viernes, 7 de noviembre de 2008

LETRAS PARA EL OCIO

ACTIVIDAD FRENÉTICA

Esa semana de marzo leí más que nunca, volví a abrir libros de viejos compañeros y otros que hacía tiempo dormían en los estantes más altos de la biblioteca. Pinté un bodegón para mi mujer, un bodegón que ya había pintado hacía años y había desaparecido (algún amigo o algún familiar debía de tenerlo, en el mejor de los casos, arrinconado en algún armario de su casa), pero que juntos descubrimos mientras repasábamos en la buhardilla álbumes de fotos Suprimí un recipiente alto y el paño de la derecha y cambié algún color, como el de la mesa. Al final respeté el recipiente del aceite central, la sopera blanca, los tomates, los huevos y la vaina del guisante abierta. Los verdes, los blancos, los pequeños toques de bermellón y las gamas de azules del gris al oscuro formaban una agradable composición.




















ENTRE LA LLUVIA Y EL SOL

Algunas tardes, mientras oíamos como música de fondo ala lluvia, nos poníamos a leer en la buhardilla y de vez en cuando mi mujer me iba comentando cosas sobre Los organillos, novela que entonces leía, y luego yo le recitaba algún poema perdido en las hojas en blanco de los libros que ojeaba. Los organillos, del francés Leroy, acababa de empezarla días antes y yo ya sabía por ella que Vicens, el francés que acude a Caldeya (Cadaqués) en busca de sosiego y paz para su depresión, había hecho ya los primeros contactos, con un pintor que no pintaba nada, con una mujer que trabaja en el bar adonde iba a comer, un acaudalado gallego que en un yate lujoso conserva cuadros de Picasso, Renoir o Modigliani...
El jueves salió el sol y pudimos salir por la tarde. Ella fue a ver a su madre a la residencia y yo bajé a la biblioteca del pueblo a ver si tenía algún correo electrónico y, de paso, echar unas remadas por el mar inmenso y asustadizo de Internet. No había nada en el correo. Mi mujer, de vuelta de Barcelona y según lo convenido, me encontró en la sala de lectura de arriba tomando unas notas. De regreso a casa paseando me dijo que su madre seguía como siempre, mal, y encamada, y luego nos pusimos a hablar de todo y de nada. Salieron a relucir Los organillos (se lo llevaba al autobús para leerlo durante los trayectos de ida y vuelta): Pinero se ha encerrado en su estudio, Vicens ha roto con Jenny y se ha sumido de nuevo en la depresión, uno de los adolescentes ha muerto en el incendio que él mismo había provocado para llamar la atención... Al fin, le dije que la novela que estaba leyendo era un libro perfecto para curarse de las depresiones y espantar los demonios de la angustia. Nos reímos.











LECTURA EN EL TREN

En uno de los viajes en tren a Barcelona releí La metáfora y lo sagrado, un opúsculo de Murena al que no había tenido ocasión de leer desde que lo adquirí unos meses antes en Reseña, editorial que solía vender por correo libros descatalogados. Lo poco que conseguí entender (el estilo enrevesado y el tono empapado de religiones exóticas) no me desagradó, en especial lo que el autor afirma sobre el arte, la música y la poesía. Estas son algunas frases que tengo subrayadas: "La esencia del universo es musical". "¿Es la melancolía la madre del arte?" "Esa melancolía es la nostalgia de la criatura por algo perdido o nunca alcanzado." "Esa nostalgia no constituye el tema sino la esencia del arte." "En la metáfora se lleva más allá el sentido de los elementos concretos empleados para forjar la obra." "Las religiones han manifestado siempre desconfianza respecto del arte." "En el campo de las artes la deificación del hombre tuvo como natural consecuencia la destrucción de la figura del hombre." "La poesía es humilde. De la humildad extrae las fuerzas para su gesto osado." "El esteticismo comete un error: identifica, confunde el arte con la obra." "La poesía existe para salvar al mundo. El lenguaje caído, juzgador, sólo es adjetivo, comentario, charla nociva. La poesía no juzga, nombra mostrando, es sustantivo, crea, salva."

jueves, 6 de noviembre de 2008

ANTONIO MATEA, EL POETA DEL BARRO

15.


“¿Quién espera
con los brazos abiertos nuestro arribo?
Y estamos al principio.
Si tardamos
puede que la estación esté cerrada.”


En 1981 me trasladé a vivir a Cerdañola después de haber comprobado durante años que me costaba cada vez más salir de Barcelona por las mañanas camino del trabajo y llegaba a él con los nervios de punta. Como el Colegio donde daba clases se halla muy cerca de San Cugat, buscamos durante un tiempo un piso en esta ciudad para vivir, pero al fin nos decidimos por otro de Cerdañola, más asequible y cercano también al Colegio. Entre otras cosas, aquella decisión resultó muy beneficiosa para que nuestra amistad se fortaleciera, Antonio, y pudiéramos llevar a cabo las ideas comunes que nos bullían por aquel entonces en la cabeza. Una de ellas fue crear una tertulia poética en el Ateneo de la ciudad, cuyas autoridades se mostraron siempre inclinadas a favorecer nuestras inquietudes literarias. Una de las primeras cosas que hicimos fue invitarnos a nuestras respectivas casas. Yo vivía en la avenida de la Primavera y tú ya en la calle Canarias, en una casa que te habías ido construyendo a lo largo de muchos años, con no poco ingenio y mucho esfuerzo. Recuerdo el día en que fui con mi familia a tu casa. Me costó dar con ella porque entonces estaba a las afueras, rodeada de viñas y había pocos puntos de referencia para llegar a ella. En uno de tus libros, creo que en La mosca, apuntaste en la contraportada unas notas para que no nos perdiéramos. Argentina, derecha, calle en obras, pendiente, mitad de Londres… Con aquellas indicaciones y tras preguntar a un solitario paseante por el número 54 de la calle Canarias, tu refugio, dimos finalmente con la verja de la entrada. Dos machones pintados con cal lo decían por partida doble: 54. Llamamos al timbre y esperamos. Sonó la llave de la puerta del porche y luego el roce de la madera sobre el cemento. Siempre ha sonado igual. Y apareciste tú, con tu figura inconfundible: cabeza ladeada, piernas combadas y tu paso inclinado hacia adelante. La tarde fue completa. Y mis hijos quedaron encantados. Cuando arrimados a la campana de la chimenea del comedor vieron que no había señales de fuego ni de humos, me dijeron:
--Papá, una chimenea sin fuego.
Entonces tú, sonriendo, les pediste que se asomaran a su interior. Así lo hicieron los niños y enseguida vinieron hacia mí con la boca abierta y ojos sorprendidos.
--Papá, papá—dijeron excitados--, hay dentro una escalera.
Efectivamente, había incrustados en la pared unos escalones de hierro, como grapas gigantescas, que invitaban a subir a un mundo de misterio.
--¿Queréis subir? –les preguntaste a sabiendas de que te iban a decir corriendo que sí--, pues venid detrás de mí.
Por supuesto que te siguieron y yo detrás de ellos, mientras Celestina y Nasi se quedaban abajo charlando. Un mundo fascinante nos aguardaba arriba, en los sobrados de la casa. Lo primero que vimos, cuando encendiste las luces, fue una maqueta gigantesca que ocupaba la mayor parte del cuadrado de la estancia. Era una maqueta de trenes, con montañas artificiales, estaciones, cambios de agujas, vías que se cruzaban, puentes y acueductos ocupados por vagones y máquinas de todo tipo. Alucinante. Sólo había que mirar a los chicos para constatar las emociones que la vista de la magnífica maqueta ferroviaria podía provocar. Arrimados a un borde de la plancha de madera que servía de soporte a todo aquel mecanismo mágico, mis hijos esperaban (y yo también, Antonio) el milagro de ver moverse los trenes por aquel entramado de vías, estaciones, túneles y puentes, a un solo gesto del artífice de aquella maravilla, tú y sólo tú. Por eso, cuando como un dios cotidiano diste movimiento y vida a la maqueta, y despertaron las luces, y sonaron las sirenas, y los trenes empezaron a circular por las vías y a subir puentes y atravesar túneles y detenerse unos segundos en las estaciones, el sueño de la infancia se me despertó de pronto. No tengo que añadir que mis hijos, que estaban viviendo todavía el sueño inmortal de la infancia, al ver todo aquello, saltaban de alegría y soltaban todo tipo de exclamaciones. Recuerdo que tú no dejabas de sonreír viéndolos disfrutar, sobre todo, cuando les dejaste unos segundos en sus manos el control de aquella vida de los viajes en miniatura. Nunca te lo agradeceré bastante, querido amigo. Y cada vez que, con el paso de los años, volvía a subir a aquel mágico desván para contemplar los libros, cuadros, objetos y cachivaches que guardabas tan celosamente allí, y veía muda y quieta la maqueta de los trenes, me acordaba de aquel día en que mis hijos fueron tan felices.
Ahora los dos son mayores. Javier está casado y va a tener un hijo. Esteban, doctor en la Universidad de Huelva, sigue adiestrando en la Historia del Derecho y las Instituciones a alumnos cada vez menos esforzados y más dados a la desidia. Y cuando el otro día les decía en sendas conversaciones por teléfono que te habías ido para siempre, uno y otro se acordaron de cuando subieron de niños por la escala de la chimenea de tu casa hacia un mundo de sombras y aventuras, de cuadros que de repente resucitaban bajo la luz escasa de las bombillas y de trenes que partían de nuevo hacia los puentes y túneles de magia entre montañas de cartón piedra y personas de juguete que esperaban eternamente en los andenes de las coloreadas y minúsculas estaciones, mientras pitaban tímidamente para no despertar el ensueño. Uno y otro se acordaban escasamente de nuestras charlas sobre libros pero no habían olvidado la estrecha relación que había entre nosotros, la complicidad que hacía que nos entendiéramos a pesar de nuestras diferencias de edad, de cultura y de posicionamiento ante la vida.





