martes, 23 de junio de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (VIII)


Durante el segundo y tercer años de mi estancia en la ciudad condal dio un vuelco mi vida entre el amor y la muerte. El amor es una luz que siempre anda encendida cerca de nosotros aunque no nos dé de lleno, y cuando nos da, la vida se revoluciona. Eso me sucedió un septiembre durante la fiesta de la Mercè.
Los amigos de Jíos y yo habíamos montado un guateque en la casa de A, aprovechando que sus padres estaban de vacaciones. Lo teníamos todo previsto: los cubatas, la música, el lugar del baile, preferentemente el estudio, que sufrió una reestructuración urgente, y el comedor de la casa, contiguo a aquél. Hasta las chicas, aunque yo desconocía a algunas. Las dos últimas eran la novia de mi amigo el pintor y una amiga suya que además era compañera de trabajo. 


Y a Virrey Amat fuimos a recogerlas. La amiga y compañera de trabajo de la novia de mi amigo era morena, tenía los ojos color aceituna y una melena que le llegaba a la mitad de la espalda. Llevaba un vestido rosa y un collar de cuentas verdes que hacían juego con sus ojos. Nos presentamos y los cuatro bajamos en taxi hasta la casa. Al poco tiempo fueron llegando los demás y, entre sorbo y sorbo, empezamos a bailar con la chica que mejor nos iba. El guateque se desarrollaba según nuestros deseos, hasta que la bebida empezó a surtir sus efectos. En un momento dado advertí que uno de los chicos jugaba con las cuentas verdes del collar de la amiga de la novia de mi amigo, actitud que vi que no le gustaba demasiado. Fui hacia ella y le pedí que bailara conmigo para ayudarla a deshacerse del moscardón que la agobiaba. Y ya no dejé de bailar con ella. Me encontraba muy a gusto con la chica del collar de las cuentas verdes y había notado que acompasábamos bien el movimiento de nuestros pies siguiendo la música.

No puedo veros hoy, amigos míos,
porque esta noche voy donde ella esté;
le tengo que pedir
que nuevamente vuelva a mí
porque si no es así,
no lo resistiréee.
No vale la vida
sin alguien a quien amar,
  yyo no puedo vivir sin ella.
Y si me veis volver
con ganas de llorar,
os ruego, amigos míos,
no comentar.
Sonrisas quiero ver
en prueba de amistad porque
no debe un hombre, no,
llorar por un amor.
No puedo veros hoy, amigos míos…” Etcétera.
El guateque duró hasta cuando debía durar. Cada uno se fue por su sitio, y A y yo acompañamos a casa a su novia y a su amiga. Ellos bajaron en Virrey Amat y nosotros seguimos hasta la Plaza Ibiza, muy cerca de la cual vivía la joven que desde aquel día se convirtió en la mujer de mi vida.
Mientras regresaba en metro a casa no dejé de pensar en sus ojos verdes y en su negra melena. El primer poema que escribí pensando en ella (ya no he dejado nunca de hacerlo y en la mayoría de los poemarios que he escrito hasta hoy, junio del año del coronavirius, figuran poemas dedicados a ella) me salió de un tirón durante aquella noche, en la cama. En cuanto me levanté al día siguiente, lo copié en una de mis libretas.


En tus ojos de esperanza
baila la luz que yo espero,
baila y me lleva encendido
hacia un mundo de recuerdos,
a otra paz que yo creía
hija sólo de los sueños.
Y me dejo transportar
por la noche de tu pelo
sin pensar que con el alba
debo volver a mi cuerpo.
Tus ojos y tu melena
vienen gratos a mi encuentro
para hacer nido de amor
en las ramas de mi pecho.
Que se queden ahí dormidos
sin despertar de su sueño,
mientras yo duermo contigo
y sueño que no despierto.”
Aunque estos versos son bastante flojos, mientras los pensaba en la cama en la plácida oscuridad de mi cuarto, estaba convencido de que el amor era poesía y la poesía amor. Vamos, que si uno está enamorado es capaz de escribir los versos más encendidos. Eso creía yo entonces. Y aún sigo creyéndolo.
Al día siguiente, haciendo tiempo para ir a buscar a mi novia, entré en Castells, una librería de la Ronda de la Universidad que hoy, como muchas otras, ya no existe, y encontré un libro que hablaba de Poesía. Era una edición de La poesía, de J. Pfeiffer, de la colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Ya no lo he dejado de consultar nunca desde aquel día. Lo aconsejo a todo aquel que quiera saber cómo es la poesía desde dentro, más aún, acercarse a la comprensión de lo poético, que es más concreto. Con una Introducción tan breve como magnífica, donde se nos dice, entre otras cosas, que “lo que ante todo suele buscarse en la poesía y exigirse de ella son ideas y problemas; y en consecuencia, las gentes se desentienden totalmente de si aquello que la poesía se propone y pretende decir “existe” realmente en ella, si se ha transformado o no en configuración verbal.” Tiene razón. En cuanto a mí, nunca me ha interesado hablar de ideas y problemas en la poesía, sino su transformación, la configuración verbal que adquieren finalmente, es decir, el cómo se dice y en qué temple y estado de ánimo se dice en el poema. Porque, como dice Pfeiffer, “la única actitud auténtica ante el arte (la poesía en este caso, añado yo) es y será siempre una participación sentimental y emotiva.” Claro que para lograr eso, es decir, llegar a la esencia de las cosas, “debemos hacernos sencillos e ingenuos.” No me cansaré de repetirlo: para llegar a acercarse a ser un poeta auténtico no hay nada como actuar como un niño ante lo que nos rodea y tener constantemente la capacidad de asombrarnos como si fuera la primera vez que lo vemos.


