-2, A-3, A-4, N-5; la cuarta salía de ordenar las letras para formar RANA, es decir, R-2, A-3, N-4, A-5. De todo lo anterior deduje que las letras y números que se repetían relacionados entre sí eran: A-3 (tres veces), A-4 (dos veces), A-5 (dos veces) R-2 (dos veces), N-4 (dos veces). Eliminando las combinaciones que no se repetían, me quedé con los libros que correspondían a las anteriores, es decir, que de la sección A extraje los libros que ocupaban los lugares 3, 4 y 5 del estante correspondiente y los dejé sobre la mesa; a continuación hice lo mismo con el libro que ocupaba el segundo lugar del estante R, y con el cuarto de la hilera señalada con la letra N. Tres de ellos pesaban mucho más que los otros a pesar de que eran iguales de tamaño. Eso llamó mi atención más que sus títulos (La novela picaresca, Los treinta mil mejores versos de la lengua castellana y Diccionario de ocultismo) y los abrí sin más demora. Se trataban lisa y llanamente de tres estuches, pues tenían pegadas sus páginas mitad y mitad y ahuecadas adecuadamente para ocultar el primero dos botellitas llenas de un líquido rojo claro, cuyas etiquetas decían, una, “Vino para ir”, y otra, “Vino para volver”; el segundo, contenía una caja de bronce con este letrero: “Si accedes a su interior, vivirás dicha y dolor”, y dentro, una llave negra de hierro con un lazo escrito atado a su ojal, en el que podía leerse: “Llave que abre cualquier puerta, ya sea viva, ya sea muerta”; finalmente, el tercer libro-estuche, el titulado Diccionario de Ocultismo escondía un envoltorio de terciopelo azul. Lo palpé y el corazón me dio un vuelco; el volumen me era conocido. Rápidamente quité el terciopelo y ante mis ojos apareció...¡la rana coronada!"





martes, 8 de febrero de 2011

LOS LIBROS QUE HAY QUE LEER

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez


Platero y yo (primera edición, 1914) es un libro difícil de clasificar. Está a medio camino entre el cuadro de costumbres, la narración y el poema en prosa. Yo prefiero quedarme con este último género, y creo que así lo puede considerar el lector cuando entre en sus páginas.

Su autor, Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881 --San Juan de Puerto Rico, 1958) obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1956 por toda su obra, en la que destaca la poesía (Arias tristes, Jardines lejanos, Diario de un poeta recién casado, Piedra y cielo, La estación total...).




Platero y yo contiene en sus casi ciento cuarenta capitulitos paralelamente pena y alegría, y especialmente mucho lirismo. Desde el primero, Platero, donde el poeta retrata a su querido burrito, hasta el último, Platero en su tierra, en el que le recuerda muerto, el lector asistirá a un sinfín de escenas infantiles llenas de ternura donde viven los juegos, las sorpresas, los miedos, los amores, los lugares preferidos, las personas y animalillos amados por los niños y el propio poeta. Mariposas blancas, juegos del anochecer, brevas, golondrinas, morideros, loros, azoteas, la primavera, verjas cerradas, aljibes, gorriones, el cura, la vendimia, tormentas, la niña chica, viejas, los Reyes Magos..., detalles pequeños que encierran los misterios más grandes de la vida y de la muerte.


Un par de ejemplos:
"Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lririos amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas." (De Melancolía)






"Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal..." (De Platero)

viernes, 4 de febrero de 2011

GALERÍA PROPIA

Ilustraciones de El cuaderno de Sísifo


Las cuatro ilustraciones siguientes, extraídas del poemario mencionado, han dado lugar a nuevos versos, que hoy incluyo en mi blog.



1. Puerta de doña Urraca





Por la Puerta de la Reina
sube y baja mi niñez
con un haz de sueños nuevos
y una mirada de ayer.
Sombras se abaten despacio
para no nublar mi vejez.





2. La casa de mi barrio







¿Donde están los tres balcones,
dónde el portal de los cromos,
dónde la luz que alumbraba
mi silencio, dónde todo

lo que viví bajo el cielo
de vencejos y cigüeñas
en este barrio bendito
donde nadie me recuerda?




3. Lisboa




Cerca del Tajo soñaba
mi vieja melancolía,
y el sueño se retorcía
cuando el tranvía giraba.


