domingo, 8 de mayo de 2022

MIS CAMINOS DIARIOS. Autoantología (I)

 


                                                     “Caminante, no hay camino:

                                                       se hace camino al andar.”

                                                                     Antonio Machado

                                                          

Este libro se lo dedico a mis padres,quienes me enseñaron que la paz hay que buscarlay que, sólo buscándola, el hombre puede ser libre.

 

 

EL PORQUÉ DEL TÍTULO Y PRIMERAS PUBLICACIONES

Denomino este libro MIS CAMINOS DIARIOS pensando en el poemario de parecido título en singular con el cual obtuve en 1979 el Premio Boscán de Poesía que patrocinaba el Instituto Catalán de Cooperación Iberoamericana, de Barcelona, y cuyo jurado estaba compuesto por Agustín del Saz, Joaquín Buxó, Fernando Gutiérrez, Carlos Sahagún y Francesc Galí. En aquel libro reuní veinte poemas distribuidos en dos partes que abarcaban los temas que a mí siempre me han preocupado más: la infancia, la familia, el paso del tiempo, el amor, la vida y la muerte.

Este libro presente, MIS CAMINOS DIARIOS, con el añadido de Autoantología, lo traigo aquí y ahora, cuarenta y dos años después de aquel primero, y no es otra cosa que una antología explicada de mis versos hecha por mí mismo, lo cual es índice de que, como ocurre en cualquier otro antólogo, se debe a unos gustos y unos antojos propios y personales.

Mi intención al construirlo fue repasar mi concepción poética de la vida que se ha movido a mi alrededor desde que se me ocurrió escribir versos siendo poco más que un adolescente lector acérrimo de Gustavo Adolfo Bécquer y estudiante de Bachillerato en el Instituto de mi ciudad natal.

Y al trasladarme en los años sesenta con mi familia a Barcelona, en cuya Universidad me licencié en Filología Románica, me planteé el hecho de que un día publicaría mi primer libro, Cangilones de vida. Cosa que ocurrió en 1978, estando ya ejerciendo la enseñanza de la lengua y la literatura españolas en un colegio privado del Vallés, en una profesión que siempre amé y que aprendí de mi hermano mayor, que había sido maestro hasta su arribada a la ciudad condal, y del que aprendí que la educación era algo sagrado porque el sujeto de ella es una persona en los inicios de su proceso de formación humana, personal y colectiva.

Cangilones de vida vio la luz en la editorial Casals, de Barcelona, cuyo dueño era el padre de uno de mis alumnos de entonces. Fue un libro que nació con la intención (después vi que equivocada) de reunir trabajos en prosa y verso cada diez años, y por eso aparecen en él desde relatos más o menos extensos hasta poemas en prosa, pasando por breves antologías de poemas de temas variados (Jardín amenazante, Primera antología para un amigo sentimental, Peregrino hacia Santiago, Equipaje de sueños...), es decir, un batiburrillo de géneros literarios reunidos a la fuerza en un libro dificil de clasificar. La cuestión es que pasó inadvertido, como casi todos los primeros libros de quienes no somos precisamente genios de la literatura. Aun así intenté darlo a conocer a un pequeño público relacionado con la tertulia de José Jurado Morales, poeta que por su edad era coetáneo de los de la Generación del 27. Y a la dirección donde se reunía dicha tertulia lo envié sin muchas esperanzas de que fuera bien recibido. Y afortunadamente me equivoqué porque casi a vuelta de correo recibí una invitación para asistir a ella. A partir de entonces muchos sábados por la tarde de mi vida me acostumbré a hacer nuevas amistades del mundo de la literatura en general y de la poesía en particular en aquel piso de la Calle Borrell de Barcelona, propiedad de Jurado Morales, donde se celebraba la tertulia que él presidía con sabiduría y generosidad; además aquel piso comodín servía para almacenar los libros que se publicaban en la editorial que también él dirigía, Ediciones Rondas, así como la revista poética, Azor, de la que el poeta de Linares era el artífice. 


 

Tanto en una como en otra aparecieron algunos  de mis modestos trabajos críticos y poéticos, especialmente en  Ediciones Rondas, donde al año siguiente publiqué mi segundo libro, Agua vivida Poemas, al que le tengo un gran cariño. Dividido en tres partes: en la primera, titulada Vuelve el río a su montaña, recogí algunos poemas que había incluido en mi participación en el Boscán de ese año; la segunda parte la titulé Año vivido, un recorrido sentimental por los meses y las estaciones y sus esencias; finalmente, Poemas al viento es el título de la última parte del libro, donde, entre otros versos, destaco los de Credo poético, Subiendo al sótano y mi Agradecimiento a Jurado Morales. El año 1980 participé en la Primera Antología  de Azor en vuelo, todos sus componentes, entre los que figuraban el propio Jurado Morales, Esther Bartolomé, Cristóbal Benítez, José Carreta, Díaz Borges, José Antonio Espejo, Antonio Matea, Juan Pastor y Vicente Rincón) asistíamos a la tertulia del poeta de Linares.

A esas tres publicaciones de la editorial Rondas (Agua vivida, Cuaderno Azor y Azor en vuelo. Antología de Veinte Poetas) y a la primera de Casals (Cangilones de vida) corresponden los poemas que componen la primera parte de esta Autoantología.

AUTOANTOLOGÍA

 

PREGUNTAS A LA TIERRA

¿Bajo qué raíces perfumadas

escondes tu esperanza,

madre tierra?

¿En qué caliente cama de animales

lentamente alimentas

tu fecundidad sin límites?

¿En qué río perdido

lavas tu rostro ardiente

y refrescas tus manos laboriosas?

¿Dónde hallar tus labios

para posar los míos y dejarme

hechizar por tu aromado aliento?

¿Dónde encontrar tu playa,

madre tierra,

para morir como una ola en tu regazo?

 

 


HAZAÑA SOLITARIA

Agua humilde,

río sin soberbia:

vives el destino

de las cosas que nacieron

para morir serenas.

¡Con qué tranquilidad vas a tu fin

llevando en tu alma prístina la muerte!

¡Con qué calma caminas

entre los poderosos pechos de la tierra!