En el trayecto hacia el principio del amor que me esperaba en Virrey Amat, leí el apartado que Pfeiffer titula Configuración verbal de la poesía, una especie de respuesta a la pregunta: “¿qué indicios fundamentales nos revelan que una construcción verbal es arte?” El ritmo y la melodía, la imagen y la metáfora, el temple de ánimo y el estilo empleados en el lenguaje de la poesía tienen mucho que ver. En comparación con el lenguaje normal que se utiliza para la mera comunicación, ya sea coloquial ya sea culta y hasta filosófica, el lenguaje de la poesía es intraducible. Intraducible es la palabra mágica que Pfeiffer emplea para hacernos notar esa diferencia. Y nos lo demuestra.
Finalmente, me licencié en Románicas, me casé y me hice profesor de Lengua y Literatura, y a mis alumnos les transmití la mayor parte de las enseñanzas que mis profesores me infundieron a mí, el gusto por la lectura, aprender textos ejemplares, no sólo por su calidad literaria sino también por los valores humanos que se desprenden de ellos, entender la literatura en general y la poesía en particular como una forma de ver la realidad que nos rodea, comprometidas ambas siempre en mejorarla en sus aspectos más nobles, el buen gusto, el respeto por la libertad y los derechos humanos, la responsabilidad y la solidaridad en los momentos críticos de la vida del país, la tolerancia de las ideas y creencias y el fomento de emociones y sentimientos positivos.







domingo, 14 de junio de 2020

EL AÑO DE DELIBES (V)

LOS PÁJAROS DE DELIBES

Hemos visto en los tres artículos anteriores referidos al Año de Delibes pasar por el cielo de sus párrafos pájaros diversos. Por ejemplo, en Un año de mi vida (1972) aparecen muchísimas codornices (302 codornices, según la nota del 14 de septiembre de 1971, había cobrado la cuadrilla de cazadores a la que pertenecía el escritor en quince tardes). Y sólo en El camino (1950) hemos conocido a tres amigos, Daniel, el Mochuelo (apodado así porque precisamente sus amigos decían de él que fijaba mucho sus ojos en las cosas, vamos como un mochuelo, para entendernos), Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso (llamado de esta forma porque de pequeño le pegaron la tiña los pájaros que criaba su padre en casa), tres amigos entre cuyas numerosas conversaciones destacaban las que tenían que ver con los pájaros.

Pues bien, un día que discutían sobre el canto que oían los tres, Germán negó que se tratara de un jilguero, como aseguraban sus amigos, sino de un arrendajo, y, mientras porfiaban, vieron aparecer una culebra de agua que llevaba un pececillo en la boca; ahí se acabó la discusión porque inmediatamente empezaron a apilar piedras para bombardear a la culebra (un tonto de agua, la llamaban los tres amigos), y entonces fue cuando Germán resbaló con tan mala fortuna que cayó al río y se golpeó mortalmente la cabeza contra una roca. Posteriormente, causaría estupor entre los asistentes a su entierro, el hallazgo de un pájaro en su féretro, concretamente un tordo que Daniel había matado de camino a la casa de su amigo y depositado en su honor junto al cadáver.

En otra ocasión del libro, el padre de Daniel trae a casa un mochuelo gigante o Gran Duque y el niño lo cuida con esmero esperando ansioso la llegada del día de la caza del milano que su padre le había prometido. Y llegado éste, Daniel vive una de sus más grandes aventuras, en la que, además de presenciar la caza del milano, recibe accidentalmente en su piel un perdigonazo del cazador, obteniendo así una hermosa cicatriz de la que alardear siempre delante de sus amigos.

A propósito de los pájaros, el propio Delibes habla así de su presencia en sus libros en la nota que dirige a los lectores en Tres pájaros de cuenta (Miñón, Valladolid, 1982): “Habréis observado que los pájaros, bestezuelas por las que siento una especial predilección, se erigen a menudo en personajes de mis libros. Diario de un cazador está lleno de perdices, codornices, patos, tórtolas y palomas. Viejas historias de Castilla la Vieja, de avutardas, grajos y abejarucos. El gran duque es pieza esencial de El camino como la picaza lo es de La hoja roja. Las águilas, los cernícalos y los camachuelos forman el entorno del pequeño Nini en Las ratas… Finalmente, en mis dos últimas novelas, El disputado voto del señor Cayo y Los santos inocentes, intervienen también tres pájaros que juegan papeles fundamentales: el cuco y las grajillas en la primera, y éstas y el cárabo en la segunda. De los tres me he servido para componer el libro que ahora tenéis entre manos, no un libro de cuentos ni de historias inventadas, sino un libro de historias auténticas, vividas por mí y de las cuales son aquellos pájaros verdaderos protagonistas. Espero que su lectura no os deje indiferentes, antes bien sirva para acrecentar vuestro amor y vuestro interés por la Naturaleza.”

