domingo, 14 de mayo de 2023

DESDE UNA DÉCIMA (II)

 


EPITAFIO

             A un cantero

Él se llamaba Daniel

y era el padre de mi amigo.

La piedra fue fiel testigo

de su oficio y su papel.

El mármol cobró por él

fidelidad de memoria

y una página de historia

de su vida y de su suerte.

Que nadie aquí le despierte

de su merecida gloria.

 


 

POR UN AIRE AZUL Y SANO

Por un aire azul y sano,

por un bosque sin incendios,

un pueblo sin vilipendios

y el fiel respeto al anciano.

Por un mundo más humano

que aprenda por fin a amar

la tierra, el cielo y el mar

con bondad y con cordura.

Sin ello no habrá aventura

ni gozo que disfrutar.

 


 

 TODOS VAMOS DE VIAJE

Todos vamos de viaje

mientras vivimos la vida.

No cuenta ni la partida

ni el peso del equipaje.

Y aún menos el paisaje

que adorna nuestro camino.

Es la muerte el asesino

que nos viene persiguiendo

y al fin se acaba bebiendo

la copa de nuestro vino.

 

 


CUMPLIENDO EL DEBER

Sólo cumpliendo el deber

conseguirás conocerte.

Vive como si la muerte

fuera un juego que emprender.

Y no olvides que aprender

es ir salvando fronteras,

convirtiendo en primaveras

los inviernos del destino.

Y así, al final, tu camino

será la meta que esperas.

 


 

MUERTE TRISTE DE UN INFANTE

Murió una vez un infante,

desliz de un monarca cruel,

cuya vida el sino infiel

le arrebató en un instante.

Poco brilló su diamante

de niño en risas y juegos,

que pronto enfermizos fuegos

su organismo devoraron.

Los ojos del rey lloraron

lo que no evitaron ciegos.


 

sábado, 22 de abril de 2023

DESDE UN SONETO (I)

 


LAS PEQUEÑAS COSAS


Son otra cosa las pequeñas cosas,

las cosas cotidianas que hacen hueso

y carne y sangre y llanto y luz y beso

y vida en nuestras noches dolorosas.


Ellas son las espinas y las rosas

que pueblan la ascensión a nuestro teso,

la sal y el pan que alivian tanto peso

de andamios y jornadas presurosas.


Y hablarán de nosotros cuando el carro

de los muertos nos vuelque entre las ruinas,

y el silencio amordace nuestra historia.


Y alas de luz pondrán a nuestro barro

y nos devolverán a estas esquinas

donde hacemos girar a nuestra noria.

 

 


VERSOS PARA AMAR LA VIDA


Dos versos para amar la hermosa tierra

que a diario pisamos con ternura.

Dos versos más para palpar la hondura

azul que tiene el cielo que la encierra.


Un verso para amar la dulce casa;

tres versos para amar a la familia,

escudo singular que nos auxilia

contra el fuego exterior que nos abrasa.


Tres versos también para amar las rosas

y espinas que jalonan el camino,

luces y sombras, cicatriz y herida.


Y dos versos más para amar las cosas

que tejen el andamio del destino:

¡catorce versos para amar la vida!

 

 


SOL DE MI OTOÑO


Un soneto me manda hacer mi nieto,

y en mi vida me he visto en tal ventura

porque vuelo por él a más altura

y por él se hace luz cualquier secreto.


Y a punto de empezar otro cuarteto,

él me dicta la fiel literatura:

nuevo sol de mi otoño, miel, ternura;

en mi nueva vejez sabio amuleto.


Mi vida se convierte en aventura,

cuando él está a mi lado, él, un brujo

que vuelo y luz le da a mi vida oscura.


Y así feliz concluyo este soneto

cantando sin cesar el bello influjo

que a mi vida normal le da mi nieto.

 

domingo, 19 de marzo de 2023

DESDE UNA DÉCIMA (I)

 


Credo


Con la mente siempre en vela

y el corazón bien atento,

voy creando el movimiento

de la mágica espinela.

