PRELIMINAR

Las historias a que me refiero y que están contenidas en las
páginas que siguen fueron inspiradas durante el viaje que hace unos meses realizamos la familia a la Provenza. Nuestro centro
de operaciones fue la ciudad de Aviñón y las etapas
principales del viaje tuvieron como lugares visitados en primera
instancia, demás de la ciudad de los Papas, Sète, cuna y
sepulcro del poeta Paul Valery; Tarascón, población donde
el escritor de Nimes Alphonse Daudet situó parte de la acción de
las historias de su principal personaje Tartarín de Tarascón, y
donde se encuentra la Colegiata Real de Santa Marta, con el sarcófago
que contuvo antiguamente los restos de la santa que derrotó a la
Tarasca, monstruo parecido al que venció San Jorge, en nuestra
tradiciones españolas; Maillane, pueblo vecino del anterior,
en cuyo cementerio reposan los restos del poeta provenzal Premio
Nobel Federico Mistral; Saint-Remy, localidad en la que se
encuentran el sanatorio mental en que fue recluido el pintor holandés
Van Gogh o el grupo arquitectónico romano, Glanum, o la casa natal
del profético Nostradamus; Fontvieille, población en cuyos
alrededores se encuentra el Molino de Daudet; Arlés, ciudad
adonde fue a parar Van Gogh procedente de París, en la que se puede
admirar la Puerta de la Caballería y especialmente las Arenas,
impresionante anfiteatro romano que hoy se utiliza para corridas de
toros o conciertos musicales; Orange, localidad donde se
levantan un excepcional Arco de Triunfo romano y especialmente el
Teatro asimismo romano donde se montan importantes obras teatrales
antiguas y modernas; Lourmarin, población recoleta en cuyo
cementerio reposa Albert Camus, el del mito de Sísifo; y finalmente,
Aix-en-Provence, populosa ciudad, cuna y sepulcro del pintor
Cezanne.
Y sin más preliminares, dejo al presunto lector a
solas con las que siguen.
PRIMER DÍA
Mañana
A primeras horas de la mañana llega con su coche nuestro conductor
familiar. El resto de la familia, con todos los bártulos del viaje
listos, lo saludamos alegres, metemos nuestras cosas en el maletero
del coche, y los cuatro partimos hacia la Ap7 rumbo a la aventura,
cuyo itinerario ha intentado programar al detalle el guía
familiar. Cerca de la autopista, entre unos árboles, hemos visto
tres abubillas, y las bromas con su nombre en catalán (pu-pu-pu) se
han disparado durante unos minutos. Creemos que la aparición de
pájaros tan singulares en nuestro camino es una buena señal. (…)
Voy anotando cosas en mi cuaderno mientras picoteo de vez en cuando
en las conversaciones de mis compañeros de viaje. Cerca ya de la
frontera con Francia, se observan en el cielo azul, todavía no
excesivamente quemado, unas cuantas nubes, zeppelines blancos que
navegan casi imperceptiblemente en lo alto. Sin embargo, hay una rebelde
que ha preferido convertirse en un gigantesco bocadillo de cómic,
pero sin texto y sin personaje. Se me ocurre hacer de esto último y añadir
lo que diría ahora: “No sé si podré ver con detalle algunas
bellezas desde aquí arriba. Mejor será acercarse para ver qué pone
en aquel arco que cruza la autopista.” (…) PORTA CATALANA. Un
poco más adelante entramos en Francia. Hasta la vuelta, España. (…)
A media mañana hacemos nuestro primer alto. Estiramos las piernas y respiramos un poco de aire
sano y libre entre los pinos que salpican de verde el lugar. Los
lavabos están limpios. Suena música de ambiente. Paréntesis de
calma (…)
Y volvemos a rodar por la autopista. Viñedos a ambos lados. Fuerte
viento. El cielo tiene ahora un azul lavado con las pompas blancas de
jabón flotando sobre las copas de los árboles vapuleadas por el
fuerte viento. No en balde todos los troncos aparecen inclinados en el mismo sentido. (…)
Cerca ya del mediodía salimos de la autopista camino de Mèze. Los
dos guías jóvenes comentan con nosotros que nos dirigimos a Sète,
primer punto importante de nuestra ruta hoy, sin contar el principal
de la jornada, que es Aviñón, donde hemos alquilado nuestra parada
y fonda para estos días en la Provenza. Pero antes de llegar a Sète,
encontramos retenciones que amenazan retrasar la hora de la comida.