4. Galende




Por las calles de Galende
pasea el tiempo sin prisas.
Huele el aire a establo abierto,
a castaño, a hierbaluisa,
y entre los viejos aleros
los miedos nuevos anidan.

Galende canta la historia
de los pueblos que se olvidan.














jueves, 3 de febrero de 2011

PROSAS DE ANTAÑO

4. La novia de la Universidad




Dejó la lectura porque ya empezaban a bailarle las letras y además estaba muy cansado de las idas y venidas de todo el día y el cúmulo de emociones que le habían reportado. Diciéndose a sí mismo que mañana sería otro día, cerró el manuscrito y se acostó. Al día siguiente, antes de ir a la librería, se pasó por el carpintero para encargarle unas estanterías para la tienda. El carpintero era un tipo curioso, con unas manos habilísimas y un cerebro privilegiado. Lector y melómano empedernido, solía asistir asiduamente a una tertulia de artistas (músicos y escritores la mayoría). Él mismo había hecho en su juventud sus pinitos en la poesía y tocaba todavía una guitarra que había encontrado desahuciada en un contenedor y que dejó como nueva en su taller de carpintería. Contaba anécdotas divertidísimas sobre música y amantes de la música. Una vez, hablando con el profesor de la influencia que ejerce en los ánimos de la audición de música, le contó lo que un rey de Dinamarca, melómano sin condiciones, solía hacer para atemorizar a los impertinentes visitantes de su castillo. Y era que mandaba tocar a su orquesta particular en los sótanos del castillo y la música sonaba fantasmagóricamente por salones y corredores, con lo que duraban poco sus inoportunas visitas.
Ese día, al ver al profesor presentarse con un libro en la mano, enseguida le preguntó por él. El librero le aclaró que no era precisamente un libro, sino un manuscrito pero que, por lo que había leído hasta el momento, podía ganar en interés a muchos libros.
--¿Es de poesía, de música?
--No, es una especie de narración ambientada en la época de los Austrias.
Después el carpintero le aseguró que tendría listas las estanterías para aquella misma semana.
De vuelta en su librería, examinó el contenido de la última caja de libros. Enseguidá topó con un gran envoltorio que por el tacto podían ser cuadros. Los dejó apoyados en la pared y siguió con el examen del resto. A media mañana, se fue a tomar un café al restaurante y se encontró de nuevo con la antigua novia de Universidad, la cual, al verle el manuscrito, se interesó por él.
--Cuando acabe de leerlo te lo dejaré.
--¿Vas a seguir leyéndolo hoy?
--En cuanto termine de examinar unos libros.
--¿Y eso cuánto te llevará?
--Todo el día, supongo. Ayer no hice bien la revisión de una caja y tendría que hacerlo hoy.
--¿Por qué no hacemos una cosa? Me lo dejas ahora y esta tarde paso por la librería para devolvértelo. Tengo que coger dentro de un rato el tren para Mataró para resolver unas cuestiones y en los viajes de ida y vuelta puedo echarle un vistazo.
No se quedó muy tranquilo cuando vio a la chica irse con el manuscrito, pero recordando lo buena que estaba y lo que podía sacar a cambio, se conformó con las vueltas que da la vida y todas suelen acabar entre las piernas de una mujer.
La antigua novia de la Universidad tenía un aire a Julia Roberts, morena, alta, con unas piernas que quitaban el hipo y una sonrisa que anunciaba cien aventuras amorosas. Se sabía que varios alumnos de Comunes habían intentado en vano llevársela a la cama. Pensando en ello se subió al tren. Sólo el librero había sabido vencer su voluntad a la primera de cambio cuando le dijo aquello, sin duda aprendido en algún sitio, pero que dicho por él poseía convicción: "¿Qué tiene Julia Roberts que no tengas tú?". El vagón estaba casi vacío y se sentó junto a la ventanilla. La gente del andén se movía como hormigas en el hormiguero. No le gustó la comparación. Abrió el manuscrito al azar y empezó a leer aun antes de que arrancara el tren.

"...una enfermedad maligna me ha impedido para siempre el acto tan saludable de caminar. Hace poco me retiré a Sevilla donde espero la muerte con la satisfacción de quien ha utilizado la vida a su servicio y el tiempo para aprender despacio que contra el adiós definitivo no se puede hacer nada. Dirigí mis epigramas contra el sexo femenino, aunque siempre he sabido que la mujer, junto con el buen comer y el buen beber, es la tercera sal que puso Dios en la tierra para hacernos más suave el camino hacia la muerte..."

