jueves, 25 de julio de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (V) ANIMALES INDEFENSOS

               


A Antonio, un albañil del barrio, curtido de trabajar a destajo para alimentar a su familia numerosa, le gustaba narrar, tal vez para compensar las fatigas y sinsabores que le reportaba su oficio, un montón de anécdotas vividas durante las pesadas y a veces peligrosas horas de demolición de edificios, que eran la mayoría. Yo le escuchaba embobado porque Antonio tenía un don especial para contar cosas, ya que mientras lo hacía proyectaba un rico abanico de emociones en el tiempo que duraba su relato. 


Las anécdotas que con más alegría y cariño recuerdo tenían que ver con los animalitos indefensos que la cuadrilla a la que pertenecía Antonio hallaban en sus peligrosas demoliciones. Y la anécdota que se llevaba la palma tenía que ver con una crías de lechuza. Él la titulaba tiernamente “Las lechuzas en busca de mamá.” Aún recuerdo las palabras de Antonio referidas al momento del hallazgo: “La sorpresa que nos llevamos los obreros encargados de la demolición de un edificio en ruinas en Villaralbo del Vino fue enorme al descubrir, en un hueco de la pared que faltaba por tirar abajo, a cuatro bebés de lechuza sin madre. Al ver a las avecillas, pensé enseguida en ponerlas al cuidado de mi prima Eulalia, que es una especialista en pájaros heridos y abandonados; y así lo hice con permiso de mis compañeros de trabajo. Y como era de esperar, Eulalia les enseñó a alimentarse por sí mismas hasta el momento justo de soltarlas en el bosque vecino a la casa que derruimos para que pudieran saber lo que es la libertad.”

                    


jueves, 18 de julio de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (IV) CUADROS FAMOSOS QUE HABLAN

 NATURALEZA MUERTA

     DE FANTIN-LATOUR

      
                 La luz aviva, mágica, el alma de la flor eternizada 
               y perfila sus pétalos con ternura calculada.
             El miedo afila el ansia del cuchillo 
             que aguarda su justicia en el tablero. 
        El mango oscuro apaga el brillo 
     potencialmente duro del acero.

                                       En un plato las peras y las manzanas avivan el dolor del apetito. 
         Colores, luces, sombras, pieles sanas 
      que cumplen el rigor de cualquier rito.

 Y las uvas. 
Sagradas perlas de oro 
                     que encierran en sí mismas la luz viva de la tierra, 
                      el calor, el fiel tesoro del vino que nos da su fuerza activa.
   
      Más que naturaleza muerta, 
                     es ciencia pintada en un escenario justo, breve, 
          un momento fugaz de la existencia, 
         testigo del amor que todo mueve.



LAS MENINAS

VELÁZQUEZ

La primera vez que vi en el Prado la escena de Las Meninas yo era un estudiante joven, inexperto de vida y de metáforas, pero supe al instante que tenía ante mí el espejo de la luz que vive hecha arte y belleza, luz que invita al alma a entrar despacio en esa sala y asistir a la vida que ahí late en seres y reflejos, de otro modo a como late la sangre en nuestras venas. Por un momento pude acariciar la piel del perro humilde que soporta el pie de Pertusato, saludar a las niñas, ver qué luces mezclaba en su paleta el artista, y luego huir por la puerta escalonada del fondo iluminado y dar de bruces contra el misterio de volver atrás, a la nieve del río que me lleva.

Después abrí los ojos y salí del espejo, y me encontré de golpe mirando el cuadro en otras circunstancias, ya mayor de vida y de metáforas. Pero el cuadro estaba lleno de los resabios y los secretos de las obras maestras.






jueves, 11 de julio de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (III) DEFINICIÓN DE DYLAN THOMAS

 


La rosa que lucha por abrir sus pétalos,

el agua que brota de la roca

le enseñaron a vivir.

La raíz seca del árbol,

el viento que apaga la vela

le enseñaron a morir.

Y a amar,

la gota de agua que queda en la hoja

después de llover.


