domingo, 12 de diciembre de 2021

A ESCENA (V) Los tres síes


 

LOS TRES SÍES

(Adaptación libre del cuento La niña de los tres maridos,

de “Fernán Caballero”)


PERSONAJES

(por orden de aparición)


HOMBRE RICO, dueño del palacete

PRETENDIENTE 1

PRETENDIENTE 2

PRETENDIENTE 3

NOVIA, hija del primero

VIEJECITO


La acción transcurre en la actualidad en un palacete donde vive un hombre que fue muy rico y ahora venido a menos con una hija joven, hermosa y casadera.


PRIMER CUADRO

El HOMBRE RICO venido a menos recibe a los tres PRETENDIENTES a la mano de su hija en la sala de visitas de la casa.

HOMBRE RICO (Al PRETENDIENTE 1). Usted dirá en que basa sus pretensiones respecto a mi hija.

PRETENDIENTE 1. Habida cuenta de que ustedes no están pasando por un buen momento económico, yo me ofrezco a ayudarles a salir de la crisis con mi aportación, que se basa en un sueldo mensual de cinco mil euros, un ático en la zona de más alto “estandin” de la ciudad y una casa en la Costa Brava.

HOMBRE RICO. No está mal y tomo nota. Pero piense que mi hija vale mucho más que todo eso para mí. (Al PRETENDIENTE 2) ¿Y usted, qué me ofrece?

PRETENDIENTE 2. Yo voy por el mismo camino que mi antecesor. Gano bien la vida y poseo algunos ahorros. Sin embargo, yo ofrezco algo que no se mide con el metro de los bienes y la riqueza.

HOMBRE RICO. (Asombrado.) ¿Y qué es si puede saberse?

PRETENDIENTE 2. A eso he venido aquí, a decírselo. Yo, ¿sabe usted?, soy artista pintor y con sólo mis pinturas puedo alegrar la vida de la persona más afligida del mundo.

HOMBRE RICO. Hombre, eso es una ayuda añadida a la material incapaz de medirse, como usted dice, con el rasero monetario. Tomo nota. (Al PRETENDIENTE 3.) Acabemos esta entrevista porque supongo que tienen ustedes muchas cosas que hacer, lo mismo que yo. Ahora le toca usted, caballero, exponer en qué basa sus pretensiones. Cuando quiera.

PRETENDIENTE 3. Seré breve. Yo no poseo bienes como mis antecesores, pero poseo algo que no tiene la mayoría de los humanos.

HOMBRE RICO. (Extrañado.) Me temo que sin recursos económicos poco vamos a hacer. Sin embargo, por curiosidad, me gustaría saber qué es eso que tiene usted y que le falta a la mayoría de los hombres.

PRETENDIENTE 3. Lisa y llanamente la voluntad.

HOMBRE RICO. La voluntad, señor mío, es una de las potencias que el alma humana posee.

PRETENDIENTE 3. No se lo niego, señor. Pero a la larga, eso no es más que una información que aprendemos desde niños pero que luego, en la experiencia, pocos somos capaces de poner en práctica.

HOMBRE RICO. Póngame un ejemplo.

PRETENDIENTE 3. Le pondría mil ejemplos. Pero abreviando, le diré que cuantas veces he caído en el camino de la vida, nada fácil en mi caso, otras tantas me he levantado y he seguido avanzando. Prueba de ello es que hoy he venido aquí a pretender también la mano de su hija.


HOMBRE RICO. La verdad es que mi hija podría aprender muchas cosas de usted y de su fuerza de voluntad. Aunque siento decirle que sólo con la voluntad no basta para levantar un hogar y una familia. (A los tres PRETENDIENTES.) Les agradezco el esfuerzo que han hecho hoy para venir a esta entrevista. Pasados unos días les volveré a citar para hacerles saber el parecer de mi hija. (Se pone en pie y los tres PRETENDIENTES le imitan.) Hasta entonces, caballeros. (Le estrecha la mano. Los tres PRETENDIENTES salen.)

(Oscuridad.)




SEGUNDO CUADRO

En la habitación de la NOVIA, hablan ésta y su padre el HOMBRE RICO.


NOVIA. Padre, ¿has hablado ya con mis pretendientes?

HOMBRE RICO. Sí, hija, con los tres.

NOVIA. ¿Y cómo son?

HOMBRE RICO. Son diferentes. Los tres son inteligentes, amables, porfiadores, y poseen los tres el modo de abrirse paso en la vida. Y de ayudarte, y de ayudarnos a salir del atolladero en que nos encontramos. Sólo que hay uno de ellos que, que, no sé cómo decírtelo, pero…

NOVIA. Creo que sé lo que quieres decirme. Que no gana mucho dinero o que no dispone de propiedades o que es pobre pero honrado y tesonero.

HOMBRE RICO. No podía haberlo dicho yo mejor.

NOVIA. ¿Cuándo los verás de nuevo?

HOMBRE RICO. Les he dicho que dentro de unos días los volveré a entrevistar para hacerles saber tu opinión.

NOVIA. Empecemos otra vez. ¿Son guapos y buenos mozos los tres?

HOMBRE RICO. Te puedo asegurar que sí.

NOVIA. Sigamos. ¿Cómo son?

HOMBRE RICO. ¿Qué quieres decir?

NOVIA. Me refiero a sus armas, además de su guapura.

HOMBRE RICO. El primero tiene un buen sueldo, posee un ático en la mejor parte de la ciudad y un apartamento en la Costa Brava.

NOVIA. No está nada mal para empezar. ¿Y el segundo?

