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sábado, 10 de abril de 2010

OB (SESIÓN) DE CINE

FANFÁN EL INVENCIBLE





La escena en que el espadachín salva al niño tras luchar en el tejado con la espada contra un oficial del ejército es una de las que lleva grabadas con más fuerza en su alma desde que viera las aventuras de Fanfán la Tulipe (Gerard Philipe) en el cine Principal de la ciudad de su infancia. Iba a aquel cine con los amigos del barrio a la sesión de la mañana, y cuando acababa la película salían imitando a los personajes de la película, escondiéndose en los portales de la calle de los Herreros para sorprender a los más rezagados. Entonces, dejaban su escondrijo de repente moviendo la muñeca como si su mano esgrimiera una espada invisible, acorralaban a sus presuntos enemigos contra la fachada del Hospicio para asestarles la última estocada, la que les producía la muerte instantánea. Esperaban a que el herido se dejara resbalar hasta quedar sentado sobre la acera inmóvil, con los ojos cerrados y los brazos caídos a lo largo de su cuerpo. Finalmente, con la punta del pie, acababan de tumbarlo sobre las baldosas de la acera ante la mirada asombrada de los mayores que pasaban a su altura. Luego, muerto y matador, se abrazaban riendo y seguían su camino hasta el puente de piedra, al otro lado del cual, les esperaban en el barrio los desafortunados que no habían podido ver Fanfán la Tulipe para escuchar de sus labios la narración de su historia sazonada con onomatopeyas y gestos cada cual más apasionantes.
Desde su ventana el niño paralítico los miraba con envidia correr y saltar por encima de las vigas de la plazuela esgrimiendo espadas de madera y matándose en broma centenares de veces para volver a resucitar a los pocos minutos y entablar una nueva batalla. Él también lo veía y paraba su ejercicio de esgrima para saludarlo con la espada en alto y una sonrisa agridulce.
Ahora, ya adulto, recordaba con la misma sonrisa el día en que le regaló al niño paralítico la espada de madera imitación de la de Fanfán la Tulipe que había pulido con la navaja que se había comprado para Reyes. El pobre niño estaba recostado sobre el sillón de almohadas que su madre le preparaba antes de entregarse a la lectura de los cuadernos de aventuras que cambiaba con otros chicos del barrio y con él mismo. Dejó el cuaderno y cogió la espada mientras una sonrisa triste afloraba a su boca. Luego le pidió que le contara la película y él le habló del ejército francés de Luis XV, del reclutamiento de Fanfán y de su enamoramiento de Adeline (Gina Lollobrigida), hija de un oficial… Y el chico movía la espada y sonreía, y en sus ojos se veía el sueño de jugar en la plazuela con los demás niños normales.
Ahora, ya adulto, recordaba que el niño paralítico por un momento había recobrado el don de andar, correr y saltar como los otros chicos, gracias a la espada de madera de Fanfán el Invencible, como ellos llamaban al espadachín. Recordaba todo eso mientras la espada de madera de sus juegos de niño colgaba de la estantería de los libros viejos. Alzó los ojos para mirarla una vez más, y los tenía empañados por las lágrimas.

miércoles, 30 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

La nube de luto

Mas la nube de luto gravitaba sobre la familia. De hecho, nunca del todo se marchó de nuestro cielo zamorano y catalán. Y oscilaba como una roca a punto de rodar sobre la luz de aquel diamante que fulguraba indeciso en nuestra casa.
La abuela prolongaba a duras penas con tónicos y arcanas infusiones su dolorido corazón, más triste y menos entregado a la faena de vivir desde que su hombre amado se volvió en su único santo. Ella quería en el fondo de su alma irse con él y descansar de una vez del gran vacío que le había dejado como herencia.
Alguna vez los nietos le cambiaban aquella gris mirada de tristeza, de soledad, de muerte... con sus blancas caricias de manzana sin gusano, con sus ojos de manantiales puros, con sus ansias de tiempo sin temores...
Pero eran retazos de cielo azul que pronto eran cegados por las nubes de lágrimas y luto que brotaban de su misma mortal melancolía.
Sólo guardo de entonces versos duros como truenos o hachas implacables.




La casa de montaña

La casa de montaña (muy cerca, Montserrat) fue viniendo a nosotros con facturas y sueños.
Aquello era un refugio tras la dura semana de horarios y lecciones.
Versos verdes y frescos, como el campo envolvente, nacieron poco a poco al lado de la dicha del niño y la mujer.
Pero el miedo seguía escalando paredes cada vez que a la abuela un émbolo paraba su tiempo en una arteria.
Yo quería olvidarme de otro luto anterior, y le puse a la casa, conjurando los llantos, el nombre de la abuela.
Pero nada lograron los oros de su nombre escritos en la puerta. La tormenta llegó y vació de nuevo su oscura agua de muerte sobre nuestras alcobas.



Otoño especial

Fue un otoño especial el de su muerte. Llovía igual que llueve cuando el año se va de retirada y es noviembre.
Ella estaba en aquel bello hospital de cúpulas de fresa, de paciente, siguiendo el ritual que había seguido algunos años antes su hombre, siempre la sombra sigue al cuerpo que la lleva, el agua al manantial, el ojo al puente...
Allí estaba otra vez, con la penumbra cegándole una arteria, con la suerte pendiente de un milagro.
Y Dios, tan lejos, tan ciego y sordo y manco como siempre, me despachó otra vez con el olvido, con la ruin displicencia de un mal jefe.
Me quedé sin saber si agradaría a mi madre la casa, si el campestre lugar donde lucía, el monte, el aire le harían sanar algo, si el ponerle su nombre a aquel refugio...
Todo fue un amargo deseo aquel noviembre convertido en tormenta, en lluvia negra.
Otro hachazo sin más en la corriente que a diario me lleva hacia la mar sin dejarme gozar de los paréntesis, efímeros paréntesis de brillo que el diamante me brinda algunas veces.