La pluma de la muerte

le dijo que su corazón era amor,

pero no lo gozaría.

Que su hechura mortal eran olas,

que nunca besarían una playa.




                                 
La luz es fuego

cuando invade la sombra de la carne,

semilla ardiente

que estalla como un mar fuera de la tierra.

La luz es pensamiento aromado de lluvia

y en los ojos de los amantes

el secreto de la rosa perfecta.

El sol no es necesario. Sólo el deseo.


Lenguaje insuficiente

para expresar el misterio que vive el hombre

desde que nace hasta que muere.

Tierra a la tierra, ceniza a la ceniza,

dice el único lenguaje suficiente

que entienden los mortales.




jueves, 4 de julio de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (II) EL FUGITIVO

 


EL FUGITIVO

(Versión  libre de un relato de Al Nussbaum)





En una cabina telefónica de la sala de espera de una estación de autobuses de Barcelona. Medianoche. El fugitivo.

--Me llamo Juan Campos y aquí sigo escondido en esta cabina desde que he visto hace poco aparecer en la puerta de la estación al Chivato. De buena me he librado. Al menos de momento. Pero sin duda se preguntarán de qué me escondo. Se lo explico brevemente. Resulta que hace unas semanas mi jefe Ignacio Fernández me encargó en Madrid entregar un paquete lleno de dinero, pero yo en vez de llevarlo a su destino, me quedé con él y empecé a gastarlo a capricho hasta que descubrí que todos los billetes tenían la misma serie, es decir, el muy cabrón me había dado un paquete de billetes falsificados. Y como ya era tarde para recuperar los que había gastado, añadí de mi bolsillo billetes auténticos. Cerré el paquete y lo llevé a su destino explicando mi tardanza alegando un problema con mi coche. Y creí que todo iría bien. Pero me equivoqué. Pues finalmente apareció en los periódicos la noticia de que medio centenar de personas habían sido detenidas en varios lugares de España por pasar billetes falsos. Enseguida pensé que Ignacio estaría echando pestes sobre mí y algo mucho peor pues en los periódicos se contaba cómo la policía había estado esperando una gran operación con billetes falsos citando además su número de serie. También decían los diarios que habían sido detenidos los distribuidores de Fernández. Así que temiendo que ya andarían buscándome para darme el pasaporte, cogí el coche y puse kilómetros por medio. Y como ven parece que me han medio localizado porque hasta aquí ha llegado el Chivato y si no encuentro pronto una oportunidad para seguir huyendo..., hará intervenir al Ejecutor, el único pistolero que siempre acaba cazando a su hombre, en este caso yo, que aumentaré su larga lista de víctimas despachadas con su pistola de calibre cuarenta y cinco. Ahora sólo falta que el Chivato me descubra y le indique que acabe conmigo.

Sala de espera de la estación de autobuses. Pasada la medianoche. Una mujer solitaria, con una bolsa del brazo y signos de cansancio, se sienta en una silla de la fila que hay frente a la cabina telefónica donde está Campos. El fugitivo.

--Esa mujer solitaria puede ser mi solución. El policía, que hace un rato echó a la calle a los dos vagabundos que ocupaban varias sillas con sus cuerpos, mochilas y demás enseres, ahora vuelve y acaba de fijarse en la mujer. Ésta es la mía.

Campos abandona la cabina telefónica, se acerca a la mujer y la coge de la mano.

--Siento haberte hecho esperar tanto, cariño. Ya podemos irnos.

La mujer solitaria pasea la vista desde Campos hasta el policía que se acerca y luego se levanta de la silla y coge del brazo a Campos. La mujer solitaria y Campos.

--¿Adónde vamos?

--¿Hambrienta?

--Sí.

--Yo también. Vamos a comer algo. A una manzana de aquí hay un restaurante que permanece abierto toda la noche.



En el restaurante. Sentados ante el mostrador de comidas. La mujer solitaria y Campos.