La joven alzó la vista para mirar por la ventana. Aún el tren no había salido al exterior y vio su rostro reflejado en el cristal. Aburridamente, pasó una página y siguió leyendo.

"Dijo y el mutismo del cuadro con el anciano de ojos risueños y mofletes rubicundos fue lo único que me acompañó en el camarote de las escaleras en cruz durante un buen rato. Debo confesar, sin embargo, que junto a ese molesto silencio me vino a la memoria de repente el recuerdo del Examen sobre El villano en su rincón que tuve que sufrir con el profesor Castro y del que apenas logré salir con un aprobado, y todo debido al soneto que se me ocurrió escribir en lo blanco de la hoja en vez de contestar a las cuestiones de la Prueba. Lo malo del recuerdo fue que enredado en él salía el dueño de la casa, el jodido Alfarache. Aunque este último detalle duró muy poco, sólo el tiempo de descubrir un ligero movimiento en el personaje que ocupaba el cuadro del brazo derecho de la cruz que formaban las cuatro escaleras del camarote
El cuadro en cuestión representaba a una mujer alta, de rostro delgado y demacrado, de edad mediana, vestida toda ella de negro, con el cuello de la capa superior abierto en abanico y el pelo, todavía negro, peinado en alto. Sin embargo, lo que más destacaba en ella y en su cara blanca como la leche, eran sus ojos, negros también y de mirada profunda y triste, que parecían querer atravesar el alma de quien osara mirarla. No pude evitar un ligero temblor al enfrentarse a la mujer que me miraba desde arriba. Pero pronto me rehíce al ver que el gesto de seriedad de la dama se cambiaba en otro de serenidad casi augusta. Luego dejó el fondo oscuro del cuadro y descendió un par de escalones hacia donde yo estaba. Un perfume de rosas y azahar se extendió por la estancia en el momento en que la dama se puso a hablar:
--Nací en Madrid y, muy joven todavía, pasé a Nápoles porque mi padre sirvió al conde de Lemos durante su virreinato allí. En Nápoles me familiaricé con la lengua italiana y sus novelistas y conocí sucesos, lugares y costumbres italianas que incluí más tarde en muchos de mis relatos. Volví a Madrid el año en que nos dejó el autor del Quijote y frecuenté algunas academias literarias donde conocí a insignes escritores como Lope de Vega, Calderón, Castillo Solórzano o Quevedo. Madrid era entonces Babilonia de las Españas, madre de la nobleza, jardín de los divinos entendimientos, amparo de todas las naciones, progenitora de la belleza, retrato de la gloria, archivo de todas las gracias, escuela de las ciencias, qué sé yo... El año de la partida al otro mundo de Lope de Vega fijé mi residencia en Zaragoza, donde publiqué mis Novelas amorosas y ejemplares, aunque pasaba largas temporadas en Jaca, en casa de un familiar de mi padre que tenía allí unas tierras. Y a partir de aquí ya no vale la pena que siga hablando de mi vida; baste decir que acabé mis días entre las paredes silenciosas y ajenas al bullicio mundano de un convento. La mujer de mi época era una esclava que vivía en el seguro refugio de la familia, en el mejor de los casos, o se metía monja para no sólo retirarse a la soledad impuesta, sino también para someterse al rigor de las reglas del convento. La mujer española de los círculos sociales conservadores y tradicionales, en especial la del burgués y el funcionario en las pequeñas ciudades y villas y la del aldeano en los pueblos, era más mujer de su hogar y de su familia que la mujer europea en general. Su educación se basaba en aprender a leer y a escribir, instruirse en la religión católica y realizar trabajos caseros propios de las mujeres, como lavar, coser, hacer la casa, cuidar de los niños y el marido y guisar. Sólo le estaban permitidos, entre los festejos públicos, asistir a las procesiones religiosas, algunas corridas de toros y las representaciones teatrales de carácter sagrado. Su modelo de conducta era La perfecta casada, del fraile agustino Luis de León. El polo opuesto de este tipo de mujer era el de la mujer de mundo que se movía en la nobleza y la burguesía de las grandes ciudades. Era una mujer alegre y desenvuelta y de moral abierta aunque sujeta siempre a las normas de un código regulador de las costumbres. Pero aún así, esta mujer vivía a plena luz y participaba de cualquier clase de diversión, sin dejar de lado actividades un tanto arriesgadas, y así, lo mismo se disfrazaba de hombre para seguir los pasos del amante infiel, practicaba el alumbramiento clandestino, abandonaba al recién nacido..., en resumidas cuentas y para que lo entiendas, era la mujer que figuraba tanto en las comedias de capa y espada como en los epigramas y sátiras de los poetas. Yo misma en mis novelas amorosas y ejemplares, llenas de adulterios, raptos, desmayos, entregas rápidas y desafíos, gusto de incluir mujeres disfrazadas de hombres, separadas, practicantes de hechizos y brujerías, mujeres, en suma, libres de sus vidas y capaces de llevar a cabo acciones que a muchos hombres harían persignarse, y es que quise acabar de una vez por todas con la corriente misógina que en nuestra literatura existía desde tiempos inmemoriales. No sé si lo conseguí, pero en mis relatos arremetí contra el hombre haciéndole engañar, acusar, abandonar y castigar a sus mujeres. Y a éstas las hice cautas aunque no fueran castas, y otras veces para conseguir al amado las hice, como antes te he dicho, hechiceras y nigromantes y tuvieron que manipular barbas, cabellos y dientes de ahorcados, así como recitar conjuros, ponerse anillos mágicos y hasta pactar con el diablo. Todo esto, te lo digo a título personal, me costó algun problema con la Inquisición. Menos mal que mi tío de Jaca, que conocía a un familiar de la entidad, me ayudó a salir del embrollo..."