HOMBRE RICO. El segundo, como el anterior, se gana bien la vida, posee algunos ahorros y es artista.

NOVIA. ¿Qué clase de artista?

HOMBRE RICO. Pinta cuadros.

NOVIA. Eso ayuda.

HOMBRE RICO. Eso mismo le he dicho yo.

NOVIA. ¿Y el tercero?

HOMBRE RICO. Aquí quería yo llegar. Dice que no cuenta con bienes ni riquezas como los dos primeros, pero que posee una voluntad de hierro para salir de las situaciones más arriesgadas de la vida.

NOVIA. La voluntad es un as en la manga hoy en día, padre. Nos puede ayudar con la misma fuerza que los otros ingredientes. Por todo ello he decidido, padre mío, darles el sí a los tres.

HOMBRE RICO. (Extrañado.) ¿A los tres? Entra en razón, hija mía. Sólo puedes dar el sí a uno. Elige.

NOVIA. Ya he elegido.

HOMBRE RICO. Así me gusta, hija. ¿A quién?

NOVIA. Ya te lo he dicho, padre. A los tres. Elijo a los tres.

HOMBRE RICO. (Preocupado.) ¿Es esta tu última decisión?

NOVIA. (Resuelta.) Sí, padre, y estoy convencida de que es la mejor.

(El HOMBRE RICO sale cabizbajo.)

(Oscuridad.)




TERCER CUADRO

En la sala de visitas el HOMBRE RICO se vuelve a reunir con los tres PRETENDIENTES de su hija.


HOMBRE RICO. Caballeros, les he reunido de nuevo aquí para comunicarles el parecer de mi hija.

PRETENDIENTES. (Al unísono. Con ansiedad.) ¿Y cuál es?

HOMBRE RICO. No se lo van a creer, pero mi hija los quiere a los tres.

PRETENDIENTES. (Extrañados.) ¿A los tres?

HOMBRE RICO. ¡A los tres! Y ya saben que eso es imposible.

PRETENDIENTES. ¡Imposible!

HOMBRE RICO. Y como eso es imposible, les propongo que se vayan por esos mundos de Dios a buscar una cosa única en su especie y traérsela a mi hija. El que de ustedes traiga la mejor y más rara cosa del mundo será el que se case con mi hija. Lo prometo. Así pues, y si están de acuerdo con mi propuesta, cuando lo deseen pueden ponerse en marcha. Gracias por el nuevo esfuerzo.

(Los tres PRETENDIENTES, tras estrechar la mano del HOMBRE RICO, salen.)

(Oscuridad.)





CUARTO CUADRO

En un país exótico, en la calle de un mercado ambulante. El PRETENDIENTE 1 se encuentra con un VIEJECITO que compra y vende a voces cosas viejas en su puesto.

VIEJECITO. (Voceando.) ¡Compro hierro viejo, metal y cobre! ¡Vendo objetos viejos, curiosos y raros!

PRETENDIENTE 1. (Acercándose al puesto para mirar las cosas expuestas sobre él.) ¿De verdad, señor, que vende usted objetos viejos, curiosos y raros? Aquí no veo nada especial.

VIEJECITO. Hay que mirar bien, joven. Las apariencias engañan muchas veces. (Coge un espejito del puesto y se lo enseña.) Mire, por ejemplo este espejito que al parecer es de lo más normal y corriente.

PRETENDIENTE 1. ¿Y no es normal y corriente?

VIEJECITO. No, señor. Tiene algo muy especial.

PRETENDIENTE 1. (Extrañado.) ¡Ah!, ¿sí? Yo lo veo pequeño y hasta feo.

VIEJECITO. Eso es a simple vista. Ya le he dicho que las apariencias engañan.

PRETENDIENTE 1. Pues dígame qué virtud tiene.

VIEJECITO. (Bajando la voz.) Si de verdad quiere hacerse con él, se la digo ahora mismo.

PRETENDIENTE 1. No, señor. Así no son las cosas. Para comprarlo, debo saber antes qué virtud tiene el espejo.

VIEJECITO. Si le digo que en este espejo puede ver usted reflejadas las personas que desea ver, ¿me creerá?

PRETENDIENTE 1. ¡Claro que no!

VIEJECITO. No sé por qué me esperaba de usted algo así. Sin embargo, antes de seguir su camino, ¿no desearía comprobar lo que le digo? A veces la fe mueve montañas.

PRETENDIENTE 1. De acuerdo. (Se asoma al espejo y mira en él. Asombrado.) No puedo creérmelo. Es verdad. Acabo de ver a una persona conocida que hace mucho tiempo no veía. ¿Cuánto pide por el espejo?

VIEJECITO. No mucho. Sólo lo que lleva en el bolsillo izquierdo de su pantalón.

PRETENDIENTE 1. (Más asombrado todavía.) ¿Cómo sabe que llevo mi dinero en este bolsillo?

VIEJECITO. Sé solamente lo que debo saber. ¿Está de acuerdo con el precio?

PRETENDIENTE 1. (Tras dudar unos segundos.) Creo que sí.

VIEJECITO. (Sonriendo.) Puede hacerse con el dinero que quiera por medio de la tarjeta que lleva en la cartera. Además, el espejo le proporcionará la verdadera riqueza a la que usted aspira.

(El PRETENDIENTE 1 le da el dinero y el VIEJECITO le entrega el espejo. El primero se despide guardando el espejo y el segundo empieza a recoger el puesto del mercado. )

(Oscuridad.)