--En la estación me sentía mortalmente asustada ante la idea de que el policía me echase o, peor aún, me detuviese por vagancia o algo parecido cuando viese que no tenía dinero. Gracias por haberme ayudado. ¿Por qué lo ha hecho?

--Me pareció que había llegado el momento de hacerlo. Y ahora me alegro.

--Pues se lo agradezco de todo corazón.

--No hacía falta. ¿Qué quiere tomar?

--Un bocadillo de cualquier cosa y un café.

--Yo tomaré lo mismo.

Se acercó un camarero para servirles. Campos pidió dos bocadillos de queso y dos cafés. La mujer solitaria y Campos los consumen con avidez.

--Se ve que tenía hambre, ¿eh?

--Ya se lo dije.

--¿Quiere alguna cosa más?

--Sí, por favor. ¿Podría ser un pedazo de tarta?

--Claro.

El camarero le sirve la tarta a la mujer. Ésta la devora de igual modo. Luego Campos paga la cuenta. 

--Gracias otra vez.

--Ha sido un placer.

--¿Me lleva con usted?

--No sabe adónde voy.

--No importa. Ya he estado sola demasiado tiempo.

--Ni siquiera sabe usted mi nombre.

--Tampoco me importa.

--De acuerdo, ¿nos vamos?

--Cuando quiera.

--Encontraremos algún lugar en que alojarnos, pero primero tengo que hacer algo.

--¿Hacer algo? ¿El qué?

--Quiero averiguar si me siguen. Pero lo haré de camino. Vamos.




En una calle desierta. Delante de una especie de supermercado cerrado hay cajas de madera vacías. Sentados satisfechos sobre dos de ellas, uno frente al otro.

--¿Ya ha averiguado si le sigue alguien?

--No, no me sigue nadie.

--Hace un par de días me echaron de mi habitación por no pagar el alquiler. Y llevo más de un mes sin trabajo.

La mujer saca una cajetilla de cigarrillos arrugada del bolsillo de su chaqueta.

--¿Quiere un pitillo?

--No tengo vicios.

--Tiene suerte.

--Sí, la tengo.

--¿Puedo encender yo uno?

--Adelante. Estamos lejos de la esquina como para que alguien pueda ver la luz.

La mujer enciende una cerilla y acerca la llama al cigarrillo mientras Campo saca su pequeño revólver de calibre treinta y ocho para apuntarle. La mujer reacciona al ver el arma y mientras el pitillo se le cae de los labios, se levanta de la caja de madera y se protege el cuerpo con la bolsa que lleva siempre colgada del brazo.

--¿Qué va a... hacer con eso?

--Probablemente pegarte un tiro.

--Pero ¿por qué? Si yo no le he hecho ningún daño.

--Sólo porque no te he dado ocasión de ello, muñeca.

--¿Por qué iba yo a hacerle daño?

--Porque tú eres el Ejecutor. Todo el tiempo que estuve escondido en la cabina telefónica de la sala de espera de la estación de autobuses pensando que estaba burlando al Chivato, él ya me había visto y te había avisado a ti. Todo estaba preparado para que yo te recogiera y pudieras usar conmigo tu cuarenta y cinco.

--¿Mi cuarenta y cinco?

--Sí, tu cuarenta y cinco. Esa bolsa que aprietas contra tu pecho es justo lo que necesitas para llevarlo de un lado a otro. Esa pistola es muy grande y no se puede llevar en un bolsillo.

--Se equivoca, señor. De verdad. Yo no intento hacerle ningún daño.

--El Chivato y tú habéis cometido un error. Me has permitido darle esquinazo con demasiada facilidad. El hecho de que haya podido escapar tan fácilmente de él cuando me tenía tan cerca me parece hasta ridículo.

--Por favor, señor, déjeme ir. En ningún momento he intentado hacerle daño. Estoy sola en el mundo y necesito compañía. Yo creí que usted también necesitaba a alguien.