Como un bordado en la tela,

trabajo, acierto y color,

siento aumentar el fervor

componiendo el verso justo.

Con dos más por fin ajusto

la décima de mi labor.

 

 

Epitafio

                Para Milagros, Tere, Amparo, Araceli... y tantas otras mujeres poetas
                y amigas que ya no nos alegran con su presencia humana  y luminosa

Yace aquí en la tierra fría

la más humilde mujer

que supo siempre tejer

la vida con poesía.

Era su voz compañía,

y su verso, sabio juego

donde la gracia y el ruego

amasaban puro amor.

Se fue al frío y al dolor,

pero aún late su fuego.


 

Cristal

 

Mi palabra hoy es cristal,

símbolo de transparencia,

libertad y pura esencia

de las cosas sin igual.

Tus ojos de luz sin mal

son la muestra más sincera

de la fuerza verdadera

que nace del fiel amor.

Tu cristal, como la flor,

resplandece en primavera.

 

 

El caballero de la mano en el pecho

 

Caballero distinguido,

el de la mano en el pecho,

el del trabajo bien hecho

y el compromiso cumplido.

Todo de negro vestido,

mira sereno de frente,

y su ademán, elocuente,

 celo,  firmeza y templanza,

nos regala la esperanza

de lo eterno, que no miente.


Vivir


 Nunca podemos volver

a vivir en el pasado,

que, aunque sea recordado,

sólo es ceniza de ayer.

Vivir es ser y tener

y amar mientras caminamos

por este hoy que labramos

con sudor de nuestra vida.

 Vivir es una partida

que dura mientras jugamos.


 

 

martes, 21 de febrero de 2023

RELATOS DE AYER (II) EL HOMBRE QUE NO RECORDABA QUIÉN ERA


      


El hombre se levantó sin recordar quién era. Francamente preocupado, fue a ver al primer psiquiatra que encontró en las páginas amarillas. El doctor tenía su despacho en una
especie de caserón ocupado. Las puertas de los diversos pisos estaban arrancadas de sus
jambas y las pocas que quedaban aún en pie mostraban sus cerraduras reventadas; a cambio,
utilizaban cadenas y candados para mantenerlas lejos de indeseables tentaciones. Sin
embargo, la puerta del despacho del psiquiatra era la única que permanecía siempre abierta de
par en par. El despacho, apenas iluminado por un ventanuco que daba a un estrecho patio de
luces, sólo disponía de una mesa, un sillón de anea donde se sentaba el psiquiatra y una silla
común destinada a los pacientes. El hombre entró en él, y el facultativo, al verlo, se levantó, le
estrechó la mano y luego con un gesto le invitó a sentarse en la silla; y, sin darle tiempo a
respirar, le preguntó cuál era su problema. El paciente le respondió sin titubear:
     --No recuerdo quién soy.
     --Eso es muy frecuente hoy en día—le dijo el psiquiatra--, pero casi siempre tiene
solución. Basta con desear curarse. Eso es lo importante. ¿Usted desea curarse? ¿Quiere
recordar quién es? Porque muchas veces es mejor no saberlo, créame. Se lo digo como
profesional.
      El paciente se sorprendió.
     --No se asuste con mis palabras –añadió enseguida el facultativo, calmándole con un
gesto--. Lo que quiero decir es que muchas personas se han curado sólo tras haber
olvidado precisamente su personalidad. Déjeme que le vuelva a formular la pregunta:
¿usted quiere realmente saber quién es?
    --Sí, señor—le respondió el hombre completamente convencido--. De lo contrario, no
habría venido a su consulta, ¿no le parece?
     --Por supuesto. Bien, primer escollo resuelto. Usted está verdaderamente decidido a
recobrar su personalidad. Ha quedado claro. Así pues, le voy a recetar un medicamento
que acaba con la amnesia en pocas semanas, como mucho mes y medio.
    --¿Mes y medio ha dicho? –preguntó alarmado el enfermo, mientras notaba cómo el
sudor recorría su piel y el corazón galopaba en el exiguo recinto de su pecho como un
caballo sin freno--. Necesito urgentemente saber quién soy, doctor. Hace menos de un año
sufrí un infarto y temo que, si me da otro, puede ser el definitivo y no logre salir de él.
     El psiquiatra lo miró con gesto compungido y luego echó mano de un taco de
octavillas pegadas por un extremo que tenía sobre la mesa, separó una y escribió en ella
unas palabras. Acto seguido le entregó la nota escrita mientras le decía:
     --No se preocupe, para casos extremos siempre guardo un as en la manga. Vaya a la
dirección que le he apuntado ahí y pregunte por el señor Swep. En Internet encontrará
referencias sobre la dirección: cerca de aquí, en la misma calle, existe un cibercafé donde
podrá hacerlo. –Hizo una pausa para echarse hacia atrás en el sillón y a modo de
conclusión dijo:-- Y hasta aquí llega todo lo que puedo hacer por usted.
     Después se levantó, estrechó la mano del hombre y le deseó suerte.
     Éste le dio las gracias y salió del despacho, en tanto que un nuevo paciente ya se
cruzaba en el umbral con él.
     

