jueves, 3 de junio de 2010

POEMAS PARA NIÑOS

ZOOLANDIA


La jirafa




¿Quién ha estirado su cuello?
¿Quién ha estirado sus patas?
Periscopio de las bestias
Es la tímida jirafa.




El pingüino





El pingüino está de fiesta:
Se ha puesto sus guantes negros
Y su levita más nueva.

Sobre la pista de hielo,
Peonza que no se cansa,
Azabache en movimiento.

Un aplauso pone calma
A su baile y a su fiesta:
Es hora de irse a la cama.


El elefante





La nariz del elefante,
¿es trompa o ducha casera?
Y cuando grita, ¿la trompa
No se convierte en trompeta?
¿Y sus patas? ¿No os parecen
Más bien troncos de palmera?
Y en el colmo de los colmos,
Son soplillos sus orejas.


El colibrí






Ave que en lengua caribe
Arco iris significa,
Acróbata de los pájaros,
Abaja de pluma fina.
Artesano de las flores,
Domador de la alta brisa,
Sigue adornando con vuelos
Las enaguas de la vida.


La urraca


En el silencio del bosque
Ríe una vieja palabra:
Urraca, risa de bruja,
Más que risa, carcajada.
Su batuta blanquinegra
Sobre el atril de las ramas
En vez de ordenar la música
Notas dispares desgrana.

miércoles, 2 de junio de 2010

MEMORIAS DE UN JUBILADO




Fotos de Zamora








EL PUENTE DE PIEDRA








Este era el puente de mi infancia y mi primera juventud. Por él iba y venía al mundo que me acercaba a la ciudad como el cordón umbilical más seguro. Primero cuando iba muy pequeño al colegio del Amor de Dios y mi madre en los días de mucho viento me decía: "Hijo, métete piedras en los bolsillos para que el aire no te lleve al pasar el Puente." Después cuando iba a los Salesianos llevado al trote por mi hermano Aurelio, y luego cuando el Instituto de Enseñanza Media me puso a las puertas de estudios superiores. El Puente de Piedra era lo primero que veía cuando por la mañana al despertar abría el balcón donde dormía. A sus pies, el Duero, camino de su muerte repetida, y sobre él, las murallas de la gesta zamorana, los campanarios y el cielo azul poblado de vencejos. Nunca olvidaré esa vista.








LA CATEDRAL







De la catedral de Zamora conservo en casa cuadros que la representan de mil modos y maneras, y es que cuando una cosa se lleva en el alma como llevo yo la Catedral, con su torre cuadrada llena de enigmas y su cimborrio bizantino lleno de escamas de oro, es lógico que suceda algo parecido. A mí me ha dado por pintarla. Pero muchas otras veces ha sido objeto de mis ensoñaciones más o menos literarias. Un ejemplo. En mi primer libro publicado, Cangilones de vida (Barcelona, 1978), hay un pasaje que describe la ascensión al cimborrio de un grupo de amigos guiados por el que entonces era el cantero encargado de restaurarlo, el señor Daniel, padre de mi amigo Lolo, también componente de aquel grupo de niños privilegiados que tuvimos la suerte de subir al cielo de Zamora y contemplar desde allí arriba la ciudad extendida a nuestros pies y su enamorado eterno el río Duero.

martes, 1 de junio de 2010

GALERÍA PROPIA



A partir de Van Gogh




Entre mis pintores favoritos, Van Gogh ocupa un lugar destacado, y en mi galería propia he añadido de un tiempo a esta parte cuadros que he pintado a partir de algunos suyos. Hoy cuelgo aquí un par de ellos. ¿Os acordáis de los originales?