miércoles, 2 de febrero de 2011

LA POESÍA DE ESPRIU EN CASTELLANO

Libro de Sinera (2)

XXV
Acaba aquí el viaje.
Cuando bajo de la barca,
sé a ojos cerrados qué tengo delante,
monte de cabras, matas de espliego,
hinojos, lechetreznas
que apenas mueven
aquellas delgadas manos del aura quieta
desvelada en la cima del Mal Tiempo.
Límites estrictos de una vieja tierra:
el séquito de los cipreses tras el carro del sol
que va traqueteando
por largos y secos senderos
y hace, al tramontar, de la pequeña colina
luz y lejanía del horizonte de poniente.
He dado mi vida por el difícil galardón
de unas pocas palabras desnudas.
He visto mi vida como un muro
en el paso y el silencio de la tarde.


XL.

Pero en el secano arraiga el pino
crecido desde él hacia el libre viento
que ordeno y digo con unas pocas letras
de una breve, noble, eterna palabra:
me alzo viejo tronco sobre la vieja mar,
doy sombra y guardo el paso de mi camino,
reposa en mí la luz y apaciguo la noche,
convierto la dura voz en desnuda roca del canto.






Setmana Santa (1)
A Tomás Garcés


I.

Eterna, noble, una palabra
en el arraigado secano.
Ahora, luz vieja, te apagas
y ya nadie se sienta a la mesa.
La verdad nos parece ficción,
se rompe en la desnuda roca del canto.
En destrozados vientos de espanto
bailan el loco y la prostituta.
Liberados, nos hemos entregado
a los podridos dedos del leproso,
al baile del crimen. Gira la veleta,
nunca paramos, pues ella es el ama.
Dentro del hielo de unos ojos de pájaro,
acecho de horcas, de los elevados
brazos de los árboles de los ahorcados.




III.

Este único vocablo nos pesa demasiado
y lo queremos pescado enharinado
en un chup-chup de aceite. Bien mirado,
¿quién de nosotros se preocupa de la fritanga?
Unos dedos de loco,
medio sangrando, la ha troceado.
Mozas de hostal nos han preparado
largas, pesadas, cojas mesas.
Nos sentamos y hacemos de las faltas
discretos razonamientos,
mientras sirven las prostitutas
a cada muerto briznas de palabras.



IV.