     


     En la calle, encontró sin dificultad el cibercafé indicado, un espacio incómodo donde
flotaba un humo amarillento y hediondo. Hizo de tripas corazón y se sentó ante un
ordenador mugriento. En Google Maps localizó la dirección a las afueras de la urbe, al otro
lado de un puente y un río de los que no recordaba haber oído hablar nunca. También
aprovechó Internet para enterarse de que Swep era un término inglés que significaba
“barrido” o “barrida”. Sin saber muy bien en qué berenjenal se estaba metiendo, pagó el
euro que le había costado el uso del ordenador y cogió un taxi para llegar con más
seguridad a la dirección de la nota.
      Cuando el taxista la leyó, lo miró como si fuera un bicho raro.
     --¿Está seguro de querer ir a este lugar? Para la mayoría de los ciudadanos ese sitio
es sinónimo de misterio, encanto, surrealismo, poesía, hechizo, hipnotismo...
      El taxista, al ver que el hombre asentía con la cabeza, se encogió de hombros y
condujo el coche durante un buen rato hasta un paraje que parecía sacado de una pintura de Chirico. 

 


      Al final de un puente se levantaba un edificio oscuro que parecía abandonado y
cortado en diagonal por una espesa niebla, de modo que sólo dejaba ver un pequeño
triángulo de la fachada, que correspondía con la entrada del caserón, una puerta con arco
apuntado, y media ventana también gótica.
      El hombre se despidió del taxista y, sin esperar a ver cómo el coche desaparecía
como una exhalación, se acercó a la puerta, levantó la aldaba del llamador, que
representaba un búho de bronce con los ojos cerrados, y golpeó tres veces. Casi
inmediatamente la puerta se abrió unas pulgadas, las suficientes para dejar ver en el hueco
el perfil aguileño de una persona.
    --¿Quién es usted?—preguntó amenazando con clavar su nariz de ave rapaz en el
rostro del recién llegado.
     --Ya me gustaría saberlo—dijo éste evitando el picotazo--. A eso vengo, a que alguien
me lo diga. ¿Vive aquí un hombre que se llama Swep? Me han dicho que él puede
ayudarme.
     --Ah, si es así, pase.
     Y, agarrándole de la ropa, lo metió dentro de la mansión sin darle opción alguna para
negarse.
      Había una lámpara de pie sobre la única mesa que ocupaba el centro del salón, que
alumbraba la décima parte de la estancia. El del perfil de ave rapaz le indicó al hombre que
esperara allí al señor Swep y desapareció en las sombras, dejando tras sí un rumor de
pasos apagados.
     Al quedarse solo, nuestro hombre intentó escudriñar los rincones de sombra para
poder descubrir algún mueble más, algún tapiz, algún escudo heráldico, alguna panoplia de
armas, tal vez algún retrato de personaje ilustre, digno ascendiente de aquel silencioso y
solitario caserón.
     