Claro que sí. Hoy son estos dos, inspirados el primero en su Habitación, de la que he escogido lo que para mí significa más, y el segundo en La siega. En sucesivas ediciones, iré incluyendo otras pinturas inspiradas (a veces lisa y llanamente copiadas) en artistas de todo tiempo y lugar. Aunque sólo sea para agradar a la vista. Que aproveche.

sábado, 29 de mayo de 2010

TEATRO ADAPTADO

Hoy inicio una nueva sección. La titulo TEATRO ADAPTADO porque se trata de eso, de poner en lenguaje sencillo y en formato reducido piezas teatrales de algunos de nuestros más conocidos dramaturgos de todas las épocas. En esta ocasión le toca a don Ramón de la Cruz (Madrid, 1731-1794), conocido especialmente por sus sainetes, entre los que destacan Las castañeras picadas, El rastro por la mañana, Las tertulias de Madrid o éste que presentamos ahora. Que aproveche.



EL CAFÉ DE MÁSCARAS

PERSONAJES (Por orden de aparición)
DON MAURO. Hombre metódico y padre celoso de sus obligaciones.
DOÑA MENDA. Viuda.
PAQUITA. Hija de la anterior.
DON MANUEL. Galán.
DOÑA JULIA. Dama ligera de cascos.
NISO. Marido de la anterior.
DON QUIROTECA, amigo de Don Mauro.
UN CAMARERO.
UNA PAREJA.
GITANA. De verdad.
HOMBRE. Su marido.
ESCOTOFINA. Hija de don Mauro.
CASILLENO. Su novio.


PRIMER CUADRO
En la calle, a la puerta del café donde más tarde se celebrará el baile de máscaras. Es por la tarde. La luz del día irá apagándose a medida que avance la obra.

DON MAURO (En la puerta del café, amparado por un árbol y disfrazado de caballero con antifaz mientras ve llegar gente disfrazada.) Este don Quiroteca siempre acaba liándome. Y aquí estoy, a la puerta del café, aguantando el mal gusto de la gente. Ya no es como antes, que se tenía gran cuidado con los disfraces y había porte y distinción en los disfrazados. Me estoy arrepintiendo. Menos mal que he dejado acostada en la cama a mi querida hija Escotofina. Ahí llegan doña Menda y su hija Paquita. ¡Qué descoque! Si apenas lleva muerto su marido dos semanas y ya tiene ganas de celebrarlo.
DOÑA MENDA. (De luto y con un velo negro tapándole la cara. A su hija.) No te apartes ni un instante de mi lado y no se te ocurra quitarte el velo que te cubre la cara. No sea que el diablo lo enrede todo y dé que murmurar.
PAQUITA (Enfadada.) Entonces qué. ¿Me has traído aquí para que me quede tiesa como un palo? (Entran en el café.)
(Llega DON MANUEL.)
DON MAURO. Ahí viene ese Don Juan de pacotilla en busca de algún plan para burlar a algún marido.
DON MANUEL. (Descubierto. Contando el dinero que lleva en la mano.) Uno, dos, tres, cuatro duros. No sé si tendré bastante para pasar la noche. Y tampoco me acaba de gustar el plan de doña Julia. Eso de que me presente así, sin taparme para que luego en medio del barullo del baile ella se junte conmigo en el primer descuido de su marido me tiene escamado. Ya veremos qué pasa. (Entra en el café.)
DON MAURO. Ahí llegan doña Julia y su marido Niso, blanco de los planes de Don Manuel.
DOÑA JULIA. (Disfrazada de gitana y con un capote de raso.) ¿Me traes algo para después, cariño mío?
NISO. (Haciéndole carantoñas.) Pues claro, mujercita. En la faldriquera te he metido almendras y un buen trozo de jamón para que tomes un bocado a medianoche.
DON MAURO. (Aparte.) Este tío sí que es ridículo. ¿Qué pretenderá un pobre oficinista con seis reales de sueldo? (Espera a que DOÑA JULIA y NISO entren en el café para hacer él lo mismo.)

SEGUNDO CUADRO
En el interior del café. Mesas ocupadas por algunas personas. En la barra hay algún parroquiano. Columnas y espejos. Están encendidas las lámparas del techo.