Briznas de palabras, despojos
de un vocablo hecho añicos
no nos benefician. Vientre adentro
se baten picos de urracas
a la conquista del tesoro
de cada trozo. Voceamos a coro,
hartos de pasar, sólo comparsas
privados de sueño y sueldo,
en farsas de los largos teatros de la noche,
hambre en escenas de banquetes.



martes, 1 de febrero de 2011

MEMORIAS DE UN JUBILADO

Los fuegos artificiales

Los últimos fuegos artificiales que recuerdo son los que en Tossa viví el verano pasado. Son muy parecidos a los de Blanes y en ambos casos constituyen un alarde de pirotecnia en medio de la oscuridad que por unos minutos se abate sobre dichas poblaciones costeras. El mar se llena de reflejos multicolores y el cielo se enciende con simulacros de palmeras, lágrimas, guirnaldas y demás fuegos de artificio, mientras suenan por todas partes los estampidos de los cohetes y flotan a la deriva oscura las nubes de humo.
Mi admiración por los fuegos artificiales me viene de la infancia, de aquellos que yo vivía: primero, asomado a la barandilla del Puente para ver el milagro de luz que tenía su origen en las aguas del Duero y adquiría su éxtasis arriba, en el cielo asombrado de Zamora; y al día siguiente, en las yerberas del río donde me hacía con restos de cohetes que no habían quemado del todo su pólvora para hacer mis propios artificios.

En mi novela recién aparecida, Una lluvia de amor bajo la lluvia, me hago eco de las emociones vividas de niño.


"Uno de estos acontecimientos, especial sin duda, era el de los fuegos artificiales que en la noche de San Pedro llenaban las aguas y las riberas de movimientos misteriosos de barcas y personal pirotécnico que estallaban, ante las miradas expectantes del gentío que se asomaba al río desde la barandilla del Puente y los pretiles de la carretera de San Frontis, en mil estampidos y otros tantos juegos de luces que convertían en claridad de día el cielo nocturno de aquella parte de Zamora, mientras flotaba en el aire quieto y caliente de finales de junio un intenso olor a pólvora quemada. Las luces en el cielo adquirían mil formas caprichosas que nos recordaban troncos altísimos de palmeras que, al llegar a lo alto, se abrían en docenas de ramas que caían, mágicamente encendidas, al río. Como seres espectrales, las barcas bogaban dejando flotar morteros que iban vomitando chorros de luz, mientras en la orilla de los cangrejos, molinillos, estrellas, fuentes y otras formas pirotécnicas se entregaban a movimientos luminosos, truenos y estampidos que nuestros ojos y nuestros oídos no daban abasto para percibirlos todos.
Cuando el silencio y la oscuridad caían de nuevo sobre el barrio, regresábamos a casa aún con las retinas y los tímpanos llenos de luces y ruidos. Y no acababa ahí la cosa porque, según habíamos quedado como todos los años, nos pasábamos la noche esperando que llegara el nuevo día para reunirnos los cuatro o cinco amigos de mayor confianza en las yerberas e inmediaciones del río donde habían tenido lugar los fuegos artificiales y recoger restos de cohetes que no habían estallado y otros pequeños reductos de pirotecnia que seguían teniendo pólvora sin quemar en su interior.
Con la mañana recién estrenada Paquito y Manolín me esperaban en la yerbera del primer ojo del Puente para iniciar nuestra rebusca de pólvora. Al cabo de una hora ya habíamos reunido un buen botín de guerra. Faltaba estudiar cómo utilizaríamos nuestros hallazgos. Eso era cuestión de otra hora larga. Escogíamos el pretil del río, junto a la fuente, para entablar nuestras discusiones, que casi siempre eran interrumpidas por la presencia de la señora Emiliana, que llegaba con su llave a realizar sus ritos acostumbrados. Después, una vez decidido nuestro plan de actuación, repartíamos más o menos equitativamente la pólvora cosechada y buscábamos una zona alejada de las miradas de los mayores.
Y acabábamos como todos los años escribiendo con pólvora nuestros nombres en el portal del Comedor de Ancianos, refugio nocturno del tío Tizas. Les prendíamos fuego para que allí durante un año más hablasen de nuestra aventura de San Pedro. Claro que cada año también alguno de nosotros salía mal librado, quiero decir, con alguna quemadura en las manos o alguna hinchazón en los dedos, aunque eso eran gajes del oficio de ser niños y añadía a nuestras historias una nueva señal de riesgo y valentía (cuando, al paso de los años, no era más que un signo inequívoco de nuestra perseverante inconsciencia infantil). (Del primer capítulo titulado El río)