    
      --En esta casa no descubrirá nada superfluo—sonó una voz que salía de las sombras
situadas a la izquierda--; aquí sólo hay lo necesario.
Y apareció en el espacio alumbrado por la lámpara un hombre vestido con papeles de
periódico y la cara velada por una máscara de dios barbudo. En una mano traía un frasco
de cristal y en la otra un libro.
     --Sé a qué ha venido.
      --Entonces sabrá también ayudarme.
       --Eso ya lo veo más difícil.
       --¿Por qué?
        --Porque usted, que ha venido aquí para saber quién es, acabará yéndose como ha
venido. Sin saber quién es.
        --¿Por qué?—volvió a preguntar el hombre verdaderamente angustiado.
        --Porque usted no es nadie.
        El hombre dio un salto atrás.
        --No se asuste. He dicho que usted no es nadie y eso no es cierto del todo. Usted es
un ente de ficción, pura creación de un escritor de cuentos.
      --¿Quiere decir que sólo soy un personaje, lo mismo que el Emperador de Andersen o
Peter Pan de Barrie, por ejemplo?
     --Me temo que algo así. --Le mostró el libro que traía en una mano--. Usted es el
protagonista de este libro.
      El hombre intentó leer el título, pero las letras bailaban en sus ojos, producto sin duda
de la escasa iluminación del lugar.
      Swep aclaró:
     --Su título es “Yo no sé quién soy”.
     El hombre no daba crédito a sus oídos.
     --Pero usted va a ayudarme...
     --No sé si podré. Lo único que puedo hacer por usted...
     El hombre se agarró a las siete últimas palabras como a un clavo ardiendo.
    --Lo que sea. Haga lo que sea, por favor.
      Swep debió de ver en su interlocutor a un ser verdaderamente desesperado porque
enseguida añadió:
      --Pero ha de seguir al pie de la letra todas y cada una de mis indicaciones.
      --Lo que sea—respondió el paciente.
      --De acuerdo—dijo Swep entregándole el frasco que portaba en la otra mano--. Lo
primero que ha de hacer es beber el contenido de este recipiente.
      El hombre cogió el frasco e hizo además de llevárselo a la boca, pero Swep le detuvo
para decirle:
      --Antes debe repetir conmigo la frase “Albuixech es la cuna del Capitán Trueno”.
      El paciente repitió:
      --“Albuixech es la cuna del Capitán Trueno”.
       Entonces Swep dijo:
      --Ya puede beberlo, pero hágalo de un tirón. Es fundamental.
       El hombre mantenía un vaso de agua en su mano temblorosa para llevárselo a los
labios cuando vio que el reloj de la mesilla de noche marcaba las cuatro de la madrugada.
      --¡La misma pesadilla!—murmuró con fastidio--. Mañana sin falta iré al psiquiatra.


 


sábado, 11 de febrero de 2023

MIQUEL MARTÍ I POL EN CASTELLANO. Seis poemas de la Suite de Parlavà (y II)

  



4
La piedra es la discreta quietud

en que maduran gestos y miradas,

cansados del jaleo y el desahogo.

La inmensidad ha de tener marco de piedra

que mida quizás una mano de niño

cálidamente ingenua. Paz

entre paredes solemnes que me recuerdan

cantos y charlas, ganancias de solitario

que no rechaza ningún opaco espejo

para amar dignamente la existencia.





5
Alguna cosa leve, imperceptible,

que sin embargo mueve voluntad y empeño

en persistir, cuando la sombra de las aves

de presa es más hazaña. Vuelvo atrás

para admirar el ocaso en la ventana

de los años vividos. --Tarrasa, el viento

agita las ramas y el sol dibuja eses--.

Sólo quiero este silencio denso

y alguna cosa leve, imperceptible,

en que, miedoso, me reconozca al menos.





6

Pero la vida es más que este vaivén.