Campos, ante las palabras de la mujer empieza a tener alguna duda y baja el cañón de su pistola. La mujer, visiblemente nerviosa saca del bolsillo de su chaqueta la cajetilla de cigarrillos, pero ve que está vacía y la tira a un lado con una mano mientras que la otra la introduce en la abertura de la bolsa. Y Campos, sin vacilar, levanta el revólver y le dispara en la cabeza. La mujer cae hacia atrás y queda tendida inmóvil en el suelo, con la mano metida en la bolsa. Luego Campos inspira profundamente y a continuación exhala lentamente el aire. Finalmente, gira sobre sí mismo para abandonar el sitio.

--Parece muy tranquila, en absoluto una perdedora. No he necesitado tocar la bolsa. No me importa saber si es o no el Ejecutor. Si me he equivocado respecto de ella, no tardaré en averiguarlo. Teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, estoy convencido de que he hecho lo que tenía que hacer en ese momento.

Campos echa a andar hacia el final de la calle, completamente en penumbra, y desaparece.

FIN


viernes, 28 de junio de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (I) CARTA ABIERTA A VILLÓN

       


       Empiezan las vacaciones de verano, y ¿qué mejor regalo hay para entretener un rato a los seguidores de escribiradiario que ofrecer cada semana un texto para leer, ya sea un relato, una reflexión o un poema?

Carta abierta a Villón 

 Naciste más pobre que una hoja seca perdida en el vendaval. Y si fuiste a la escuela fue porque te llevó la caridad de los demás. De ahí que no te anduvieras con paños calientes cuando empezaste a enhebrar los primeros versos. Era irremediable que hablaras de la dura vida amada, del pan difícil, del hambre negra, de la ruin soledad cotidiana que suele vestir al hombre con sus tristes harapos. No podías perder el tiempo en observar los colores con que el sol se apaga en los crepúsculos, ni extasiarte ante el amor galante del lujo y los jardines. Más bien al contrario, con palabras armadas de atrevimiento y provocación y urgencia rimada, retrataste el surtidor caliente de tu sangre, la impetuosa y libertina catarata de tu vida: muertes, robos, condenas y destierros, y amores desvalijados a las horas en caminos de aldeas y graneros oscuros.

Tu carnet de bohemio se perdió en un instante en una tierra ávida de huesos.

Tus baladas cayeron como fruta madura a los pies del futuro y cien generaciones las recuerdan. “Mais on sont les neiges d’antan?” ¿Dónde están ahora aquellas correrías regadas con vino abundante y abrazos generosos, con reyertas nocturnas  y fugas de París? ¿Dónde están ahora, dime, pícaro sabio Villón, aquellos días de libertad y libertinaje a manos llenas en los caminos y las posadas? ¿Dónde aquellas horas de prisión amargas, con la soga a punto de apretar tu cuello?

Y entre risas y lágrimas, rosas y vino, caminos, posadas y barrotes carcelarios nos fuiste regalando Versos Humanos, Testamentos Profundos, que hablan elocuentemente del chorro impetuoso de tu vida nacido del manantial de la miseria.

Como latigazos restallan entre nosotros todavía tus palabras, verdad desnuda, sin vanos ornamentos.

Este, Villón, es tu testamento: recordarnos siempre que es muy difícil vivir, que la vida es brevísima en tiempo y dilatada en adversidades, y que la muerte pone punto final a esta carrera de tropiezos y caídas, haciéndonos iguales a todos (pírrico consuelo): clérigos y legos, reyes y campesinos, potentados adornados de joyas y ricas vestimentas y andrajosos vagabundos  hartos de arrastrar  su pobreza, como tú, François de Montcorbier.

Agradecidos a tus versos aleccionadores, te deseamos que tengas paz al menos en tu tumba.





jueves, 13 de junio de 2024

CARCASSONNE (I)

     

       Hemos vuelto a vivir en la casa del año pasado desde donde podíamos contemplar a nuestras anchas la imponente silueta de la Cité de Carcassonne y hemos vuelto a crear nuevos recuerdos, tan emotivos como los primeros. Apenas he escrito esta vez, tan pendiente de las cosas que reclamaban su atención a la mirada y su chispa de sentimiento al corazón. Y me ha sido fácil relegar la pluma ante la revelación de las cosas, de las mismas cosas de la otra vez. Y lo poco que he escrito no es casi nada comparado con lo que siento aún días después de haber dejado aquel marco entrañable que nos ha revestido otra vez de luz, de emoción y de belleza.