Aprovechamos para alegrar nuestras miradas con la sedante visión del
estanque de Thau, que se extiende a la izquierda de nuestra marcha,
lleno de bateas que son criaderos, entre otros bivalvos, de ostras y
mejillones. Sólo verlas, se nos abre el apetito. El diestro
conductor obliga al coche a trazar curvas y curvas por una carretera
mala llena de parches y rotos en el alquitrán, flanqueada por viñedos. Mientras el guía principal nos anuncia que nuestra aventura está a punto de
llegar a buen término, el lugar inconfundible donde vamos a comer.
(…)
Aparcado el coche, entramos en uno de aquellos rústicos y naturales
restaurantes donde los propios trabajadores de la industria pesquera aguardan a los turistas en sus propios muelles donde han colocado
unas mesas de madera, modestas pero limpias, para servir los
productos del mar que traen en barcazas hasta el local donde preparan
la siembra de las ostras a la vista de los posibles visitantes (eso hicimos nosotros al elegir nuestro lugar para comer). (…)
Sentados los cuatro a una mesa de aquellas asomadas a la laguna,
disfrutamos de la vista del mar y del olor marino mientras preparaba
el dueño, un joven de edad aproximada a la de los guías familiares, nuestra
comanda para traérnosla a la mesa. Hablamos también de cómo lo
habíamos sorprendido, al entrar en su local de trabajo aplicado en
la siembra de minúsculas ostras en delgados surcos abiertos sobre
una plancha de madera. Y del nombre del lugar, un paraíso modesto
pero prometedor, OSTREI-SUD. (…)
He aquí nuestro festín marino que consta principalmente de ostras,
mejillones y tielles, empanadas circulares de pulpo, procedentes de
Sète, cuya silueta entreveíamos al otro lado del estanque. Y todo
eso bien acompañado de Pic Poule de Pinet, un vino blanco de la zona
servido frío en una faja de hielo. La estancia, asomados a la laguna
bajo un toldo y acariciados por la brisa, la sabrosa comida marinera,
la charla distendida y el delicioso sopor del Pic Poule de Pinet
haciendo de las suyas en nuestros ánimos, empezó
a crear en nuestras memorias uno de esos recuerdos que duran toda
una vida. (…)

Acabada la comida, tras la ineficacia de los cafés intentando
despejarnos la modorra, me dio por dormitar y abstraerme algún
tiempo de aquel lugar tan idílico, mientras veía desde hacía
algunos minutos volar una golondrina por las inmediaciones del lugar
del trabajo del ostrero y de vez en cuando llevando sus vuelos al
interior del taller muy cerca de las vigas del techo (¿estaba su
nido allí?), me dio por poetizar un recuerdo de mi infancia que
tenía que ver con otra golondrina que en el desván de casa tenía
su nido y entraba y salía de él por la claraboya del tejado…
¿En qué sueñas?, oí que me preguntaba mi mujer, mientras miraba a
la golondrina del presente y luego a mí con una sonrisa inteligente.
Y le respondí, siguiendo el hilo de mi recuerdo del pasado: “¿Qué
habrá sido de aquella golondrina, /cuyo viejo cadáver un verano/
asomado quedó a la claraboya/ como un fantasma fiel a su pasado?”