De verso en verso, la niebla de los sueños

es el agua de la noria que levanta

su luz muy por encima del gesto

y la voz que lo remacha. Entonces

es preciso jugar a todo o nada para ser

leal a la dureza que proclama

la voluntad de persistir, sabiendo

que el resultado será impreciso y frágil

como una cabriola, como un deseo.




domingo, 29 de enero de 2023

MIQUEL MARTÍ I POL EN CASTELLANO. Seis poemas de la Suite de Parlavà (I)

 


 Van a cumplirse ahora  trece años de la versión que hice al castellano de la poesía de Miquel Martí i Pol, con la intención de confeccionar una Antología esencial del poeta catalán que más me ha sabido decir del mundo de la poesía, sincera y auténticamente sentida. Y hace unos días me encontré con la Suite de Parlavà  que me alumbró el alma con tanta fuerza como lo hicieron entoces El poble, La fàbrica, Vint-i-set poemes en tres temps, Estimada Marta o L’àmbit de tots els àmbits. Y no he podido resistirme a la tentación de vertir al catellano algunos poemas de la Suite, como lo hice entonces de los libros mencionados del poeta de Roda de Ter.

 

 

SEIS POEMAS DE LA SUITE DE PARLAVÀ (1991)


1

Huiría de mí si no pudiera

recuperar mi tiempo y preguntarle,

volver al pasado como quien vuelve a casa

en que vivió, y al recorrerla encuentra,

lúcidamente sorprendido, las señales

de lo que es, y, contempládolas, las recupera.

Huiría de mí y me vería

desolado y melancólico, como si, náufrago

en un mar inmóvil, desfalleciera

sabedor de que ya nada me incita a vivir.






2
Este, acaso, es el lugar, y acaso tenga

la respuesta a todas las preguntas

el reloj que no da ninguna hora

y es un ojo siempre que todo lo ve.

Este, acaso, es el lugar, y la belleza,

acaso, es nada más la ausencia de deseo,

el vacío en que la voz se vuelve canto

y la luz penetra cada objeto

como un tul de misterio que no altera

la cadencia secreta de las cosas.



3
Juego sólo a vivir, pues tengo miedo

de romper este embrujo con cualquier

gesto insólito, con cualquier palabra

que no se adapte como otra piel


                                   a la piel suavísima del tiempo.

La tarde es un adagio. Muy solo

en el centro del gozo, escucho la remota

sinfonía del mar en la cáscara

de tu recuerdo que siempre me acompaña,

y sólo juego a vivir para no perderte.





domingo, 22 de enero de 2023

RELATOS DE AYER (I) EL SECRETO DEL DOCTOR CUERVO

     



      Samuel Linares nada pudo hacer para evitar que su cuerpo, al morir, fuera a parar a manos del doctor Cuervo, conocido anatomista zamorano. Por más que los familiares del gigante vigilaron su singular cadáver durante el trayecto existente entre Sanabria y la ría de Pontevedra, en cuyas aguas debía encontrar la sepultura que él había dispuesto por escrito, no lograron impedir que Teófilo Losantos, dueño de la funeraria
El buen retiro, contratado al efecto por el mencionado doctor, se apoderara con engaños de los restos mortales de Samuel Linares y que un año más tarde aparecieran expuestos como pieza singular en el recién inaugurado Museo Médico del doctor Cuervo.

Veinte años después del suceso, el doctor, acompañado del agente funerario, recorría los cuatro puntos cardinales de España contando cómo había logrado burlar, primero, a los parientes del difunto y, en segundo lugar, al aparato inflexible de la ley.

 


      Y ahora allí estaban, en un Organismo Sociocultural de la Mancha, ante un nutrido grupo de contertulios dispuestos a repetir su relato.

Eran los primeros minutos de relajación previos a la charla. El doctor se tocó el grano de la punta de la nariz , torció la cara en una mueca de contrariedad y dijo:

Va a llover.”

Los asistentes a la tertulia del Círculo sonrieron. El gerente del Círculo lo había presentado como una persona seria, disciplinada, ingeniosa, capaz en otro tiempo de haber logrado erigir el Museo Anatómico más importante de Castilla y León.