Pero la vida sigue

Versos hay que de ello hicieron llanto y gélida elegía.
Pero siguió la cuesta del colegio con su barco y su águila, consignas y rezos en las clases, y buen sueldo a cambio de una misa. Había que seguir llevando el pan y la seguridad a la familia.
En carnaval constante las dos partes vivíamos: la mía, luchando en aquel mundo tan cerrado por conservar la luz más limpia, y la suya, creyendo que Dios moraba sólo en sus capillas.
Menos mal que otra luz, presente y definida alumbró mi camino por entonces. Ella, mi cotidiana, mi tranquila diosa, llenó de nuevo sus ramas con el fruto de otra vida.
Aquí sí que el poema vale más que el poeta, más la risa que el labio, más la estela que el barco, más la vida que el gélido recuerdo que la imita.

domingo, 13 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

El primer hijo

Un agosto el Turó se hizo pequeño para abrazar al niño que venía.
La casa se llenó de alta ternura, de colonia y pañales, de silencios estudiados de leche adormecida, de atenciones, de horarios fervorosos...
Formábamos los tres un dulce círculo que rodaba lozano hacia la luz, y era luz.
Aquellos días de crianza, de mimos y atenciones me hizo niño de nuevo al ver el mío, y el destello rotundo del diamante me alumbró la senda que de padre había iniciado. Juguetes, cuentos, rayas en las hojas, palabras balbuceadas, trabalenguas, adivinanzas, horas invertidas en ser amigo y juego para el hijo...
Los meses florecieron como si todos fueran abril y el mundo nuestro un huerto donde todo maduraba.



Viviendo en Horta

Después, otra vez Horta, y nuevo piso, estrenado por tres dioses terrenos. Paseos por las calles y las plazas para empezar a gobernar el reino, el cielo azul del barrio, la esmeralda trémula de los plátanos, las bellas fachadas modernistas de los viejos palacetes y la cálida voz habitando las tiendas y los bares con acentos de medio toro ibérico.
En esa luz de vida yo era el sol que lo tenía a mano todo (versos de entonces lo atestiguan). Todo giraba alrededor como si fuera un milagro ser padre.
Profesor o poeta no eran más que palabras que alguna vez lograban tener pulso. Pero padre era ser la fuente exacta del agua de la vida que repite el placer de ser dios aquí en la tierra.



Viéndola hacer las cosas

No me cansaba nunca verla haciendo las cosas de la casa (su feudo y templo diario, noria de trabajos y afanes, caricias y zozobras).
El arte y la ternura para sembrar las horas desde el amanecer hasta la noche.
Diosa para peinar al niño, para tender la ropa, para regar las flores o para hacer la compra.
Diosa de su camino y del nuestro, las cosas de casa y de familia en ella eran la prosa que a veces dan los versos de la poesía más honda.
No me cansaba nunca verla llenar las horas de arte y de ternura en la casa, en las cosas...Entre sus manos era todo pétalos, rosas.



Cumpliendo años

Cumpliendo el primer año en Puertollano (manantial de su madre ) y el segundo en Peñíscola (lugar de amor y siembra), nos hizo más maduros nuestro fruto, maduros para alzarlo con andamios de amor y sacrificio, menos cenas, menos cine y menos vino, y muchas más facturas y más vida casera.
Pero todo era bueno, todo estaba cumpliendo sus etapas, las visitas a la abuela doliente, las pequeñas salidas a Barcino, justas, mínimas, algún domingo al Puerto, a ver las velas que dibujan su adiós en la bocana, o a tomar el vermut sencillamente en la paz soleada de las Ramblas o en alguna plaza copiada en el Pueblo Español.
Poco más: el trabajo (correcciones de exámenes, lecciones...), algún libro del Círculo esperando fiel su turno... y versos, siempre versos, y el olvido luchando por anclarme en el presente pese al oscuro son del primer verso, aquel que habla del niño que yo fui, en aquella ciudad, novia del Duero.
Pero todo era bueno. Todo estaba cumpliendo su papel desde el primer ensayo. Sólo había que seguir saliendo a escena y bordar el papel.

viernes, 11 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Licenciatura

Y acabé la carrera. Allí en la línea de meta respaldaban mi aventura los viejos profesores, Castro Calvo, Martí de Riquer, Alsina, Blecua...
Y entretanto, también yo daba clases de versos y oraciones, y ortopedias para enfermas sintaxis complicadas con dislexias de ricos, que al final nunca acababan de curar del todo pero hacían que la araña del alma tejiera hilos secretos entre alumno y profesor.
Recuerdo que eso fue el bálsamo que allí, en aquel colegio de cipreses, consignas y misales, me ayudó a vencer temores y fantasmas.




La boda

Era el año setenta. Fruto dulce de amor, caí maduro entre las manos de mi labradora favorita.
Ella sabe de mí más que Dios mismo (y eso que Dios había sido en mi niñez el mejor compañero, el confidente de los raptos de nidos y el acopio de frutas de otros huertos, pero luego se fue volviendo sordo a mis problemas, extraño, y hasta enemigo feroz...).
Ella sabe cuánto aprendí de la ciudad, de la vida y de ella. Eso es lo que entonces importaba. Dios podía seguir haciendo trampas. Porque ella hacía que mi fruta sazonada endulzara su huerto, que era el mío.
Era el año setenta, y Barcelona volvió a brindarnos brillos de diamante.



Días de nido

En el Turó de la Peira la luz era más alta, más limpia y más entera porque Horta se arrimaba al corazón de los recién casados.
Los paseos por el monte de la cruz eran diarios, y diarias las siestas, las lecturas, las visitas a la pareja amiga. (Albert había seguido mi camino de miel y dura, muy dura vida adulta.) De nuevo, los poemas (más enteros), los cuadros (más alados), los ensueños ya con menos bohemia y menos vino...
Pero las cenas de amistad cautiva aliviaron la sed de libertad que aún nos perseguía a todas horas.
Versos hablan de entonces, de los días de nido y vuelo alto, de destello, explosión de verdad entre las rosas, alumnos, sueños, libros y facturas.
Vivir siempre hacia arriba con el barco puesto el rumbo al mejor puerto posible.