16.

“La estación es tranquila.
Vuelan pájaros.
La tarde es un crepúsculo
interminable
y el relieve del músculo perfecto.”


En uno de tus libros más recientes, titulado Coleccionista compulsivo, confiesas tu afición por los trenes. “Recuerdo que en aquellos tiempos de mi primera evaporada niñez, dices en esa obrita de 2005, con las latas de sardinas vacías que recolectábamos en los estercoleros cercanos a nuestra casa, algunos niños construíamos largos convoyes de pequeños vagones en miniatura, en un intento de copiar los antiguos y largos trenes que teníamos siempre cerca de nosotros. Agujereábamos con un clavo las latas en sus dos extremos y las uníamos con un alambre a la lata que ejercía de locomotora. Ya estaba hecho el tren; ahora sólo faltaba tirar de él con un cordel que atábamos a la lata que hacía de locomotora. Aquellos trenes arrastrado sobre el suelo de arena de las entonces no asfaltadas calles, o en los solares de los extramuros próximos a las explanadas por donde RENFE había extendido sus vías, eran, a nuestro infantil entender, copia de las distintas unidades que con mercancías pasaban ante nuestros ojos y llenábamos nuestros “vagones” con tierras de diversos colores y texturas, areniscas, piedrecillas, semillas varias, huesos y cáscaras de frutos, residuos en fin de cualquier derribo, incluso carbonilla de las propias vías.” Y en otro sitio aludes a esos trenes que duermen bajo el polvo en el altillo de tu casa esperando tal vez que las manos de tus nietos Carlos y Alejandro vuelvan a circular un día. “Ya comentaba en el primer capítulo mi afición por el ferrocarril y las humildes latas de sardinas con las que construía mis primeros trenes. Señalaba también la existencia en el altillo de mi casa de bastantes trenes en miniatura a distintas escalas e intentaré ampliar ahora tal referencia, así como las causas que me llevaron a embarcarme en tamaña empresa. Cuando adquirimos un pequeño piso en Albacete, descubrí que desde sus ventanas podía divisar con mucha nitidez los trabajos ferroviarios en la zona que llaman las Playas, con muchos cambios de agujas de las innumerables vías en que suelen trasegar a diario infinidad de vagones, descomponiéndose unos convoyes para organizar otros que marcharán a destinos diversos y con materiales de todo tipo. Desde las ventanas de mi piso que dan a la estación, distante unos cien metros, veía todos los días ese trajín de cambiar de vías a unas y otras unidades, las cuales eran ante mis ojos como juguetes. Al poco tiempo expusieron en un comercio de electrodomésticos de la calle del Rosario una maqueta ferroviaria a escala N en la que las locomotoras y los vagones eran aproximadamente del tamaño de un plátano. Así que allí fui y me quedé extasiado ante aquellos trenes en miniatura. Hubo después otros comercios que exponían en sus escaparates maquetas con trenes a los que yo solía ir a preguntar y a interesarme por los precios que tenían las unidades expuestas, en el mismo Albacete y también en Cerdañola y Barcelona. En muchos de estos establecimientos fui adquiriendo alguna locomotora, algún vagón, algún accesorio que estaba de oferta, incluso algún convoy completo, pensando a la vez dónde irlo colocando. También fui conociendo a otros coleccionistas, que eran los que me iban proporcionando las primeras gangas y chatarras de las que querían desprenderse. El siguiente paso fue construir en la mayor habitación de la casa, entre el tejado y la primera planta, sobre un tablero de tres metros sesenta de largo por ochenta y seis centímetros de ancho una maqueta exacta de las explanadas ferroviarias de Albacete, con sus trece carriles que se bifurcan en otros que se dirigen hacia los almacenes, talleres y cocheras de aquel magno complejo, transitado a todas horas por trenes de viajeros y de mercancías…” Tal como lo cuentas lo vi plasmado en realidad. Los tapetes con las vías, las estaciones, las montañas de cartón piedra, los puentes, las casitas, los pasos a nivel, las rampas, los túneles… Y ahora, como ya he dicho, quedarán a merced del polvo y el abandono si otras manos no le ponen pronto remedio.





17.

“Si pensamos un rato en nuestra historia,
qué bella geografía es un espejo.”


Aquel año de 1981 fue para nosotros y nuestras ideas literarias altamente movido. Deseosos de seguir con la tradición de la tertulia de Jurado (aunque durante muchos años más, hasta que el poeta cayó muy enfermo, seguimos asistiendo a su tertulia), creamos una en el Ateneo de nuestra ciudad. Y como nos reuníamos los viernes de cada semana, le pusimos el nombre de Viernes Culturales. Nos reuníamos en una salita cercana a la emisora y empezamos siendo cuatro: Carreta, Encarna, tú y yo. Carreta trabajaba entonces de guarda nocturno de unas obras y cada vez que nos veíamos nos leía los poemas que durante la noche, acompañado sólo por la voz incondicional de un pequeño transistor y el silencio sin fronteras del entorno, roto intermitentemente por los ladridos de algún perro atemorizado, bosquejaba en unas hojas cuadriculadas. Eran poemas muy fogosos y vitales que abarcaban cataratas de versos. Encarna entonces era maestra y de su trabajo sacrificado y lento surgían unos poemas brevísimos, de contenido muy sustancial, altamente reflexivos sobre el amor y la soledad (Encarna hacía años que era viuda y vivía en una casa que le había cedido el Ayuntamiento en compañía de un hijo de la edad del mío mayor). Tú trabajabas de capataz en Aiscondel, y a ratos, usando el reverso de recibos y albaranes, escribías versos con aquella letra tuya apuntada y nerviosa, versos que hablaban noblemente de la condición obrera y lo difícil que es seguir adelante entre las zancadillas que surgen de cualquier esquina habitada por el hombre.
Luego, a una invitación que publicamos en la revista municipal de entonces, se nos fueron juntando gente del pueblo, hombres y mujeres de vida sencilla con una nota común, que fueran amantes de la literatura y la poesía en particular y de las artes en general. Uno de los primeros en acudir a la llamada fue un compañero tuyo del trabajo, Arbués, hombre con inquietudes y abierto a todo tipo de sugerencias culturales. Después vivieron otras personas, artistas, amas de casa, jubilados, la mayoría al principio con muchas ganas de hacer cosas (una revista donde publicáramos nuestros pequeños trabajos, exposiciones de pintura, recitales, presentaciones de libros, excursiones…), pero a medida que avanzaba el tiempo y las cosas se complicaban, fueron desertando. Uno de los que no tiraron la toalla fue el historiador Miquel Sánchez, que hasta el día de hoy sigue siendo uno de nuestros mejores puntales.
El quinteto formado por Encarna, Miquel, Carreta, tú y yo, siguió en la brecha hasta fundar, dos años más tarde, el premio de poesía Viernes Culturales, y cuajar en uno de los grupos literarios más solventes de la población.
Sin embargo, tengo que decir que con el tiempo aquellos primeros escarceos de ilusión y de planes para el futuro, fueron cambiando de manera sustancial. Y, como sabes muy bien, lo que empezó siendo un grupo preferentemente castellano y apolitizado, se fue convirtiendo en un trampolín para hacer volar la cultura y la poesía por vientos catalanizados. Carreta, tú y yo, defendíamos con uñas y dientes las razones por las cuales habíamos creado el grupo, abierto a todos, sí, pero con unos aglutinantes necesarios para no perder el norte de nuestros deseos. Encarna al principio siempre estuvo a nuestro lado, pero con la llegada de otros miembros, catalanoparlantes y comprometidos con la política del Ayuntamiento de la población, fueron introduciendo nuevos aires. Y así, el premio de Poesía, que también creamos nosotros tres y que se hizo originariamente para premiar a poemarios en castellano, poco a poco pasó a premiar dos libros, uno en castellano y otro en catalán. La cosa estaba clara. El Ayuntamiento, que era quien pagaba, pretendía, primero, que el premio llevara el nombre en catalán y, segundo, que ofreciese la oportunidad de ser concedido a un poemario escrito en la lengua de Verdaguer.









18.

“La rosa convertida en poesía.”