Y sin embargo, el aspecto del doctor Cuervo no respondía a las expectativas que el gerente del Círculo había sembrado en los contertulios. Debía de tener unos sesenta años. Su cara, regordeta y rubicunda, mostraba los síntomas de haber bebido más de la cuenta durante muchos años seguidos de su vida anterior y su nariz respingona, rematada en un soberbio grano siempre encendido con la luz de la precaución. Y en cuanto a su traje, algunos no dudaron en pensar que lo debía de haber adquirido en una ocasión de saldo porque de un momento a otro amenazaba devorar a su dueño de lo enorme que le caía.

En cambio, la persona que lo acompañaba daba la impresión de que se había tragado una espada. Tieso y fino, aparecía perfectamente embutido en un traje de luto y llevaba una corbata del color de la ceniza. Acentuaba el negro del traje su rostro alargado y blanco como el de un gusano de seda y el gris de su cabello, que hacía juego con la corbata. Respecto de sus manos, parecían de cera de colmena y brillaban a la luz de las lámparas del salón como si fueran las de un muerto.

A una indicación del Presidente del Círculo, los contertulios guardaron silencio y el doctor Cuervo tomó la palabra diciendo:

En realidad aquí la persona más importante es el caballero que me acompaña. Su nombre es Teófilo Losantos y durante mucho tiempo tuvo a su cargo una empresa funeraria. Ya desde bien niño ayudaba a su padre, cuyo negocio heredó, acicalando a los difuntos para que mostraran su aspecto más agradable durante el acostumbrado velatorio del cadáver. Él es el verdadero protagonista, y no yo, de la historia que hemos venido a contar aquí. Y digo más: él es la mano providencial que hizo posible mi sueño de poseer entre mis mejores piezas del Museo el cadáver del hombre más grande de la provincia. Por estos dos motivos creo que debe ser él quien narre los hechos tal y como ocurrieron.”

La voz del doctor, al contrario de su desastrado aspecto exterior, era suave, clara, bien timbrada, agradable en suma, así como los gestos de sus manos, que eran comedidos y ajustados al discurso. Salvo el de tocarse cada dos por tres el semáforo de la nariz. Aquel grano gordo y amarillo parecía ser el talismán que le ayudaba a encontrar las palabras adecuadas y construir de modo eficaz su exposición. Tal vez por eso, cuando acabó de hablar, se acarició la protuberancia nasal en señal de agradecimiento. Algunas sonrisas volvieron a aflorar en los labios de los contertulios. Sonrisas que se disiparon prontamente en cuanto el enterrador dejó oír su voz, una voz aflautada y aguda y salpicada de tanto en tanto por pequeños gallitos:


       “El doctor Cuervo es muy amable concediéndome el protagonismo de los hechos. Pero es a él a quien debe mi humilde persona la notoriedad que ha ido adquiriendo a lo largo de estos últimos meses, durante los cuales venimos contando la historia de Samuel el gigante, a quien el pueblo apodaba el Empalmao de Sanabria.

Antes de continuar con la historia –le interrumpió el doctor con un gesto que los contertulios entendieron como repetidamente ensayado--, ¿no le parece oportuno describir el marco circunstancial de la época, sobre todo, la malsana costumbre que tenían algunos de perturbar la paz de los muertos privándoles de sus últimas moradas para satisfacer el ansia insaciable de investigar de no pocos médicos anatomistas?”

Y como si ya supiera qué decir (y así era en realidad), el funerario retomó la palabra:

Sin duda el doctor Cuervo se refiere a los que en la época recibieron el sobrenombre de “los resucitadores”. “Los resucitadores” eran hombres sin escrúpulos, la mayoría bandidos y malhechores, que se dedicaban a robar cadáveres recién enterrados para vendérselos a ciertos médicos que, por poco dinero, podían seguir haciendo sus investigaciones, que no siempre eran meramente científicas. Hasta hubo un tiempo en que era frecuente el hecho de que varios de estos saqueadores de tumbas trabajaran para un mismo doctor. Conozco un caso en que, capturado por la policía uno de estos “resucitadores”, el médico que lo había contratado mantuvo a la esposa y a los hijos todo el tiempo que duró su encarcelamiento. Fue en esta misma época de profanaciones de tumbas cuando tuve la suerte de conocer al doctor Cuervo y cuando apareció en nuestras vidas Samuel Linares, el “empalmao de Sanabria.”