El cuento titulado La grajilla comienza del modo siguiente: Al llamar a la grajilla, al cuco y al cárabo pájaros de cuenta no quiero decir que sean malos. No hay pájaros buenos ni malos. Las aves actúan por instinto, obedecen a las leyes naturales, aunque, a los ojos de los hombres, algunas de sus acciones puedan parecer buenas y otras reprobables. Por ejemplo, el comportamiento de los tres protagonistas de este libro ofrece aspectos positivos y negativos. La grajilla, pongo por caso, roba la fruta de los árboles, especialmente de ciruelos y cerezos, pero, al mismo tiempo, nos libra de insectos perjudiciales y de carroña. El cuco, en la época de cría, deposita sus huevos en los nidos de otros pájaros más pequeños que él para que se los empollen, pero, en compensación, destruye orugas y arañas peligrosas para el hombre. Finalmente, el cárabo puede eliminar algún pinzón que otro, o cualquier otro pajarito que le molesta o le apetece, pero, a cambio, limpia el campo de ratas, ratones, topillos y otros roedores perjudiciales.
“A los tres les conocí siendo niño -aunque al cuco, que es un pájaro encubridizo, sólo de oídas-, cuando mi padre, que era un hombre maduro, serio y circunspecto, se volvía niño también, en contacto con la naturaleza, y nos enseñaba a distinguir el cuervo de la urraca, la perdiz de la codorniz, la alondra de la calandria y la paloma de la tórtola. Mi padre, ferviente enamorado del campo, conocía sus pequeños secretos, y el más remoto recuerdo que guardo de él es cazando grillos en una cuneta, haciéndoles cosquillas con una pajita larga y fina que introducía en la hura y movía con paciente tenacidad. A veces cazaba media docena y los guardaba bajo el sombrero, de forma que al regresar a casa, entre dos luces, armaban un alegre concierto sobre su calva, sin que a él, que en casa anteponía el silencio a todas las demás cosas, parecieran molestarle.
Así habla Delibes de su amado cárabo:
"A veces, en la soledad de nuestro refugio de Sedano, cuando el grito o la risotada del cárabo quiebran el silencio de la noche, nos preguntamos qué habrá sido de nuestro amigo, aquel pájaro afable, confiado y charlatán, con cara de viejecita escéptica, que sostenía nuestra mirada y soportaba los destellos de los flashes con la gracia y la naturalidad de una empingorotada estrella de cine".
“De las aves que conozco, el cárabo es –aparte la gaviota reidora– la única que tiene la propiedad de reírse: una carcajada descarada, sarcástica, un poco lúgubre, un ‘juuuj-ju-juuuuuj’ agudo y siniestro que le pone a uno los pelos de punta. Parece ser que estas risotadas del cárabo están relacionadas con el celo y la procreación, ya que, después de la puesta, su canto se dulcifica y, aunque se siguen produciendo, no es tan fácil escuchar aquellas carcajadas. El cárabo es rapaz de noche, hábil cazador, cabezón, ligero y, a diferencia de otras aves nocturnas, como el búho o el autillo, desorejado, con un cráneo redondeado y liso. Color castaño moteado, pico curvo amarillo-verdoso, y con unos discos grises o rojizos alrededor de los ojos que le dan la apariencia de una viejecita con gafas, escéptica y cogitabunda, el cárabo no tiene las pupilas amarillas como el resto de las rapaces nocturnas, sino marrones oscuras o negras. Semejante a un pequeño tronco de árbol debido a su plumaje mimético, al cárabo, cuando se inmoviliza de día en el interior del bosque, es difícil distinguirlo, parece una rama más. Pero, en ocasiones, las pequeñas avecillas lo descubren y, entonces, se arma entorno suyo una algarabía de mil demonios, con pitidos y silbidos de todos los matices, atemorizados intentos de agresión, etcétera. Pero el cárabo suele permanecer impasible, indiferente, como si la cosa no fuera con él. La tropa menuda del bosque siente hacia el cárabo una suerte de fascinación, mezcla de odio y pánico, fascinación semejante a la que experimentan las águilas y los córvidos hacia el búho gigante o gran duque, de la que se vale arteramente el hombre para cazarlos."

sábado, 6 de junio de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (VII)

   

Además de la colección Laurel, descubrí otras en el Mercadillo de San Antonio. Una de ellas se llamaba Los poetas. Si la primera era obra de la editorial Bruguera de Barcelona, la segunda había visto la luz en Madrid muchísimos años antes, a finales de los años 20, y presentaba mejor calidad que aquélla. Cada número, dedicado a un poeta español, venía prologado por un especialista. Los diez primeros ejemplares recogen sendas obras de otros tantos autores, entre los que destacan Campoamor (dos números), Espronceda (otros dos), Quevedo, Villaespesa, Nicolás Fernández de Moratín, Adelardo López de Ayala y Fray Luis de León.
  Otra colección de poesía había visto la luz en la editorial Fama de Barcelona, la cual abrió generosamente mi horizonte lírico con títulos dedicados a Víctor Hugo, a los poetas Lakistas (Wordsworth, Coleridge y Southey), Paul Verlaine, Omar Kheyyam o Rabindanat Tagore, sin contar con los ejemplares dedicados a clásicos españoles, desde Bécquer a Gonzalo de Berceo, pasando por Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Quevedo o Zorrilla. Todos eran ediciones bastante cuidadas, prologadas también por críticos conocidos como Luis Guarner, Ramón Sangenís o José María Espinás, que se encargaban, además, de seleccionar los poemas. Guardo recuerdos imborrables de algunos de estos ejemplares, especialmente del titulado Poesía Lakista. Los poemas sentidos, naturales y cotidianos de William
Wordsworth (1770-1850) me llegaron enseguida. Los narcisos, El cielo después de la tormenta, Escrito en marzo, Atardecer en la playa o A una alondra son algunos de los títulos más memorables. La última composición dice:


Eterno trovador, peregrino del cielo;
¿desprecias esta tierra donde el pesar abunda?
¿O mientras se remontan tus alas cielo arriba
permanecen en tierra, cubiertos de rocío,
tu corazón y tu ojo posados en el nido?
¡Ese nido en que puedes entrar cuando deseas!
¡Esas alas que tiemblan! ¡Esa música dulce!
Dejad al ruiseñor en su sombrío bosque;
tú tienes el dominio de la gloriosa luz,
de donde tú derramas sobre el mundo cascadas
de armonía creada por tu divino instinto,
prototipo del sabio que asciende y nunca vaga,
fiel siempre a las dos cosas: el cielo y el hogar.”
     
      En fin, que el primer año de mi estancia en Barcelona no pudo ser más fructífero y aleccionador en todos los sentidos. Además disponía de unas libretas dietarios que mis hermanos mayor y mediano me proporcionaban de la Banca donde trabajaban. En ellas podía expresar cuanto se me ocurría, ya fuera en forma de verso o prosa, cuentos, artículos, alguna novela y, sobre todo, poemas, muchos poemas que luego se quedaron dormidos entre sus páginas junto a las marcas marrones de recortes de periódico que allí guardaba también. Los títulos de aquellos escritos eran bastante elocuentes: Oraciones al que hizo mi memoria, La voz desde un principio, Negrura de conciencias, Notas al “Sentimiento trágico de la vida” de Unamuno, La vuelta de Dios, Días oscuros… Por otra parte, me gustaba encabezar los escritos con citas de escritores, entre los cuales destacaba Lamartine, uno de los últimos poetas que descubrí.