A finales de año, unos cuantos miembros de la tertulia Azor de Barcelona, tal vez los más antiguos, fuimos invitados por la Editora Nacional, cuya sede estaba entonces en la calle de Muntaner, 221, a dar un recital de poesía. Participamos en ese recital, entre otros, el prematuramente desaparecido José Antonio Espejo, amigo y colega mío, como sabes, Esther Bartolomé, Encarna Fontanet, Milagros Martín, Mercedes Rubio, José Carreta, Vicente Rincón, tú y yo. ¿Lo recuerdas? La Sala de Actos, roja como la pasión, rojo el alto zócalo de las paredes, rojas las butacas… estaba a rebosar. Antes de comenzar nuestro turno de intervención, Carreta, tú y yo, nos reunimos para hablar de la lectura, ¿recuerdas? Medio en broma medio en serio os hice prometerme que leeríais lentamente vuestros versos y que pronunciaríais las palabras con cariño. Con un gesto de asentimiento nos deseamos suerte. Cuando le tocó la primera tanda a Carreta leyó con cierta calma y sin atropellarse apenas un hermoso poema sobre la trágica muerte de Federico García Lorca. Supo trasmitir la emoción que impregnaba los versos y la gente aplaudió agradecida. Lo mismo te ocurrió a ti, que leíste la mar de bien, despacio e intentando proyectar los sentimientos del poema que habías elegido para la ocasión, un poema que cantaba al modo de fray Luis las alabanzas de la aldea, tu tierra albaceteña al fondo, frente a las preocupaciones, las prisas y las envidias de las ciudades grandes como Barcelona. Pero en el segundo turno de intervención, quizás embriagados por los aplausos del público de la primera vez, os olvidasteis pronto de lo que un lector de poesía debe tener siempre presente, y es pronunciar los versos con claridad y suficiente lentitud y entonación como para que el oyente asista sin prisas y sin confusiones al verdadero fluir de los versos. No sé si te acordarás, Antonio, de tu poema. Era un soneto de Sonetos en gris mayor, el titulado Meditación, una composición bellísima, llena de emoción, en cuya lectura es preciso andar con mucha calma y hacer hincapié en algunos versos. Ya en el primero, “Vida diamante y corazón de loco”, atropellaste las dos sílabas dentales con que se cierra la primera palabra y se abre la segunda, “Vida diamante” y sonó algo así como “vidiamante”. El primer soneto pasó volando, como una cadena de olas. Yo te hacía gestos con la mano para que fueras más despacio. Pero parecía que querías pasar como una locomotora sobre el soneto. De manera que cuando se acercaba a tu garganta el primer terceto, ya sabía yo que se iba a desmoronar entre tus dientes. “La rosa das, que espina es del camino”, se convirtió en un silbido prolongado e ininteligible donde lo único que destacó fueron las dos últimas sílabas, “mi no”, como si hubieras dicho que contigo no iban ni las rosas ni las espinas. Cuando al final de la lectura, comentamos la jugada, sonreíste levemente y con un gesto de cansancio repetiste el segundo terceto de memoria y me pareció una confesión acertadísima:
“Rendido estoy como aspa de molino,
Yo que, ansiando volar, siempre fui tarde
Y, sabiendo esperar, me precipito.”

jueves, 30 de octubre de 2008

Antonio Matea, el poeta del barro

13.

“Vence el que persevera, el que trasciende
por encima de otros relojes.”



Hoy hace una semana que te enterramos, Antonio, y llueve. Nos hemos acercado Nasi y yo por la que fue tu casa hasta entonces para cambiar unas palabras con tu mujer y ver cómo sobrelleva tu ausencia. Pero no estaba. El candado de la verja así lo indicaba, como las ventanas, cuyas persianas aparecían bajadas. Se conoce que alguno de tus hijos se la ha llevado consigo a su casa para atenderla y consolarla de momento, hasta que se dé cuenta de que realmente te has ido para siempre. Al mirar por la cuesta lateral de la casa hasta el fondo del jardín, he vivido una extraña sensación. Las rosas del arriate, bajo la lluvia, abren sus coloreados pétalos como si no hubiera pasado nada. Igual que el abeto de delante de la vivienda, que trepa hacia el cielo con ímpetu salvaje, el abeto que tú plantaste nada más llegar al solar donde levantarías con tus manos lo que ahora veo ante mí, este conjunto gris de la primera casa con sus añadidos posteriores, la terraza y el despacho. De vuelta del paseo por el pueblo he cogido la revista municipal por si se habían hecho eco de tu partida y habían puesto unas letras en la sección de Cultura. Y allí, en una de sus páginas, aparecía una fotografía tuya, justa la que te hicieron durante la presentación de tu hermoso libro Solo ante el mar, presentación que tuve el honor de llevar a cabo. Debajo de la foto, la noticia: Muere Antonio Matea, poeta, y a continuación una columna con este texto: “Antonio Matea, integrante del colectivo poético Viernes Culturales, murió el 13 de mayo a la edad de 77 años. De origen manchego y cerdañolense desde 1961, compaginó la faena de obrero con la afición a la lectura y la escritura. El año 1982 impulsó una tertulia poética bautizada como Viernes Culturales del Ateneo y un año después fundó el grupo juntamente con Esteban Conde, José Carreta y Encarna Fontanet. Matea es autor de unos cuarenta libros de poesía y está traducido a diversos idiomas. También cultivó el teatro y la novela. Miquel Sánchez, miembro de Viernes Culturales, ha destacado de él la ironía, la sencillez y la humanidad.” Esto es cosa sin duda de Miquel, que ha tenido la delicadeza de acercarse a la redacción de la revista a dejar estos breves apuntes.
Son muchas cosas las que han pasado por mi cabeza mientras leía la columna de la revista municipal y contemplaba tu busto en la fotografía que la coronaba. Por eso, al llegar a casa, me he puesto a leer fervorosamente cosas tuyas.
Escojo un libro cuyo título me recuerda el de otras publicaciones de memorias, aunque con tintes picarescos, Andanzas y desventuras del llamado Raspa de Las Santanas. Es de 2006, y en la dedicatoria escrita en octubre de ese año, nos haces el honor de llamarnos a mi mujer y a mí “amigos casi de la familia”. No sabes cómo te lo agradezco. De nuevo nace en mí el remordimiento por no haberte quizá dedicado toda la atención que te merecías. El Raspa de las Santanas es el apodo que te pusieron tus paisanos cuando eras barbero del lugar, situado a tres leguas de Albacete. En el libro nos hablas de tus abuelos, de tus padres, de tus hermanos y de otros familiares que influyeron en tu carácter y modo de concebir la vida en casi todas sus aristas, desde la más humana hasta la social y política, pasando por la religiosa. Pero también nos hablas del hambre y de la guerra, y salpicas aquí y allá tus recuerdos con anécdotas, unas simpáticas y otras no tanto. De entre las primeros recuerdos agradables destacan los que vivió el abuelo Samuel, que había estado en la guerra de Cuba y que, luego, perdida aquella contienda, regresó a Pozo Cañada, donde la Diputación de Albacete le nombró guarda jurado. Cuentas de él que sus aficiones por la iglesia católica eran nulas y que en cierta ocasión te cogió aparte y te dijo:
--¿Sabes qué es una misa? Es una reunión de ignorantes mirándole las espaldas a un tunante?
A continuación te contó lo que él y varios descreídos como él habían hecho un día en que entraron en la iglesia del pueblo cuando aún no estaban encendidas las velas. Resulta que, portando envuelto en papel de estraza humo de imprenta, lo dejaron caer en la pila de agua bendita, lo removieron, se persignaron y ocuparon parte de un banco del final del templo. Poco a poco fueron llegando los devotos que todas las tardes acudían a escuchar la novena. Introducían los dedos en el agua teñida de negro de la pila y al hacerse la señal de la cruz se tiznaban la cara. Cuando, finalmente, el sacerdote, seguido de los monaguillos, salió de la sacristía para oficiar la novena y las velas del templo fueron encendidas, se originó el consiguiente desconcierto por parte del ministro de Dios y los devotos seguido de las risas de los malhechores, que no fueron descubiertos nunca porque también ellos aparecían tiznados de negro.
Se nota por el tono abierto que empleas al describirlo que sentías por él una admiración sin límites. Lo mismo que por el abuelo paterno, Antonio, que aunque murió joven y tú eras aún muy niño, guardas de él recuerdos entrañables. Era callado y se dedicaba a transportar tablones en un carro. El primer caballo de cartón con ruedas que tuviste te lo regaló el abuelo Antonio.
Y van desfilando por tus recuerdos las personas más allegadas a ti, tu padre, que murió joven, tu madre, tus hermanos… Tú, que naciste con la República, eras el mayor de todos y con tu hermano Juan Miguel llevabais a cabo travesuras propias de los chiquillos, travesuras que tenían como premio algunos pescozones de tu madre. Una vez que fuisteis a los Jardinillos, una especie de parque donde había árboles, pérgolas y alguna que otra fuente con su chorro de agua y su estanque correspondiente. El caso fue que tu hermano pequeño Paco se acercó al chorro de la fuente para beber agua con tan mala fortuna que resbaló y cayó al estanque. Lo sacasteis enseguida y lo pusisteis al sol para que se secase lo más rápido posible. Pero era un otoño frío de los que hacen época, y en Albacete. Y el chiquillo no entraba en calor; todo lo contrario: los mocos adornaban la helada nariz del pobre chiquillo, que no dejaba de tiritar. La gente que nos veía hacía más que aconsejarnos que lleváramos a nuestro hermano a casa antes de que cogiera una pulmonía. Y así lo hicimos, aunque demorando los pasos por si en el camino teníamos la suerte de que el sol acabara de secar las ropas de Paco. Estaba escrito que la paliza de vuestra madre caería de todos modos sobre tu hermano Juan Miguel y tú, que erais los mayores.