En esta hora y aquí,

en el silencio de la historia

de las cosas más grandes,

quiero escribir tu hazaña solitaria,

imagen generosa

de paz, de soledad, de muerte eterna.

 

RECUERDO

Una tristeza como un cuchillo negro

siento a veces cuando miro al campo

y oigo a los pájaros.

Y me rebelo contra el orden y el tiempo

al ver crecer a la hierba

y cubrirse a los animales

mientras tú te diluyes en la tierra

como un mineral hecho pedazos.

Pero también a veces,

cuando el cuerpo calla y el espíritu lo alumbra,

comprendo que la tierra

se está enriqueciendo con tu ofrenda mineral

y noto que flota en el aire tu aliento

de raíces perfumadas.

Y entonces

algo de mí mismo se despega del barro

y se convierte en brisa para besar tu aliento.

Eres tú, madre mía, quien levanta mi alma

y la lleva al lugar donde tú siempre esperas.

Y paso días enteros sin saber dónde estoy.

 


ZAMORA

Sin moverte de tu peña,

sin abandonar tu río,

Zamora de mi niñez,

yo sé que marchas conmigo.

Y sé también que algo mío,

por mucho que me distancie,

enamorado de ti,

sigue andando por tus calles.

 


DE NOCHE EN LA PLAZA MAYOR DE MADRID

Perdonadme si por un momento,

después del trajín de todo el día,

del cansancio obligado de un viajero,

me detengo a pensar

en este punto del Madrid antiguo

donde se condensa todas las almas

de varias generaciones

de fieles guerreros,

predilectos poetas,

gentes que han hecho posible

que yo esté ahora aquí,

al pie de la historia que respiran

estos muros labrados con nobleza.

Y veo la sombra de Azorín

pasar cerca de mí con el cuaderno

de notas de andar y ver bajo el brazo.

Y oigo la voz de Bécquer

sonar en torno a mí en ondas tristes

propias de confidencias amorosas.

Y huelo la gabardina de Baroja

con efluvios de pan tierno

y vino caluroso.

En esta hora especial,

hechizada  por el aliento de la noche,

en que yo me he olvidado de mí mismo,

puedo sorprender

miradas, pasos, palabras

que han dejado de ser tinta, renglones,

páginas de libros leídos algún día

para venir hacia mí desde las sombras espesas

que rodean al Rey caballero

para envolverme cariñosamente

en una cálida manta de amistad.

Después,

con los bolsillos llenos de memorias ajenas,

mientras se van borrando las conversaciones

de las otras mesas vecinas a las mía,

y la Plaza Mayor se queda sola,

me levanto para volver al hotel,

pensando en el Camino de Santiago

que comienzo mañana.


 

CASTILLA

Castilla tiene cuatro colores:

rojo, verde, amarillo y azul.

El rojo de la tierra y de sus pueblos,

levantados como hijos

al amparo de la madre.

El verde de sus viñas donde sueña el vino

y el verde de los pinos

donde anida la tórtola.

El amarillo que brilla en las espigas

y el de los graneros,

alimento de personas y ganados.

Y el azul del cielo,

profundo para soñar

y limpio para confiarse a él.

En este autobús peregrino

me interno en el milagro de Castilla,

entendiendo por qué lleva nombre de mujer

esta tierra de esfuerzo y sacrificio,

tierra de adobe rojo, pino verde,

trigo amarillo y cielo azul.

Tras el cuadro del trigo,

oro que en el molino será mañana pan,

aparece el pinar, refugio de soledad,

y después en el beso recto, sincero,

de la tierra roja y el cielo azul

se perfila un cerro aislado

a cuya cima trepó un castillo un día

que hoy sólo es un pedazo de torre,

nido de grajos y abubillas.

Cierro los ojos un momento

y cuando los abro otra vez,

veo a un arado hincar su acerado miembro

en las rojas entrañas de la tierra,

dirigido por un hombre, figura oscura

curvada hacia los terrones,

que forma parte ya de este paisaje

rojo, verde, amarillo y azul de la Castilla

que un día me vio crecer junto a su tierra roja,

sus verdes  viñas y pinares,

su mies amarilla

y este cielo azul

que hace tenaces a sus gentes

y a la muerte más benigna.

(De Cangilones de vida, 1978)

 

 

ONCE SONETOS

I

Inicio hoy un camino sólo mío,

hecho con la materia de mi vida,

materia de esperanza, sol, herida,

cicatriz, resquemor, lectura, hastío...

 

Mas lo hago al revés, como si el río

volviera a su montaña en limpia huida

para hallar su primera amanecida,

su materno brotar, su puro frío.

 

Vuelvo hacia atrás, a mi natal Zamora

y al barrio de mi sangre con su Duero,

su Puente, sus zudas, sus aceñas...

 

Vuelvo al lugar donde mi mente mora

pues sé que es el destino verdadero

del hombre sus recuerdos, no sus señas.

 

III

Eres tú para mí, puente romano,

como el cordón umbilical seguro

que tiene unidos en abrazo puro

la mágica ciudad y el barrio hermano.

 

Tu antigua piedra, puente, fue la mano

que, abriendo el agua de mi río oscuro,

llevó siempre mis ojos hacia el duro

peñón, cuna del gesto zamorano.

 

Ya nada borrará tu esbelta forma

de aquella visión mía desde casa

que yo me impuse siempre como norma:

 

abajo el río que rezando pasa;

sobre él tu carne; y, ascendiendo en celo,

tejado, almena, campanario y cielo.

 


IX

La horquilla del negrillo viva, dura,

esperaba en el árbol mi venida,

mi mano hábil de niño, cuya vida

era el juego, los sueños, la aventura.

 

Con la hoja de la navaja pura,

pacífica, del árbol desprendida,

la horquilla me miraba, ya atrevida,

ya ávida de trino y de captura.

 

Saciaba su futuro con dos gomas,

una vieja badana y cantos finos

que el río acariciaba en su paciencia.

 

Y ahora, amigo tirador, te asomas

a mi memoria con los rotos trinos

de un pájaro abatido con tu ciencia.

 

ENERO

Enero,

te abres como una esperanza,

como una agenda llena

de buenas intenciones y proyectos,

aunque caiga la nieve y borre los caminos,

y el hielo haga un peligro de las carreteras.