Hizo una nueva pausa, esta vez por decisión propia, para dar tiempo a típica pregunta que, llegado este momento del relato, solía surgir entre el público. Y en efecto, al cabo de unos segundos uno de los contertulios de la primera fila pidió la palabra para preguntar:

Entonces ¿cabe pensar que el doctor era uno de esos anatomistas que estaban dispuestos a dar o hacer lo que fuera por conseguir un muerto?”

 


      Casi siempre ésos venían a ser los términos de la pregunta, pregunta cuya exacta respuesta guardaba el funerario en su mente como un tahúr guarda un as en la manga. Así pues, sin inmutarse siquiera pero con los gallitos acostumbrados, contestó:

Por supuesto que no. El doctor Cuervo no era uno de esos médicos que con tal de hacerse con un cadáver eran capaces de todo, no. El doctor siempre se movió dentro de la más estricta legalidad. Si hay alguien aquí que podría haber infringido la ley ése sería yo—Hizo una pausa para observar las reacciones de la concurrencia y enseguida continuó:-- Pero ésa es otra cuestión Y ahora, si no van a hacerme más preguntas sobre el particular, me gustaría pasar al punto concreto de la historia del gigante.”

Hubo entre los contertulios murmullos de desaprobación, que el doctor intentó tranquilizar con las siguientes palabras:

Ahora que el tiempo ha pasado y las canas han serenado mi antiguo afán de investigar sobre la anatomía humana a riesgo de parecer un émulo de aquel otro doctor Frankenstein del mundo del celuloide, sí que les puedo decir una cosa: en el caso de Samuel Linares no actué del todo claramente y, mucho menos, con la ley en la mano, detalles que ahora prefiero silenciar y que tal vez exponga cuando mi compañero acabe su relato. De todos modos, vaya por delante mi más sincero arrepentimiento por si infligí a terceras personas algún tipo de daño, ya sea físico o moral.”

Todo parecía sumamente estudiado, ensayado mil veces: las palabras, la entonación de ciertas frases, las interrupciones... El afilado lacayo de la muerte dedicó al doctor una sonrisa helada, muy acorde con la circunstancia, y enfiló así su última intervención:


       “Cuando Samuel Linares supo que iba a morir, se puso en contacto con sus parientes de Pontevedra para que se encargaran de llevar su cuerpo hasta las aguas de la ría y allí le dieran honrosa sepultura. Les pagó bien para que vigilaran en todo momento el transporte de su cadáver hasta el mar y les recordó encarecidamente el hecho de que el doctor Cuervo había mostrado en diversas ocasiones el deseo de obtener su cuerpo para beneficio de la ciencia y haría lo imposible por conseguirlo. Fue entonces cuando el doctor recurrió a mis servicios y me ofreció una remuneración tan sustanciosa, que debía poner todo mi empeño en satisfacer adecuadamente su requerimiento. Lo primero que hice fue averiguar que los parientes de Samuel encargados de proteger sus restos mortales eran unos bebedores empedernidos, detalle que allanaría mucho las dificultades venideras pues el principal problema se había resuelto de la forma más fácil ya que los deudos del gigante habían recurrido a mi empresa para que efectuara el sepelio. El día que fijamos para llevar al difunto hasta la ría fue un día de agosto, y, como el viaje era largo y el calor apretaba, decidimos parar unas horas en una posada de las afueras de Verín para descansar y refrescarnos un poco. Para entonces yo ya había pagado una buena suma de dinero a un par de empleados de la fonda para que hicieran el trabajo que les había pedido. Así pues, llegados a la posada, dejamos el carromato que transportaba el ataúd a la puerta de la casa, y guardamos en el granero, cerrado con cadenas y candados pero con mis cómplices ocultos entre las balas de paja, el gigantesco féretro de Samuel.