14.

“Nació aquel niño, primero y tercero a un tiempo,
en honrada cuna, de la que mamé juiciosos ejemplos
que me condujeron a intentar ser justo, quijote apedreado
que se condecora con los rasguños de su propia piel
y su persistente e inútil terquedad literaria.”


Ha dejado de llover. Cierro, por el momento, el libro de memorias de tus andanzas y me pongo a escribir estas notas. De vez en cuando me paro y reflexiono. ¿Quién eres tú realmente? Porque sé que me quedo corto si afirmo que Antonio Matea es el hombre de setenta y tantos años que, temeroso de que el tiempo que le quedaba de vida fuera insuficiente, corría y se apresuraba en sus actos y en sus gestos por dejar constancia en cuantos libros pudiera de que había sido algo importante mientras vivió, trabajó, amó, tuvo hijos, creó poesía… Más bien creo que tú eres la suma de todos los Antonio Matea Calderón que has sido, desde aquel niño de Albacete hasta este hombre poeta de a pie que yo he conocido hasta hace poco y con el que he vivido aventuras y desventuras en este mundillo especial que es el de la Literatura. Este hombre hablador y generoso que conocí en la tertulia de Jurado Morales ahora hace treinta años y con el que he compartido momentos buenos. Como el de formar parte de la publicación Azor en vuelo, una antología poética de los poetas más asiduos a la tertulia de Jurado y que vio la luz en Rondas en Marzo de 1880. Aparecen en esa antología, además de nosotros dos, el propio Jurado Morales, Juan Pastor, Vicente Rincón, José Carreta o Esther Bartolomé, entre otros. Cada uno de los figurantes en Azor en vuelo, junto con nuestros poemas adjuntamos unos cuantos datos biográficos. En los poemas que tú incluiste hay destellos de humanidad, como siempre. En el primero, sin título, hablas de la lluvia y del destino del hombre del campo, tan dependiente y esclavo de la volubilidad de la lluvia.
“Lluvia, voluble lluvia, en otoño te espero
Y en invierno y verano, sobre las rastrojeras,
Sobre las enfermizas, resecas rastrojeras.
Pero es mejor que llegues en mayo,
En primavera,
A poner las cosechas en las mesas del mundo.”
En Yo sé, el segundo de los poemas incluidos en la Antología, hablas de los albañiles, con quienes tienes tantos puntos en común y tal vez debido a ello nos confiesas:
“Yo me mezclo con ellos
(soy ellos).
Yo sé de sus problemas;
Yo sé que ignoran muchas cosas
Y tienen los ojos turbios
De mirar los grandes automóviles.”
Los amigos es el título del tercer poema y en él nos citas a unos cuantos, a Carreta indagando ( “cualquier día descubre su exacto camino”), a Rincón insistiendo, a mí subiendo al sótano, y todos formando el gran poema de la amistad, y sin embargo, “tal vez de madrugada o por la tarde nos iremos perdiendo como los astros tejen sus elípticas, cortan sus trayectorias y se pierden luego por el Universo.” Así nos iremos, Antonio, como tú dices. Hace unos días, tú; hace unos años Vicente Rincón, y tu amigo incondicional Carreta, y nuestro común maestro Jurado Morales, y…
Como broche de oro a tus poemas cierran tu participación en la Antología unos escuetos datos biográficos, que ya conozco: “Antonio Matea Calderón nació en Albacete en 1931. Manchego. Autodidacto. De niño fue estraperlista, verdulero, electricista y alpargatero. Después barbero, peón, radiotécnico y ahora capataz en Aiscondel S.A. Tiene tres hijos y siete libros publicados (Sonetos en gris mayor, Desterrado, etc.) y a punto de publicar : Los amigos, Del paisaje, Mujer en forma de alcancía, aparte de otros doce inéditos. Vive en Sardañola (Barcelona) desde 1961.”
En este Azor en vuelo no aparece una de nuestras compañeras de viaje en el mundo de la poesía, Encarna Fontanet, que en un principio sí iba a figurar, ¿recuerdas?, pero que a última hora no pudo presentar sus poemas a tiempo por hallarse enferma su madre en Vinaroz y tenerla que acompañar en tan difíciles momentos.
Encarna, Vicente, tú mismo, sí que aparecéis en otros eventos poéticos de aquellos años, como iré diciendo a lo largo de estas páginas. Los dos primeros, Encarna y Vicente, optaron al Premio Boscán de ese mismo año y al que yo concurría, pese a las palabras que el secretario había dicho el año anterior sobre mi poética. Como recordarás (tú nos acompañabas), durante la lectura del fallo, oímos que nuestros poemarios (Solilogo, de Encarna, Presencia de Argos, de Vicente, y El camino diario, el mío) habían quedado finalistas, y, para sorpresa mía, mi libro resultó ganador en aquella convocatoria.
Tú concursaste en la convocatoria siguiente y tu Cárcava con insecto quedó finalista en un premio que se llevó Alfonso López Gradolí. Tu libro se quedó en el baúl de los inéditos hasta que unos años más tarde lo publicaste en una edición de autor, encabezado con unos comentarios irónicos sobre los concursos literarios bajo plica. Pero prefiero aprovechar las palabras que dices también en esos comentarios para definir tu libro: “En Cárcava con insecto se relata la popular y dificultosa historia de una familia proletaria en los años anteriores a la democracia. Relato donde la metáfora juega su gran papel, embelleciendo y ocultando pero también descubriendo y deleitando a los medianamente inteligentes.” Y es verdad. Como muestra de lo que dices me parece muy oportuno citar el poema que titulas Esposa. De él extraigo estos versos:
“Tres lustros son bastante;
cinco lustros un mundo,
y los ríos se atrofian
y los surcos se inscriben
sobre la piel cansada.
Mas un poso de auroras,
de ternuras inmensas,
deposita en el légamo
versos para el cariño.
Como esta madrugada,
diecinueve de mayo,
cuando ella está durmiendo
y yo marcho al trabajo
con la emoción humana
de saber que el otoño
secó nuestro sarmiento.
Pero el mosto pervive
mezclado entre los posos
grisáceos de otra aurora.
Antorcha que ya dejas
en las manos de otros.”
Estoy leyendo ahora de nuevo Cárcava con insecto y antes de cerrar el volumen veo en sus últimas páginas la lista de tus libros publicados hasta ese momento, diciembre de 1988. Hay años en que diste a la luz hasta seis obras, como en 1982: una novela, La noche de Leandro Petrull, y cinco poemarios con títulos tan sugerentes como La muñeca que perdió el apetito, Viaje a la ingle de una señora, Historia del silencio, Bodrios y Triángulo epicéntrico. ¡Qué fecundidad, Antonio!, ¡cómo te han cundido los años! Lástima que no hayas podido seguir subiendo el andamio de tus escritos. Aún tenías pensado seguir sacando a la luz algunas obritas más. La última se ha quedado en algún lugar de tu nuevo despacho, esperando la guillotina. Pero contra la otra guillotina, la inexorable, la nunca deseada, no podemos hacer nada. Y se ha adelantado. Cuando un día de estos vuelva a tu casa para cortar los libros de El cuaderno, veré ese libro póstumo que andabas preparando, y tal vez pueda ojearlo, echarle una caricia.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Letras para el ocio

MARZO A LA VISTA

Marzo empezó a marcear justo cuando la primavera, ya con muestras palpables en la naturaleza, estaba a punto de ser inaugurada. Se nubló y los vientos y el frío volvieron. Una especie de tristeza se apoderó de los jardines, y mi alma, que se había animado momentáneamente con el adelantamiento prematuro de la primavera, experimentó un retroceso. Y me dio por escribir algún poema triste
"Escudos y cigüeñas.
Los palacios se mueren,
sin sol en las callejas.
El invierno, que vuelve,
le quita la alegría
a lo que reverdece..."
Y me puse a releer a Proust. Y más nostalgia, recuerdos, inmersión en el pasado, tristeza que no conduce a ningún lado. Sin embargo, no todo me iba a resultar melancólico por aquel entonces. Me llevé una pequeña alegría cuando al llevar la basura al contenedor me encontré con una colección abundante de discos de vinilo que algún vecino, no tan amante del pasado como yo o huérfano de pronto de su tocadiscos, había optado por destinarlos al olvido. Los recogí ipso facto y me los llevé a casa. Allí, mientras leía y contemplaba las carátulas de los discos, les iba quitando el polvo con una bayeta humedecida. En la colección estaban representados todos los gustos y edades de una familia; había discos para niños: Cuentos infantiles inolvidables (El gato con botas, Caperucita Roja, El flautista de Hamelin, que era, además una miniópera), Blancanieves y los 7 enanitos, Aladino y la lámpara maravillosa, Ali-Babá y los cuarenta ladrones, Garbancito, La cenicienta, El pastor mentiroso, El mago de Hoz...); había discos para adolescentes (Running Scared, Cómplices, Xavi Metralla, D-Pop, Simply Red, Communards, No me pises que llevo chanclas, La pandilla, Sistema 3, Attica timewarp, Guns N' Roses...); discos para nostálgicos carrozas, como el propio profesor (Mecano, Vicky Larraz, Whitney Houston, Celentano, Michael Jackson, Camilo Sexto, Jesucristo Superstar...); discos de música clásica, aunque los menos (Vivaldi, Tesoros de Viena de Johann Strauss, Roy Etzel, Ibarbia...); y otros con sello propio (Peter Gabriel, Phil Collins, Juan Luis Guerra, Annie Lrennox, A Non Blondes, Sam Brown...) Fue como hacerse con libros de idiomas desconocidos; sin tocadiscos no podía entrar en su mundo; pero los tenía allí, en su casa, rescatados de la basura y el olvido, como cuadros que aún no han sido desembalados...