       Mientras saboreábamos aquella cassulette del Languedoc, un lujo inimaginable para el paladar, una fabada increíble de saucisse de Toulouse y manchons de canard, bien regada por un buen tinto de la tierra (Minervais, Corbières)… Mientras sazonábamos todo eso con la conversación familiar sobre el recorrido que el guía tenía previsto realizar después de la siesta… Mientras veíamos desde la terraza en que estábamos comiendo la puerta del Aude y alzándose sobre ella el Castillo Condal, pavoneándose ante el resto de construcciones fortificadas que a un lado y a otro recorren las murallas, yo ya estaba, con perdón de mis acompañantes. Disfrutando como un sátrapa de la siesta.
       Momentos más tarde, casi sin haberme dado cuenta, ya estaba en la habitación, que a juicio de los dueños era la más tranquila de la casa, más que seguro de que la siesta me iba a sentar de maravilla y recuperaría sin duda las fuerzas y las ganas para disfrutar a fondo de la primera inspección de la Cité . Mis tres familiares más queridos se habían quedado charlando a la sombra de la terraza. Su murmullo me llegaba hasta la cama donde acababa de tenderme y reclinaba la cabeza y parte de la espalda en el juego de almohadas de que disponía. Comodísimo, cerré  los ojos mientras me decía a mí mismo: Carcasona ha dejado de ser un sueño para ti. Ahora ya puedes vivirla plenamente.

      Un trovador entra en el aposento de la dama del castillo, se desnuda y se mete en la cama de su amante. Ésta le dice que su esposo está fuera y tienen toda la noche para hacer nuevos fuegos. Y así lo hacen hasta que la estrella cruel que trae el alba les obligan a dejar la hoguera de amor y a despedirse hasta la noche siguiente. Pero el marido burlado, celoso, se venga de la manera más cruel: mata al trovador y ese día durante la comida el señor del castillo da de comer a la esposa infiel el corazón de su amante. Más tarde, una sirvienta le revela a su señora lo que acaba de comer. Ésta, deshecha por el dolor, se arroja al vacío por la ventana más alta de la torre. El golpe que se da el cuerpo sobre las rocas en que se asienta la fortaleza me despierta.

         

        Momentos después, los cuatro de familia iniciábamos una subida de calvario de escalinatas y cuestas al final de la calle de nuestra casa y, tras recuperar el resuello al pie de la ronda entre las dos murallas que salvaguardan la Cité, veíamos sobre nuestras cabezas el cielo azul acribillado de vencejos que buscaban en pleno vuelo los mechinales de las torres, cubos, murallas… Al fin llegamos, rodeando la fortificación principal, a la zona de  la Puerta de Narbonne. 
 
     
      Con ayuda del guía familiar descubrimos a un lado la efigie de la reina Carca, y nos pusimos a hacerle alguna foto. Y sin darnos cuenta nos vimos rodeados de una nube de inquietos fotógrafos que buscaban ansiosos el mejor ángulo para inmortalizarla con sus móviles. Nos apartamos como pudimos para iniciar la primera exploración de la Cité por ese lado y enseguida nos encontramos de golpe con dos ríos de gente entrando y saliendo de la barbacana de San Luis. Por la Puerta de Narbona ascendimos a la parte de la ciudadela más concurrida de visitantes, siguiendo las explicaciones de nuestro guía familiar sobre la historia de Carcasona (casi una docena de personajes: otra vez Carca, Carlomagno, los cátaros, los cruzados, Montfort y Trencavel…), salpicada de curiosidades y leyendas… Por la Rue Raymond-Roger Trencavel, apenas concurrida, (¡qué tranquilidad!) llegamos al rincón mágico y sagrado de la basílica románico-gótica de San Nazario (pido perdón al guía por emplear el castellano, él me sonríe comprensivo). El templo era nuestra primera visita importante; pero, al llegar ante la hermosa doble fachada, románica la primera, y gótica la segunda, nos llevamos un chasco enorme: el templo estaba cerrado a las visitas. La cola de gente que había allí mostraba la misma cara de decepción que nosotros. El guía familiar nos dijo apartándonos del bullicio: "Mañana vendremos antes. Pero ahora, y ya que estamos aquí os explicaré por qué veis dos fachadas de estilos diferentes en el mismo templo."