Y en las noches ciegas

arrojas a nuestras ventanas manos de llantos,

y a nuestras almas indefensas

puñados de recuerdos

besados por la desgracia.

Y el miedo se nos mete en el corazón

y abre heridas

cuyas cicatrices perduran para siempre.

Enero,

te abres y te cierras como un árbol

que crece hacia la luz

y a la vez es abatido por el hacha.

 

SUBIENDO AL SÓTANO

Me veréis eternamente

subiendo al sótano

porque llevo la poesía

como llevo todo:

sin falsas estridencias,

con humilde modo.

Subiendo la escalera

de mi querido sótano

siempre me veréis

para no llegar pronto,

para aprender despacio

los secretos del fondo.

Toda la existencia

subiendo al sótano.

Y cuando me halle, muerto,

en el ansiado sótano,

tal vez el Gran Poeta

me palmeará en el hombro.

 

CREDO POÉTICO

Yo no busco bosques

apesadumbrados de tristeza,

ni ríos cuajados de crepúsculos

para hacer mis poemas.

Yo no busco peligros

ni me invento las guerras

para que revienten de rabia

mis sencillos poemas.

Me basta lo diario,

me basta un hombre cerca,

una lluvia en el campo,

un amigo en mi puerta.

Y después, las palabras;

no las palabras huecas:

las palabras calientes

de un alma siempre en vela.

(De Agua vivida, 1979)

 

 


GEOGRAFÍA DEL ALMA

En mi pecho ha hecho nido

la caliente geografía de mi infancia.

Puedo levantarme en un rebelde vuelo

y ver los sitios que me embrujaron de niño.

Aquí, junto al Castillo,

la rosa Catedral rompiendo,

en un impulso fiel de piedra enamorada,

el cielo de paz que viste el aire.

A la izquierda, la sombra enmudecida

de torcidas callejas

donde sueñan puñales escondidos de amor y de traición.

Y al otro lado, besando la muralla,

el agua que más quiero riendo en las azudas

y trabajando a diario en la aceñas.

Y a un paso de su orilla,

la casa de mi infancia temblando de emoción,

a punto de gritar mi vida en ella.

Y más allá, el soto, la arboleda.

Y más allá todavía, las huertas, los caminos...

Pero todos perennes en mi pecho

donde hizo nido un día

la caliente geografía de mi infancia.

(De Azor en vuelo- Breve Antología de Veinte poetas, 1980)

 


lunes, 2 de mayo de 2022

LA MEJOR AVENTURA DE SANCHO PANZA (I)

 





Quizás una de las mejores aventuras que vivió Sancho Panza sea la que tiene que ver con las cartas que Don Quijote escribió a su amada Dulcinea del Toboso y a su sobrina para que el escudero se las entregara en mano.

Y sin más dilaciones pasamos a contarla. Una vez que Don Quijote hubo terminado de redactar las dos cartas, se las entregó a Sancho mientras le decía: “Sancho, hijo, dos recomendaciones te hago para el camino que vas a emprender, durante el cual has de entregar estas misivas a sus destinatarias: la primera recomendación es que a medida que recorras el camino vayas recogiendo ramas de retama para irlas tirando al suelo con el fin de que no te pierdas cuando vuelvas aquí a darme noticias del resultado de tus entregas; y la segunda recomendación que te hago es que pases por la venta que los dos conocemos tan bien a recoger una receta mágica que allí vende la curandera Pini del Palancar, receta que me ayudará a salir airoso de las futuras hazañas que acometa. No nos pase como con los galeotes, que una vez librados, por nuestra fuerza e ingenio, de la opresión de la justicia y de quienes la ejercen a torcidas, se revolvieron contra nosotros y nos pagaron mal por bien. Y es que el talismán de la de Palancar tiene otras virtudes que el bálsamo de Fierabrás ni soñar puede.” 

A continuación Don Quijote le entregó a Sancho su caballo Rocinante, añadiendo: “Montado en él, realizarás más seguro y rápido el camino, pues yo no lo necesito para hacer las penitencias que solían realizar los caballeros andantes.” Y lo despachó no sin antes volver a recordarle las dos susodichas recomendaciones.


 

El escudero trepó a lomos de Rocinante y partió dejando en aquel paisaje solitario de Sierra Morena a su amo con sus obligaciones caballerescas. Y al poco rato de llevar cabalgando orgulloso sobre el esmirriado corcel del hidalgo, Sancho empezó a recoger ramas de retama y a tirarlas al camino para así recordarlo sin pérdida a su vuelta, tal como le había dicho su amo mientras, imaginándose ser como él, deseaba toparse a lo largo de su importante misión con algún malandrín de esos que apestan la tierra por donde pisan para darle el castigo que merecen. Y a la vez le iba dando vueltas en la cabeza a una idea que le había ido martirizando durante gran parte del camino. A todo esto, el trayecto le estaba resultando más tranquilo que un día de primavera, y así, sin apenas darse cuenta, localizó delante de él, y a poca distancia, la venta donde el caballero andante y su escudero habían vivido una de sus peores hazañas.


 

En cuanto llegó Sancho a la venta, preguntó por la curandera Pini del Palancar para cumplir con la segunda recomendación de su señor don Quijote, aunque también pensaba, si todo se presentaba favorable para él, llevar a cabo la idea que le venía rondando en la sesera. Así que, una vez que tuvo delante a la famosa curandera y cambió con ella las primeras palabras, comprendió que era una mujer de fiar y al instante decidió hablarle de ello. En efecto, sacó de debajo de las ropas las dos cartas que allí escondía y se las cedió a la mujer mientras le decía: “No sé cómo explicarle lo que estoy pensando, pero si no es mucho pedirle, me gustaría que echara un vistazo a lo que en estas letras pone.”