MÁS SOBRE EL ÚLTIMO POEMARIO DE BENEDETTI

Las Canciones del que no canta es un libro de madurez, de vejez podríamos decir, en el que el autor, sin tener en cuenta ya el exilio (interior o exterior), como en otros libros suyos, se limita a reflexionar lo que la vida le quitó y lo que aún sigue regalándole. Es un libro sentencioso y triste, aunque contenido, sin lagrimeos fáciles, tan al uso en la poesía actual. El poemario aparece dedicado a Luz, la mujer del poeta que tras enfermar de Alzheimer, lo acabó de abandonar un día (la dedicatoria completa dice "A Luz, que ya no está pero estará siempre, en memoria de nuestros 60 años de buen amor"). Está dividido en cuatro partes: Canciones del que no canta, Sonetos con destino, De amor y de vida y Más o menos. El que no canta es el poeta, aunque escriba todavía letras de canciones para que las musiquen cantautores o "que un viejo bandoneón o una guitarra / sobre todo una voz comunicante / la rescaten del pálido silencio /y le den vida de una vez por todas." De ahí que la forma elegida sea la del verso y la estrofa tradicionales ( el octosílabo, el endecasílabo, el romance, la redondilla, la copla, el soneto...). Eso sí, siguiendo su inveterado estilo de no puntuar. De vida y de amor (también de muerte y de dolor) se habla en el libro (aunque "vivir es tan complicado / y morirse tan sencillo"); del amor dice Benedetti que "es una gloria / y a veces un accidente / se produce y de repente / te cambia toda la historia." Y en la vida hay de todo, alegría, tristeza, seguridad, dudas... y todo ello pesa desde la juventud a la vejez ("lo peor es cómo pesa / la maleta de las dudas / y que el implacable espejo / no perdone las arrugas"). El lenguaje siempre es sencillo, transparente, sentencioso, aunque no faltan algunos juegos de palabras, asociaciones insólitas o metáforas de todo tipo. Un ejemplo: "volvemos pero nos vamos / nos vamos pero volvemos/ a las rosas que eran mías / ya no les queda ni un pétalo." La temática, aun dentro de los dos grandes núcleos de la vida y el amor, es muy variada: el perdón, la violencia, la vejez, el tiempo que pasa, el miedo, la valentía, los recuerdos; del hecho de recordar el tiempo ido afirma el poeta: "acordarnos de los años / a veces nos hace mal / lo mejor es que archivemos / la vejez en el morral." Casi siempre, lo que hace el poeta es definir, dar su parecer, reflexionar en voz alta: ("la violencia es un rezago / de la vieja cobardía"; "el fracaso hace bien es una alarma / nos enseña que somos vulnerables / y con esa tutela nos da fuerza /para volver de nuevo a la victoria"; "La vejez no transcurre es como un témpano / que nos hiela la sangre en retroceso / y un día o una noche se termina / y nos deja en brazos de otra infancia."; "El miedo se nos va por una hendija / pero la soledad nos estremece"; "lo cierto es lo que somos ahora mismo"; "amar sin nadie vaya cosa triste (...) amar con alguien vaya cosa buena"; "Los rincones del alma tienen alma / y nada que envidiar al corazón"; "el espejo jamás me dice ¡ánimo! / más bien es el programa de un abismo"; "Soy el que soy porque los otros son / las miserias nos unen fuertemente"; "la soledad es una extraña / prerrogativa del dolor / y sin embargo uno se siente / libre como la lluvia en los cristales"; "estar solo también es un amparo / donde mueren las culpas inocentes"; "no hay solitario que no añore / a su querida multitud"; la felicidad suele ser la breve / vacación del dolor"; "con la felicidad cede la fiebre / y hasta la muerte se persigna"; "la eternidad es cada vez más breve"; "la eternidad es un aburrimiento"; "el horizonte es una frontera / entre los vivos y los posibles"; "el universo vive de lo oscuro / allí esconde fantasmas y memoria"; "en su largo crepúsculo el silencio / abe que su destino inexorable / es ser prólogo digno de la muerte"; "posteridad viene a ser el resumen/ de lo que fue una vida impertinente"; "somos un universo de bolsillo / sin un sabio capaz de descifrarlo"; "los recuerdos nos llaman / porque son los ladrillos del pasado"... Otras veces, simplemente, aconsejar al lector y a sí mismo: "... es preferible / estar en donde estuve / entrar en mi ceniza / morir entre los míos"; "el modo más tranquilo de defendernos / es estar seguro de quiénes somos / convivir con la pena insobornable / no encandilarnos con las profecías /y sobre todo descubrir / los secretos del antes / para que nos sirvan de algo / en el después"; "yo sé que está presente / que como yo busca el refugio de una / soledad nueva y tan acogedora / como la paz sin guerra"; "no hay rescato posible en las ausencias / uno sigue con ellas en la mano"; "y por fin entendemos que en el tiempo / nuestras vidas también son hojas secas"; "el llanto ayuda a veces a olvidar / porque a menudo es tanta la tristeza / que uno ya no recuerda por qué gime"; "con uno mismo habrá que ser decente / dejar las máscaras en el desván"; "es mejor no engañar en el mercado / de la felicidad y de las lágrimas"...





DOS PELÍCULAS MÁS

Pasamos por la biblioteca a coger un par de películas, Cold Mountain y Mi vida sin mí, para esa noche, y de paso le puse a Lorenzo un correo para saber cómo iban las cosas por La Románica y por la vida actual del profesor amigo. La primera película, Cold Mountain, ya la habíamos visto. Descubrimos tras los primeros fotogramas (Jud Law en las trincheras, el conejo, la explosión, Nicole Kidman de novia al pie del andamio...) que ese film nos era conocido. Así que pusimos en el DVD la otra película, Mi vida sin mí, una cinta de Isabel Coixet muy positiva pese a la historia (una chica de 23 años, madre de dos niñas preciosas, se entera en una visita médica rutinaria que padece una terrible enfermedad que apenas la dejará disfrutar de la vida durante tres meses). Se dedica a hacer todo lo que no había hecho antes y, sobre todo, a grabar para cuando esté muerta mensajes a sus hijitas (uno por cada cumpleaños hasta que cumplan la mayoría de edad), a sus amigas, a su novio, a su madre... Una frase de Ann, así se llama la protagonista, se me quedó grabada: "En el supermercado nadie habla ni piensa en la muerte."

martes, 28 de octubre de 2008

Letras para el ocio

DEL CINE DE AHORA

Ahora están las multisalas, un abanico impresionante de películas; pero ya no es lo mismo; el romanticismo cambia con los tiempos modernos; aunque nunca desaparece del todo. Ahora solemos ir al cine el día de la pareja. La entrada es más barata y podemos escoger alguna de las llamadas salas de fidelidad, que se parecen, por sus reducidas dimensiones y comodidad sin límites (las butacas son enormes y unos botones incorporados en los brazos abaten los respaldos y suben los reposapiés) a los salones de casa, sólo que con ambiente de cine. Hace algún tiempo fuimos a ver en una de estas salas de fidelidad del cine de nuestro pueblo Noche en el museo, una película divertida y llena de valores humanos. En ella un padre separado logra recuperar la admiración y el cariño de su hijo mostrando su valor, su prudencia y sus dotes de mando y decisión. También la cinta aparece enriquecida con el elemento tal vez más abundante y mejor aceptado por el público en general; me refiero a los efectos especiales, que en este caso me parecen espectaculares y originales, que con sabia eficacia consiguen que se avengan hasta con cierta naturalidad la realidad y la fantasía. La acción transcurre en su mayor parte en el Museo de Historia Natural de Nueva York, donde de noche todas sus figuras expuestas, tanto humanas como de animales, adquieren vida de noche desde que en 1950 una tabla egipcia de oro se trajo al Museo. La contratación de un nuevo vigilante nocturno, el padre del chico citado, es un pretexto para que los tres anteriores vigilantes, ya ancianos y a punto de ser despedidos, lleven a cabo un robo espectacular de las joyas más interesantes del Museo entre las que se encuentra la citada tabla dorada. Tanta importancia como estas personas reales tienen en el film las figuras expuestas en el Museo. El vaquero y el general romano, que siempre andan discutiendo y que al final unen sus esfuerzos para colaborar con el vigilante nocturno para recuperar la tabla dorada. El mono capuchino Dexter, que en varias ocasiones se burla del vigilante y que posteriormente presta una capital ayuda para recuperar el orden perdido. La estatua ecuestre de Roosewell, que se convierte en pieza clave para hacer ver al protagonista que dentro de cada hombre existe la posibilidad de hacer algo grande en beneficio de los demás. La guía turista diurna del Museo, el tiranosaurio, Atila, Colón, el faraón que al final recupera la tabla de oro, y un largo etcétera. Todos forman un conjunto entrañable que hacen las delicias del espectador que vaya al cine simplemente a dejar volar la imaginación y los sentimientos.
