jueves, 30 de mayo de 2024

ZAMORA Y SUS LEYENDAS. La cabeza de piedra

 


LA CABEZA DE PIEDRA

 

Los fuertes calores del verano arrojaban a los zamoranos fuera de las murallas en busca del frescor de los bosques próximos. El más concurrido por el espesor y belleza de su fronda y por la delicadeza de las aguas de su arroyo era el de Valorio. Además desde él podían divisarse las fuertes almenas y los poderosos cubos que protegían el castillo de la ciudad.

Corría el año 1173 y una nueva construcción empezaba a descollar junto al castillo. Era una cúpula gallonada, con cupulinos en sus ángulos y con airosas ventanas en su tambor. Todavía se apreciaban andamios en sus cubiertas. Desde el bosque no podía contemplarse su ábside semicircular con absidiolos ni las otras tres fachadas ya terminadas. Ahora se estaban también dando los últimos remates al claustro, mientras que sólo se apreciaban los cimientos de lo que sería la gran torre de la Catedral. Ésta había sido una apuesta de la voluntad de Alfonso VII. En efecto, desde que acudió en 1125 a la antigua iglesia del Salvador para asistir al acto en que su primo, el futuro rey de Portugal, Alfonso Enríquez, fue armado caballero, se prometió que la ciudad de Zamora merecía una gran catedral que pudiera dar cobijo a una población en alza, que ahora debía quedarse fuera por falta de espacio.



Tras su coronación como emperador en 1135, empezaron los preparativos para la construcción, la cual fue iniciada por el derribo de la vieja iglesia y el inicio de las obras de la nueva. Fernando II siguió la labor de su padre, que ahora estaba terminando. Pues bien, por un estrecho sendero del bosque, doña Inés Mansilla y su aya iban comentando la belleza de esa cúpula de tonos rojos al atardecer, cuando de repente tres jóvenes a caballo aparecieron ante sus ojos. Uno de ellos, paró inmediatamente su corcel y se quedó mirando a la joven; ésta hizo lo mismo (flechazo a la vista). Casi, instintivamente, él bajó del caballo y avanzó a saludarla. Se presentó como Diego de Alvarado y le pidió permiso para volver a verla. E Inés, como nunca había visto galán tan apuesto, aceptó quedar con Diego en ese mismo lugar del bosque.

Diego de Alvarado comprendió en ese instante que su vida estaba unida ya para siempre a esa joven de cabellos y ojos negros. Su vida de calaveradas sin cuento tenía que terminar. Había tenido buen maestro pues ya desde niño había visto cómo su padre, jugador y mujeriego empedernido, arruinaba la casa familiar vendiendo esto y lo otro para pagar las deudas que había contraído con el juego y las aventuras amorosas, mientras que su pobre madre había acabado muriendo todavía joven a causa de los disgustos que le había causado su marido. Pero Diego decidió emprender vida fácil que le había marcado su progenitor a pesar de que ahora sólo disponía de la casa solariega y de su apellido, viviendo de lo que algunos deudos le regalaban y de las invitaciones de sus amigos, pues, como buen noble, se repetía a sí mismo que él no había nacido para ejercer ningún trabajo manual. Tenía siempre la esperanza de que en alguna de las incursiones contra los musulmanes, llegara su oportunidad de destacar y ascender en el favor real; pero lo más que había obtenido eran unas monedas de oro del botín conseguido, que consumía en el tiempo que le duraban sus juergas y francachelas.