 

Pini del Palancar, dispuesta a acceder al ruego de Sancho Panza, tomó entre sus manos las misivas para leerlas mentalmente, mientras el bendito de Sancho pedía en su interior perdón por igual a las destinatarias y al remitente de ambas cartas si con ello atropellaba sus intimidades. Acto seguido, la curandera leyó en voz baja la primera, que era la dirigida a Dulcinea del Toboso, y cuando acabó de leerla, sin expresarle comentario alguno. se la devolvió al escudero. Luego hizo lo mismo con la de la sobrina y al terminar su lectura, miró a Sancho con ojos compasivos y le dijo: “Es mejor que te la lea en voz alta para que tú mismo puedas juzgar su contenido.” Y pasó a hacerlo: “No le extrañe a vuestra merced, señora sobrina, las palabras escritas que le da mi escudero Sancho Panza; le he hecho saber que aquí pongo que vuestra merced le regalará, tras la entrega de esta misiva, tres asnos de los cinco que aún quedan en la hacienda. Cuando en realidad escribo refranes y sentencias que él gusta repetir: “ Con su pan se lo coman”, “que el que compra y miente, en su bolso lo siente”, “desnudo nací, desnudo me hallo”, muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas”, “¿quién puede poner puertas al campo?” Como el simple es analfabeto, ni se enterará de la artimaña. Eso sí, dele de comer y beber vuestra merced, que el camino hasta ahí es duro y largo, etcétera.”

Cuando Pini del Palancar acabó la lectura, Sancho mostraba en su cara todos los colores de la vergüenza. Sin embargo, se limitó a tragarse lo que sentía a la vez que recogía la carta, que, juntamente con la otra, guardó bajo sus ropas; enseguida le expuso a la mujer lo que le había dicho su señor Don Quijote acerca de la receta mágica que ella vendía. Pini asintió con la cabeza antes de responder a Sancho: “Lo que tu amo quiere es un amuleto para escapar de las acechanzas y peligros que su vida de caballero andante acarrea. Ya he oído hablar de ese valiente y esforzado Don Quijote y de ti, su incondicional servidor y escudero. Hasta esta venta ha llegado el eco de vuestro infortunio con los condenados a galeras y otras adversidades parecidas. Pero no temáis más, que con el remedio que te voy a dar nunca sufriréis descalabro alguno; antes al contrario, saldréis triunfadores de cuantas altas empresas acometáis. Acompáñame hasta la buhardilla donde guardo mis pócimas y realizo mis curaciones.”

En el cuartucho donde vivía la curandera todo se amontonaba y apenas había sitio, en un rincón, para un camastro donde la maga debía dormir; el espacio del habitáculo no abarcaba más de dos varas de ancho por tres de largo, y aparecía atiborrado de cajas, sacos, botes, tarros, libros, ramas, raíces y flores secas, frutos consumidos, hornillos y cachivaches para cocer y una pintura oscura colgada en la pared frontera de la puerta, que representaba a un alquimista haciendo extraños experimentos junto a una alquitara. Al ver el cuadro, Sancho no pudo disfrazar su sobresalto y, tartamudeando, le preguntó a la curandera quién era la figura del cuadro. “Ese es el mago Cipriano”, dijo Pini, “cuyo espíritu ha estado en posesión de Satanás durante treinta años, convencido de que acabaría arrastrándolo al infierno, hasta que Dios, a través de Santa Justina inundó de luz su alma, conduciéndolo al martirio y a la posterior santidad.” A continuación rebuscó entre los objetos que atestaban una de las repisas que allí había y trajo hasta donde el escudero se había quedado una bolsita de lino. Se la enseñó y dijo: “Aquí dentro hay un diente de lobo entre pétalos molidos de caléndula y briznas de hojas de laurel. Todo está recogido en el mes de septiembre, justo cuando el sol entra en el signo de Virgo. Llevando encima este talismán nadie podrá hacer ningún mal contra quien lo porta colgado al cuello. Tu amo vivirá siempre envuelto en una profunda paz. Grandes hombres de la historia lo llevaron con fe y veneración y siempre, mientras lo llevaban encima, vivieron preservados del mal. Dicen que Julio César era uno de ellos y que, el día que se lo quitó, fue apuñalado hasta morir. Que tu señor Don Quijote no se despoje de él nunca, y jamás nadie, ni bandoleros ni gigantes ni encantadores, podrá hacerle ningún mal”. 


 

Y como el escudero le recordara que antes de llevárselo a su amo debía aún entregar las dos cartas, la curandera le recomendó ocultar muy bien el amuleto ante miradas enemigas porque siempre hay gente que está dispuesta a matar por hacerse con un remedio tan infalible como ese.Y mientras lo decía, le colgó al cuello la bolsita de lino. Luego añadió que no cobraba nada por el favor que le hacía a Don Quijote porque admiraba su valentía y el modo como defendía a las mujeres y a los seres más indefensos. 

Tras las palabras de Pini del Palancar, Sancho Panza se despidió de la curandera, repitiéndole una docena de veces las gracias por todo. Poco más tarde dejaba atrás la venta al trote de Rocinante mientras rumiaba satisfecho que todo le iba saliendo como esperaba. Y no había recorrido ni una legua de camino, cuando descubrió a tres caballeros venir a su encuentro. Enseguida reconoció en ellos al Bachiller, al Cura y al Barbero, los cuales, según pensó al instante, debían ir buscando, como en otras ocasiones, a su amo Don Quijote para, con engaños, devolverlo a casa. Y aquí fue cuando vino a su mente una idea que quiso poner en práctica al momento para salir victorioso, por una vez en toda la historia vivida en compañía de su amo, de la que sería la mejor aventura de su vida.

Pensado y hecho. En cuanto los tres caballeros llegaron junto a Sancho y cambiaron con él los saludos pertinentes, el Cura le formuló la pregunta que el escudero esperaba: “Querido Sancho, ¿dónde has dejado a tu amo?” A lo que, ni corto ni perezoso, respondió mientras señalaba el espacio que había tras la grupa de Rocinante: “Pasada la venta que verán si siguen el camino que traigo, encontrarán tiradas en el suelo las ramas de retama con que he ido señalando el trayecto que lleva al lugar donde quedó mi señor Don Quijote. Y ahora debo seguir mi camino de bienaventuranza. Vayan con Dios.”