UNA PELÍCULA GRATIS

Con la tarjeta del cine de mi mujer logramos gratis en préstamo una película en DVD que queríamos haber visto mucho antes, me refiero a 21 gramos. Y una noche de esas en que la televisión era insoportable, la vimos. Nos pasó en seguida lo que debió de ocurrirles a todos la primera vez que la vieron. Aparecían en un laberinto temporal escenas y personajes que nada ayudaban a ir reconstruyendo la historia que se intentaba contar, la de tres familias que se ven involucradas en un atropello mortal en que el marido y las dos hijas de una de las familias mueren. El personaje que encarna Sean Peen, enfermo terminal del corazón que vive con su mujer la angustia de tener los días contados si no encuentra a tiempo un trasplante, ve cómo su vida personal y familiar cambia de repente al serle trasplantado el corazón del hombre que acaba de morir atropellado por una furgoneta. A partir de ese momento se obsesiona con averiguar a quién pertenece el corazón nuevo que lleva en su pecho. Así conoce a la viuda, que, destrozada, se ha echado a una vertiginosa autodestrucción por medio del alcohol y las drogas. Se hace el encontradizo, la ayuda en una situación comprometida y acaba enamorándose de ella. La mujer le corresponde y cuando van a consumar el amor que sienten uno por otro, él le confiesa que lleva el corazón de su marido. La tormenta estalla y la viuda lo echa de su casa descompuesta. A todo esto, el detective que trabaja para el protagonista ha conseguido también averiguar dónde vive el hombre que atropelló al que ha salvado momentáneamente su vida. Es un personaje fanático de la religión y tiene a todas horas el nombre de Dios en la boca, pero su pasado es delictivo y nunca ha podido liberarse de él. Y tras el accidente en que mata a tres personas cree que Dios se ha burlado de él. En la cárcel, adonde ha vuelto tras confesar lo que ha hecho, intenta en vano suicidarse. Finalmente, es absuelto, pero no consigue vivir en par consigo mismo y se va de casa, abandonando a su familia. Por entonces, reconciliados la viuda y el protagonista, al que le han aparecido síntomas de rechazo del trasplante y cuyo médico le ha aconsejado en vano que ingrese en un hospital lo antes posible si no quiere morir de un modo atroz, planean matar al conductor de la furgoneta.. El desenlace es de lo más desalentador. Sean Peen no se atreve a matarlo cuando lo tiene a su merced en un descampado y más tarde se pega un tiro en el pecho en la habitación del motel donde viven los dos enamorados y a donde ha irrumpido el conductor para exigirle que lo mate de una vez. Tras un leve el forcejeo entre la mujer y el asesino suena el disparo de la pistola. A solas, en la cama del hospital, entubado, el protagonista, antes de morir, recurre a una digresión sobre la vida y la muerte, sobre la pérdida y la ganancia que resulta de morir o vivir entre las luchas cotidianas y a esos 21 gramos que todos perdemos cuando morimos, como si fuera ese el peso del alma o el soplo de vida que nos mantiene en el campo de batalla hasta el final. El laberinto temporal, los diálogos, la libertad con que deciden los personajes sus acciones, ciertas escenas, unas al borde de la histeria y la angustia, como las del hospital, el accidente o las del descampado en que el hombre armado obliga al otro a arrodillarse y desatarse los zapatos, y otras líricas, como los pájaros, los cuerpos desnudos quietos y enmarcados por la luz suave de la ventana... muchos detalles sueltos, inconexos al parecer pero que al final quedan todos encajados en su sitio, al menos en la mente y el corazón del espectador.





















A PROPÓSITO DE UN POEMARIO DE BENEDETTI


El Día del Padre me regaló mi mujer el último poemario de Benedetti. Curiosamente, veintitantos años atrás, concretamente en mi cumpleaños de 1985, me había comprado la Antología poética del poeta uruguayo de Alianza Editorial, y me había puesto la dedicatoria "Para mi marido y amigo para siempre". Coincidencias aparte, tiene razón Caballero Bonald, que es quien prologa la Antología, cuando encuentra entre Ángel González, uno de los poetas estandarte, junto con Claudio Rodríguez, de la generación del 50, y Mario Benedetti ciertas similitudes referidas al llamado realismo crítico o social en poesía, habida cuenta de que el poeta uruguayo, entre otras cosas, con su poesía se defiende contra las ofensas de la vida; hace una crítica de la existencia radicada en dos espacios temáticos, como dice Bonald: "el del amor como programación solidaria de la vida y el de la historia como experiencia moral, con el capítulo del exilio al fondo." Porque, efectivamente, no se puede explicar la poesía de Benedetti sin tener en cuenta el exilio o desexilio que el poeta vivió durante muchos años ("Yo digo que el exilio es una decisión que otros tomaron por uno, dice el propio poeta en una entrevista publicada en El País en 1984; en cambio, el desexilio, que después de todo es una palabra que yo inventé y tengo derecho a usar, es una decisión individual."). A sí mismo se ha llamado "militante de la vida" y siempre ha mostrado fidelidad a la experiencia vivida. "La crítica de la vida, sigue diciendo Caballero Bonald, funciona así a manera de registro acusador (...), como la normativa testimonial de una historia amenazada por las propias impurezas que contiene."
Leyendo a Benedetti se tiene la impresión de estar leyendo siempre un relato (en prosa y en verso); porque no puede olvidarse que es también un soberbio narrador. De ahí que dé la impresión su poesía de pecar de prosaísmo; nada más lejos de la verdad: eso hace que sea más directa y llegue antes a donde tiene que llegar, que es al corazón y a la cabeza simultáneamente. Eso hace que sus poemas estén llenos de palabras libres y desentumecidas, frases proverbiales, expresiones dialectales pertenecientes lo mismo al castellano de Argentina que al de Cuba o que al castellano más nuestro y cotidiano, logrando con todo ello, como dice Bonald, "soltura verbal enraizada en un fértil mestizaje lingüístico." Aunque al lado de todos esos ingredientes el lector de la poesía de Benedetti puede encontrar hallazgos metafóricos impresionantes, neologismos, asociaciones inesperadas y, sobre todo, el recurso constante a la ironía. Finalmente, la poesía de este escritor uruguayo instalado hasta hace muy poquito en España (aún sigue viniendo muy a menudo a nuestro país) es fácilmente reconocible por su falta de puntuación, aunque eso no quita que en muchas ocasiones los poemas se ajusten a versos y estrofas tradicionales, como escritos para ser cantados (de hecho, algunos cantantes interpretan poemas suyos, como Nacha Guevara, Vigliett o Soledad Bravo). A mí me gusta siempre citar de esa Antología, que vio la luz en 1984, unos versos de Curriculum, poema incluido en su libro Próximo prójimo (1964-1965):
"...usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo s ele vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere."

El último poemario de Benedetti que mi mujer me acaba de regalar se titula Canciones del que no canta, aparecido en 2007. En los primeros vistazos que le he dedicado he comprendido el significado del título: Se trata de un conjunto de poemas de corte tradicional (romances, sonetos, coplas...) como hechos para ser cantados, como muchos de sus anteriores poemarios, pero ahora teñidos de una suave melancolía y añoranza de la vida y el amor vividos por el poeta, que ya no desea cantar.