Muchas fueron las ocasiones en que los jóvenes volvieron a encontrarse. Estas continuas salidas de Inés no pasaron inadvertidas para su padre, don Pedro Mansilla, que mandó a uno de sus criados seguir a su hija y a su aya para conocer adónde iban y con quién se encontraban. Cuando se enteró de que era con don Diego con quien se veía frecuentemente, llamó a Inés y, después de mostrarle todos los defectos del joven, llegó a lo que para él era más importante:

--Como remate, ese joven está totalmente arruinado. Y si se ha fijado en ti, posiblemente sea por tu dote, que acabará perdiendo en el juego. De modo que, hija mía, por tu bien te prohíbo que lo vuelvas a ver. Es mejor que te cases con alguien digno de ti, como ya tengo pensado.

Doña Inés, al oír a su padre, se refugió en sus aposentos y no paró de llorar en varios días. Y don Diego, que no la había vuelto a ver, sospechó que algo malo estaba ocurriendo. Así pues se apostó a la salida de misa del domingo y, cuando ella y el aya se separaron de don Pedro para regresar a casa, se acercó a ellas. Al verlo, Inés no pudo contener los sollozos y acto seguido le contó la decisión de su padre. Al oírla, Diego la consoló diciendo:

--Yo te prometo que conseguiré tanto oro que el avaro de tu padre no podrá negarme tu mano, amor mío.

Y se despidió molesto mientras el corazón de Inés palpitaba ilusionado por la promesa de su amado. Éste estaba convencido de que no podía perder a Inés por culpa del dinero. Pero por otra parte sabía que sus amigos no podían ayudarle más de lo que ya lo estaban haciendo y del azar del juego poco podía esperar. Y la pregunta era: ¿Cómo conseguir ese dinero que necesitaba? Sin embargo, al reunirse con sus amigos y cambiar unas palabras con ellos, encontró la respuesta. Pues entre otras cosas le comentaron que al día siguiente tenían que salir a escoltar hasta la Catedral un convoy real, cargado con el oro y las alhajas necesarias para dar fin a las obras de su construcción.

Sin comentar nada con ellos, buscó a un par de rufianes con los que había compartido más de una juerga nocturna y les pidió que al día siguiente por la noche acercaran un carro a la ventana próxima a la portada sur de la Catedral. Y cuando al atardecer del día siguiente Diego llegó acompañando el carro cargado de las arcas reales, aprovechó para esconderse tras los gruesos pilares de la Catedral hasta que las soledad y el silencio de la noche se apoderaron del sagrado recinto. Entonces se dirigió hacia el lugar en el que habían depositado los arcones llenos de herrajes, rompió las cerraduras y pudo tener entre sus manos el tacto de las anheladas monedas y enredar en sus dedos collares de piedras preciosas mientras musitaba gozoso: "Inés, ya eres mía."



Cargando toda esta riqueza como podía se la fue pasando a sus compinches por la ventana. Mas, cuando intentó salir él por la misma, la ventana se cerró en torno a su cuello, como si fuera un pétreo grillete. En la soledad de la noche sus gritos desesperados fueron oídos por la guardia del castillo; pero poco pudieron hacer por el desgraciado joven, que murió asfixiado; en cambio sus gritos sirvieron para detener a sus secuaces y finalmente recuperar el carro cargado de oro. 

A la mañana siguiente, la noticia recorrió la ciudad en los cuatro puntos cardinales. Doña Inés, incrédula, corrió desesperada hasta la Catedral, donde sólo pudo contemplar la mueca de dolor del antes apuesto Diego. Sintiéndose culpable de esa muerte, entró en un convento próximo a la Catedral, donde permaneció hasta su muerte. En cuanto al cuerpo del joven, quedó petrificado  fundiéndose con el muro de la iglesia. Pero su cabeza, de piedra, aún puede admirarse en la portada de la Catedral llamada también del Obispo por hallarse frente al Palacio de la diócesis zamorana.