La miel intacta

La miel seguía intacta.
Primero fue Peñíscola, Benicarló y el cielo de aquel junio de boda. El mar en el hotel y el amor en la playa donde blancas gaviotas conjuraban temores.
Después fue el gris olivo y el Chopin de Mallorca cuando las dos mujeres, aquellas nuestras novias de los inicios, grávidas, llevaban frutos nuestros en sus almas de niñas.
La miel aún pervivía en la estatura blanca que habíamos tejido con años y caricias.
En Mallorca los brillos de los ojos crecieron con el verde del mar y el blanco de las velas. Valldemosa fue un sueño entre viejos olivos y la escayola mágica de las manos del músico pulsando aires silentes. En Palma descubrimos que el amor se contagia de castillos y arena para subir al filo de las noches sin alba.
Las dos parejas fuimos sembrando en surcos hondos la harina del futuro con trigo que no muere. Y los versos manaron, y los cuadros se hicieron de la materia viva que más dura y más sueña.
Y la miel aún duraba por encima de fotos, por encima del tiempo y el viaje a Mallorca, la miel de aquel entonces.

miércoles, 9 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Muerte en Madrid

También quiso el destino que viajara un agosto de fuego con mi madre hasta el Madrid más triste, el de la muerte de su hermano pequeño, aquel buen tío que igual desenhebraba trabalenguas que ayudaba en el tajo a la familia.
Versos quedan que cuentan cómo fuimos a contratar su féretro a medida, a rescatar las cosas que aún estaban sin frecuentar su hábito en el piso recién comprado allá en la periferia, donde la Corte es sólo una palabra, una estación de metro en la cartera.
A veces la tristeza es una sombra que se pega a la suela del zapato y nos persigue tenaz durante siglos. Así se hace de piedra el corazón aunque leamos de amor viejos poemas, aunque con alma y tripas escribamos palabras contra Dios y contra el tiempo.



El ángel armado de pinceles

De vuelta a la ciudad, los cuadros, claras ventanas donde pinta el ángel cielos desconocidos, sueños, esperanzas, recuerdos, miedos, tierras donde el mundo se convierte en claridad, en paz, en proyección de amigo...
Alberto, el ángel armado de pinceles, me llamaba a exposiciones dulces donde ardía su intimidad en nubes, naves, Evas desnudas sobre senos de volcanes...
Y reíamos y hablábamos de entonces, mirando de reojo a la embriaguez de tantas noches de arte y de poemas. La fama le reía sus misterios abiertos en las telas, y su nombre brillaba en los papeles.
El orgullo de tener un amigo en el Olimpo me encendía también y daba alas a mis ansias de ser un día un nombre que firmaba poemas en los libros.




Nuevos descubrimientos

Ordeñábamos al tiempo para ver antiguas ciudades bajo la nuestra.
La existencia romana se mostraba a nuestro paso en cloacas y bodegas, comercios y necrópolis... Abajo, entre letreros que informaban, piedras que exigían la luz de la memoria. Y nosotros, conjurando la ausencia y el poder destructor del tiempo, íbamos marcando el territorio con las huellas de la respiración, motor y alma de las palabras, flor de las ideas.
Ordeñábamos al tiempo para ver modernas ciudades sobre la nuestra.
Y resucitábamos las costumbres de modernistas y lujosas épocas en bailes con arañas de cristal donde iban a ligar raras parejas, bailes con arabescos y con nombres de pájaros comunes...
Una fiesta de siglos y de estilos era entonces nuestro paseo por la ciudad, tan nuestra.



Las musas de siempre

Versos quedan que hablan de aquel tiempo de constantes decisiones y de proyectos, pese a la apuesta pueril de quién se cansaría antes de ser novio. Pero ninguno ganó. Porque ellas, nuestras musas de siempre, alimentaron sabiamente el aljibe del amor.
A veces sonreíamos pensando que uno crece por dentro con la savia que nos viene de fuera como el árbol que se enriquece más con el injerto.
Y, él pintando y yo escribiendo versos, fuimos alzando andamios de ternuras con tablas y poleas de las novias.
Sus cuadros se llenaron de románticas veladuras y mis versos de adjetivos abrileños. Y era un tiempo de cambios y de arduas y constantes decisiones.

martes, 8 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Planes para el mañana

Eran tiempos aquellos, ya los últimos de los sesenta, tiempos serios, tiempos de preparar caminos, de hacer planes para el mañana, que estaba ya cayendo como un higo maduro sobre el limpio mantel de nuestra vida.
Y aquel sueño que muchos de nosotros ya teníamos de formar una casa se fue haciendo realidad crujiente como un pan. Alberto y yo, destinos paralelos, maduros de soñar con nuestras novias en vidas sosegadas, poco tiempo después (las fotos cantan, los poemas testifican la hora y el evento) nos vestíamos de padres, de raíces, de frutas que alegraban nuestros huertos.
Eran tiempos aquellos de formar el nido y el futuro, eran tiempos de apretar los bolsillos y olvidar las nocturnas salidas, los bohemios designios de los versos repartidos entre sorbos de vino y vanos sueños. Y avanzar por la senda del andamio, las facturas y los besos domésticos.




Una vuelta a Zamora

Por entonces la luna de los versos, la dama de la noche que alta rueda por los sueños de los enamorados, había sido hollada por la ciencia y una bota de hombre había pisado su cara inmaculada.
Los poetas, los artistas, los grandes soñadores... de repente la vieron más de cerca, más prosaica, más fría, más ausente.
Si lo recuerdo es sólo porque, mientras nos daban la noticia, regresábamos mi hermano y yo a Zamora, la pequeña ciudad de nuestra infancia y juventud, en un viaje de pálidas sorpresas.
Vivimos unos días de recuerdos, de encuentros convertidos en ausencias, entre tapas y vinos y visitas que sólo eran dolor, nostalgias viejas. Y lo que pudo ser un cálido reencuentro fue poco más que un sueño de tristeza, gris desengaño ante el vacío anhelo de hallar rescoldo entre cenizas muertas.