miércoles, 22 de octubre de 2008

LETRAS PARA EL OCIO

ESTRUCTURA Y CONTENIDO DE ANATOMÍA DEL MIEDO

El libro posee una estructura singular. Dos partes importantes, aunque muy desproporcionadas, componen su contenido: La primera (154 páginas) contiene los capítulos referidos al miedo (Cartografía de los miedos, El deseo de intimidar, El polo subjetivo: el carácter miedoso, El polo objetivo: el peligro, La angustia y los miedos patológicos, Otros miedos patológicos y Las fobias sociales). La segunda parte (66 páginas) contiene tan sólo dos capítulos referidos a la valentía (Aparece la valentía y Elogio y nostalgia de la fortaleza). Entre los puntos que más han llamado mi atención, destacan los siguientes: El miedo causa un triple estrechamiento corporal, psicológico y conductual de la conciencia (página 24). El estrés, la ansiedad, el miedo son funcionalmente útiles (28). La angustia es una "ansiedad sin desencadenante claro, acompañada de preocupaciones recurrentes, con una anticipación vaga de amenazas globales y con gran dificultad para poner en práctica programas de evitación" (25). Cita de Goethe sobre el miedo y la esperanza: "Tengo encadenados y alejados de la comunidad a dos de los mayores enemigos del hombre: el Miedo y la Esperanza" (41). La relación del miedo con la humillación disminuye aún más los recursos de la víctima (46). Referencia al terrorismo de ETA, que lleva muchos meses sin matar (el autor había publicado el libro antes del atentado de Barajas en el que murieron dos personas), hecho que la ciudadanía considera "como una recompensa. Y como teme perder esa recompensa, está dispuesta a hacer lo necesario para que eso no suceda" (48). Referencia al acoso escolar, que revela "el insidioso mecanismo del miedo". Los acosadores son clasificados en tres grupos: inteligentes (suelen ser más sociables que sus víctimas y son difíciles de detectar), poco inteligentes (fracasan en la escuela y enfocan su odio en los más débiles) y acosadores víctimas (49). "La manifestación de la furia es una forma doméstica de imponer el terror" (53). En Los poderes ocultos, los tabúes (57) se hace una especie de historia de los miedos y los terrores de la humanidad muchas veces causados por las supersticiones. El temor es uno de los resortes del poder político (63), con una referencia a Maquiavelo, que de eso sabía mucho; el autor italiano dejó escrito que el príncipe debe ser temido y amado, pero que si tiene que elegir, es mejor que sea temido. También el miedo guarda relación con las religiones, pues suele estar en el origen de todas ellas (67). El miedo es un modo de percibir el mundo. "Surge de la interacción de un polo subjetivo --el sujeto que lo siente-- y un polo objetivo --lo que el sujeto percibe como amenazador" (78). El profesor cree que en esta interacción está el meollo del problema. Depende de lo grande que sea un polo frente al otro. Lección de neurología (79): El autor describe las teorías de varios neurólogos (Papez, MacLean, Moruzzi y otros) sobre el funcionamiento del cerebro humano ante el peligro y pone en tela de juicio la separación radical entre el sistema nervioso central y el autónomo. En La propensión al miedo (85), cita varios escritores que estuvieron siempre inclinados a sentir miedo por todo: uno de los que más el citadísimo Kafka; también aparecen Virginia Woolf, Proust, Genet, Andersen o Rilke, que llegó a decir "Temo que al expulsar a mis demonios puedan abandonarme también mis ángeles (con referencia a la inspiración que necesitaba para crear); Woody Allen pensaba al contrario: "No creo que cuanto más angustiado estés seas más creativo. Al contrario, si uno está sereno su trabajo mejora. Nunca he estado angustiado por la idea de no estar angustiado." Existe una predisposición genética hacia la afectividad negativa, que hace a la persona más vulnerable a los estímulos negativos. (93) Los antiguos se equivocaron al creer que las emociones y los sentimientos vienen de fuera; están dentro de nosotros (96). "La afectividad negativa busca estímulos negativos, interpreta de modo pesimista los sucesos neutros, estrecha la atención (...), recuerda con gran precisión los hechos negativos(...), tiende a la rumiación y provoca una ansiedad desagradable (...), que está presente en muchos trastornos afectivos" (97). Referencia a los tres estratos de la personalidad: personalidad recibida (genéticamente condicionada), incluye toda la fisiología (funciones intelectuales básicas, el temperamento y el sexo). Personalidad aprendida o el carácter (hábitos efectivos, cognitivos y operativos); en ella se incluyen los miedos adquiridos. Personalidad elegida o la manera como una persona se enfrenta o acepta su carácter y actúa (proyecto vital y modo de llevarlo a cabo, los valores y la forma de enfrentarse a las dificultades); a mí me parece este punto fundamental para entender la tesis del libro (98). Los miedos se aprenden como las demás cosas, por condicionamiento, por experiencia directa, por imitación y por transmisión de información (101). Referencia a los cuatro tipos de aprendizaje del miedo: sucesos traumáticos (accidentes, violaciones, separaciones dolorosas, fracasos amorosos), sucesos vitales penosos y repetidos (humillaciones, agresiones, pequeños traumas), sociales por imitación de modelos y asimilación de mensajes alarmantes (una educación que insiste mucho en los peligros de cualquier situación puede desembocar en miedos) (102). Referencia a la resiliencia (capacidad de resistir y reponerse de los traumas), que se consigue por medio de la empatía, es decir, "la conciencia de la propia capacidad y el aprendizaje de la valentía", que es el punto principal de la segunda parte del libro (106). El miedo es una anticipación de un peligro y todos los peligros necesitan un sujeto paciente cuyos planes o situación o intereses amenazan (109). Referencia a los miedos más corrientes: la dificultad de vivir (111), temer a la muerte, la enfermedad, la pérdida de un ser querido, el dolor físico, la ruina... Miedo a las escenas violentas (112), a los conflictos y a cualquier enfrentamiento (115), a la novedad (117), a decidir (119), al aburrimiento ("la ausencia de estímulos puede vivirse como un castigo"); así que el alcohol, las drogas y otras búsquedas compulsivas de diversiones límites alivian ese malestar (121), a la soledad (121), al hundimiento de la cultura como fuente de seguridad (122), a tomar una postura firme para expresar las propias ideas, las necesidades o los sentimientos, incluso a reclamar sus derechos (123), a la dificultad de decir adiós o terminar una relación (125). Referencia a la vergüenza como desencadenante del miedo ("el tímido no se atreve a hacer muchas cosas porque se siente amenazado por la vergüenza"); aquí es miedo a tener vergüenza; tanto el miedo como la vergüenza son necesarios para vivir, aunque también pueden destruirnos si los exageramos (127). Referencia a la asertividad (132), que, en medio de dos extremos, la pasividad y la agresividad, consiste en la afirmación de uno mismo en situaciones en las que sus derechos han sido infringidos por otros intencionada o accidentalmente; se trata de eliminar los miedos corrientes y quejarse, reclamar, exigir los derechos, enfrentarse, decir no, pedir explicaciones... Referencia a la angustia y los miedos patológicos (135): un miedo normal se convierte en patológico cuando su desencadenante no justifica la intensidad del sentimiento. La psiquiatría trata seis tipos de miedo patológico: trastorno de pánico, fobias específicas (animales, sangre, agorafobia...), fobias sociales, estrés postraumático, trastornos obsesivos compulsivos, angustia (trastorno de ansiedad generalizada. (El diagnóstico del psiquiatra que me trata se refiere a estos dos últimos miedos.) El carácter expansivo de la angustia está relacionado con la dificultad del sujeto para discriminar la causa del peligro (139). "Una de las cosas que diferencia la angustia del miedo es la incesante rumia de preocupaciones, la continua producción de pensamientos angustiosos". El origen de la angustia hay que buscarlo en el temperamento vulnerable, la afectividad negativa del sujeto (141). El psicoanálisis es una terapia inútil para curar la ansiedad, porque mientras el paciente cuenta su angustia se alivia, pero luego volverá a buscarla sin animarse a ser libre (143). Otra diferencia entre la ansiedad y el miedo es que éste permite enfrentarse al peligro o huir, mientras que la ansiedad no hace más que dar vueltas (145). Referencia a las creencias que favorecen pensamientos angustiosos: responsabilidad exacerbada, perfeccionismo, creencia en la propia impotencia y en la incontrolabilidad y en la imprevisibilidad de los acontecimientos (147). A esto se llama inteligencia computacional, a la que el autor contrapone la inteligencia ejecutiva (149), "que intenta con éxito desigual iniciar, controlar y dirigir los procesos de la inteligencia computacional." Advertencia del autor de que es ante todo un filósofo y no un psiquiatra y que por lo tanto el libro es un libro de filosofía, no de psicoterapia (150). Referencia a los tratamientos de la angustia (150): farmacológicos (tranquilizantes, antidepresivos y betabloqueantes, con contraindicaciones claras necesitadas de otros tipos de terapia), técnicas de relajación, otras para cambiar el estilo cognitivo y el contenido de las creencias disfuncionales, técnicas para resolver conflictos. Cita de Albert Ellis para apoyar su tesis (151): Actuar, actuar, actuar contra mis ansiedades. Cuantas más acciones emprenda en relación con mis temores, menos tiempo y energías malgastaré obsesionándome con ellos." Referencia al pánico (155), fobia disparada por las manifestaciones corporales, una especie de fobia interoceptiva; "el mecanismo central del pánico es la interpretación que hace el sujeto de las sensaciones corporales. Las que para él son experiencias banales, son para él anuncios inminentes de una tragedia." Una referencia graciosa a Jardiel Poncela, que dijo que la medicina es el arte de acompañar al enfermo hasta la tumba consolándole con palabras griegas (156). Referencia a la hipocondría (158), que se da cuando la normal preocupación por la salud se convierte en una atención exagerada al propio cuerpo, "al que se somete continuamente a un escrutinio cauteloso, usando siempre unas catastróficas lentes de aumento, preparadas para detectar síntomas." Cree el profesor que es un hipocondríaco y que muchas cosas que le suceden se debe a eso. Referencia a los trastornos obsesivos compulsivos (161), patentes en ciertos rituales: de limpieza (miedos a la suciedad), de repetición (miedo a que algo ocurra si no se repiten una serie de acciones), de comprobación (temor a haberse dejado puertas o ventanas abiertas o cristales en el suelo por miedo a que alguien se haga daño), de acumulación (síndrome de Diógenes) y de orden. El miedo a los otros (167) es el que más influye en nuestras vidas, en nuestro carácter, en nuestra felicidad o desdicha ("El infierno son los otros", que diría Sartre). Referencia a las fobias de algunas situaciones sociales (169), como la del profesor que se enfrenta a una treintena de adolescentes cada día o la del conferenciante (personalmente, nunca he sentido esa fobia; al contrario, mi experiencia me ha proporcionado la suficiente mano izquierda como para sacar adelante cualquier conflicto de aula). En el fondo se halla todo en el miedo a ser evaluado (172). Repetidas alusiones a Kafka, como la que figura en una carta a Milena, un apólogo que explica el sentimiento de vergüenza injustificado (172). Referencia a la timidez (174) avalada por historias de personas tímidas anónimas. Dos clases de timidez: la temerosa (miedo a la novedad de las situaciones sociales y la intromisión de otros en la propia vida) y la acomplejada (el sujeto es el centro de atención y teme ser mal evaluado). Baste con esto.




