Dios es sólo una palabra para dar al mundo una razón de ser.”
Tu mano, ¡oh, Dios!, alivia el peso de mis dolores.”
Me causó tan grata impresión el poeta francés que llené gran parte de una de aquellas libretas dietarios con poemas dedicados a temas de Lamartine, poemas que precisamente agrupé bajo un título del mismo poeta, Meditaciones, y que como en su caso, unos eran religiosos y otros íntimos. Aunque no son nada del otro mundo, para que se vea la traza que yo tenía entonces, me atrevo, ¡horror!, a incluir un poema de cada tipo.
1.
Creo que para encontrar a Dios,
basta mirar al cielo estrellado
a la orilla del mar
una noche de verano.
Y si además tenemos
una mujer hermosa a nuestro lado,
Dios desciende del cielo
para cogernos la mano.”
2.
El tiempo escapa de nosotros
como agua entre los dedos.
Aun antes de darnos cuenta
nos convertimos en viejos;
el vigor y la vida
se marchan lejos
y poco a poco la muerte
anida en nuestros cuerpos.
Apenas logramos detener
el ingrato y raudo tiempo
con los hilos invisibles
de los buenos recuerdos.”
    
     




     Lamartine siempre ha significado mucho para mí. De él aprendí, entre otras cosas, que todo buen poema debe contener, al menos, una idea para la inteligencia, un sentimiento para el corazón, una imagen para la vista y una música para el oído.

    En el resto de páginas de esa misma libreta dietario me dediqué a comentar Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez (aquel Cayín de la infancia), libro que ya había leído unas cuantas veces. Don de la ebriedad es un largo poema dividido en cantos que exaltan la naturaleza, las cosas cotidianas que rodean al poeta, que consideraba que la poesía, escribir poesía, era un don, una especie de borrachera divina, un entusiamo especial, la inspiración, en resumen (¡qué cerca están los románticos y algunos poetas franceses del XIX, sobre todo, Verlaine o Rimbaud, con quien Claudio guardaba tantas afinidades!).
   Leí algunos años más tarde las palabras que sobre el libro pronunció su autor en una entrevista, en el sentido de que el poeta mira a su alrededor con ojos inocentes y asombrados e intenta hacerlo presente en el poema trascendiéndolo, dándole nueva vida como si realmente fuera un mundo creado por él. Eso es lo que me ha gustado siempre del poder de la poesía: Transformar el mundo, crearlo de nuevo.
   

   Don de la ebriedad, a lo largo de sus tres partes, culmina con la unión del poeta con la naturaleza y las cosas que lo rodean a diario en una comunión armónica. Desde los magníficos endecasílabos con que se inicia el Libro Primero
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se hala entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo—esto es un don--, mi boca
Espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
Ebria persecución, claridad sola
Mortal como el abrazo de las hoces,
Pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.”
Toda una lección de teoría poética, de cómo viene la poesía hasta el poeta, desde arriba, desde la pura claridad.
Oh claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.”
La poesía es
Ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.”
Desde estos magníficos endecasílabos, medidos con la respiración y el caminar del propio poeta, donde habla de la poesía como un don, hasta la comunión íntima con la naturaleza y las cosas de los últimos versos, existe todo un proceso sabiamente trazado por el poeta. Al final del Libro Primero leemos:
Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podría decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.” Etcétera.
   Y si esto fuera poco, nada más comenzar el Libro Segundo, que Claudio Rodríguez titula Canto del despertar, encabezado nada más ni nada menos que por una cita de San Juan de la Cruz (ya es hora de decir que la lectura de los poetas místicos españoles estuvo muy presente a la hora de la creación de este magnífico libro, a juicio de Aleixandre, insuperable), nada más comenzar el Libro Segundo nos encontramos con estos esclarecedores versos:
El primer surco de hoy será mi cuerpo.
Cuando la luz impulsa desde arriba
despierta los oráculos del sueño
y me camina, y antes que al paisaje
va dándome figura. Así otra nueva
mañana. Así otra vez y antes que nadie,
aún que la brisa menos decidera,
sintiéndome vivir, solo, a luz limpia.
Pero algún gesto hago, alguna vara
mágica tengo porque, ved, de pronto
los seres amanecen, me señalan.
Soy inocente. ¡Cómo se une todo
y en simples movimientos hasta el límite,
sí, para mi castigo: la soltura
del álamo a cualquier mirada! Puertas
con vellones de nieblas por dinteles
se abren allí, pasando aquella cima.
¿Qué más sencillo que ese cabeceo
de los sembrados? ¿Qué más persuasivo
que el heno al germinar? No toco nada.” Etcétera.

“El primer surco de hoy será mi cuerpo” es precisamente la inscripción que figura en la tumba del poeta, que se halla en el cementerio zamorano, y ante la que fui a rendirle homenaje durante uno de mis retornos a la ciudad del alma.
¿Qué más sencillo que ese cabeceo
de los sembrados? ¿Qué más persuasivo
que el heno al germinar?”
Pues el final del libro en que el poeta se lamenta de que acabe su don, su ebriedad, su gozo inmenso de ser poeta tras haber cantado la unión de su alma con todos los elementos naturales que lo rodean y haber descubierto que el poder de la palabra los ha transformado en eternos.
Cómo veo los árboles ahora.
No con hojas caedizas, no con ramas
sujetas a la voz del crecimiento.
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas
no la siento como algo de la tierra
ni del cielo tampoco, sino falta
de ese dolor de vida con destino.
Y a los campos, al mar, a las montañas,
muy por encima de su clara forma
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada?
¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo
veis a los hombres, a sus obras, almas
inmortales? Sí, ebrio estoy, sin duda.
La mañana no es tal, es una amplia
llanura sin combate, casi eterna,
casi desconocida porque en cada
lugar donde antes era sombra el tiempo,
ahora la luz espera ser creada.” Etcétera.
Y a los campos, al mar, a las montañas,
muy por encima de su clara forma
los veo.”
   He aquí el milagro de ese don que posee el poeta, la fuerza que tiene la poesía sobre todas las cosas, que con su claridad, claridad que viene del cielo (recordemos que así empezaba el libro) las ocupa y les da vida propia.
  Magnífico libro que yo leía sin parar, y aún hoy leo de vez en cuando. Entonces yo releía unos cuantos endecasílabos que previamente había subrayado, y anotaba en mi libreta cuanto se me ocurría sobre ellos. A veces eran palabras sueltas referidas a la luz, decenas de ellas:
.-puros sustantivos: claridad, día, alba, luces, albor, sol, mañana, resplandores, estrella, esplendor, fuego…
.-adjetivos: claro, deslumbrado, clara, claroluciente, brillante…
.-verbos: quemándose, calentando, amanece, esplende, arde, aclarándolo…
A veces me salía un remedo de poema inspirado en ellas.
El sol detiene el agua en las azudas
y generoso la convierte en oro
entre las esmeraldas de los juncos
y la nieve movida de la espuma,
antes de liberarla hacia la aceña
convertida de nuevo en campesina.”