 

lunes, 25 de abril de 2022

PARA ALIVIAR LAS QUEJAS DE FRANCISCO DE QUEVEDO


SONETOS Y COPLAS

 

I

A González de Salas hay que darle

En la jeta por intruso y atrevido

por haber destrozado y malherido

los versos de Quevedo. Hay que nombrarle

 

taimado salteador de letra extraña

por haber ultrajado al gran poeta

que quiso adivinar, sin ser profeta,

por qué andurriales iba a verse España.

 

Con gran razón se queja el buen Quevedo

de no resucitar y con su pluma

poder tildar a Salas de ladrón.

 

Si pudiera, con solamente un credo

lo envolvería con su escueta bruma

lanzándolo al olvido sin perdón.

 

 


II

Nada pudo a sus límpidos sonetos,

sin embargo, nublar la sal de Salas,

pues, lejos de abatirse, son aún balas

de luz entre sombríos mamotretos.

 

Nos hablan del amor como es ahora,

una lucha entre el hielo y la candela,

una herida que duele y que consuela,

un poder que la misma muerte añora.

 


Nos hablan de la muerte y el dolor,

del tiempo y de la patria como un hombre

que sufriera como uno de nosotros.

 

Y aprendemos con ellos que el honor

es hijo del trabajo y el buen nombre

que, tras vivir, dejamos en los otros.

 

 

.

III

También entró en los romances

de don Francisco aquel fiera

dicho González de Salas,

volador con ala ajena.

 

Entró a saco y sin cuartel

sin que Quevedo lograra,

noble ceniza en su tumba,

detener tanta matanza.

 

Aun así, sus octosílabos

saben batirse ellos solos

contra manos tan osadas

y pensamientos tan cortos.

 


Por si así no fuera, quiero

poner mi grano de arena

para alzar en desagravio

un epitafio al poeta.

 

“Tu vida fue más bien pobre,

pero nunca te adeudaste.

no fuiste nunca envidioso,

y a la envidia fustigaste.

 

Se ha de envidiar solamente

una vida sin prejuicios,

la prudencia de los viejos,

la inocencia de los niños.

 


Pese a las burlas y chanzas

que desplegaste a placer,

consagraste tres emblemas:

patria, religión y rey.

 

Odiabas a muerte el ocio

como al peor enemigo:

polilla de las virtudes,

feria de todos los vicios.

 

Galante con las  mujeres,

decías que el que no adora

el corazón femenino

no ve de Dios su gran obra.

 

Fuiste de buena estatura,

ojos vivos, frente fiel

que no ocultaron tu tacha:

cojo y lisiado de pies.

 

Moriste siendo otro Séneca

y legaste tus palabras:

por dentro fuego de herida,

por fuera hielo de espada.

 


Y tus retratos: bigotes,

perillas, lentes y cruz

de Santiago sobre el pecho.

y en mi memoria, tu luz.”

 


 

viernes, 8 de abril de 2022

ESPAÑA EN SEMANA SANTA ( y IV)


Hoy es Viernes de Dolores y en toda España se acepta que la Semana Santa ha comenzado.

Y nosotros continuamos relatando la historia de Lisardo y Crstóbal, los inseparables compañeros que ven cómo sus vidas pueden sufrir algún cambio por amor. En su viaje por media España, llegan a Zamora para juntarse con  Demetrio, a quien consideran un verdadero amigo.

 

Cuestión de suerte

Lisardo y Cristóbal por fin habían encontrado un tren por la noche. Una suerte loca.

--Demetrio nos espera por la mañana en la estación de Zamora—dijo el segundo tras consultar el wasap del zamorano--. Se ha comprometido a guiarnos en la procesión que sale de madrugada. Dice que con suerte asistiremos al Alto de las Tres Cruces.

--Y eso ¿en qué consiste?

--No lo sé, me ha dicho que lo veremos sobre la marcha.

--Pues, como siempre, a la aventura.

--Sí, pero ahora, con este traqueteo suave del tren, nos dormiremos tranquilamente. Y mañana será otro día.

Y durmiendo hicieron la mayor parte del viaje.

A Zamora llegaron nada más empezar la mañana del Viernes Santo. Los árboles y las casas del paisaje mostraban por fin, tras dejar atrás las borrosas figuras de la noche, sus verdaderos colores bajo la luz del nuevo día. Cuando se apearon los dos amigos del tren, descubrieron tras la puerta del vestíbulo de la estación a Demetrio, que les hacía un gesto de bienvenida con la mano mientras una sonrisa franca iluminaba su cara.

Se saludaron abrazándose. Luego Cristóbal dijo que iba al lavabo y se ausentó un momento. Antes de entrar, cogió el móvil y consultó restaurantes de la ciudad y disponibilidad de mesas para comer ese día. Localizó el que mejor le pareció y reservó mesa para tres. Al poco rato se reunía con sus amigos.

--Tenemos suerte—dijo Demetrio--, la procesión  de Jesús Nazareno lleva parada en las Tres Cruces un buen rato. Aún podremos probar las famosas sopas de ajo que los costaleros y la gente que acude a verlos suele comer durante el alto que hace ahí la procesión. Salió de San Juan de Puerta Nueva, junto a la Plaza Mayor, a las cinco de la madrugada y tras recorrer las calles más importantes de Zamora se detiene aquí para que los costaleros recuperen fuerzas con las típicas sopas de ajo zamoranas antes de hacer la reverencia de sus respectivos pasos ante el de la Soledad.


 

--Nos vendrán bien—dijo Lisardo--. Aún no hemos desayunado.

--Contad con ello—dijo Demetrio--. Ya he hablado con un amigo costalero de la Caída para que nos tenga preparadas tres cacerolas con sopas de ajo con el recordatorio de la Semana Santa de este año impreso en la panza.

--Estupendo—dijo Cristóbal--. No sabemos cómo agradecerte tanto como estás haciendo por nosotros.

--Sólo hay una manera: comiendo con gana las sopas y alegrándoos de cuanto viváis… Supongo que os quedaréis tu amigo y tú en mi casa hasta que acabe la Semana Santa, ¿no?

--No queremos abusar, Demetrio. Nos conformamos con hoy y mañana.

--¿Y el Domingo de Resurrección? ¿Os vais a perder el Dos y pingada?

--¿Qué es eso?—preguntó interesado Lisardo.