QUINTO CUADRO

En otro lugar exótico, en otra calle de otro mercado ambulante, el PRETENDIENTE 2 se encuentra con el mismo VIEJECITO que compra y vende a voces cosas viejas en su puesto.


VIEJECITO. (Voceando.) ¡Compro hierro viejo, metal y cobre! ¡Vendo objetos viejos, curiosos y raros!

PRETENDIENTE 2. (Se acerca a curiosear.) ¿Dice usted que vende objetos raros? Yo aquí no veo ninguno.

VIEJECITO. Porque no mira bien, caballero. Fíjese, por ejemplo, en este botecito. (Lo coge del puesto y se lo muestra.) No es más que un botecito normal y corriente, pero dentro contiene un bálsamo especial.

PRETENDIENTE 2. (Asombrado.) ¿Dice que un bálsamo especial? Explíquese.

VIEJECITO. Está hecho de sangre de serpiente, pulpa de tamarindo y huesos molidos de un mártir de esta tierra.

PRETENDIENTE. (Incrédulo.) ¿Y de qué me va a servir a mí?

VIEJECITO. Nunca se sabe, caballero. (Baja la voz.) Pues este bálsamo tiene la virtud de resucitar a los muertos.

PRETENDIENTE 2. (Más incrédulo aún.) Así que resucitar a los muertos, ¿eh? Me gustaría verlo para plasmarlo en uno de mis cuadros.

(En ese momento cruza de izquierda a derecha un carro transportando un féretro.)

VIEJECITO. (Parando el carruaje mortuorio.) Aquí tiene la ocasión de comprobarlo usted mismo. Abra el ataúd y moje con una gota de este bálsamo los labios del muerto.

PRETENDIENTE 2. Si fuera verdad, yo sería como Dios. (Obedece no muy convencido.)

(A los dos o tres segundos, el muerto abre los ojos, se incorpora en su féretro, se baja del carro y echa a andar hasta desaparecer por la derecha.)

VIEJECITO. Ya se lo dije. Y ahora (Le quita suavemente el bálsamo de la mano.), ¿me compra el botecito?

PRETENDIENTE 2. (Estupefacto.) ¡Claro que sí! ¿Cuánto pide por él?

VIEJECITO. Sólo lo que lleva en el maletín de pintura.

PRETENDIENTE 2. (Asombrado.) ¿Cómo ha sabido que aquí dentro, además de los útiles de pintar, llevo mi dinero?

VIEJECITO. Sé solamente lo que debo saber. ¿Está de acuerdo con el precio?

PRETENDIENTE 2. Por supuesto. (Le entrega el maletín.)

VIEJECITO. (Enrosca la tapa del botecito y se lo entrega.) Con esto ganará usted la verdadera riqueza que persigue. Que le vaya muy bien.

(El PRETENDIENTE 2 se va por la izquierda, mientras el VIEJECITO comienza a recoger su puesto de mercadillo.)

(Oscuridad.)






SEXTO CUADRO

En otro lugar exótico, en otra calle de otro mercado ambulante. El PRETENDIENTE 3 se acerca a un arca solitaria de considerables dimensiones y la toca con curiosidad y le da tres toques en la tapa para comprobar su solidez. Al instante se abre y aparece el VIEJECITO.


VIEJECITO. Gracias por despertarme, joven. (Se despereza y sale del arca.) El viaje esta vez me ha cogido desprevenido.

PRETENDIENTE 3. (Asombrado.) ¡Ah!, ¿pero usted viaja en esta arca?

VIEJECITO. Aunque no se lo crea, así es. Me lleva de un lugar a otro del planeta en menos que canta un gallo. Y conmigo, a quienes quieran acompañarme. Si lo desea, puede comprobarlo usted mismo.

PRETENDIENTE 3. Bonita manera de viajar. Siempre he soñado con ello.

VIEJECITO. (Asombrado.) ¿Se está burlando de mí, joven?

PRETENDIENTE 3. Nada más lejos de mi intención. En cuanto lo he visto, he pensado: “Este buen hombre dará solución a todos mis problemas. Su rostro disipa cualquier duda e inspira la mayor de las confianzas.”

VIEJECITO. (Conmovido.) No estará pensando usted en adquirirla, ¿verdad?

PRETENDIENTE 3. ¡Qué más quisiera yo! Pero no tengo suficiente dinero para comprársela.

VIEJECITO. Eso ya lo sabía. Pero tiene algo que a mucha gente le falta: la voluntad.

PRETENDIENTE 3. (Asombrado.) ¿Cómo lo sabe usted?

VIEJECITO. Sé solamente lo que debo saber. ¿Usted quiere el arca?

PRETENDIENTE 3. Eso ni se pregunta, señor.

VIEJECITO. Pues suya es, joven. De sobra sé que va a hacer buen uso de ella.

PRETENDIENTE 3. (Agradecido.) Muchas gracias, señor. Ya puede estar seguro de que va a ser así y siempre lo llevaré en mi memoria.

VIEJECITO. Lo sé. Y siga siempre siendo como es. Llegará muy lejos.

(Echa a caminar hacia la izquierda y se vuelve antes de desaparecer por ese lado para despedirse con la mano. El PRETENDIENTE 3 le responde con otro gesto y se pone a acariciar el arca.)

(Oscuridad.)



SÉPTIMO CUADRO

En las afueras de una ciudad de un país exótico, los tres PRETENDIENTES se han reunido para hablar de sus respectivos hallazgos raros y curiosos. Sobre el arca está sentado el PRETENDIENTE 3 mientras que los otros dos sostienen sus hallazgos debidamente envueltos.