La luz me sigue amante en el pinar
y me besa en las manos cuando abarco
un haz de piñas viejas para alzarlas
del sendero cuajado de inocencias
y guardarlas atento en mi fardel.
La luz me sigue fiel hasta la puerta,
y, al abrirla, su beso generoso
tras mis pasos en el zaguán se cuela.
Me da pena cerrar los cuarterones
y dejar que se enfríe entre las sombras
el fuego de la luz que era mi amante.”

sábado, 30 de mayo de 2020

PINTURAS DE CONFINAMIENTO

En esta cruel etapa de confinamiento que estamos padeciendo por culpa de la pandemia, cada cual busca la mejor manera de soportarla e incluso contrarrestarla. Leyendo, viendo cine, escribiendo poemas y relatos o pintando, como es mi caso ahora, alternándolo con las otras actividades mencionadas.
Las he llamado así, pinturas de confinamiento, por las circunstancias sanitarias presentes, pero están relacionadas con otras entradas de mi blog que titulé en su día (y espero seguir haciéndolo en el futuro) FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN.
Y empiezo por dos fotografías de sendos cuadros que tienen algo en común, pero cuya diferencia esencial es precisamente el mundo de la libertad.

CUADRO 1   BELLEZA GOZADA EN LIBERTAD


La mujer del cuadro disfruta al aire libre de la vista que tiene delante, posiblemente de un lugar que ama lo suficiente como para contemplarlo sentada, tranquila, sin agobios de prisas y otros reclamos pasajeros. El río, con sus espadañas y sus aceñas, es testigo seguramente de momentos agradables pertenecientes a diversas etapas de la vida de esta mujer; tal vez en su infancia acudía aquí con su familia a disfrutar de la tranquilidad y buen tiempo del verano, merendando al aire libre, charlando y recordando alegremente anécdotas vividas en tan buena compañía; acaso aquí tuvieron lugar sus primeras palabras de amor y sus primeros planes para el futuro. Esta soledad buscada de aquí y  ahora de la mujer del cuadro junto al río que pasa reflejando las aceñas de su infancia es una muestra de la libertad sin condiciones del ser humano. La pintura, líneas y manchas de color, intentan retratarla con sencillez y contención de emociones, tal y como el artista hablaría de las emociones que la visión de un lugar así le producirían en caso de encontrarse en una situación similar a la de la mujer del cuadro, que prefiere guardar su intimidad.


CUADRO 2 BELLEZA CONTEMPLADA EN CONFINAMIENTO

La mujer del cuadro mira desde su casa, a través de la ventana de su cuarto de lectura, un paisaje que que debe de tener muy presente en su vida. El mar, un rincón rocoso de la costa, y en él la lengua de arena de una pequeña cala, seguramente frecuentada por ella en momentos más libres y felices, constituyen el locus amoenus que en tiempos normales disfrutaba con todos sus sentidos, la caricia del sol en la piel y el tacto sedoso de la arena en sus ratos destinados a ponerse morena, y, en los dedicados al baño, el abrazo fresco y maternal del mar con el sabor a sal mojando sus labios. La pintura, líneas y manchas de color, intenta captar un momento de añoranza, de deseo de volver a disfrutar de esos pequeños placeres cotidianos, propios del buen tiempo, que antes siempre tuvo la mujer del cuadro, y que ahora, debido al confinamiento que impone el azote del coronavirus, sólo puede imaginárselos con la inevitable melancolía que ello representa. Ahora, en su encierro, sólo acompañada de la lectura, que acaba de abandonar, sigue besando con los ojos el mar y ese rincón rocoso de la costa, y en él la lengua de arena de una pequeña cala. 

















miércoles, 20 de mayo de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (VI)


    También llevaba un tiempo leyendo la poesía de dos jóvenes poetas zamoranos, H. T. y C. R., que habían estudiado en el mismo Instituto que yo y el primero de ellos había sido condiscípulo de mi hermano mayor, el del regalo de Bécquer. Mi hermano me repetía la anécdota referida a H. T., según la cual en un examen de Literatura había dejado en blanco la página de la pregunta teórica que les había formulado don Ramón y, en cambio, al dorso dejó escrito un soneto de su propia cosecha. Desenlace de la anécdota: cuando los estudiantes acudieron al tablón de anuncios para ver los resultados de la prueba, H. T., que esperaba lógicamente un rotundo suspenso, encontró, a la derecha de su nombre y apellidos esta frase del sabio profesor: “En Teoría, cero; en Práctica, diez; así que de nota media, cinco.” Respecto a C. R., poseedor de un expediente académico impecable, se convirtió en un ejemplo para futuras generaciones. Todos le llamábamos Cayín y, para más señas, jugaba formidablemente al fútbol. Era fácil verlo en las plazas allende el Duero driblando a sus contrarios y marcándoles celebrados goles. Casi un chaval, se codeaba con los artistas zamoranos y era ya conocida su aptitud para la poesía. No en balde obtuvo, siendo casi un adolescente, uno de los premios de Poesía más prestigiosos de España, el Adonais y por unanimidad de todos los miembros del jurado. 
A Barcelona, junto con aquella rayada llena de poemas imitando a Bécquer, me traje muchas ganas de seguir escribiendo poesía, ganas que se acrecentaron en la Universidad al conocer a un grupo de poetas leoneses, inmigrantes como yo y matriculados también en los Comunes, que llevaban una revista de poesía sencilla y a ciclostil llamada Moira y donde colaboré en alguna ocasión, aunque lo más importante eran las charlas sobre poetas y poesía que entablábamos en el patio de Letras entre clase y clase o en el bar de la Facultad, mientras comíamos el bocadillo de media mañana.