OTRA VEZ EL CINE

Todos los meses, al menos una vez, mi mujer y yo solemos ir al cine. El cine ha sido siempre una constante en el ocio de la pareja desde que empezamos a ser novios, allá por el año 65. Casi nada. Entonces los cines eran salas únicas y se daban los que se llamaban sesiones continuas, basadas en la proyección de dos películas. Claro que muchas veces nos perdíamos parte del argumento porque el amor que nos unía y las manitas con que regalábamos el placer del cuerpo eran siempre más importantes que las películas que estábamos viendo, ya fuera de romanos, del oeste, policiaca, de aventuras, de risa o de comedia. Allí, en la clandestinidad que proporcionaba la sala del cine, a oscuras y en la complicidad del acercamiento de los dos cuerpos enamorados, las manos y las bocas buscaban satisfacer lo que no podía hacer el resto del cuerpo. Los cines de entonces, los de los barrios cercanos al de mi mujer, fueron testigos de nuestros amoríos e inquietudes. Daba lo mismo que Drácula se levantara de su ataúd para iniciar su ronda de sangre, que Cantinflas hiciera reír con su verborrea, que Eddie Constantine se liara a mamporros con los contraventores de la ley, que Victor Mature, haciendo de Sansón, derribara en un esfuerzo sobrehumano las columnas en que se sustentaba el templo lleno de filisteos, que Gary Cooper, solo ante el peligro y en un pueblo lleno de hombres y mujeres atemorizados, acabara con la amenaza de los forajidos o que Allan Lad vengara la muerte del hombre que le dio asilo en su casa y diera muerte al diabólico Jack Palance en el bar del pueblo ante la mirada asombrada del chiquillo, o que los pájaros de Hitchcock atacaran la casa de la protagonista... Daba lo mismo; en cualquier momento el amor rompía la secuencia de la película porque de todos modos podían volver ver aquellas escenas. Aquellos cines fueron desapareciendo con el paso de los años: el Maragall, el Virrey Amat, el Odeón, el Horta... ¡Cuántos recuerdos se fueron con ellos!

martes, 21 de octubre de 2008

LETRAS PARA EL OCIO

SOBRE LA ESCRITURA Y LA PINTURA, OTRA VEZ

La escritura y la pintura comparten algunos rasgos comunes (talento, ingenio, belleza, sensibilidad...) y son para mí, como he dicho en otro lugar, sendos actos de salvación, además de creación. En mi caso sólo los diferencia una cosa. La escritura es originalidad y la pintura copia. Cuando me pongo a escribir suelo partir de la nada y creo a raíz de la originalidad; buceo en el mundo de las palabras hasta capturar aquellas que expresen mejor mis sentimientos e ideas. Y eso mismo ocurre con un cuento o un poema. Incluso cuando estoy redactando un comentario de texto o explicando la vida de un autor o el argumento y estilo de una obra determinada me sucede lo mismo. Pero respecto de la pintura, la cosa es totalmente contraria, porque, en primer lugar, no soy un artista pintor como mis amigos Albert o Casademont, en cuyas obras siempre han buscado la originalidad. La pintura para mí es un mero ejercicio de copia o de reflejo. Primero elijo una fotografía u una pintura de un genio conocido y luego empiezo a trazar en la tela o en la tabla escogidas las líneas esenciales del dibujo que reproducen las de la pintura o la fotografía. Después dispongo sobre la paleta los colores que se asemejan más al cromatismo de la pintura elegida como modelo y empiezo a rellenar las formas y las superficies del dibujo: la falda de una mujer, las montañas de la lejanía, la cinta del río, la fachada de una masía, los ojos de un personaje, las frutas, los instrumentos musicales... previamente esbozados y situados en un espacio. Y así hasta dar por acabada la pintura. Otra cosa es que mientras pinto unas veces relajadamente y otras con atención, en ocasiones puedo encontrar algún atisbo de talento en la aplicación del pincel, en una sombra de más o de menos, en un gesto de las manos del personaje... Incluso puedo suprimir detalles del modelo o, en el momento más ideal de la práctica artística, inventar una fruta, transformar una nube...






DOS PELÍCULAS DE TEMA DIFERENTE

Una tarde de tiempo irascible sacamos de la biblioteca de Tossa dos películas en formato DVD, y las dos resultaron óptimas. Una, La carta final, está protagonizada soberbiamente por Anne Bankrof y Anthony Hockins; se trata de una película culta pero llena de encanto y ternura y no pocos toques de poesía romántica cuya acción transcurre en la época de la posguerra inglesa.Las cartas que se cruzan entre sí una lectora de guiones americana y amante de libros descatalogados de clásicos ingleses y el librero inglés que se desvive por atender las demandas literarias de su cliente, sirven no sólo de enlace entre los dos protagonistas, sino que también pintan las vidas de una y otro, separados por el océano Atlántico, con sus correspondientes familias, amigos y compañeros de trabajo.
La otra película (ya la habíamos visto, pero aun así no nos gustó menos) era El baile de agosto, protagonizada ésta, también exquisitamente, por Meryl Streep. El ambiente que se vive en la casa rural donde vive la protagonista con sus hermanas y su sobrino Michel, el tío Jack, sacerdote que vuelve de las misiones africanas donde ha estado durante un tiempo trastornado, y Jerry, el padre de Michel, un personaje errabundo y lleno de ideales (acaba yéndose a España a luchar contra Franco a favor de la democracia en las brigadas internacionales) es un ambiente cerrado y dominado por la autoridad intransigente de Meryl Streep, la hermana mayor, una atmósfera sofocante que me recordó el que se respira en la obra dramática de Lorca La casa de Bernarda Alba, aunque salvando las distancias; al menos al principio, hasta que las cosas empiezan a ir mal económicamente para la familia, y es entonces cuando las mujeres saben ponerle al mal tiempo buena cara y bailan y cantan juntas y el carácter autoritario de la hermana mayor se va ablandando poco a poco. La historia, algo triste, es contada por el niño, detalle que la acerca todavía más a los espectadores.






DE NUEVO ANATOMÍA DEL MIEDO

Anatomía del miedo me pareció desde un principio un libro interdisciplinar o pluritemático o mezcla de muchos otros libros o un pastiche de los propios libros del autor. Hay en él mucha filosofía; o mejor dicho, muchas citas de filósofos ilustres, unos más clásicos que otros, unos antiguos y otros más modernos y actuales. En ocasiones me ha resultaba la lectura de ciertos pasajes como una ensalada de citas que en vez de ayudarme a digerir el resto del menú me lo hacían más pesado y difícil de asimilar. Desde Aristóteles a Nietzsche, pasando por Sócrates, Platón, Séneca, Epicteto, Spinoza, Kant, Marco Aurelio, Heideger, y un largo etcétera. Hay también en el libro mucha literatura (Kafka, Rilke, Camus, Sartre, Bernanos, Greene...). Y muchas referencias, las que más, a la psicología, y no pocas a la ética.
En su conjunto, sobre todo, las tres cuartas partes primeras, las referidas a explicar, analizar, definir y clasificar los miedos, son sin duda las más amenas e interesantes, y de algún modo me sirvieron para conocer un poco más mis circunstancias personales o al menos para comprenderlas mejor que antes. Pero la última parte, la que Marina dedica a la valentía (no hay que olvidar que el libro lleva como subtítulo Un tratado sobre la valentía), concretamente dos capítulos : Aparece la valentía y Elogio y nostalgia de la fortaleza, me parecen más bien un quiero y no puedo. El intento del autor por dar el salto de la psicología a la ética resulta una cabriola circense o una pirotecnia de palabras, que en eso sí destaca Marina, por lo menos en este libro. Reconozco, sin embargo, que hay muchas páginas buenas, muchas, en Anatomía, y que lo he pasado muy bien leyéndolas y releyéndolas.
He subrayado muchas frases del libro, unas del propio Marina y otras de los autores citados por él en apoyo de sus análisis. Aunque a veces el propio afán del autor por ir dejando bien sentados sus hallazgos le lleva a escribir definiciones excesivamente largas, aunque sumamente aclaratorias, como la del término que da título al libro, es decir, el miedo: "Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión." Repito que aunque larga es una ajustada definición del sentimiento que yo mismo he experimentado, así como todos y cada uno de los síntomas que se citan en la frase.