PRETENDIENTE 1. Tal como quedamos, nos hemos reunido aquí, antes de volver a nuestra patria, para hablar de nuestros hallazgos. (Desenvuelve su paquete y muestra el espejo.) Yo he comprado este espejito.

PRETENDIENTE 2. Parece un espejo vulgar.

PRETENDIENTE 3. Las apariencias engañan. Supongo que debe tener algo especial, si no, no lo hubiera adquirido. ¿Verdad?

PRETENDIENTE 1. Verdad. Este espejito tiene la virtud de mostrar a su dueño reflejado en su cristal lo que él quiera ver. ¿Queréis un ejemplo?

PRETENDIENTE 2. ¡Por supuesto!

PRETENDIENTE 3. ¡Lo estoy deseando!

PRETENDIENTE 1. ¿Os parece bien que le pida a mi espejo que nos muestre a la persona que más queremos en este mundo?

PRETENDIENTE 2. ¿Quieres decir que podemos ver a nuestra amada aquí reflejada?

PRETENDIENTE 1. Eso espero.

PRETENDIENTE 3. ¡Qué emocionante! ¿A qué esperas para pedírselo?

PRETENDIENTE 1. ¡Sea! Quiero, espejito, que nos muestres a nuestra novia.

(Los tres PRETENDIENTES miran en el espejo y al momento quedan profundamente afligidos.)

PRETENDIENTE 3. ¡No puede ser, Dios mío!

PRETENDIENTE 2. ¡Está muerta!

PRETENDIENTE 1. ¡Y metida en su ataúd! ¿Qué podemos hacer?

PRETENDIENTE 2. (Mudando el semblante.) ¡Un momento! (Desenvuelve su paquete y muestra el botecito del bálsamo.) Aquí tengo lo que adquirí como cosa rara. Un botecito de bálsamo.

PRETENDIENTE 1. (Decepcionado.) ¿Y qué puede hacer un bálsamo en estas extremas circunstancias?

PRETENDIENTE 3. Nunca se sabe. Deja que se explique.

PRETENDIENTE 2. Podemos estar de suerte, amigos, porque este bálsamo tiene la virtud de resucitar a los muertos sólo con tocar sus labios con una gota.

PRETENDIENTE 1. Vale, pero aunque así fuera, que lo veo muy difícil, por no decir imposible…

PRETENDIENTE 3. ¿Y lo de tu espejo? Y sin embargo, gracias a él, hemos podido ver a nuestra amada.

PRETENDIENTE 1. Vale, de acuerdo. Supongamos que sea así. Pero ¿cómo vamos a llegar a su casa?

PRETENDIENTE 2. ¡Eso digo yo! Cuando lleguemos ya será demasiado tarde y estará comida por los gusanos.

PRETENDIENTE 3. De eso ni habléis. Porque yo tengo la solución.

PRETENDIENTE 1. (Extrañado.) ¿Tú? ¡Pero si no has traído nada!

PRETENDIENTE 3. (Levantándose del arca y mostrándosela a sus amigos.) ¿Y esto qué es?

PRETENDIENTE 2. Yo solamente veo un arca grande.

PRETENDIENTE 3. Un arca grande, sí, pero que además tiene la virtud de llevarnos a donde queramos a la velocidad de la luz. Yo mismo he viajado de este modo hasta aquí. ¡Venga! (Levanta la tapa del arca y se mete dentro.) ¡Meteos en el arca conmigo!

PRETENDIENTE 1. ¡Es ridículo! ¡En un arca!

PRETENDIENTE 3. Confiad en mí. No perdamos más tiempo. Entrad.

PRETENDIENTE 2. (Metiéndose.) Yo entro.

PRETENDIENTE 3. (Se mete refunfuñando.) De acuerdo. Pero…

(El PRETENDIENTE 3 baja la tapa del arca.)

VOZ del PRETENDIENTE 3. Arca amiga, llévanos rápidamente a casa de nuestra novia.

(Oscuridad.)





OCTAVO CUADRO

En la casa del HOMBRE RICO, en la habitación donde está expuesto el ataúd con el cuerpo muerto de la NOVIA. El arca aparece en primer término.


HOMBRE RICO. (Desconsolado.) ¿Qué será de mí, ahora que tú, querida hija, vas a desaparecer de mi lado para siempre? ¡Y sin haber podido lograr nuestros deseos! El mío, de verte feliz, y el tuyo de casarte con el pretendiente que traiga la cosa más rara que haya encontrado por esos mundos de Dios. Ya nada tiene remedio. La muerte pone punto final a todos nuestros sueños.

(En ese momento se abre el arca y aparecen los tres PRETENDIENTES, que salen de ella y se acercan al ataúd.)

HOMBRE RICO. (Asombrado.) ¡Ustedes aquí! ¿Esto es un milagro? ¿Una aparición?

PRETENDIENTE 2. Ni una cosa ni otra. Las circunstancias de la vida. (Saca el botecito del bálsamo.) Si me permite, con este bálsamo todas sus penas se acabarán.

HOMBRE RICO. (Sin dejar de asombrarse.) Si es para eso, adelante.

PRETENDIENTE 2. (Se acerca al ataúd mientras abre el botecito.) Con unas gotas que le ponga de este bálsamo en los labios de su hija, resucitará.

HOMBRE RICO. (Más asombrado aún.) ¿Pero eso es posible?

PRETENDIENTE 1. (Mostrándole el espejito.) Con este espejo descubrimos que su hija estaba muerta a miles de kilómetros de aquí.

PRETENDIENTE 3. (Señalando el arca.) Y con esta arca hemos viajado los tres. Así que confíe en el bálsamo de nuestro amigo.

