martes, 10 de junio de 2008
A ver si nos adecuamos.
Vaya por delante que el único periódico que leo es Público. Y ya he dicho las razones. Es lógico que me refiera casi exclusivamente a este diario para comentar algunas infracciones lingüísticas de las tantas que invaden hoy en día los medios de comunicación, desde la prensa escrita a radio o la televisión. Es de agradecer que Público exprese a toda página el lema ANTES DE HACER UN DIARIO LEÍMOS LAS CALLES; así podemos deducir sus lectores que sus mensajes guardan relación directa con lo que pasa ahí, en las calles, de nuestros pueblos y ciudades. Pero a la vez que leer en las calles, sus redactores deberían repasar la gramática que estudiaron en el Instituto (que esta es otra). Y si no, veamos dos muestras de su desidia gramatical localizadas el viernes 6 de junio. Y en sendos titulares. El primero: “El Supremo no ve delito en la actuación de Casas. Cree que la conversación de la presidenta del TC con una abogada se adecúa al uso social”. Sabido es que el verbo adecuar sigue la conjugación de verbos como averiguar, desaguar, etcétera. El presente de indicativo de averiguar es : averiguo, averiguas, averigua, averiguamos, averiguáis, averiguan. Por consiguiente, el de adecuar es: adecuo, adecuas, adecua ( tres sílabas y sin tilde en la u), adecuamos, adecuáis, adecuan. Así pues, el periodista debió escribir "...la conversación de la presidenta del TC con una abogada se adecua (sin tilde) al uso social". El otro titular reza así: “Clinton se rinde a la presión y anuncia su apoyo a Obama. Los congresistas demócratas le convencen de que acepte la derrota para unir al partido.” Repasemos: “Lo” es la forma del pronombre personal propia del CD referido a persona, animal o cosa en género masculino y también a una oración entera, y “la” es la forma referida a persona, animal o cosa en género femenino. Como excepción, se emplea la forma “le” para referirse a personas de género masculino (A Antonio no le vimos en la fiesta). Así pues, en el titular, la forma le, referida a la señora Clinton, es incorrecta. El periodista debió escribir “Los congresistas demócratas la convencieron…”
miércoles, 4 de junio de 2008
MATERIA DE RECUERDO
El Mercadillo de los libros
Como también recuerdo el generoso horizonte del Mercadillo, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante insaciable y de poeta.
Albert me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar entre los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.
Inicio universitario
Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio...
Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia.
Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.
La ciudad en invierno
Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios.
Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas...
Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.
Sitges
O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat.
Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo.
Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarros y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.
La ruta semanal
La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas duras que inyectaban furiosos los exámenes.
El resto era volver a los amigos, al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales de la música dulce de San Remo.
El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida.
Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.
Ella, al fin
Al fin la conocí. Ella era la vida, la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza.
Fue en la marabunta de la música y el ron con cocacola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa de Albert cuando sus padres se iban de viaje.
Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda una carne bailable y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia.
Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera.
Como también recuerdo el generoso horizonte del Mercadillo, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante insaciable y de poeta.
Albert me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar entre los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.
Inicio universitario
Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio...
Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia.
Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.
La ciudad en invierno
Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios.
Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas...
Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.
Sitges
O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat.
Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo.
Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarros y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.
La ruta semanal
La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas duras que inyectaban furiosos los exámenes.
El resto era volver a los amigos, al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales de la música dulce de San Remo.
El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida.
Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.
Ella, al fin
Al fin la conocí. Ella era la vida, la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza.
Fue en la marabunta de la música y el ron con cocacola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa de Albert cuando sus padres se iban de viaje.
Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda una carne bailable y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia.
Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera.
martes, 3 de junio de 2008
MATERIA DE RECUERDO
MATERIA DE RECUERDO
(1964 – 1974)
“Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.”
Francisco Brines
“Más, cada vez más honda
conmigo vas, ciudad,
como un amor hundido,
irreparable.