Los dos jóvenes rieron de buena gana, mientras el mayor, el guía
cultural, decía: “Ya salió el poeta con sus versos”
y el pequeño, el diestro conductor: “O mejor la inspiración del
Pic Poule de Pinet.” Reímos todos.(…)

El guía cultural nos recordó que nos quedaba por cumplir la segunda
parte del programa del día. Así que pagamos la cuenta y nos pusimos
en marcha bajo un sol injusto. El conductor nos llevó de nuevo por
las curvas y los viñedos anteriores y entramos en Sète, y tras
dejar atrás su bonito puerto lleno de barcos atracados en los
muelles y sus lujosas avenidas adyacentes, empezamos a subir a lo más
alto de la población para visitar el cementerio marino y localizar
la tumba del poeta hijo del lugar Paul Valèry. (…)
Aparcado el coche familiar cerca de la puerta del camposanto,
empezamos a subir por cuestas y escaleras, entre tumbas, cruces,
esculturas, lápidas y estelas, fotografías de difuntos, rosas y
roscos de cerámica, guijarros sobre las tumbas… hasta que en una
esquina donde arrancaba una escalinata encontramos el letrero que
buscábamos: PAUL VALERY. Subimos la última escalera y nos sentamos
en un banco de piedra medio en sombra. La vista desde allí arriba no
podía ser más elocuente: una franja de azul oscuro, el mar, entre
siluetas de cruces. Frente al banco, el ancho de la escalera en
medio, se hallaba la tumba donde reposaba el autor del poema El
cementerio marino, que yo había vuelto a leer meses antes de
emprender el viaje, con el objeto de componer una especie de epitafio
en décimas. Sentados sobre el banco leí dos de esas composiciones
dedicadas al ilustre difunto, y mientras las leía, pensé en su modo
puro de escribir poesía, una poesía que canta el sueño y la pasión
de existir y en la cual el más allá siempre forma parte de la
propia vida, de la existencia humana que sufre y ama, y corre
paralela a la muerte y acaba en ella, en la muerte que dignifica la
propia vida, la vida que es transitoria y pasajera.

REFLEXIÓN
A Paul Valèry siempre le rondó la mala suerte. Ya en su
adolescencia vivió su primer contratiempo pues habiendo pensado
desde muy niño dedicarse a la carrera de marino, en 1884 algunos
contratiempos familiares le obligaron a renunciar a la preparación
de ingreso en la Escuela Naval. Y aunque algunos años más tarde
cursó Derecho en el Liceo de Montpellier, comprobó que la estupidez
y la insensibilidad parecían inscritas en el programa de esos
estudios de tal manera, que sus actividades principales consistían
en añorar la frustrada carrera de marino, y así pudo escribir en
1891: “Estoy ebrio de la belleza de las cosas del mar, y me
esfuerzo por asir su hermosura arriesgada y triunfal”. Junto con la
lectura, a través de la cual descubrió la obra de Baudelaire,
Mallarmé, Rimbaud y Verlaine. Justo en 1891, concretamente en junio
de ese año, Valèry se cruzó en la calle con una mujer catalana,
bastante mayor que él, de cuya belleza quedó al momento prendado y
a quien volvió a ver en otras ocasiones, pero que en ninguna se
atrevió a requerirla en amores. En una carta posterior a Guy de
Pourtalès, Valèry le confió: “Creí volverme loco allí en 1892,
en cierta noche blanca —blanca de relámpagos— que pasé sentado
deseando ser fulminado”. Y en otro texto más o menos contemporáneo
del suceso: “Noche infinita. CRÍTICA. Quizá efecto de esta
tensión del aire y del espíritu… Me siento OTRO esta mañana.
Pero —sentirse Otro— esto no puede durar. Ya sea que uno vuelva a
ser, y que triunfe el primero; o que el nuevo hombre absorba y anule
al primero”. Luego vinieron años de relativa paz de espíritu y
de triunfos literarios y profesionales más que sonados, como la
publicación de El cementerio marino en 1920, o el ser elegido
miembro de la Academia Francesa en 1925. Sin embargo, los últimos
años de su vida, desde 1938 a 1945, otra mujer volvió a cruzarse en
su vida de tal manera que la convirtió en un verdadero calvario. En
efecto, a sus 67 años inició una secreta relación sentimental con
la abogada Jeanne Loviton, una mujer esta vez treinta y dos años más
joven que él, que escribía novelas con el seudónimo de Jean
Voilier, y cuya vida amorosa había estado ligada a varios escritores
de la época. Este amor (“Oh triunfo de mi ocaso, que doras mi
crepúsculo con mirada de amor”) le inspiró a Valèry la escritura
de centenares de poemas de amor, que él mismo corrigió y ordenó y
a los que decidió titular Corona & Coronilla, así, en español.