Lo peor del regreso

Lo peor del regreso fue volver a ver la casa sola en la plazuela, en medio de las otras habitadas, con los balcones ciegos, el tejado amenazando ruina y las ventanas y las puertas cegadas con tablones.
Lo demás se reía en torno suyo, vivía en su verano: los vencejos, el río, el puente, el cielo, las murallas, el vino en las tabernas, las personas... todo ajeno a nosotros transcurría.
Decían en el barrio que la casa sería con el tiempo restaurante, hotel o ambas cosas... Mi hermano, serio, apretaba la máquina de fotos contra el pecho, y yo soñaba, creía que el recuerdo mantiene eterno el mundo y mi casa de infancia estaba a salvo.
Palabras de poeta, siempre vuelo efímero de insecto, velo leve de nube, vaporosa esencia de humo.

viernes, 4 de julio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Los amigos

Y los amigos siguieron siendo amigos, compartiendo conmigo borracheras, poemas y pinturas. Fueron manos sinceras que aguantaron mi caída cuando yo estaba herido de tristeza y era como un pájaro en la lluvia.
Pero a unos unas cosas y a otros otras, nos fueron apartando del camino común, y sólo a veces, y muy pocos, solíamos encontrarnos en Parés o en la Cueva del vino y recordábamos con los ojos brillantes nuestras juergas.
Albert y yo, los más asiduos, sólo cruzábamos entonces las miradas sabiendo que algo puro, vivo, auténtico, a punto estaba de desvanecerse como el perfume de una dama hermosa que deja nuestro cuarto tras amarnos, como si aquella Barcelona amada estuviera diciéndonos adiós.







II.

Un águila y un barco

Vinieron años dulces, de cipreses dormidos, de silencios claustrales, entre alumnos con uniformes serios (un águila y un barco como escudo y como emblema y testigo un viejo almendro ).
Años de profesor disciplinado, amable con la vida y con los versos, casi un hombre domado por las reglas de lobos disfrazados de corderos.
Allí estaban prohibidos los suicidas, y Unamuno, el ateo, y los libros teñidos de violencia, que no hablaban de Dios sino de sexo.
Y yo, en medio, nadando entre dos aguas, pillándome los dedos con esta u otra frase, si el amor lo hacía para dar disfrute al cuerpo, con quién salía los fines de semana o qué cine veía...
Y yo, en medio de aquel bosque de máscaras salvando mi libertad fingiendo también.
Aquellos años fueron dulces, dulces para tapar el río auténtico donde las aguas propias transcurrían llevando la señal de su venero.



Primeros cambios

Los amigos, los cuadros, las tertulias, el puterío hermoso de los vinos bebidos en ingrávidas bohemias, el sexo de los sábados, los libros del domingo por la mañana, los viajes en tren, los compartidos discos de los Beatles..., todo era un poco más tranquilo.
Habíamos cambiado. Los andamios que nos pautaban horas, los servicios que comenzaban a ponernos límites, los serios compromisos..., fueron entretejiendo madurez alrededor del brillo que un día tuvo el oro de los sueños con que juntos crecimos en torno a Petritxol, Portaferrisa, los Baños Viejos..., todo el centro místico de nuestra santa borrachera, el ansia de ser los escogidos en un mundo especial de arte y de versos, dioses de un personal Olimpo.
Habíamos cambiado, aunque en el alma seguían los rescoldos del inicio, de aquel descubrimiento primigenio que viví en la ciudad con los amigos.



El Calvario de Montjuic

Montjuic se nos hacía un difícil Calvario.
Cada domingo íbamos a librar cien batallas con andamios, escaleras y cuestas, lluvias, soles y llantos.
Mi madre abría la marcha dolorosa, siempre prestas las manos a poner flores nuevas en el nicho más alto donde mi padre anclaba su misterio, siempre prestos los labios a rezar padrenuestros por el alma de su santo privado.
Y nosotros, los hijos, aprendices de lutos y quebrantos, sentíamos más fuertes los tirones de la vida, sus vinos y sus ramos.
Seguíamos la ruta de la muerte los domingos arriba, en el Calvario de Montjuic, pero el futuro latía como un amor reciente en nuestros brazos, y al volver a las calles de la vida, el recuerdo del padre, apaciguado, se tornaba en un himno, en un canto al latido y al abrazo, mientras la madre, siempre triste, se esforzaba por ocultar su llanto.



El viejo son

Y aquel colegio, entre prisión y andamio, fue marcándome a fuego de capillas, aunque no demasiado, porque dentro seguía resonándome el viejo son de mi río primero.
Los alumnos seriamente ilustraban su camino de familias pudientes con un barco y un águila a la altura del bolsillo.
Y los jefes, vestidos a la usanza antigua de plegarias y misas, intentaban comprarnos con buen sueldo el alma independiente.
Aquellos tiempos iban hacia el polvo y el olvido, porque del agua oscura que llovió sobre el paisaje de mi vida entonces sólo queda el oficio y su alto don, la limpia entrega a la enseñanza justa con tripas y emoción y un poco de eso que presentimos los que damos clases: ser un poco Dios en nuestro sueño.

viernes, 27 de junio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Cómplices silencios

Y empezamos en casa a practicar los cómplices silencios que amortiguan el llanto y el dolor, las frías sombras que amenazan de muerte al hombre bueno que ha sido para ti un dios tranquilo, la mano que alzó un día el andamiaje de tu propia estatura, que dio pan de sueño a tu niñez.
Y planeamos meriendas a Las Planas, donde el padre reía débilmente, acaso cómplice también del disimulo, como magia para alargar el trágico momento, y elevaba el porrón para que el vino le bendijera como en años jóvenes.
Y al Tibidabo, donde los espejos cóncavos nos partían de risa y él soñaba aún con primaveras y viajes subido al avión y viendo el mar al fondo de la niebla, tras las grises avenidas de nuestra gran ciudad.








Tristeza

Yo no disfrutaba con los cuadros que pintábamos por los alrededores, estaciones en ruinas, campos rubios, barcos desahuciados o masías con perros que espantaban nuestras telas.
Ni comprando en Canuda libros viejos con pétalos de rosas en sus páginas y tarjetas postales con Colón apuntando hacia el mar, y entradas rotas del Liceo, y estampas y billetes que nunca más compraron...
Yo no disfrutaba con los vinos de Las Botas. Ni los versos procaces de Espronceda, ni los chistes subidos distraían la alarma de mi pena.
Sabía que más tarde o más temprano no podría acallar más la morfina los perros de la muerte. Que mi padre, cansado de luchar contra el dolor, cerraría las puertas al verano y, las manos en cruz sobre su pecho, iniciaría la ruta de la seda.