HOMBRE RICO. (Al PRETENDIENTE 2.) No hagamos esperar más a mi hija.

PRETENDIENTE 2. (Mientras moja los labios de la NOVIA con unas gotas del bálsamo.) ¡Vuelve a despertar!

NOVIA. (Despierta y mira a su alrededor. Ve a su padre y a los tres PRETENDIENTES.) ¿Lo ve usted, padre, cómo necesitaba a los tres? (Todos ríen alborozados.)

FIN


 

sábado, 4 de diciembre de 2021

ENRIQUE BADOSA Verso (y III)

 



Tikal (Relación verdadera de un viaje americano)


El Parque Nacional Tikal se halla en Guatemala, y en su incomparable marco selvático se encuentra Tikal, antigua ciudadela maya que floreció entre los años 200 y 800 después de Cristo. Entre sus venerables ruinas pueden admirarse aún la pirámide del Mundo Perdido, tan gigantesca como ceremonial, y el templo del Gran Jaguar, maravillas que pudo contemplar Badosa durante su cuarto viaje a América en los años 90. En cinco versos (4 endecasílabos y 1 heptasílabo) el poeta retrató certeramente el bello enclave maya y la influencia del silencio milenario en su silencio asombrado de viajero, como muestra en esta breve pero rica composición:

Voy penetrando ya por el silencio

de la espesura, del jaguar, del Sol,

de la piedra erigida en oración,

de la lluvia enterrada.

El silencio se adentra en mi silencio.

Mientras el poeta pasea por el silencio de espesura de la selva que envuelve las ruinas de Tikal, del jaguar (para los mayas el jaguar simbolizaba el poder; no en balde los personajes importantes se vestían con la piel del felino, y por otra parte el animal significaba tanto la luz como la oscuridad), del Sol (el astro rey era la base del calendario maya). Mientras el poeta va entrando en el milenario silencio de la “piedra erigida en oración, de la lluvia enterrada” (tiempo y plegaria unidos eternamente), ese mismo silencio empieza a formar parte de su propio silencio (admiración, miedo, marea de la existencia humana).



Vinimos al silencio al que se nos llamaba... (Marco Aurelio 14)


Antes de empezar, conviene recordar que Marco Aurelio, 14, es la dirección postal barcelonesa de la casa donde vivía el poeta y adonde regresaba para encontrar la paz y el silencio, que sólo pueden dar las cuatro paredes que nos conocen como si fuéramos algo que les pertenece, tras realizar sus variados y constantes viajes. En la composición poética presente, formada por ocho versos, los siete primeros alejandrinos y el último, “muertos, enterraremos a los muertos”, endecasílabo, de esos endecasílabos difíciles de olvidar por su tremendo sentido. Leamos ya esos ocho versos libres de rima pero atados al rigor del cómputo silábico que exige la métrica clásica:

Vinimos al silencio al que se nos llamaba

a saber nuestro nombre, el ya definitivo,

a sentir nuestras manos cálidas de otras manos,

a ver nuestra mirada en la mirada ajena.

Pero abismamos sombras en nuestro pensamiento,

hundimos nuestros ojos en la luz de cenagales.

Maniatados de frío por tanta soledad,

muertos, enterraremos a los muertos.

En ellos notamos tres partes bien diferenciadas: en la primera, que podría ser afirmativa, el poeta habla del silencio al que todos llegamos para saber cuál es nuestro nombre verdadero, sentir el tacto de otras manos y ver nuestra mirada en la ajena; mientras que la segunda parte (versos 5 y 6), se opone a la anterior, por medio del “pero” adversativo con que comienza el quinto verso: nuestro pensamiento es invadido por las sombras y nuestros ojos no ven nada. Finalmente, los dos últimos versos, forman la conclusión: Estamos en la más helada soledad, es decir, muertos, entre los muertos: “muertos, enterraremos a los muertos”, el endecasílabo certero e inolvidable.



Poema XLIX (Epigramas de la Gaya Ciencia)


Otro de los sentenciosos epigramas de Badosa, resuelto en cuatro versos lapidarios, endecasílabos, para más señas (una de las especialidades métricas del poeta), morales también, propios de obra de misericordia o virtud teologal:

Aunque tú no me mandas tus poemas,

yo te mando los míos otra vez.

¡Oh problema moral! ¡Oh grave enigma!

¿Quién de los dos es más caritativo?

A un desaire del tú poemático (“tú no me mandas tus poemas”), el yo del poeta responde con una exquisita amabilidad, repetida además (“yo te mando los míos otra vez”). Aquí no hay ningún problema moral ni acertijo alguno. Sólo una muestra de caridad o de amor fraternal, que el cuarto verso explica con una pregunta retórica (“¿quién de los dos es más caritativo?”).



Epitafio de un poeta renegado (Parnaso funerario)


Se trata de otro soneto excelente, con un esquema diferente del primero que vimos, respecto de los tercetos: 11A, 11B, 11B, 11A; 11A, 11B, 11B, 11A; 11C, 11C, 11D; 11E, 11E, 11d, y lo mismo que en aquel soneto, las rimas en éste son bastante fáciles (y recuerdan algunas del primero): encia, ado, osa, era, ada. El epitafio así:


En arrebato de autocomplacencia,

después de tanto premio bien ganado

y de cubrir su cráneo devastado

con los laureles de la Gaya Ciencia,


comete la patética insolencia

de declarar, muy alto y descarado,

que ateo de la Musa se ha tornado

y que la inspiración sólo es paciencia.