DON MAURO. (Se arrima a DON QUIROTECA, que con una careta de payaso está apoyado en la barra ante una taza de café.) A menudo sitio me has traído. Con lo bien que estaba yo en casa.
DON QUIROTECA. Paciencia. Dentro de nada verás al mundo tal como es, pese a las máscaras y disfraces que lleva puestos. Mira a la parejita de esa mesa.
(El CAMARERO se acerca a la PAREJITA, ella disfrazada de gata y él de gato, para servirles.)
EL CAMARERO. ¿Qué van a tomar ustedes?
LA PAREJITA. (Visiblemente enfadada.) ¡Nada!
EL CAMARERO. Pues para asado es muy bueno. (Vuelve a la barra. A DON MAURO.) ¿Y usted? ¿Va a tomar algo?
DON MAURO. Nada, gracias. En casa me espera la cenita y no quiero perder el apetito. (El CAMARERO se pone a fregar unos vasos.) (A DON QUIROTECA.) Lo que quiero es quitarme este antifaz. ¡Vaya calor hace aquí dentro! Pero por otra parte, no quiero que nadie me reconozca.
DON QUIROTECA. (Levantándose la careta de payaso.) Pues yo tengo que quitármela para tomar el café. (Da un sorbo a la taza.) Mauro, mira a Don Manuel montando el número con esa mujer sola disfrazada de gitana.
(DON MANUEL y la mujer disfrazada de gitana pasan por delante de DON MAURO y DON QUIROTECA.)
DON MANUEL. ¿Pero quién eres, mujer?
LA MUJER SOLA. Una mujer que se va.
DON MANUEL. Pues si te vas, ¿por qué no nos vemos mañana a las once en los Capuchinos?
LA MUJER SOLA. Lo podría ver doña Julia.
DON MANUEL. ¿Qué Julia? Julia es una birria. A quien yo quiero es a ti.
LA MUJER SOLA. (Se va enfadada.) Esta me las paga el muy imbécil.
DON MAURO. Ese tío es un infeliz. No sabe el muy bruto que esa mujer es precisamente doña Julia.
DON QUIROTECA. ¡No me digas! ¿Qué te decía yo? Aquí el mundo se muestra tal como es. Mira, si no, a ese energúmeno que viene hacia aquí gritando.
NISO. (Hecho un basilisco.) ¿En dónde se habrá metido esta mujer mía? (Vocea.) ¡Julia!, ¡Julia! (A DON MAURO.) ¿Ha visto usted a mi mujer?
DON MAURO. Si le digo la verdad, hace un momento la vi salir del café.
(NISO tropieza con DON MANUEL.)
NISO. ¿Ha visto usted a mi mujer?
DON MANUEL. ¿De qué va disfrazada?
NISO. De gitana.
DON MANUEL. (Asombrado.) ¿De gitana dice? (Titubea.) Pues… pues…, no, no, no creo.
(Se van cada uno por su lado.)
DON MAURO. Me alegro de haber venido. Esto es verdaderamente un sainete donde el mundo se retrata a sí mismo. Y ahora veo que he hecho bien en no traer aquí a mi Escotofina del alma. ¡Qué ricamente debe estar en la cama!
(Aparecen por la puerta del café una GITANA y un SEÑOR que traen a NISO desmayado.)
GITANA. (Rodeada de gente.) He aquí lo que ha pasado. (Señala a NISO.) Este hombre desmayado iba buscando ansiosamente a su mujer, disfrazada de gitana, y al verme se ha creído que era ella, y me ha abrazado con fuerza sin apreciar que llevaba de mi brazo a mi hombre aquí presente (Señala a su acompañante.) Entonces se han puesto a pelear y mi marido le ha sacudido un mamporro que ha dado con él en el suelo. Y se ha traspuesto, como ven.
(Todos se van quitando los disfraces. DOÑA JULIA, regañando con DON MANUEL, se acerca a NISO, que en ese momento abre los ojos.)
DOÑA JULIA. (A NISO con mimo.) Hola, cariño. Gracias por volver en ti y gracias por todo. De ahora en adelante verás cómo cambio y estoy sólo por ti.
(La parejita disfrazada de gatos también se quita las caretas. Ella es ESCOTOFINA, la hija de DON MAURO, y él, DON CASILLENO, el novio de ella. DON MAURO, al ver a su hija se acerca a ella visiblemente sorprendido.)
DON MAURO. ¡Hija ingrata! ¿Tú aquí sin saberlo tu padre? (A su novio.) ¿Y usted quién es, joven? ¡Cómo se atreve…!
DON CASILLENO. (Con gesto de pedir calma.) Paciencia, don Mauro. No estropeemos la función. En pocas palabras se lo digo: Desde este mismo momento usted es mi suegro; lo demás se lo diré en casa.
(Todos ríen y aplauden.)
FIN