 Por entonces yo ya había tenido la suerte de conocer a un grupo de jóvenes catalanes a quienes gustaban el arte y la literatura (algunos de ellos pintaban buenos cuadros y otros gustaban de recitar poesía romántica) y por mediación de ellos descubrí una Barcelona entrañable donde los vinos con sardinas asadas y las visitas a los museos de la ciudad condal, así como los paseos por el Barrio Gótico en busca de nuevas sensaciones vitales y artísticas eran los principales protagonistas. Uno de los poemas, sin título, con que participé en Moira tenía que ver con una de esas tardes noches en que el grupo de amantes del arte y de la literatura nos perdíamos en el dédalo de callejuelas que hay en torno a la basílica gótica de Nuestra Señora del Pino. Creo que fue ahí cuando por primera vez el poema hablaba de la poesía y la satisfacción y el placer que recibe el poeta al escribir.
Busco árboles que no están aquí,
en la mirada de cada día,
sino en la raíz de las cosas,
cuando aún no había alamedas
ni viento que hiciera temblar su plata.
Busco ríos más allá de los juncos,
de la humedad de las raíces,
del espejo de álamos y juncos,
ríos que lleven el agua de mi vida
a arboledas y ciudades arcanas.
Como palabras que en su magia
de emoción y de música,
y un algo de belleza escogida
luchan en vano para vestir los versos
con sus mejores galas.
Como almas perdidas en la sombra
que buscan afanosamente la escala oculta
que les lleve a la estancia de la luz más alta
y así encender el gozo, el placer infinito
a que aspira el poeta.”
     Con A., uno de esos amigos pintores, me llevaba a las mil perfecciones. Vivía en mi mismo barrio y éramos como gemelos en los gustos y en nuestra forma de ser. Tenía un estudio en su casa y en él nos refugiábamos los dos para escuchar a los Beatles y las canciones ganadoras de los Festivales de San Remo en un viejo tocadiscos de su propiedad. A él le confié la libreta rayada con poemas a lo Bécquer por un tiempo, periodo que se iba a convertir en vitalicio si, al advertir que no aparecía por ningún sitio en mi casa, no se la pido en uno de nuestros últimos encuentros. Allí, en su estudio, envueltos por la música y cuadros por todas partes a veces hablábamos de pintores y poetas, y otras, mientras él pintaba, yo le recitaba poemas.
     A petición suya creamos una tertulia que yo bauticé con la palabra Jíos, inspirada en otra griega, y en ella nos reuníamos siete u ocho jóvenes que rondábamos los veinte años para hablar de lo que más nos gustaba, escribir, leer, pintar y planear visitas a museos o viajes por los alrededores. Uno de estos últimos fue memorable. Me refiero al que hicimos a Sitges un día gris y frío de invierno. El tren que nos llevó iba casi vacío, pero nosotros lo llenamos con risas, conversaciones y planes para el futuro. Me habían pedido que escribiera un poema a Santiago Rusiñol para leérselo junto a la estatua que la población costera le había levantado cerca de la playa y de su querido Cau Ferrat, un modesto museo patrocinado por el Ayuntamiento de Sitges y dedicado a conservar y exponer la obra pictórica de Rusiñol.
    

Y allí estábamos los siete más asiduos de Jíos, con el alma encendida por la emoción, en el pequeño paseo que desciende de Cau Ferrat hasta el parterre donde se levanta la estatua del pintor. Abrigados hasta las orejas, nos acercamos al bronce solitario del pintor y a los pies de su peana, saqué el cuaderno donde había escrito el poema y lo leí con toda la seriedad del mundo. Ahora sé que es un poema del montón, aunque para escribirlo me informé durante horas sobre el personaje. Y eso me lleva a la conclusión, que siempre he mantenido, de que lo más importante del poema no es lo que se dice, sino cómo se dice. Y la erudición muchas veces sobra tanto en poesía que muchas veces enturbia su belleza.
En Aranjuez, pintando
sus famosos jardines,
--otoños que navegan
sobre estanques silentes,
amarillos y ocres
que caen a los senderos
donde siembran amores
fieles enamorados--.
En Aranjuez, pintando
primaveras y estíos,
ateridos inviernos
con tus pinceles sabios,
encontraste la muerte,
tan lejos de tu tierra.

Tu tierra catalana,
aquí, en Sitges, te eleva,
junto al Mediterráneo
y el Cau Ferrat un himno
de bronce duradero.
Y nosotros venimos
a cantarte a tus plantas,
a decirte, solemnes,
que admiramos la magia
pintada de tus lienzos.”
    Luego, helados desde la cabeza a los pies y tras echar un breve vistazo al acero agitado del Mediterráneo, volvimos al abrigo del Cau Ferrat con el pretexto de adivinar entre sus paredes algo de la esencia personal y creadora de Rusiñol. Desde dentro, a través de sus grandes ventanales pudimos ver a gusto el mar y sus olas coronadas de espuma cabalgando incansablemente hacia el oro sucio de la playa que queda delante del pequeño jardín donde se levanta la estatua del artista. Sus cuadros, que ya conocíamos por las reproducciones de los libros de arte, nos miraban distraídos desde sus ventanas de color barnizado. La dramática escena de la mujer tendida sobre el lecho, cuyo título acentúa el dramatismo, La morfina, me inspiró unos versos o medio versos que apunté en los espacios blancos de un catálogo del Museo. Me quedé rezagado anotándolos frente al cuadro mientras mis amigos comentaban otras obras de Rusiñol y algunas de Ramón Casas, Regollos o Picasso, que en el Museo se guardan también. Las estufas iban a todo meter y allí dentro habíamos empezado a ser otras personas. Poco nos duró el bienestar y aquel gozo especial que nos infundía el estar viviendo parte de la vida de Rusiñol y aquellos otros artistas que anunciaban un arte moderno en España.
     En aquel grupo de Jíos había también un pintor que amaba las poesías de Espronceda y aprovechaba cualquier ocasión para recordarnos a los demás los versos atribuidos al poeta romántico por excelencia referidos al poema titulado Desesperación.
Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas,
la tierra iluminar.
Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar;
y allí un sepulturero
de tétrica mirada,
con mano despiadada
los cráneos machacar.” Etcétera.