La muerte

Lejos de la gran ciudad, de la casa donde la muerte estaba gobernando, una noche de mili encabronada escuché la noticia bien sabida.
Un tren de medianoche atravesó tierras y lágrimas sin un descanso.
En mi macuto ardían cien poemas de rabia contra Dios, contra la vida, contra la primavera que incendiaba los campos de lujuria.
Llegué, limpio de llantos, hasta el lecho donde el padre aguardaba mis besos, mis palabras, tal vez la confesión de que él había significado todo para mí. Pero el tronco de un árbol más que yo habría sentido entonces. Nada dije, nada hice sino mirarlo lentamente como quien ve partir el barco que un día lo había traído hasta esta orilla.
Más tarde, cuando el cuerpo lo dejamos en el gris Cementerio de Montjuic, supe bien que cualquier descubrimiento lleva luz a las almas y penumbras, y que los cuerpos crecen con heridas que la vida les va abriendo sin causa, como letra obligada en su poema.




Bálsamo

Menos mal que el amor es puro bálsamo y todo lo aligera su ternura. Si no, todo habría sido un tobogán hacia el odio del vino y la desidia.
Las Ramblas de los pájaros, las Ramblas por donde el mundo entero se codea entre razas y lenguas de Babel, fueron ojos de mi florecimiento, oídos de mi amor. (La pena ardía entre sus manos blancas hasta hacerse ceniza de ternura.)
Ella me hablaba de barcos y gaviotas que tenían nombres de personas que queríamos, mientras la “golondrina” se alejaba por la dársena azul hacia los cubos grises del rompeolas, y su estela era el limpio recuerdo de una vida que nos seguía mar adentro, como el eco de la voz que nos hablaba momentos antes.
Ella lo decía y yo me lo creía. ¡Puro bálsamo!


Amor en todas partes

Y Montjuic me mostraba sus rincones con la procacidad del primer día, los arcos del Museo Arqueológico, la Font del Gat llorando cantos viejos, la grata Rosaleda, el Teatre Grec... y en todas partes era fácil, libre, el beso, el desamarre del amor, en todas partes dábamos fe viva de que la soledad más triste canta y explota cuando hierve en luz la sangre, si otra sangre baila con la tuya.
Y si no era Montjuic era el Parc Güell, la piedra vuelta loca en maceteros, en arcos, en columnas, en la gracia que aquel loco arquitecto de inquietudes sembró en el corazón de Barcelona.
En todas partes ella hacía de mí una soledad más pequeña, una elegía menos triste y más alta y más auténtica.

jueves, 19 de junio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

Noches de fuegos corporales

¡Cuántas noches después de estar con ella, después de someter mi carne a fuegos que sólo de pensarlo todavía me queman el recuerdo...!
¡Cuántas noches dejé que mi semilla blanca hiciese acrobacias nocturnas en la esquina de la calle, en los cipreses, testigos del deseo insaciable del carnoso ciprés que crecía en mis ingles!
El tranvía me llevaba cansado al otro extremo de la ciudad. El sereno venía, golpeando la acera con el chuzo y agitando las llaves de la noche, a mi torpe llamada mientras todo el mundo perseguía al Fugitivo en su televisión individual.
Después caía en la cama como un Orfeo que ha abrazado a su Eurídice y sueña que el infierno es un regreso constante a las delicias del Olimpo.
¡Qué tiempos cuando el alma se inundaba de música de disco ( el Richard Anthony de “Aranjuez mon amour”) y el cuerpo ardía mientras iba a buscarla a su trabajo!
Un dios Pan disfrazado de estudiante con apuntes del Cid y cien poemas temblando por hallar sus cauces vivos era yo camino de sus besos, del volcán donde las lavas del deseo una noche y las otras se perdían en fuegos acrobáticos, silentes, por laderas de tela o trapecios de cipreses nocturnos.
¡Qué retornos más dulces a la casa con la brisa de su pelo enredada aún en el mío, con el gusto a manzana de sus labios aún besando la fiebre de los míos!
Nostalgia inútil, te odio, pero te amo también porque el recuerdo me da vida.


Horta

Y viviendo la luz que me dio ella, otro barrio brilló bajo mis pies: su nombre, Horta, de casas con glicinias y pisos heridos de aluminosis; de plazas donde el pueblo compartía su tipismo con fuet y con sardanas, de cines donde ardíamos sin ver las películas que proyectaban, solamente explorábamos los cálidos y húmedos recovecos de nuestros cuerpos jóvenes. (Diamante, Astor, Virrey, Venecia, Horta, Maragall, Odeón... Sagradas sombras donde hicimos de nuestros cuerpos aras de devoción carnal). Y bailes donde juntábamos volcanes de deseos con músicas románticas en tanto que la tarde, mareada, daba fe del amor enredado en nuestras yedras.





Garraf

Y en tiempos de toalla y mar amigo, de arena y bronce gratis, nos armábamos de paciencia infinita y de nevera portátil, y cogíamos el tren para Garraf.
Era casi imposible echar el cuerpo a la larga sobre la arena entre tanta carne puesta al asador, y apenas la toalla señalaba el candor de nuestra piel.
El agua, acometida, se quejaba de tanta pierna y tanto brazo, era como entrar en la gresca de un buen caldo.
Pero pronto, recogidos los útiles, monte arriba, entre pinos, requeríamos un refugio tranquilo para comer y echar la siesta luego.
¡Un paraíso al alcance de Romeo y Julieta!




El nubarrón

No todo era soñar y dar los pasos por sendas florecidas, vino y arte en aquel sesenta y cinco de la luz que vino a deslumbrar aun más mi vida.
Había un nubarrón que amenazaba la mies de la familia, un nubarrón inexorable, una termita hambrienta dispuesta a socavar la luz de casa.
El hospital artístico, de cúpulas de fresa que yo había conocido, fue también bisturí y convalecencia para el padre operado.
Y la termita que roía el pilar de su estatura siguió sembrando el luto agazapada, mordiendo, devorando amor y tiempo.