martes, 25 de mayo de 2010

LIBROS

Mecanismos internos (Ensayos 2000-2005), de J. M. Coetzee







De la obra del Premio Nobel J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), en la que destacan tanto novelas (En medio de ninguna parte, Esperando a los bárbaros o El maestro de Petersburgo) como libros de ensayos (Contra la censura, Las vidas de los animales o Costas extrañas) sólo había leído Diario de un mal año (2007) y su estilo fácil y ameno me entusiasmó. Ahora caen en mis manos estos Mecanismos internos (Mondadori, 2009) que durante días me han servido de relax a la vez que de acercamiento a novelistas que apenas conocía y a un mejor conocimiento de otros autores que se encuentran entre mis favoritos, como Green, García Márquez, Faulkner o Whitman. En este libro Coetzee se muestra como un crítico literario y reseñador de libros inteligente y acertado, empleando un lenguaje aclarador y lúcido, dos ingredientes necesarios para acercar la crítica al lector más exigente. 21 autores, con sus secretos vitales y sus técnicas o recursos lngüísticos (mecanismos internos) más destacados, son objeto de su visión personal de gran parte de la novelística moderna universal y de alguna poética también, como los casos del citado Whitman o del belga Hugo Claus. Desde Italo Svevo hasta V.S. Napaul, pasando por Musil, Walter Benjamin, Paul Celan, Beckett, Bellow, Miller o Nadine Gordimer, ven en Coetzee un lector apasionado y un escalpelo justo que abre aquí y allá en sus vidas y en sus obras para mostrarnos lo más acertado de cada uno de ellos. He aquí algunos destellos del libro:
Musil: "La única manera de funcionar en el mundo es no asomarse mucho a los abismos abiertos en nosotros por las experiencias extremas, en especial, las sexuales" (eso lo dice el estudiante Törless, protagonista de la novela que lleva su nombre).
W. Benjamin: "Para los grandes escritores las grandes obras terminadas pesan menos que aquellos fragmentos en los que trabajan durante toda su vida."
De Bruno Schulz (autor, entre otros títulos, de Las tiendas de color canela o Sanatorio bajo la clepsidra, de 1934 y 1937, respectivamente), Coetzee asegura que se orienta hacia la recreación o tal vez fabulación de una conciencia infantil, llena de terror, obsesión y gloria demente. O esto otro: Schultz tenía un talento incomparable para explorar su propia vida interior, que consiste, al mismo tiempo, en los recuerdos de la vida interior de su infancia y sus propios mecanismos creativos. De los primeros provienen el encanto y la frescura de sus relatos; de los segundos, su poder intelectual.
Para Roth (La marcha Radetzky) la línea moderna de pensamiento que dio nacimiento al Estado-nación europeo también dio lugar a los odios étnicos que llevarían a Europa a la catástrofe.
Sándor Márai (A la luz de los candelabros) : "En la literatura como en la vida, sólo el silencio es sincero". O "Somos aquello de lo que guardamos silencio."
De Faulkner (Santuario, Luz de agosto, Los invictos, etc.) dice que sus materiales son la "épica contada una y otra vez, incesantemente, del Sur, una historia de crueldad e injusticia y esperanza y desilusión y victimación y resistencia".
Mecanismos internos es, en suma, un libro donde Coetzee investiga las formas de trabajar de estos 21 autores que aparecen entre sus más de 300 páginas y lo plasma con un lenguaje claro y preciso, propio de un crítico perspicaz y valiente. De modo que el lector que conozca a los escritores comentados en el libro podrá profundizar en ellos a partir de las palabras de Coetzee y quedará enriquecido con sus opiniones, que es lo que me ha ocurrido a mí.