 
 Recitaba con pasión aunque un poco atropellado, con lo que nos quedábamos un poco a oscuras, como la noche del poema, sin luna y sin estrellas. Pero lograba provocar en nosotros diversas emociones que iban desde la admiración hasta la reprobación, sin olvidar el miedo y alguna otra sensación de repulsa. Pero nos acostumbramos a las intervenciones de nuestro amigo. Otras veces tiraba del Canto a Teresa y la cosa cambiaba cuando recitaba los versos que empiezan
¿Por qué volvéis a la memoria mía,
tristes recuerdos del placer perdido,
a aumentar la ansiedad y la agonía,
de este desierto corazón herido?
¡Ay!, que de aquellas horas de alegría,
le quedó al corazón sólo un gemido,
y el llanto que al dolor los ojos niegan,
lágrimas son de hiel que al alma anegan.”
     Muchas veces sacaba a relucir el tema sobre quién era mejor, si Bécquer o Espronceda. No me gustaba discutir sobre eso. Yo siempre intentaba hacerle ver que cada poeta muestra una actitud diferente hacia el modo de concebir la poesía. Si Espronceda era el poeta romántico por antonomasia, exaltado, apasionado, incontinente, de extensos poemas y léxico grandilocuente, en el lado opuesto se encontraba Bécquer, de expresión más contenida, de poemas más breves, más comedido y, por ello, más profundo y emotivo. Si Espronceda gritaba su amor y su queja a todo el mundo, Bécquer los susurraba al oído de una mujer o de un confidente amigo. Esos eran mis argumentos, que de ningún modo convencían a mi amigo el pintor, quien defendía a capa y espada la dicción sonora y rotunda de su querido poeta, así como la riqueza y amplitud de su temática, que iban más allá del amor, para tocar otros de tipo social y reivindicativo. Eran sus razones y yo las respetaba, pero me seguía quedando con la expresión sentida y breve, pero eficaz, de las Rimas.
        Podría afirmar que el primer año de mi estancia en Barcelona fue de auténtico aprendizaje. Además de conocer íntimamente los barrios antiguos de la ciudad condal, su apasionante vida y su arte universal, seguí la costumbre de pintar al aire libre, experiencia que ya llevaba haciendo bastante tiempo atrás en mi tierra natal, ahora en compañía de A.
     
 El buscar constantemente el contacto con la naturaleza siempre ha sido una de mis prioridades en los gustos y aficiones personales, y entonces tuve la ocasión de recorrer pueblos y paisajes de los alrededores de Barcelona y plantar el caballete para plasmar aquello con que la vista y el corazón se recreaban. Pertrechados del bocadillo pertinente para comer fuera y de los útiles de pintar, mi amigo y yo cogíamos un tren de cercanías y cada domingo visitábamos un lugar diferente, en el mar o en la montaña. A la hora de comer, recogíamos los bártulos momentáneamente y, tras localizar una taberna para comprar vino, buscábamos una buena sombra para dar buena cuenta del bocadillo y del vino. Mientras comíamos nos entregábamos a nuestras charlas favoritas, que versaban de pinturas y versos.
Un domingo de esos, mientras nos hallábamos los dos en el frescor de la abandonada estación de ferrocarril de Sant Feliu de Llobregat, que acabábamos de esbozar en nuestros respectivos lienzos, salió a relucir mi afición desmedida a escribir poesía. Y acto seguido mi amigo me pidió, con la naturalidad que le caracterizaba y la confianza que yo le había concedido desde el principio de conocernos, que le leyera lo último que había escrito. Yo había escrito en los tres o cuatro primeros meses del año que llevaba lejos de mi ciudad natal unos seis o siete poemas nostálgicos (la añoranza de lo perdido iba a ser una constante en mi poesía). Un soneto pasable sobre el barrio y los amigos, un par de romances relacionados con la Semana Santa, una especie de silva a lo Garcilaso hablando del potro de la plazuela donde el herrero ponía herraduras a los caballos y cuatro o cinco poemas breves sobre la infancia y lo que significa para el hombre en su futura existencia.
--Me gustan los poemas en los que hablas de tu barrio y los amigos.
Era una manera de decirme que le leyera esos versos. Así que saqué el cuaderno de versos y le leí los que me había pedido.
Amigos de mi barrio junto al Duero,
compañeros de miedos y aventuras:
hoy tan lejos de aquellas horas puras,
envueltos por lo impuro y el dinero,
os reúno en recuerdo duradero.
Recordad por favor las bien maduras
almendras de los tesos, las pinturas
del río desde el soto, aquel letrero
de Prohibido el paso no acatado,
la ruda molinera y su molino,
el mendigo estival casi sagrado…
No importa la distancia ni el candado:
Con nostalgia se vuelve al fiel camino
Que conserva las huellas del pasado.”
      

Con el tiempo, llegué a arreglarlo un poco, especialmente el segundo cuarteto y el primer terceto: la musicalidad, alguna palabra, alguna sustitución… Aún estaba lejos mi intención de publicar libros de poemas. Fue precisamente aquel domingo cuando mi amigo me insinuó por qué no publicaba un libro pues tenía bastante escrito para ocupar la extensión tradicional de un poemario. Un libro publicado por mí. ¡Qué horror! Y que todo el mundo pudiera leerlo. ¡Más horror todavía! Siempre había pensado que era una gran responsabilidad hacer públicos unos versos que sólo escribes para ti y unos cuantos amigos. Por ello mi respuesta fue entonces rotundamente negativa. Añadí que me conformaba de momento con leérselos a ellos, a mis amigos de Jíos y, como mucho, con colaborar de tarde en tarde con Moira, la revista literaria de la Facultad.
      Pero no olvidé nunca las palabras de ánimo de mi amigo el pintor en el sentido de que si a él y sus amigos les gustaban mis poemas, ¿por qué no iban a gustar a otras personas? Pero tampoco olvidé la idea de la responsabilidad que contrae un poeta con lo que escribe y del respeto que debe a los presuntos lectores.
   Algún domingo que no salíamos a pintar A. y yo íbamos al Mercadillo de los libros de San Antonio, cuyas paradas se ponían y aún se ponen alrededor del hermoso Mercado del mismo nombre, a buscar entre los montones de libros alguna ganga digna de llevarnos a casa. Y vaya si encontramos. En lo que a mí respecta, en poco más de medio año llené de libros el cuarto que yo ocupaba para estudiar en el piso donde vivíamos. Mi madre se llevaba las manos a la cabeza cada vez que entraba en el cuarto y veía las oleadas de libros que amenazaban anegarlo todo. La pobre me decía que a ese paso tendríamos que salir todos de casa para acoger tanto libro. Hasta mi padre colaboraba en el desaguisado, pues empezó a coleccionar la revista de toros El Ruedo y un buen montón de ellas ocupaba parte del armario que teníamos en la galería. En cuanto a los libros que yo adquiría en el mercadillo, a un precio muy asequible, lo mismo eran de magia y brujería (el tema siempre ha requerido mi atención) que de Arte y Literatura, y entre los libros de Literatura destacaban los manuales teóricos, novelas y especialmente poemarios. 
        