Que ya no esperará la voz suntuosa

de la supuesta diva caprichosa,

y será magistral siempre que quiera.


La Musa, no remisa, sí vejada,

le arranca la peluca laureada,

e “ipso facto” su cráneo es calavera.

Un epitafio, como todo el mundo sabe, es una inscripción puesta sobre un sepulcro o en la lápida o lámina colocada junto al enterramiento. Pues bien, en el caso que nos ocupa, el difunto es un poeta que, después de haber llevado en su cabeza el laurel de los premios poéticos y renegar de la creencia en la Musa o inspiración de la poesía, llega a afirmar que la inspiración no es otra cosa que paciencia (los dos cuartetos) y que, sin contar con ella, siempre que lo desee seguirá escribiendo excelente poesía (primer terceto). Castigo inmediato de la Musa ofendida: al poeta renegado y ultrajador “le arranca la peluca laureada e ipso facto su cráneo es calavera (segundo terceto)”. Como puede observarse, también Badosa cultiva el humor en su extenso bagaje poético. Y lo hace con un lenguaje igualmente bello y exacto.



Puesto que cada día es más de noche... (Ya cada día es más noche)


Hermosa y sentida composición de once versos endecasílabos libres, empleada para aconsejar una serie de acciones y actividades corrientes, todas positivas, sencillas y cristianas, a sí mismo y a cuantos lectores se encuentren en la misma situación existencial del poeta, la mayoría de edad, cuya característica fundamental es saber a ciencia cierta que queda mucho menos tiempo de vida que cuando se era más joven (con palabras del poema, “cada día en más de noche”). Leámoslos:

Puesto que cada día es más de noche,

vuelve al placer de tus primeros libros,

acaricia las cosas familiares

que sientes extraviadas por cercanas,

recuerda el conversar de tus mayores,

sus gestos que te amparan todavía,

aquel mirar que te enseñaba a ver,

repósate en los nombres con que amaste,

vuelve a tus oraciones cuando niño

y con la sencillez de la confianza

saluda a Dios y espera en su amistad.

Recordando un poco al autor de la Epístola moral a Fabio, esos consejos que da el poeta en forma de imperativo a un tú universal (vuelve, acaricia, recuerda, repósate, saluda... ubicados estratégicamente al principio de sus respectivos versos) tienen que ver respectivamente con el placer de leer los primeros libros, las cosas de familia, las conversaciones, los gestos y las miradas de nuestros mayores, los nombres que amamos y que nos amaron, las oraciones que rezábamos de niños y, finalmente, Dios en cuya amistad debemos siempre esperar.



Hasta aquí los textos de Enrique Badosa que se leyeron durante el acto del Ateneo celebrado en su homenaje. Aunque son bellas también las traducciones que hizo el poeta de Espriu y Horacio, prescindo aquí de su copia y comentario. Ya lo haré si sale la ocasión de hacerlo más adelante, entre los epígrafes que quedan por ver, relacionados con la obra de Badosa.

A continuación, concluiré este primer apartado, citando y comentando, cuando sea necesario, algunas afirmaciones del propio Badosa en su intervención al final del acto realizado en su honor. Una de las primeras, relacionada con su viaje a Grecia, y hablando de la comedia, de la pasmarota y del bululú, dijo que la pasmarota era recitada por el bululú, que era un comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba. Otra, que la facilidad de contacto con la gente era proverbial. Relacionada con La Fuente de Castalia, repitió la cita “Nunca el griego fue lengua tan hermosa.” A una pregunta de uno de los conductores de la presentación, Badosa habló de una tejedora que conoció en Creta que se llamaba María. Por lo visto, tras recorrer bastantes kilómetros por carreteras difíciles, llegó a una casita, donde dos personas vestidas de negro lo recibieron muy afablemente. Ella era María la tejedora, que más tarde, como si fuera la reencarnación de Ariadna, le indicó el camino que tenía que seguir para volver a la ruta principal de su viaje. Su conclusión fue que fue entonces cuando sintió su amor inicial por Grecia. Más preguntas y más respuestas. Una que llamó mucho mi atención: A través de un álbum de cromos que tuvo de niño vivió tres pasiones, que nunca después olvidó: Egipto, Roma y Grecia. Otra, que Plaza y Janés y Mario Lacruz habían sido dos llaves de oro para entrar en el mundo mágico de la literatura. Éste, además de un amigo incomparable, fue un magnífico y generoso editor literario; también novelista (se dio a conocer con El inocente, una curiosa novela que narra las peripecias de Virgilio Delise, un extravagante y rico aficionado a la música que fue falsamente acusado de la muerte de su padrastro). En vida publicó muy poco de su obra, pero a su muerte, un armario, cuya apertura había sido declarada prohibida, ocultaba un montón de escritos suyos que gracias a Dios se van publicando poco a poco. Y en cuanto a Plaza y Janés, fue la editorial que le abrió los brazos desinteresadamente para encargarle la dirección de dos colecciones de poesía clave en su tiempo: Selecciones de Poesía Española y Selecciones de Poesía Universal. Acerca de ello dijo: “Era un placer poder publicar los libros que me gustaban, por encima de la amistad.” Curiosidad: Sólo en verso, publicó en cierta ocasión 5 libros al año. Preguntado si echaba de menos algo en la vida, respondió que uno de los fracasos más grandes de su vida era no haber podido ser arquitecto. A mí me chocó tremendamente esa afirmación. Sin embargo, hizo otra aseveración con la que yo no estaba en absoluto de acuerdo con él. Dijo en un momento de su intervención después de leernos unos cuantos versos suyos: “Yo leo francamente mal.” Cuando me había dejado sin apenas respiración la lectura que acaba de hacer de unos versos de su Balada de paz de un mal amor:

“Es hora de saber que ya perdemos

 la claridad del día esperanzado.