Dios no disponible

Dios no estaba nunca disponible. Busqué su compañía en las iglesias, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio; de día, cuando todo es más abierto y la luz unge labios y miradas; de noche, cuando el miedo se hace pánico y el pánico sepulcro de deseos.
Las clases eran humo donde Góngora luchaba por lucir sus “Soledades”. Nada, nada lograba detener mis ríos de tristeza, la esperanza era una lluvia sucia que se hundía en las bocas del alcantarillado.
Y Dios no estaba en las iglesias, no estaba en ningún sitio, despachaba ignorancias y olvidos. Yo no iba a pedirle milagros, sólo tiempo, un poco más de tiempo para el hombre que me había traído a la ciudad un año antes. ¡Tan sólo tiempo, tiempo! Y el tiempo era ya humo para él.
Y aunque Dios no quería oírme, le dije de todo menos “Dios”, por las calles, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio, y en las iglesias donde sólo estaba el tedioso silencio de su ausencia.

miércoles, 4 de junio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

El Mercadillo de los libros

Como también recuerdo el generoso horizonte del Mercadillo, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante insaciable y de poeta.
Albert me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar entre los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.




Inicio universitario

Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio...
Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia.
Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.






La ciudad en invierno

Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios.
Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas...
Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.




Sitges

O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat.
Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo.
Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarros y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.




La ruta semanal

La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas duras que inyectaban furiosos los exámenes.
El resto era volver a los amigos, al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales de la música dulce de San Remo.
El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida.
Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.





Ella, al fin

Al fin la conocí. Ella era la vida, la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza.
Fue en la marabunta de la música y el ron con cocacola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa de Albert cuando sus padres se iban de viaje.
Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda una carne bailable y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia.
Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera.

martes, 3 de junio de 2008

MATERIA DE RECUERDO

MATERIA DE RECUERDO

(1964 – 1974)









































“Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.”
Francisco Brines



“Más, cada vez más honda
conmigo vas, ciudad,
como un amor hundido,
irreparable.
A veces ola y otra vez silencio.”
Jaime Gil de Biedma






A la ciudad de Barcelona y a algunos barceloneses especiales: tanto ella como ellos me ayudaron a ser yo.
A Nasi, que inició conmigo lo que ahora nos sostiene y da la vida.






I.

Estación de Francia

Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad de provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.
Mis padres y mi hermana, la pequeña, soñaban como yo ante la imparable cascada de habla y etnia junto al tren, en aquella estación de puertas libres. Eso fue lo primero: la preclara, libre apertura hacia verdades vivas.


El piso

El sitio de la casa, luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, junto al canto del agua de Monjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome. ) El piso en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior siempre esperando.)
Y también aprendía de los míos: cuatro hermanos ardiendo en la labor de pagar deudas, sueños..., y los padres haciendo cuentas siempre. Versos hablan con gratitud de aquellos manantiales.






Era julio

Pero también del mar en Casa Antúnez, al pie del Cementerio, el agua alegre brillando en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte.
Yo, a cambio, les daría humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.





Entre el arte y el vino

Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de Albert donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza.
La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas.
Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas.
Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarro, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.





Nombres

Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la nostalgia inútil. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte.
Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles.
Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras Fibla perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, sus minotauros Florentí incitaba, el otro Juan soñaba con París, Esther flotaba en nubes de Picasso y Albert la dibujaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.





Un refugio

Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo.
En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso con pasión.

lunes, 14 de abril de 2008

PROCRIS

PROCRIS

I.
Una mujer semidesnuda, con el cuello manchado por la sangre de una herida, yace muerta en un prado verde y florido. La muerte y la vida. Un fauno, vida salvaje y natural, se inclina solícito sobre la mujer, mientras que un gran perro de caza, vida animal, vela sentado a sus pies. Al fondo una laguna de aguas quietas con pájaros y perros en su orilla. Amanece. Flota sobre la escena una atmósfera propia del mundo de los sueños. Este es el cuadro. Su autor, Piero di Cosimo, vivió el apogeo del Renacimiento y de Florencia. Era un hombre de humor caprichoso, capaz de las invenciones más extrañas. Como este cuadro. El cuadro se encuentra en la National Gallery de Londres con el título Un tema mitológico, y representa la muerte de Procris, último episodio de una leyenda antigua contada por Ovidio en sus Metamorfosis.

II.
En el cuadro falta el marido celoso, Céfalo, causante de la muerte de la infortunada esposa. Pero no el perro Laelaps, regalo de Diana a Céfalo. El can asiste a la tragedia como símbolo de fidelidad, virtud en la que ambos esposos tuvieron tan poca confianza. Con el mismo tema de los celos y con los mismos personajes, Niccolo de Correggio escribió un drama titulado Céfalo que se estrenó en Ferrara y luego se imprimió en Venecia, donde probablemente la conoció el pintor. Entonces, como ahora, las catástrofes y las muertes originadas por los celos eran muy corrientes. Un ejemplo fue el de Galeotto Manfredi, señor de Faenza, que fue descuartizado por orden de su esposa Francesca por haberle sido infiel. De ahí que tuviera tanta importancia el drama de Correggio, aunque le dio un final contrario al de Ovidio, pues en el quinto acto una diosa compasiva devolvió a Procris a la vida y se la entregó a Céfalo. A la muerte le sigue la resurrección. Ahora, a diario, los casos de celos salpican de sangre la pantalla de la televisión, el papel de los periódicos, la paz de las familias.