A veces ola y otra vez silencio.”
Jaime Gil de Biedma
A la ciudad de Barcelona y a algunos barceloneses especiales: tanto ella como ellos me ayudaron a ser yo.
A Nasi, que inició conmigo lo que ahora nos sostiene y da la vida.
I.
Estación de Francia
Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad de provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.
Mis padres y mi hermana, la pequeña, soñaban como yo ante la imparable cascada de habla y etnia junto al tren, en aquella estación de puertas libres. Eso fue lo primero: la preclara, libre apertura hacia verdades vivas.
El piso
El sitio de la casa, luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, junto al canto del agua de Monjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome. ) El piso en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior siempre esperando.)
Y también aprendía de los míos: cuatro hermanos ardiendo en la labor de pagar deudas, sueños..., y los padres haciendo cuentas siempre. Versos hablan con gratitud de aquellos manantiales.
Era julio
Pero también del mar en Casa Antúnez, al pie del Cementerio, el agua alegre brillando en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte.
Yo, a cambio, les daría humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.
Entre el arte y el vino
Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de Albert donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza.
La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas.
Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas.
Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarro, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.
Nombres
Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la nostalgia inútil. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte.
Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles.
Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras Fibla perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, sus minotauros Florentí incitaba, el otro Juan soñaba con París, Esther flotaba en nubes de Picasso y Albert la dibujaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.
Un refugio
Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo.
En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso con pasión.
(1964 – 1974)
“Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.”
Francisco Brines
“Más, cada vez más honda
conmigo vas, ciudad,
como un amor hundido,
irreparable.
A veces ola y otra vez silencio.”
Jaime Gil de Biedma
A la ciudad de Barcelona y a algunos barceloneses especiales: tanto ella como ellos me ayudaron a ser yo.
A Nasi, que inició conmigo lo que ahora nos sostiene y da la vida.
I.
Estación de Francia
Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad de provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.
Mis padres y mi hermana, la pequeña, soñaban como yo ante la imparable cascada de habla y etnia junto al tren, en aquella estación de puertas libres. Eso fue lo primero: la preclara, libre apertura hacia verdades vivas.
El piso
El sitio de la casa, luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, junto al canto del agua de Monjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome. ) El piso en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior siempre esperando.)
Y también aprendía de los míos: cuatro hermanos ardiendo en la labor de pagar deudas, sueños..., y los padres haciendo cuentas siempre. Versos hablan con gratitud de aquellos manantiales.
Era julio
Pero también del mar en Casa Antúnez, al pie del Cementerio, el agua alegre brillando en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte.
Yo, a cambio, les daría humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.
Entre el arte y el vino
Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de Albert donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza.
La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas.
Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas.
Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarro, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.
Nombres
Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la nostalgia inútil. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte.
Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles.
Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras Fibla perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, sus minotauros Florentí incitaba, el otro Juan soñaba con París, Esther flotaba en nubes de Picasso y Albert la dibujaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.
Un refugio
Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo.
En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso con pasión.
lunes, 2 de junio de 2008
Un talud en aluvión
En un periódico gratis, 20 minutos, el pasado jueves 29 de mayo me di de bruces con un talud inesperado. Fue en una gacetilla que llevaba por título "Muere otro obrero en accidente laboral". Evidentemente todo tendría que ver con un despiste del redactor o del encargado de copiar la noticia. Y si no, lean: "Un joven peruano de 21 años murió ayer aplastado por un TALUD de arena y piedras cuando trabajaba en una zanja en Arroyomolinos (Madrid).El joven estaba subcontratado." Dejando aparte la tragedia, que es incuestionable, el talud de marras es un empinado talud que cualquier periodista avisado debe saber subir. Por supuesto, lo que quiso decir fue "un ALUD de arena y piedras". Es muy fácil equivocarse si no se tienen los conocimientos claros y alerta la mente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)