La ceniza del agua que bebemos,

no calmará la sed que nos ha dado.

También hay que olvidar lo que sabemos

del tiempo del amor, tiempo pasado.

El silencio te lleva y te retiene

y oscurece el camino que yo sigo.

Ya no sé qué esperanza me mantiene,

solitario de ti, pero contigo.”

O estos dos versos de Marco Aurelio, 14: “Sólo salen a recibirme la pared / y mi sombra, la de nadie.” Al preguntarle quién le había iniciado en la poesía, respondió que el tío Pepe, que recitaba muy bien y leía mejor. Me gustó más la respuesta de otra pregunta: “Lo que se hace, hay que hacerlo bien.” Y tanto, lo mismo cuando dijo con cierta timidez que gracias a Dios conocía bien el oficio de poeta. Las preguntas y las respuestas se volvieron de repente algo comprometidas, y desde luego me quedo con las contestaciones de Badosa. Hubo una que arrancó los plausos más fuertes del auditorio: “Toda poesía es social por la función social que tiene la poesía. Pero la poesía no debe olvidar su parte artística.” Hubo otra respuesta que entendí claramente: Uno no quiere escribir un poema; el poema me escribe a mí. Me manda escribir.” A una pregunta sobre la censura en su tiempo, respondió: “Un poemario pasaba fácilmente la censura porque nadie leía poesía, y el que lo leía (el poemario) no entendía nada.” Y casi al final del acto, alguien le preguntó qué pensaba de Venecia. Respondió que Venecia representaba todas las artes; era el navío del tesoro condenado a morir pronto. Venecia es el símbolo del gran logro de la humanidad que está pasando un mal momento; el desenlace es inminente.

Tremendo.



sábado, 27 de noviembre de 2021

A ESCENA (IV) Don Illán el Mago


 

DON ILLÁN EL MAGO

(Adaptación libre del cuento Historia del Deán de Santiago y de don Illán de Toledo, de Don Juan Manuel, incluido en su obra El Conde Lucanor)


PERSONAJES

(Por orden de aparición)


DON ILLÁN, el mago de Toledo

EL DEÁN DE SANTIAGO

LA CRIADA de don Illán

UN MENSAJERO DE SANTIAGO

UN MENSAJERO DE ROMA


La acción transcurre en la Edad Media, en el laboratorio de magia de DON ILLÁN, a muchos metros bajo tierra, que estará iluminado por velas y al que se accederá por una puerta a la derecha del escenario, elevada sobre unos escalones.



PRIMER CUADRO


DON ILLÁN y EL DEÁN DE SANTIAGO, sentados frente a frente en sendas sillas y rodeados por cachivaches de alquimia y estanterías llenas de libros y frascos con contenidos extraños. Sobre la mesa cercana habrá una campanilla.

DON ILLÁN. Bien ya estamos en lugar seguro, mágico como verá, y ya puede decirme el motivo de su visita.

EL DEÁN. Sí. Verá. En el lugar donde resido, Santiago de Compostela, he oído hablar de su magia y quisiera que me enseñara algunas fórmulas de nigromancia para tratar con mayor eficacia mis asuntos en la rectoría de Santiago. Le prometo que, en caso de verse en algún apuro o necesite de mi humilde persona algún favor, le ayudaré en todo.

DON ILLÁN. No tengo ninguna objeción que hacerle a su interés por conocer las artes mágicas, pero sí a que yo se las enseñe.

EL DEÁN. (Extrañado.) No comprendo qué quiere decir.

DON ILLÁN. Sencillamente que siendo usted deán y hombre de importancia, se olvidará pronto de ayudarme cuando llegue el caso. Por eso sospecho que cuando haya aprendido todo lo que quiera saber de mí acerca de las artes mágicas, no cumplirá lo que me ha prometido.

EL DEÁN. Sólo la sospecha me ofende. Si yo le digo que le ayudaré es que le ayudaré. Y no se hable más de esa cuestión.

DON ILLÁN. (Tocando la campanilla de la mesa.) Vale. No hablemos de esa cuestión…de momento. (Se abre la puerta de los escalones y se asoma la CRIADA.)

CRIADA. Diga, don Illán.

DON ILLÁN. Vaya preparando unas perdices para la cena, pero no las empiece a guisar hasta que yo se lo diga.

CRIADA. Como usted mande, don Illán. (Sale y vuelve a cerrarse la puerta.)

DON ILLÁN. Bien, ya podemos empezar la primera lección.

EL DEÁN. (Frotándose las manos.) Perfecto. ¿Cuál es?

DON ILLÁN. En primer lugar debe saber que la magia lo mismo puede hacer bien que mal.

EL DEÁN. (Interesado.) ¿De qué depende eso?

DON ILLÁN. Depende de la intención con que se haga.

(Suenan unos golpes en la puerta.)

DON ILLÁN. Adelante.

(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE SANTIAGO.)

MENSAJERO DE SANTIAGO. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es de su tío el señor Arzobispo. Es urgente.


 

EL DEÁN. (Extrañado, coge la carta.) Gracias.

EL DEÁN. (Excusándose ante DON ILLÁN.) Perdone unos instantes. (Abre el sobre y se pone a leer el contenido de la carta. Su rostro se aflige.)

DON ILLÁN. (Preocupado.) ¿Ocurre algo grave?