--Un plato típico zamorano. Si os quedáis, además de averiguarlo os chuparéis los dedos de gusto al saborearlo.

Lisardo miró a Cristóbal y éste se encogió de hombros mientras decía:

--Si nos lo pintas tan bien, no tenemos más remedio que quedarnos.

Habían llegado a las Tres Cruces. El espectáculo era total. Los pasos mostraban las faldas levantadas y los costaleros, cofrades y visitantes reían de buena gana mezclados en una misma multitud mientras tomaban su cazuelita de sopas de ajo ante la mirada fija y un tanto ecléctica que les dedicaban desde arriba las imágenes.

--Vamos a la Caída, que está a una cincuentena de metros de aquí.

Los tres amigos sortearon los centenares de personas que se mezclaban amigablemente al pie de los pasos como si la Semana Santa hubiera dejado de existir durante un momento y llegaron al pie del paso mencionado. Lisardo se fijó en el consternado rostro de Jesús que, bajo el peso de la cruz, había caído de rodillas en tierra, y en el rostro del niño que delante del caído sonreía portando al hombro el mazo y en una cesta los clavos. Las palabras de Demetrio le recordaron que no había desayunado aún.

--Aquí está Daniel, mi amigo el costalero, con las tres cazuelitas preparadas. Hola, Daniel.

--Habéis tardado—dijo el aludido--, un poco más y las coméis frías.

--Los dos amigos de los que te he hablado—dijo Demetrio a modo de presentación.

Y les saludó. Luego pidió a un compañero las tres cazuelitas y se las entregó.

--Tenéis suerte—dijo--. Aún están calientes y diciendo “comedme”. Que aproveche.

Y allí comieron las sopas con gusto y las regaron con vino de la bota que Daniel les entregó. Y charlaron sobre platos típicos de la Semana Santa zamorana, de procesiones y de Ramón Álvarez, de cuyas manos habían salido, además de las figuras del paso a cuyo pie se encontraban, otras de la misma cofradía, como la Verónica, el grupo de la Crucifixión o la Soledad, ante cuya imagen de un momento a otro todos los demás pasos harían la reverencia.


 

En ese momento sonaron los sones destemplados del tambor y la trompeta del Merlú, y la movilización de público, costaleros y cofrades en pocos minutos puso en marcha de nuevo la procesión. Demetrio cogió a los dos amigos y los sacó del maremágnum.

--Ya hemos vivido lo mejor de la procesión—dijo--. Ahora bajemos a casa. Tengo el coche aparcado cerca de aquí. Y dentro de un par de horas volvemos a la Plaza Mayor; aún tendremos tiempo, antes de que los pasos se recojan en el Museo de Semana Santa, de oír la famosa Marcha de Thalberg que todos los zamoranos tarareamos desde muy niños y de tomar unas tapas y unos tintos en los bares de la calle de los Herreros.

Y mientras tomaban la última tapa y el último tinto en el alegre vía crucis de bares de la calle de los Herreros y Demetrio se disponía a pagar la ronda, Cristóbal se adelantó.

--Ésta la pago yo y la comida también te la pagamos nosotros, ¿verdad, Lisardo?

--Por supuesto y ya hemos pensado dónde comer.

--Vosotros mandáis. No quiero que os enfadéis por el condumio. Pero la tarde es mía, ¿eh?

Los dos amigos asintieron. Luego fueron al parador de los Condes de Alba y Aliste a comer. Entre plato y plato, Demetrio les preguntó cómo habían logrado encontrar mesa en un sitio así, y Lisardo le contestó que Cristóbal la había reservado por teléfono nada más llegar a la estación de Zamora.

--Como os decía, esta tarde dispongo yo.

--¿Qué propones?—preguntó Cristóbal.

--Como es demasiado precipitado viajar ahora a Bercianos a ver la procesión de las mortajas, os propongo a uno de vosotros, sólo a uno, eso sí, porque sólo me he podido hacer con un hábito, desfilar en la procesión del Santo Entierro. Yo, que lo he hecho en alguna ocasión, sé que es una experiencia única. Ver Zamora a través de los ojales de una caperuza no tiene comparación…

--Que lo haga Lisardo—dijo Cristóbal mirando a su amigo.

--Sí que me gustaría.

--Pues ya está decidido.

Al salir del Parador, algo achispado por el vino, Demetrio les señaló la estatua de Viriato, que se levanta en el centro de la plaza sobre una gran roca.

--Mirad al terror de los romanos. Desde aquí no se ve bien lo que de niños le veíamos desde el lado derecho.

--¿Qué es?—preguntó curioso Cristóbal.

--¿Veis la lanza que empuña con una mano? Pues del lado que os digo parece…

Y se rió como un crío sin acabar la frase.

Los dos amigos también rieron sin saber de qué.


 

Aproximadamente una hora más tarde Lisardo esperaba vestido de terciopelo negro con el resto de los cofrades a la puerta del Museo de Semana Santa a que el Barandales empezara a voltear las campanas que llevaba atadas a sus muñecas para dar principio al desfile del Santo Entierro. Desfilaría en la fila derecha muy cerca del paso que da nombre a la cofradía, una urna de madera que contenía el cuerpo muerto de Jesús, imagen al parecer inspirada en un hombre ahogado en el Duero y esculpida por Aurelio de la Iglesia. Había quedado con Cristóbal y Demetrio en dejar la procesión a su llegada a la Catedral, donde hace estación, para tomarse juntos según la tradición una aceitada y una copita de anís. Debía esperar con la cabeza descubierta a que los dos amigos dieran con él en el atrio de la Catedral.

Durante el recorrido, absorto ante tantas sensaciones, se olvidó de la cita de tal modo que, cuando el desfile se deshizo, no recordaba las palabras de Demetrio y, dejándose arrastrar por la multitud de familiares que habían acudido a acompañar a los suyos, empezó a caminar hacia los cercanos jardines del Castillo. Hasta que, en medio de las voces que todo el mundo daba, reconoció la de Cristóbal, que lo estaba llamando angustiosamente. Se quitó la caperuza y giró la cabeza en dirección a la voz de su amigo. A codazos logró recorrer unos metros hacia Cristóbal mientras gritaba sudoroso “¡Aquí, aquí!”