Adjuntó además unas notas declarando que “hay buenas cosas en
este montón, este pobre montón de horas devotas y cantarinas... Sí
que valió la pena. Forma un conjunto como no hay otro, creo, en
nuestra poesía”. Un conjunto que da cuenta de que el corazón
triunfa al fin en Valéry sobre el espíritu y su ídolo intelecto.
Él mismo lo escribe en una de sus últimas anotaciones en los
Cuadernos: “…Conozco my heart también. Éste triunfa. Más
fuerte que todo, que el espíritu, que la organización. Es un hecho.
El más oscuro de los hechos. Más fuerte, pues, que el querer vivir
y el querer comprender es este bendito C”. El poeta se entregó a
ella de forma obsesiva, y esa entrega la manifestó tanto en prosa
(en una carta le dice: “nosotros somos todo, el resto no existe más
que por error”) como en verso (en uno le dice: “No hay idea mía
que tú no extermines”, y en otro: “Vivir sin ti un día me lo
vuelve de hierro”). La preclara inteligencia de Valèry claudicó
ante las intrigas de la joven abogada a la que Mauriac definió como
“el último gran personaje novelesco de su época”, pues, según
se rumoreaba, antes de llegar a la cama de Valèry había pasado por
las de los escritores Giraudoux, Malaparte o Saint-John Perse. Más
misterios rodean el quehacer amoroso de Jeanne Loviton, ya que se la
consideró involucrada en la muerte de su último amante, el editor
Robert Denoël, asesinado de un tiro cuando los dos iban juntos en un
coche. Louis-Ferdinand Céline la acusó de ser cómplice de aquel
suceso, y otros sospecharon de ella cuando se supo que Denoël
acababa de convertirla en máxima accionista de su empresa, algo que
ella aprovechó, poco después, para venderle casi la totalidad de
sus participaciones a la competencia, es decir, a Gallimard. Esas
dudas razonables la acompañaron toda su vida, que fue larga: murió
a los 93 años, en 1996. Para entonces ya había roto muchos
corazones, entre otros el de Valèry, que no sobrevivió al hecho de
que lo abandonara para casarse con otro hombre. Al parecer, según se
cuenta en Corona & Coronilla, durante los siete
años que duró su relación siempre se habían visto en domingo, y
ella eligió uno alegre y soleado para clavarle la puntilla: “Oh
bien amada, / oh día hermoso, / a él acudí / como a una tumba”.
Eso sí, aunque prescindió del poeta se quedó con sus poemas, y
vendió los manuscritos a buen precio a una universidad japonesa.
Allí estuvieron hasta que un editor francés acudió al rescate.
Hizo bien, porque Valèry siempre importa, aunque se trate de esta
colección de tópicos sobre el amor desigual, donde el creador de La
joven parca aparece como un enamorado con recursos, cuyos
pasos "bajan los peldaños" que llevan al "sedoso
cáliz" de Loviton -en otros poemas "algodonosa estancia",
"dulce corola", "juguete barroco", "redil",
"flor" o "vaso de sombra viva"- , y cuyo "alma
obedece su secreto aroma", que lo colma pero no le sacia:
"Cuando te bebo más, mi Fontana sin fondo, / más me reduzco a
la exigencia de beberte". La cosa, sin embargo, acabó mal:
ella, tal vez aburrida de aquel "amor... sin vigor" que
reconoce Valèry, levantó el vuelo, y él, después de llamarla
"amiga extrema, oh suprema enemiga", "serpiente entre
las flores y gusano en la fruta", no superó el golpe, se sintió
vacío sin la mitad aventurera de su doble vida y murió sintiéndose
un estorbo trágico, incapaz de salvar ese "horrible demasiado
tarde" del que habla en una carta y sólo con fuerzas ya para
firmar su rendición: "Yo creía que estabas entre la muerte y
yo. / No sabía que estaba entre la vida y tú". Para algunos
biógrafos del poeta, el que su amante lo abandonara para casarse con
el editor Robert Denoël, sumió a Valèry en la tristeza y fue causa
importante de su muerte, ocurrida dos meses después de ese abandono,
el 15 de julio de 1945.

Tal vez, conmovido por esa mala suerte de Paul Valèry, prefiero
ahora, pensando en este viaje nuestro por Provenza, escribirle un
EPITAFIO que dignifique su personalidad poética, una personalidad
enriquecida sin duda por ser la creadora de EL CEMENTERIO MARINO.