domingo, 23 de mayo de 2010

MEMORIAS DE UN JUBILADO



Fotos de Zamora






EL PUENTE DE HIERRO

Por el puente de hierro bajábamos y subíamos de chavales en bicicleta como dueños de la vida. El aire se colaba por los hierros y endurecía la voluntad y el esfuerzo. Había bajo el puente, entre el firme asfalto del rodar cotidiano y los pilares de cemento sobre los que se apoyaba el puente para salvar el río unos escondrijos apropiados para nuestras aventuras de críos. Ocultos allí, las conversaciones que llegaban a nosotros de los viandantes que caminaban sobre nuestras cabezas se confundían con el rumor incesante del Duero que pasaba a nuestros pies. Acordándome de ello, ahora sé que arriesgábamos mucho nuestras vidas y que de saberlo nuestros padres les habría causado serios disgustos. Pero la infancia crece entre peligros inconscientes.








LAS ACEÑAS DE PINILLA

Las aceñas de Pinilla eran como barcos de piedra que bogaban sobre el río. Allí íbamos de niños cuando el calor del verano nos empujaba a lugares frescos y entretenidos. El rezo constante del río acompañaban nuestros baños en las frescas aguas, entre las espadañas. A unos pasos se extendía el puente de la vía, solitario, silencioso, la mayoría del tiempo. Pero a veces, cuando el tren de Salamanca lo cruzaba, se ponía a temblar y a crujir como si sus hierros fueran débiles huesos de viejo. Entonces todo cambiaba. La paz del lugar se convertía en mil ruidos y el miedo rompía por la mitad nuestra aventura. Aceñas de Pinilla: seguid moliendo el trigo del recuerdo hasta hacer la harina blanca de la nostalgia.


viernes, 21 de mayo de 2010

MEMORIAS DE UN JUBILADO

El dibujo y la pintura


Más de una vez he dicho que por el dibujo y la pintura siento una devoción especial. Desde muy niño mi mirada se habituó a unos dibujos que mi padre, gran dibujante y excepcional calígrafo, había colgado en las paredes de mi casa natal. Había uno, especialmente, al que todos llamábamos el Cristo de la caña, y cuya mirada expresaba a las mil perfecciones la agonía del condenado a muerte, que me impresionaba más que los demás. Muchas veces me quedaba mirándolo y luego lo reproducía de memoria en mis cuadernos de dibujo. En el Instituto conseguí cierto renombre entre mis condiscípulos (a más de uno lo saqué de un apuro en el trabajo de las láminas que debíamos entregar al profesor). Volviendo a los cuadernos de dibujo de mi infancia y primera adolescencia tengo mucho que decir, pero lo más importante es que, acompañado de algún chico de mi barrio, salía por los alrededores y una vez localizado el objeto de mi dibujo me sentaba sobre una piedra y lo eternizaba en mi bloc; lo mismo podía ser una iglesia escondida entre cipreses que un rincón del río junto a las aceñas. El gusto por el dibujo sin duda lo tenía en mis genes y allí lo había dejado mi padre. Y luego la afición fue a más como imitación de los pintores que, armados de sus bártulos, se situaban en la cuesta de San Francisco para plasmar en sus lienzos la silueta de la catedral, la muralla, la carretera de Vigo y el espejo constante del Duero. Aún conservo mi primera pintura de entonces. La hice en la cubierta de un Balalín que me regalaron en la OJE y un día de asueto en las azudas de Cabañales me puse a pintar las aceñas de Olivares, un trozo de azuda y el verde espejo del río. A partir de ahí el camino siguió adelante, siempre en el plano de la afición, pero que, con el tiempo, fue creciendo tanto que hoy en día las paredes de mi casa y algunas de mis familiares y amigos están habitadas con alguno de mis cuadros. Y ahora que estoy jubilado, no voy a parar. En el dibujo y en la pintura encuentro muchas veces la calma y sobre todo la proyección de mi espíritu.