--¿Qué te ha pasado?—le dijo preocupado su amigo.

--No lo sé. He perdido la noción de dónde estaba.

Entonces reparó en Demetrio y en la bella mujer que lo acompañaba. Demetrio se acercó y le palmeó en la espalda.

--Ya ha pasado todo. Mira, te presento a Julia, mi vecina.

Lisardo sonrió. Y la mujer, tras darle un beso en la cara, sonrió también, mientras decía:

--Marca desfilar en el Santo Entierro. Es lo que pasa. Pero marca para bien.

--Anda, vamos a un sitio tranquilo—dijo Demetrio esgrimiendo una bolsa que llevaba en la mano--. Y celebrémoslo con lo que traigo aquí. Es obsequio de Julia.

Julia volvió a sonreír a Lisardo, que de pronto, mientras le devolvía la sonrisa, sintió latir su corazón de un modo diferente.

 


 

El amor para variar

Aquella noche Lisardo no pegó ojo pensando en Julia, la vecina de Demetrio. No podía olvidar su forma de sonreírle. Y sobre todo la conversación que mantuvo con ella cuando, de vuelta a casa, la mujer invitó a los tres a tomar una copa de un licor que conservaba desde hacía muchos años, de cuando aún vivía con su ex, aficionado más de la cuenta al alcohol. Recordaba confusamente la excusa que pusieron Demetrio y Cristóbal para declinar la invitación de Julia y claramente cómo, de forma casi milagrosa, se encontraron solos ella y él, sentados a la camilla de su comedor, hablando de todo y de nada como si se conocieran de toda la vida. Julia le contó, además de cómo y por qué cortó con Juan, su ex (el alcohol y el maltrato físico cada vez que se emborrachaba fueron los detonantes), cosas de su juventud, de cuando vivía en el vecino barrio de Cabañales, de su grupo de amigos y amigas, de sus aficiones, la principal de las cuales era el baile (cuando vivía con su ex, iban todos los domingos a bailar al café Lisboa), y sobre todo de su amor a la Semana Santa de su querida ciudad. Lisardo apenas habló de él; le gustaba oír la voz de Julia, que hablaba y hablaba con una franqueza casi infantil de mil cosas a la vez. Cuando tocó el tema de la Semana Santa, le dijo:

--Mi ex desfilaba en varias cofradías, en la del Silencio, en la del Yacente… curiosamente el hábito que tú has vestido hoy del Santo Entierro era suyo. Cuando me lo pidió prestado Demetrio, me encantó la idea de sacarlo del baúl, de airearlo de nuevo. Y has sido precisamente tú quien se lo ha puesto.

--A lo mejor es una señal—dijo Lisardo sin pensar detenidamente en ello. Julia le sonrió de aquel modo que lo desarmaba. Por eso cambió de tercio como para salir del atolladero en que se había metido:-- ¿Y tú, Julia? ¿No sales en ninguna procesión?

--En dos. Ayer por la mañana salí con las damas de la Virgen de la Esperanza de la iglesia las Dueñas, de Cabañales. Y mañana por la tarde saldré acompañando a la Soledad.

--¿Mañana? Pues iré a verte pasar. ¿Dónde quieres que me ponga?

Sonrió nuevamente.

--¿No vas a acompañar a Demetrio y a tu amigo?

--Por una vez que vaya solo… y para verte… Pero antes, ¿por qué no nos vamos a comer por ahí, a algún sitio que tú conozcas?

--¿Los dos solos? ¿Tú y yo?

--Sí. Así podremos charlar más y podré conocerte mejor.

Julia le miró fijamente, ahora sin sonreír, seria, pero igualmente hermosa.

--¿No te estarás…?

--Creo que sí. ¿Eso es malo?

--No, al contrario… es muy bueno. Siempre que realmente te lo dicte el corazón.

--¿Y tú?


--Creo que también.

Lisardo estaba recordando con delectación las últimas palabras de Julia, sílaba a sílaba, cuando oyó a Cristóbal hablar con Demetrio. Éste le preguntaba por él.

--Aún no se ha levantado. Anoche debió de venir de madrugada de casa de Julia.

--Déjalo que descanse. Desayunaremos nosotros porque el desayuno ya está listo, que él se haga luego lo que quiera.

Lisardo se tiró de la cama y salió al pasillo.

--Esperadme un par de minutos, que enseguida me pongo con vosotros a la mesa.

Al poco rato desayunaban los tres charlando de lo que quedaba por ver de la Semana Santa. Demetrio dijo:

--Hoy podemos ir a comer a los Saltos. Conozco un restaurante…

--Yo ya he quedado con Julia—interrumpió Lisardo.

--Mejor, que se venga con nosotros.

--Es que ya ha reservado una mesa para dos en un restaurante de la Avenida.

Demetrio y Cristóbal se miraron un instante con complicidad. Demetrio se limitó a decir:

--¡Ah, vamos! Lo que vosotros queréis es…

--Nosotros no queremos nada—replicó Lisardo en un tono de voz que no gustó nada a Cristóbal.

--No te pongas así, hombre—le dijo éste intentando esbozar una sonrisa--. Ya otras veces nos hemos visto alguno de los dos en esa misma circunstancia y luego no ha pasado nada. Recuerda lo que acaba de pasar en Baeza.

Lisardo se quedó mudo y serio unos segundos.

--¿Es que ahora es distinto?—insistió Cristóbal verdaderamente interesado.

--Puede ser.

Cristóbal guardó silencio y Demetrio tomó la palabra.

--¿Por qué no dejamos que las cosas sucedan con naturalidad? Hoy coméis juntos Julia y tú. De acuerdo. Pero después ¿queréis que nos veamos los cuatro para…?

--Ella sale después en la procesión de la Soledad.

--¡Coño! Es verdad. Se me había olvidado. Julia es dama de la Soledad desde que era una niña. Bueno, pues podemos ir los tres a verla pasar por Santa Clara, por ejemplo. ¿Qué os parece?

--A mí me parece bien—dijo Cristóbal--. ¿Y a ti, Lisardo?

Éste quedó pensativo unos segundos y luego se limitó a encogerse de hombros.