Satisfechos los familiares con la seguridad que ofrecía el pajar, me acompañaron hasta la cantina. Allí, siguiendo su inveterada costumbre, se trasquilaron una docena de vasos de vino gallego y dos o tres raciones de pulpo picante cada uno, en tanto que en el granero mis cómplices cambiaban con toda la tranquilidad del mundo el contenido del ataúd por piedras y haces de paja debidamente colocados y envolvían el cadáver del gigante con dos grandes alfombras persas dispuestas al efecto.

 


     "Llegado el momento de reanudar la marcha, y ya disminuidos los rigores del calor, volvimos a cargar en el carromato el féretro supuestamente ocupado por el cadáver de Samuel y anduvimos unas cuantas leguas. Como los familiares del difunto iban adormilados por los vapores del vino, aproveché para pedirles que se quedaran echando la siesta a la sombra de una arboleda que había junto al camino mientras yo volvía a la posada a recoger unos papeles que había olvidado allí. No pusieron ninguna objeción, y yo, en uno de los caballos que tiraban del carruaje, regresé a la fonda para cerciorarme personalmente de que el cambio había sido efectuado según lo previsto. Así que, una vez comprobado que todo iba saliendo a pedir de boca, con la misma celeridad regresé a donde me esperaba la comitiva para seguir la marcha hasta la ría de Pontevedra, punto final del trayecto. Aún no era de noche cuando llegamos a la costa. Un barco pesquero nos esperaba allí y subimos a bordo el gigantesco ataúd lleno de piedras y paja. Los deudos de Samuel eligieron un lugar de la ría retirado de la orilla y, entre cánticos y oraciones fúnebres, echaron por la borda la caja de madera. Rápidamente desapareció de la superficie y se hundió sin un ruido. El entierro había terminado.”

Mientras tanto –añadió el doctor frotándose una vez más su semáforo nasal--, por la puerta trasera de mi casa, dos hombres forzudos, disfrazados de empleados de mudanzas, metían unas grandes alfombras persas enrolladas con el ansiado cuerpo de Samuel el Gigante dentro.”

Un contertulio de la primera fila, que hacía rato movía la cabeza de derecha a izquierda como negando algo que en el interior de su mente no encajaba, levantó la mano para intervenir en la charla. El Doctor le invitó con un gesto a que hiciera uso de la palabra.

Hay algo que no me cuadra en el relato que acabo de escuchar. Se lo voy a formular, querido doctor, por medio de una pregunta. ¿Cómo no se dio cuenta nadie de que el cadáver expuesto en su Museo era el de ese tal Samuel Linares?”

Se lo voy a contestar enseguida. Espero así aclarar cuantas dudas tenga usted y el resto de los presentes. En primer lugar, consideré prudente al principio dejar pasar un tiempo antes de mostrar en público el cuerpo del difunto. Y en segundo lugar, antes de decidirme a exponerlo, sometí a cirugía plástica su rostro en dos o tres detalles de manera que no fuera fácilmente reconocible. Está claro que esperé a que los familiares de Samuel desaparecieran de la comarca,. Un par de ellos lo hicieron incluso del todo porque una cirrosis hepática se encargó de ello. El resto se fue a vivir a Cataluña para encontrar trabajo seguro y duradero. Así pues, libre el camino, procedí a exponer el cuerpo de Samuel en mi Museo.”

Dijo y se frotó el semáforo de la nariz antes de concluir con la frase siguiente, que dejó a los circunstantes sumidos en una colectiva decepción:

Sin embargo, ya nada tiene excesiva importancia. Porque el contenido del Museo lo cedí hace unos años a una firma anatómica irlandesa de fama internacional y el edificio que ocupaba el Museo hoy es una Caja de Ahorros. Bromas del destino.”