jueves, 25 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (III)

 

 


Una de las últimas noches de marzo de 2012, en su casa de Lisboa, el escritor italiano, nacionalizado también portugués, Antonio Tabucchi soñó que estaba en Vecciano, ciudad cercana a Pisa, donde había nacido sesenta y ocho años antes, y que leía en la rica biblioteca de su tío materno. De pronto, del libro que leía, Las metamorfosis, oyó que salía una voz de sus páginas, que le decía: “Soy Ovidio, el autor del libro que estás leyendo con tanto afán. No te asustes por lo que te voy a decir. Sabes muy bien que la enfermedad que te está devorando no te va a dejar vivir mucho tiempo, pero si sigues mi consejo, vivirás siempre como vivimos nosotros, los autores de los libros de esta biblioteca que llevas leyendo estos últimos meses con tanto cariño y cuidado.” Tabucchi le dijo: “¿Qué consejo es ese que me hará vivir siempre?” La voz le respondió: “Nada más fácil que inventar un sueño sobre cada uno de nosotros. Tienes la ventaja de que somos pocos, si no he contado mal, creo que una docena, que por orden alfabético seríamos: Angiolieri, Apuleyo, Chejov, Coleridge, Collodi, Leopardi, Lorca, Ovidio, Pessoa, Rimbaud, Stevenson y Villon. Sólo tienes que inventar tantos sueños como escritores somos y atribuírnoslos a cada uno el suyo como si lo hubiéramos soñado de verdad. ” Tabucchi no encontró mala la idea que le proponía la voz, ya que conocía muchas andanzas y vivencias de todos ellos de haberlas leído en los libros de su tío materno y de algunas bibliotecas lisboetas. La voz añadió: “Apenas tienes que salir de Italia para acabar de recoger algunos datos geográficos e históricos necesarios para enmarcar el tiempo y el espacio de cada uno de nosotros. Quizás el del poeta español Federico García Lorca te cueste un poco más.” Justo entonces se salió del lugar que ocupaba en la biblioteca un libro de tapas rojas, que Tabucchi se dio cuenta enseguida de que se trataba del Poema del Cante Jondo



El libro cayó al suelo y allí se abrió, y justo en ese momento la voz de Ovidio desapareció para ceder su lugar a una música melodiosa de piano que acompañaba la voz de Federico García Lorca, las cuales brotaban del libro abierto como un surtidor de la Alhambra, y que cantaba: “Llora flecha sin blanco,/ la tarde sin mañana,/ y el primer pájaro muerto/ sobre la rama./ ¡Oh guitarra!/ Corazón malherido/ por cinco espadas.” Después Tabucchi recogió el libro rojo del suelo y lo dejó en el sitio de la biblioteca que ocupaba. A un lado había un escritorio y un montón de folios que parecían decirle: “Tiene toda la noche para escribir.” Se sintió fuerte y animado cuando vio que desde todos los rincones de la sala surgían los fantasmas de los escritores que había leído, cada uno con su vestimenta de época, y, sentado ante los folios, escribía sin parar lo que todos a la vez le decían de ellos. Toda la noche estuvo escribiendo y cuando el alba despuntaba abrió los ojos. En la mesilla de noche Tabucchi descubrió una de sus obritas preferidas aunque no la más famosa: Se titulaba Sueños de sueños.


 Entró en la habitación su mujer María José, para administrarle una dosis de la medicina que necesitaba para aliviar los terribles dolores que le causaba su enfermedad.


SUEÑO DE LORCA

Una noche de agosto de 1936, en su casa, en Granada, el poeta Federico García Lorca soñó que se encontraba en lo alto del escenario de su teatro ambulante y que, acompañándose del piano, cantaba canciones gitanas. Iba vestido de frac, pero llevaba en la cabeza un mazantini de alas anchas. El público estaba formado por viejas vestidas de negro, con una toquilla en los hombros, que lo escuchaban arrobadas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Lorca se puso a interpretarla. 


Era una canción que hablaba de duelos y de naranjos, de pasiones y de muerte. Cuando acabó de cantar, el poeta se puso de pie y saludó al público. Cayó el telón y sólo entonces se dio cuenta de que detrás del piano no había bastidores, sin que el teatro se abría a un campo desierto. Era de noche y había luna. Lorca miró entre la cortinas del telón y vio que el teatro se había vaciado como por arte de encantamiento, la sala estaba completamente desierta y las luces se apagaban poco a poco. En ese momento oyó un aullido y detrás de él descubrió un perrito negro que parecía estarle esperando. 


El poeta entendió que tenía que seguirlo y dio un paso. El perro, como a una señal convenida, comenzó a trotar un poco abriendo camino. “¿Adónde me llevas, perrito negro?”, preguntó Lorca. El perro aulló dolorosamente, y el poeta sintió un escalofrío. Se giró y miró atrás, y vio que las paredes de tela y de madera de su teatro habían desaparecido. Quedaba una platea desierta bajo la luna mientras el piano, como si lo acariciasen unos dedos invisibles, continuaba tocando totalmente solo una vieja melodía. El campo quedaba cortado por una pared: una larga e inútil pared blanca, al otro lado de la cual se veía más campo. El perro se paró y volvió a aullar, y el poeta se paró también. Entonces de detrás de la pared surgieron unos soldados que lo rodearon riendo. Llevaban trajes oscuros y tricornios en la cabeza. En una mano llevaban el fusil y en la otra una botella de vino. Los comandaba un enano monstruoso, con la cabeza llena de verrugas. “Tú eres un traidor”, dijo el enano; “y nosotros somos tus verdugos”. Lorca le escupió a la cara mientras los soldados lo sujetaban. El enano rió de forma obscena y gritó a los soldados que le quitasen los pantalones. “Tú eres una mujer”, dijo, “y las mujeres no han de llevar pantalones, han de estar encerradas en las habitaciones de la casa y taparse la cabeza con un pañuelo”. A una señal del enano, los soldados lo ataron, le quitaron los pantalones y le taparon la cabeza con un mantón. “Mujer asquerosa que te vistes de hombre”, dijo el enano; “ha llegado la hora de que reces a la Virgen santa”. Lorca le escupió a la cara, y el enano se la limpió riendo. Después desenfundó la pistola y le introdujo el cañón en la boca. Por los campos se oía la melodía del piano. El perro aulló. Federico García Lorca oyó un golpe y se sobresaltó dentro del lecho. Llamaban a la puerta de su casa, en Granada, golpeando la madera con las culatas de los fusiles.

(Versión mía del original italiano)




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