--¿Por qué no acabamos de desayunar?--dijo Demetrio para salir del paso--. Hasta la tarde hay tiempo.

A media mañana Demetrio se fue al cementerio a hacer una visita a la tumba de su mujer, fallecida hacía unos años, y Cristóbal se ofreció a acompañarle, sobre todo para evitar la extraña circunstancia promovida por el repentino mutismo en que parecía haberse sumido su amigo Lisardo.

--No sé qué mosca le ha picado—dijo Cristóbal en el camino del camposanto.

--Yo sí. El amor. Se ha enamorado de Julia.

--¿A sus años? Va a cumplir cuarenta. Esa es una edad en que un hombre ya no se enamora.

--No hay una edad para enamorarse. Y una mujer hermosa y convincente como Julia es capaz de romper todas las estadísticas.

--Espero que no sea con Lisardo. Lo conozco desde siempre y no creo que cambie su modo de pensar hasta ese extremo de la noche a la mañana.

--Sea como dices.


 

Y a la vez que entraban los dos por la puerta enrejada del camposanto, Lisardo salía de la casa de Demetrio para reunirse con Julia, con la que momentos antes había quedado por teléfono en subir a la ciudad y dar un paseo por los jardines del Castillo antes de ir a comer al restaurante de la Avenida. Durante la comida estuvieron muy animados y de vez en cuando se miraban a los ojos y se cogían las manos como dos tortolitos. A media tarde volvieron a casa de Julia y allí permanecieron hasta la hora de salir hacia la procesión de la Soledad, cuando ya era noche cerrada.

Aproximadamente a la hora en que la Virgen favorita de Ramón Álvarez salía de San Juan toda vestida de luto, con los ojos puestos en tierra y las manos cogidas a la altura del pecho, Demetrio y Cristóbal buscaban un sitio en lo alto de San Torcuato para esperar el paso de la procesión y el de las damas que la acompañaban. El primero dijo, una vez apostados los dos a la puerta del Bazar Jota:

--Julia viene en este lado, como siempre. Verás, ataviada con ropa negra, un velo de igual color en la cabeza y una vela con tulipa en la mano. Como otra soledad.

--Bueno, ahora no tan sola-- sentenció Cristóbal con una sonrisa.

--Es verdad. No han dado señales de vida en todo el día.

--Nunca lo había visto así. Otras veces la cosa acabó arreglándose. Pero ahora es diferente. Creo que esta vez va en serio. Y lo que más temo es que nuestra amistad se vaya al garete.

--Esperemos que no. Sin embargo, mi experiencia me dice que, cuando entre dos amigos aparece firme la figura de una mujer, esa amistad queda tambaleando. Pero, como digo, esperemos que no sea así. Os aprecio de verdad y no quisiera que esta Semana Santa signifique para vosotros una experiencia dolorosa.

--Si al menos para Lisardo no lo fuera, quiero decir que si su amor por Julia le da la felicidad que merece y le lleva a formar una familia, la cosa no sería tan mala.

--Déjalo ya, Cristóbal, que ahí suena la música que anuncia el desfile de la Soledad. Y otra cosa: no adelantemos acontecimientos.


 

El Dos y pingada… y una escapada

Al final Demetrio y Cristóbal no fueron a ver desfilar a la Soledad; no querían tener jaleos con Lisardo y Julia, y prefirieron ir a tomar unas tapas y unos tintos a los bares de la calle Sacramento, cerca de donde tenía el taller el escultor Ramón Abrantes. En uno de ellos, ya de retirada, cuando Zamora se había recogido tras la procesión de la Soledad, encontraron al artista acompañado de su mujer probando el pulpo gallego con moje picante en un extremo de la barra. Apenas había parroquianos en el bar, y Abrantes, al verlos entrar, les llamó para invitarles a una de aquellas tapas que tienen gran predicamento entre los entendidos. Les presentó a su mujer y, tras saborear un nuevo trozo de pulpo cocido, pregunto por su amigo.

--Esto le gustaría—añadió.

--Estará acompañando a Julia—contestó Demetrio.

--¿Julia? ¿La ex de Juan, el periodista? Buena compañía. Esa mujer le quita el hipo a cualquiera.

El escultor se dio cuenta tarde de que junto a él permanecía su mujer y, sonriendo, arregló el trance.

--Exceptuándote a ti, cariño.

--Ya—dijo la aludida--. Menos mal que te conozco.

--¿Qué os parece el pulpo?—dijo Abrantes para salir del atolladero.

--Muy bueno—dijo Cristóbal--. Muy bueno. Como todo lo que tenéis en Zamora.

--Y aún te falta por probar el Dos y pingada y una tajada.

--Eso suena maravillosamente bien.

--Pues sabe mucho mejor.

--¿Qué es?

--Que te lo explique Demetrio. Que es un gran entendido en todas esas cosas de gastronomía.

--Es el plato típico del Domingo de Resurrección. El Dos hace referencia a un par de huevos fritos, la pingada al trozo de hogaza de pan para mojar y la tajada a las magras de cerdo, jamón curado especialmente que enriquecen el plato. No hay zamorano que se precie ni visitante de la ciudad en el Domingo de Resurrección que no almuerce con ellos.

--Pues eso. Que mañana podemos quedar los … los seis, incluyo por supuesto a vuestro amigo y a Julia, aquí mismo una vez acabe la procesión…

--Me gustaría muchísimo—dijo Cristóbal.

--Se lo diremos a Lisardo y a Julia—dijo Demetrio.

--Pues aquí quedamos a media mañana los que seamos—dijo Abrantes--. Yo tengo que recogerme ya. Ando últimamente algo más cansado que de costumbre.

--Le tengo dicho que tiene que ir al médico—dijo su mujer--, pero él nada, ni caso.

--Médicos, médicos… Sólo saben encontrarte enfermedades.

--¡Hombre!, si las tienes, ¿qué va a hacer?

--Hasta mañana, amigos. No hay nada que con un buen sueño no se arregle—dijo finalmente Abrantes antes de coger a su mujer por la cintura y echar a caminar hacia la salida del bar.

Al cabo de un rato Demetrio y Cristóbal hicieron lo mismo tras dar el último trago a sus vasos de vino.