De estos últimos me hice con dos nutridas colecciones: la primera se llamaba Laurel (años 50 y 60), en cuyos números figuraban poetas españoles de todos los tiempos e ideologías, como Espronceda, Bécquer, Campoamor, Zorrilla, Lope de Vega, los hermanos Quintero, Quevedo, José María Pemán, Marquina, Jorge Manrique, Villaespesa, etcétera. Este último poeta fue para mí un gran descubrimiento. Su poema La sombra de las manos, dedicada a Valle Inclán, siempre me impresionó.
¡Oh, enfermas manos ducales,
olorosas manos blancas!...
¡Qué pena me da miraros
inmóviles y enlazadas
entre los mustios jazmines
que cubren la negra caja!
¡Mano de marfil antiguo,
mano de ensueño y nostalgia,
hechas con rayos de luna
y palideces de nácar!...
¡Vuelve a suspirar amores
en las teclas olvidadas!
¡Oh, piadosa mano mística!...
Fuiste bálsamo en la llaga
de los leprosos; peinaste
las guedejas desgreñadas
de los pálidos poetas;
acariciaste la barba
florida de los apóstoles
y los viejos patriarcas;
y en las fiestas de la carne
como una azucena blanca,
quedaste en brazos de un beso
de placer extenuada!...
¡Oh, manos arrepentidas!...
¡Oh, manos atormentadas!...” Etcétera.
También en Laurel aparecían poetas hispanoamericanos, como José Martí, Gertrudes Gómez de Avellaneda, Amado Nervo, Sor Juana Inés de la Cruz, José Asunción Silva, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel Acuña, José Ángel Buesa, etcétera. La colección me abrió horizontes hacia algunos de estos poetas que apenas conocía y había leído y que me parecían muy dignos de ser conocidos y leídos, especialmente los tres últimos. De Manuel Gutiérrez Nájera me gustaba mucho una composición titulada Para entonces, que, a petición de mi amigo el pintor, le recitaba a veces.
Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.
No escuchar en los últimos instantes,
ya con el mar y con el cielo a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
Morir cuando la luz triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.” Etcétera.
De Manuel Acuña, me quedaba con los sonetos, aunque había una poesía que, irracionalmente, se convirtió en mi preferida. Era el Nocturno dedicado a Rosario.
Pues bien, yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.” Etcétera.
  

Pero quien se llevaba toda mi admiración era José Ángel Buesa. ¡Me recordaba tanto a mi querido Bécquer! Durante un tiempo me sirvió de libro de cabecera y en Jíos sus poemas sonaban sin parar. Todos los miembros de la tertulia aprendimos de memoria el Poema del Renunciamiento.
Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor, y, al pasar,
fingiré una sonrisa, como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.
Soñaré con el nácar virginal de tu frente;
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar;
soñaré con tus labios desesperadamente;
soñaré con tus besos… y jamás lo sabrás.
Quizá pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca… y jamás lo sabrás.” Etcétera.
También había ejemplares dedicados a poetas extranjeros, como Heine, Schiller, Baudelaire, E. A. Poe… Este último resultó todo un hallazgo, en especial, su extenso poema El cuervo, que, no por extenso, dejaba de gustarme de igual modo. El rotundo estribillo, “Nunca más”, era un redoble fúnebre al final de cada estrofa. Y las dos últimas tienen su aquel.
¡Partirás, pues has mentido,
ave o diablo”, clamé, erguido,
ve a tu noche plutoniana,
goza allá la tempestad.
Ni una pluma aquí, sombría,
me recuerde tu falsía.
Abandona ya ese busto,
déjame en mi soledad.
¡Quita el pico de mi pecho,
deja mi alma en soledad!
Dijo el Cuervo: “¡Nunca más!
Y aún el Cuervo, inmóvil, calla:
quieto se halla, mudo se halla
en tu busto, oh Palas pálida
que en mi puerta fija estás;
y en tus ojos, negro abismo,
sueña, sueña el Diablo mismo,
y mi lumbre arroja al suelo
su ancha sombra pertinaz,
y mi alma, de esa sombra
que allí tiembla pertinaz,
no ha de alzarse, ¡nunca más!”
     
Asimismo había en la colección Laurel números temáticos del tipo Las mejores poesías amorosas de la lengua española, Los mejores sonetos de la lengua castellana, Las mejores poesías de amor portorriqueñas, Las más bellas poesías místicas, o Los mejores madrigales de la lengua castellana, entre los cuales figura el bellísimo y famoso que Gutierre de Cetina dedicó a unos ojos.
Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a quien os mira,
no me miréis con ira
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.”

Todo un clásico.
Aunque casi me gustaba otro tanto el madrigal que Baltasar del Alcázar eleva al dios caprichoso del amor.
Rasga la venda y mira lo que haces,
rapaz, que en esta edad no es hecho honroso
romperme el sueño y las antiguas paces;
desarma el arco, déjame en reposo,
porque la helada sangre no aprovecha,
ni es dispuesto sujeto
donde haga su efeto
la venenosa yerba de tu flecha.
Pero si determinas
con tus armas divinas,
rompiendo mis entrañas,
hacerme historiador de tus hazañas,
ablanda el pecho de esta que te priva
de tu imperio y valor con su dureza,
igual a su belleza,
si no quieres, Amor, que, cuando escriba
forzado en las cadenas,
cante por tus hazañas las ajenas.”