Epitafio a Paul Valery
I
Diarias anotaciones
hechas al amanecer
cuando el sol quiere romper
la hiel de las tentaciones,
son a la vez que oraciones
confesiones de un creyente
entre el amargo presente
y la miel de su pasado.
“Ser es ser disciplinado”
con la vida y con la gente.
Mientras suena la palabra
de tu verso cristalino,
El cementerio marino
toda una lengua consagra
y nuevamente la labra
en el bronce de la historia
para sembrar su memoria
en quienes nazcan después
en este suelo francés
con tanta belleza y gloria.
Fue tu mismo corazón
eco del mar que cantaste,
brillo del cielo que alzaste
con la luz y la emoción
de ser hombre y la razón
de ser barro en el camino.
Ideal del fiel destino:
entraña humilde y castiza
que a su espíritu eterniza
como la bodega al vino.
Las páginas deslumbradas
con alas de sol despegan
de las olas que se niegan
a morir abandonadas.
Y arriba, en nubes doradas,
hablan del mar como un sueño
de diamantes: el beleño
de la indócil poesía
que domaste día a día
como si fueras su dueño.
Al Cementerio Marino,
con su verso tan perfecto,
digno de un cráneo selecto,
lo matiza el hilo fino
de nuestro Mar cristalino.
Tu alma canta su canto
exento de duelo y llanto,
mientras tu cuerpo, en su herida,
nada entiende de la vida
que sólo le dio quebranto.
II
Sobre edificios de muertos
vaga tu sombra o tu alma,
sobre pasiones sin calma
de aquellos años inciertos
que padeciste, hoy cubiertos
de una pátina de gloria
para salvar la memoria
de lo mejor de tu vida.
Que Dios cure aquella herida
y la convierta en victoria.
¿Sigues esperando el eco
de tu grandeza interior?
¿Quieres reunir el rumor
de la orilla de un mar seco?
¿Qué vas a hacer con un hueco,
con la huella de una herida
o con la pieza perdida
de un juguete que tuviste?
Tu mar, tu mar en ti existe.
Y tú existes en su vida.
Belleza: perennidad
de lo más perecedero,
en tu verso verdadero
cantaste en tu soledad.
Y luego, ante la verdad
de que sin la poesía
todo es húmeda alegría,
te empapaste de tristeza
y asumiste la certeza
de la muerte cruel y fría.
Hay caminos en el mar
y palomas en el cielo,
y adioses de albo pañuelo
y de empañado mirar.
Poesía es ensoñar
lo que la santa impaciencia
crea y rompe, ardiente ciencia
de los versos inflamables
que queman, inexorables,
lo peor de la experiencia.
III
Buena estancia, Valèry,
tengas frente al mar que amaste
que viviste y que cantaste
con brillos de fiel rubí.
Ahora que duermes aquí,
bajo este cielo encendido
de tu Sète, sepulcro y nido,
cuéntanos qué pensamiento
guardaste en tu Gran Momento.
Pero dínoslo al oído.
Descansa, Paul Valery
con sueños de mar y cielo
en este cristiano suelo
que te ofrece amor aquí.
Cuando tus versos leí
aprendí que tu destino
era seguir el camino
de la luz que siempre vive.
Tu fiel alma sobrevive
al cementerio marino.
Leo en uno de tus versos
que le songe est savoir, vía
directa a la poesía
donde motivos diversos
forman bellos universos
de bonanza y de verdad,
donde el miedo de la edad
enseña a aniñarse al arte
y al hombre a volverse parte
de la humana soledad.
Entre aromas de alto pino
un junio de limpio cielo
llegué a sentír el gran vuelo
de un cementerio marino.
Y en un alto del camino
que me transportó hasta allí,
en una losa leí
el gris silencio de un nombre
y las dos fechas de un hombre,
los tuyos, Paul Valery.
CODA
Ahora cierro emocionado
el libro que he releído,
sabiendo que he retenido
el sueño versificado
de un poeta enamorado.
Sigo el viaje con empeño
de llevar a otros el sueño
que he aprendido con tu guía.
La que me lleva en volandas
bajo este sol de lavandas
al sol de tu poesía.