III.
La primera obra de Piero di Cosimo fue el paisaje de El sermón de Cristo que figura en la Capilla Sixtina. Los retratos y los cuadros del artista adquieren con el paisaje una atmósfera y un encanto especiales, pues siguiendo a los pintores holandeses contemporáneos como Jan van Eyck o Hugo van der Goes creía que el paisaje otorgaba un carácter decisivo al cuadro. Y así, La muerte de Procris está envuelta en la melancolía de un paisaje acuático bajo un cielo incierto. Garzas plateadas deambulan por la orilla, imagen del reino de los muertos, adonde Procris acaba de ingresar. El dolor, las lágrimas y el olvido la envuelven para siempre. Ahora, a diario, la muerte de las mujeres por celos aparece envuelta en la melancolía atroz de un paisaje urbano bajo un cielo también incierto. Una manta de papel de estaño cubre el cuerpo y hay policías deambulando por la acera como seres perdidos en el tiempo de la sangre.

IV.
Un fauno, orejas puntiagudas, cuernos y patas de cabrón, representante del mundo salvaje y la lujuria, se inclina sobre Procris. Ahora inútilmente. Antes, en vida, intentó seducirla. También inútilmente. Entonces el salvaje se vengó del desdén de Procris haciéndole creer que Céfalo la engañaba, provocando así la perdición y la muerte. Ahora, después de todo eso, se lamenta y se inclina con ternura sobre Procris.

V.
Piero di Cosimo, el creador de la pintura, era un solitario y vivía apartado de la gente. Una de sus aficiones principales era la alquimia, ciencia que había aprendido de su maestro. La alquimia y sus secretos palpita en La muerte de Procris. Los perros de la pintura son un ejemplo. Los alquimistas consideraban a la perra blanca de Corascene y al perro Armenio símbolos de los dos estados químicos antagónicos: lo sólido y lo volátil. Unirlos mediante el fuego era un paso importante para lograr la Piedra Filosofal. También había que sublimar en un alambique la materia muerta descompuesta para convertirla en la piedra blanca simbolizada por un cisne. Un cisne aparece también en el fondo de la pintura. El perro de caza lo vemos dos veces representado en el cuadro: una, en la orilla, vigilando la lucha de los contrarios, el perro negro y el perro blanco; y la otra, en primer plano, a la derecha, velando a los pies de su dueña difunta.


VI.
Más alquimia. El cuerpo muerto de Procris aparece envuelto en dos velos, uno rojo y otro dorado, colores que simbolizan los de la Piedra Filosofal: el rojo ardiente que convierte todo en oro. De un cuerpo muerto, de un hombre o una mujer, Eva o Adán, los alquimistas creían ver brotar un arbusto, el arbor philosophica, porque a la muerte de la materia le sucedía la resurrección, la liberación del espíritu, la transmutación material. En la pintura de Piero di Cosimo no brota el arbusto directamente del cuerpo muerto de Procris: lo ha pintado justo detrás, por encima de sus hombros y su corazón. Los alquimistas ven en el cuadro la victoria sobre la muerte, la inmortalidad, aunque con la intervención de las fuerzas naturales encarnadas aquí por el hombre salvaje, es decir, el fauno.

martes, 18 de marzo de 2008

Recuerdos de Semana Santa

Día 1.

Aceitadas, noticias de la Semana Santa de mi tierra, vino moro del Duero. Esto es lo que me acaba de llegar hoy de aquel sitio donde arraiga la almendra de mi vida. Pero me gustaría que llegara junto a esa materia de azúcar y de harina, junto a esos renglones de noticias, junto a ese jugo que da la buena cepa de la tierra, me gustaría que llegara también lo que yo fui un día al lado de todo eso: el niño que vivió en mis huesos entonces y, sobre todo, la ventura y aventuras irrepetibles de ser niño en aquel aire sagrado de mi tierra natal.
Aceitadas, los dulces besados por las manos maternales, tardes de abril lluviosas en la sala donde el baúl cubría los aromas de la Semana Santa... Noticias de la Semana Santa, los itinerarios de las procesiones, las imágenes nuevas que este año van a desfilar y que yo no voy a poder ver… El vino embotellado que se cría con la savia, el agua y el sol de la tierra…
Todo eso me acerca a la tierra a la vez que me distancia de ella. Y es entonces cuando no puedo evitar que las abejas que liban los recuerdos claven en mi alma su aguijón amargo.



Día 2.

Hoy miro mi cara en el espejo y veo un camino tallado por el tiempo. Adivino mis huellas sobre la tierra, sobre el silencio de los años, porque los años callan y nos ven pasar como la orilla al río mientras los hilos de la edad se enredan en personas, en cosas, en esperanzas que pasaron, personas, cosas, esperanzas que en las manos del tiempo se volvieron agua de recuerdos, fuentes que tienen el encanto de revivir latidos, luces, gestos de ayer en este hombre que fue niño: los chopos, las almendras, el mendigo de estío, mis padres en lo alto..., en este hombre que hoy mira en el espejo su camino.
Hoy miro mi cara en el espejo, y en un pilar de niños y aventuras veo un hombre tallado por el duro poema de la vida.



Día 3.

Habrán empezado las procesiones y el Tío Barandales encabezará una de ellas. “Tío Barandales, dales, dales... decíamos los chicos al verle pasar bien firme, moviendo las muñecas de sus manos para hacer voltear las campanas. Su rítmico cantar suena ahora en el alma del chaval que un día fui. Ahora habrá también chavales en la ciudad viendo pasar solemne al Tío Barandales delante de los cofrades y los pasos por las callejas viejas y perennes. Esas campanas eran y son como latidos, como segundos, minutos y horas de tiempos que nunca desaparecen porque son sones, vivencias que siempre amamos, que revivimos y recordamos como una canción eterna.
“Tío Barandales, dales, dales...”, tal vez haya chavales hoy que digan al paso del Tío Barandales, lo mismo que los chavales de ayer decíamos, porque esas campanas suenan igual en la distancia que en la presencia, en los adultos que en los muchachos. Ahí reside el misterio de la Semana Santa de mi ciudad.
Parece que lo estoy viendo. Mientras voltean esas campanas, salen las gentes a las calles para ver con ojos tiernos y llorosos, los dolorosos latigazos que sufre Dios en su lejana y a la vez tan cercana soledad.
Sigue sonando, tío Barandales, “tío Barandales, dales, dales...” para que nunca nos olvidemos de aquellas cosas que hoy no tenemos y que un día fueron nuestra Verdad.




