viernes, 12 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (II) VERSO


 

Verso


RONDALLA VERANIEGA


I

El verano es una caricia

de mar y arena

para un cuerpo tendido

que al sol espera.

Una fuente

con agua nueva,

rediviva en frescura,

que en sueños llega.

Un jardín de azahares

con dos mil abejas,

y una alegre lectura

que se renueva.

Una noche, una música

y una verbena

donde el barrio de siempre

baila y recuerda.



Pero el verano es también

hoces y espigas,

espaldas dobladas,

pieles heridas,

llanuras ardientes

y exiguas comidas,

huertos saqueados,

corrales en ruinas,

golondrinas muertas

y secas gavillas


Y echo de menos las arboledas

que se arrimaban frescas al río,

y a las aceñas que trabajaban

moliendo el trigo.

Echo de menos aquellos cuentos

que por las noches a mis vecinos

yo les contaba como si fueran

amigos míos.

Echo de menos a los veranos

en que el cerebro, mago, divino,

se empeñaba en parar el tiempo

tan fugitivo.



II

Yo no sé dónde estáis todos ahora,

si en un pueblo de la montaña,

dormido cerca del cielo

o en un pueblo de la costa

invadido de turistas.

Yo no sé si algunos de vosotros

estáis cruzando el mundo

coleccionando postales,

suvenires, entradas de museos...

Yo no sé dónde estáis, alumnos míos.

Sólo sé de este silencio

que amordaza los pupitres,

el patio de recreo,

los campos de deportes...

desde que os fuisteis.

Ahora, viendo cómo la soledad

habla en los armarios donde hace poco

vivían vuestros libros,

parece que nunca habéis estado,

que sólo habéis sido personajes

de un sueño que he tenido.

Y sin embargo, 

aquí siguen vuestros nombres

escritos en la madera de los estantes,

y caigo en la cuenta de que todo

es una ausencia prevista,

un paréntesis en la vida de las obligaciones,

y que pronto volveré a veros,

y os preguntaré cómo os han ido las vacaciones,

y volveré a hablaros de nuevas lecturas,

de la obra de teatro

que prepararemos para Navidad...

Pero ahora seguid disfrutando de la arena sin tiempo,

de la excursión sin planes...




                                Y de todo lo que veáis y disfrutéis

extraed la savia que fortalece el corazón

y alecciona el espíritu.

Detrás de las columnas y los cuadros

hubo siempre una respiración parecida a la vuestra,

un corazón atento y un alma ansiosa por aprender.

Para que cuando volváis a estas aulas

vengáis más recios de carácter,

adolescentes sólidos con hambre de futuro.




III

Estos vencejos de la tarde prueban

con sus plumas oscuras otros vuelos,

otras ballestas negras, otros cielos,

otras tardes que mi vida elevan

por encima del tiempo y de los velos

traidores de la edad. Y tengo celos

de las gentes cuyas miradas llevan

el cielo de mi tierra y los pretiles

del río donde vuelan los vencejos

con sus plumas oscuras y reviven

las nostalgias que me llegan más lejos.




IV

El tiempo se sembraba en mi persona

viéndolo roer aquellas hojas de morera

que yo preservaba del calor

en la fresca cantarera.

Y en pocos días su blanca fragilidad

se llenaba

de hilo jubiloso de suntuosa seda.

Y enseguida buscaba un rincón en su caja

y empezaba a tejer su tumba de oro

hasta desaparecer bajo su seda.

Y después, el capullo perfecto,

delicadamente quieto,

se quedaba colgando colmado de futuro.

Hasta que de pronto, ¡la fiel metamorfosis

cumplió con su destino! Aquel gusano obrero

salió hecho mariposa de su tumba.

¡Genial resurrección!

De un sacrificio silencioso

brotó una nueva vida limpiamente multiplicada.

Experiencia educativa en mi niñez

que nunca he olvidado.


V

El barro se ha hecho arte en recipiente

domador de agua limpia y amigo de la sombra.

El barro se ha hecho aljibe y surtidor

para conjurar, puro, fresco,

la sed inmensurable del verano.

En tu entraña de arcilla, botijo irremplazable,

el agua se convierte en generosa ayuda,

milagrosa bebida de fórmula paciente.

En el verano te recuerdo

sumido en la penumbra rezumante

de la fresca cantarera

ansiando aliviar el labio seco

del que trabaja en el campo.



VI

Este verano

he vuelto a ver el mar y su milagro

de mástil y gaviota,

de ola y cormorán.

Y no me canso

de convertir en canto

la luz y la alegría de la gente

cuando la besa el mar.



Este verano

he vuelto a ser el niño que fui ataño.

Y a lomos de mi burra,

desde el pueblo al pinar,

de la calle al camino

el sol me sonreía

y el aire me sonaba

a familia y a hogar.



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