Día 4.

(Mirando una fotografía de la época) ¿Dónde estoy yo, el niño que en mi cuerpo quedó atrás perdido en los atajos de la vida. ¿Dónde estoy yo en esta orilla del río de mi infancia?
Escudriño las manos de mi ahora y no me veo en los dedos ni plumas ni pelusa de nidos. Ni un rastro de aquel jirón perdido de mi vida, un gesto de la hierba, una arruga del agua que me digan que yo estuve hasta el júbilo asombrado en este paraíso, ahora vacío. Y éste es el sitio. Aquí el pretil y al pie la hierba que en las tardes sin fin de los veranos soñaba en ser famosa en nuestros pies junto al balón que ardía en cien jugadas. Y más allá, en la orilla, los guijarros modelados sin prisa por el agua, que pasaban a ser por un instante proyectiles de nuestros tiradores.
Éste es el sitio, aquel que yo adoraba, ahora condenado por el tiempo a ser cantado sólo, visto sólo en una fotografía.




Día 5.

Recuerdo que durante días fue muriendo lentamente la fragua. El polvo de los meses fue vendando la vista a los cristales de la puerta hasta dejarlos ciegos, sin ganas de mirar a la herramienta atada a la pared con telarañas allí, en el interior, junto al yunque callado donde el herrero golpeaba el hierro al rojo vivo para darle forma de barrote, herradura o reja de arado.
Y hoy, tan lejos de aquella vida hermosa que fue mi infancia cerca de la fragua, del dolor del hierro golpeado hasta hacerse herramienta, verja o protección de caballería... Hoy, tan lejos de aquel mundo fugaz, me entero de la muerte del herrero. Y de nuevo otro asidero que mantenía mi infancia medio a flote acaba de romperse y de caerse al pozo donde el tiempo colecciona ruinas y despojos.
Desde aquí le digo adiós a aquel herrero amigo que fue testigo de mi infancia durante mucho tiempo. Lo único que siento es que sólo en una prosa fría se quede la emoción de esta despedida. Cada vez se hace más grande la sombra que amenaza la luz que hace visible la nostalgia. Aunque cada vez también veo más claro que la nostalgia es inútil y que la infancia no regresa jamás pese a nuestro irrenunciable deseo.




Día 6.

Pese a que sé (aún no lo he visto con mis propios ojos) que la casa de infancia se ha convertido hoy en un hostal restaurante, no dejo de verla tal y como era en aquellos tiempos felices. Por eso no puedo de apuntar aquí lo que la casa en sí y mis padres, que supieron adornarla de virtudes y amores a las cosas pequeñas y cotidianas, significaron siempre para mí. Por eso no dejo de repetir que, si la casa tuvo un día primavera y sus paredes exhalaron a cada momento cariño y protección y sus balcones florecieron a la vista de la ciudad de las murallas, fue gracias a ellos, que en ella tejieron su nido. Es más. Si yo no doy un latido sin que suenen dentro de mí campanas y murmullos del río en las azudas de mi infancia, es gracia y don de mis padres, que supieron sembrar en los surcos tempranos de mi alma semillas de espadañas y de Duero, llantos de aceñas y cantos de badajos. Y si esta hermosa inquietud que ahora me crece mientras se acerca abril al calendario, y la Semana Santa en los clarines de la memoria canta y reverdece, se debe a aquel amor que me infundieron mis padres por los pasos y las andas donde, entre cirios que lloran en la noche, tambores y piedras historiadas, desfilan las imágenes benditas que mis padres me enseñaron a querer cuando era un niño.





Día 7.

Sé con toda seguridad (porque yo mismo lo hice a punta de navaja) que mi corazón debe de seguir grabado, junto con la inicial de mi nombre y la de alguna niña de la que estaba enamorado entonces en la blanda corteza de algún chopo de tantos como crecían en los Tres Árboles, junto a la orilla del río. Allí debe de seguir latiendo con la savia lo mismo que latió en las aguas verdes de las Pallas, junto con el silencio gozoso de mi cuerpo desnudo bajo el agua. Allí, en los Tres Árboles, debe de seguir el deseo oscuro flotando entre las frondas frescas, aquel ansia oculta de ser eternos y fieles a la adolescencia y sus ritos misteriosos que no temían nada y para la que la muerte era simplemente un juego, un puente, un salto de comba o un zambullirse en las profundidades del río para salir unos cuantos metros más allá, en el cerco de los juncos y a escondidas de las miradas de los otros amigos. La adolescencia, que para nosotros era como el remo de la barca que abría el alma pura del Duero entre las islas y dejaba un aroma de olvido entre la espuma pero una dicha inmensa de dios en vacaciones en nuestras almas.
Ya podía morirse todo allí, en la fronda, en la fragante alfombra que el verano tejía en los Tres Árboles. Que nosotros seguíamos en alto, viviendo al borde del esplendor cotidiano que era la adolescencia. Por eso creo que aún hoy los restos de aquellas tardes nuestras se levantan cantando en las argollas donde ataban las cuerdas de las barcas, en las blandas cortezas de los chopos donde crecen sin fin los corazones que grabamos a punta de navaja.





Día 8.

He aquí mi promesa inaplazable. Convertido en relámpago de luna, volveré alguna noche a ver las cosas que siempre me tuvieron por abril anclado al corazón de lo perenne. Y nadie sabrá nunca que soy yo, aquel niño que amaba la procesión solemne de almendras y tambores con blusas femeninas, niñas que soñabais en Valorio amores que yo nunca os pedí.
Bajo el palio de la noche abrileña, sin que sepáis quién soy, os veré pasar con vuestras velas detrás de nuestra Virgen, aquella Virgen fiel de la Esperanza que entre flores lloraba en nuestro barrio.
Mujeres ya, con sombras en la luz del corazón, oiréis un viento antiguo acariciaros el alma y temblaréis, y la llama del cirio en vuestras manos brillará un solo instante con más fuerza y no sabréis jamás que fue por mí, que yo estaba muy cerca, como siempre, mirándoos pasar por el espejo del tiempo inexorable.
Lo prometo.
Aunque la infancia no regrese jamás.