EL DEÁN. (Que ha acabado de leer la carta.) Sí. Que mi tío el Arzobispo está en el lecho de muerte y me ruega que si quiero verle aún con vida me ponga en camino inmediatamente.

DON ILLÁN. Si lo desea, yo puedo hacer que llegue a Santiago a tiempo para ver morir a su tío.

EL DEÁN. Lo siento mucho por él, pero si voy me pierdo sus lecciones de magia y no querría por nada del mundo que eso ocurriera. Voy a escribir al dorso la respuesta y haré que el mensajero se la lleve de vuelta a mi tío.

DON ILLÁN. Como guste. Aquí en la mesa tiene pluma y tintero.

EL DEÁN. (Se sienta a la mesa.) Gracias. (Escribe la respuesta, mete de nuevo la carta en el sobre y se lo da al MENSAJERO.) Parte raudo con la respuesta.

(El MENSAJERO DE SANTIAGO coge la carta, inclina la cabeza y desaparece cerrando la puerta a sus espaldas.)

DON ILLÁN. ¿Seguimos con la primera lección de magia?

EL DEÁN. Ardo en deseos de aprenderla.

DON ILLÁN. Siguiendo con lo que le decía, es conveniente hacer buen uso de la magia si queremos que se ponga de nuestra parte. Si lo que queremos es curar una enfermedad, lo primero…(Suenan unos golpes en la puerta.) ¡Adelante!

(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE SANTIAGO.)

MENSAJERO DE SANTIAGO. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Arzobispado.

EL DEÁN. (Extrañado, coge la carta.) Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE SANTIAGO desaparece.)

EL DEÁN. (Excusándose ante DON ILLÁN.) Perdone un instante. (Abre el sobre y se pone a leer en silencio el contenido de la carta. Su rostro se aflige.)

DON ILLÁN. ¿Es grave?

EL DEÁN. El arzobispo ha muerto y yo voy a ser elegido su sucesor.

DON ILLÁN. Una noticia triste y otra noticia alegre. Usted será elegido arzobispo. Enhorabuena. Y ahora que usted va a dejar vacante el puesto de deán me atrevo a pedírselo para mi hijo.

EL DEÁN. (Contrariado.) Le ruego que consienta en que este puesto de deán se lo dé a mi hermano. Sin embargo, si viene conmigo a Santiago y quiere llevar con usted a su hijo, allí le encontraré un cargo importante.

DON ILLÁN. De momento me quedaré aquí en Toledo trabajando en mis artes mágicas. Y mi hijo seguirá estudiando.

EL DEÁN. Es verdad. Las artes mágicas. Precisamente he venido a aprenderlas de usted. ¿Por qué no continuamos con la lección iniciada?

DON ILLÁN. Podemos continuar siempre que usted esté dispuesto a cumplir lo prometido, y ya al primer favor que le he pedido se ha excusado.

EL DEÁN. Comprenda que mi hermano necesitaba ese cargo, pero si hay un segundo cuente usted con él. Y ahora, si no le importa, continuemos con la magia.

DON ILLÁN. (Sonriendo.) Eso, la magia. Verá usted. Para vivir de la magia debe creer en ella y no creo que un arzobispo… (Suenan unos golpes en la puerta.) ¡Adelante!

(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)

MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es de Roma. Un asunto muy importante.

EL DEÁN. Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece.)

(Abre la carta. A DON ILLÁN.) Perdone un momento. (Lee en silencio la carta y sonríe satisfecho.)

DON ILLÁN. ¿Algo importante?


 

EL DEÁN. Mucho. Me siento tan feliz. Me acaban de nombrar Obispo de Tolosa y es un puesto que busco afanosamente desde mucho tiempo atrás.

DON ILLÁN. Me alegro por usted. Y a propósito, ahora que deja vacante el puesto de arzobispo de Santiago, ¿sería tan generoso de dar el Arzobispado a mi hijo?

EL DEÁN. (Mohíno.) Permita, señor, que se lo dé a un tío mío, hermano de mi padre. Pero si venís conmigo a Tolosa acompañado de su hijo allí le encontraré un cargo digno de él.

DON ILLÁN. (Sonriendo.) No se preocupe. Lo entiendo. Y de momento me quedaré aquí en Toledo para que mi hijo continúe los estudios que está haciendo.

EL DEÁN. Es usted muy comprensivo. Como sea igual de mago, estoy convencido de que saldré de aquí conociendo a la perfección las artes mágicas. A propósito, ¿dónde estábamos?

DON ILLÁN. Aquí, en mi laboratorio de Toledo, envueltos de esta atmósfera de magia donde todo es posible. (Ríe maliciosamente.)

EL DEÁN. (Molesto.) ¿De qué se ríe?

DON ILLÁN. No, de nada. De que usted sin moverse ya ha pasado de deán a obispo de Tolosa. Y eso, amigo mío, se debe sin duda a este ámbito sobrenatural y mágico. ¿No es para reírse?

EL DEÁN. Ahora que lo dice, sí. (Ríe.)

(En ese momento suenan unos golpes en la puerta.)

DON ILLÁN. ¡Adelante!

(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)

MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Santo Padre. Un asunto de capital importancia.

EL DEÁN. Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece.) (A DON ILLÁN.) Excúseme un instante. (Abre la carta y la lee en silencio. Gestos de alegría.)

DON ILLÁN. Otro nombramiento, ¿verdad?

EL DEÁN. Así es. Acaban de nombrarme Cardenal y me piden que puedo ceder el Obispado de Tolosa a quien yo desee.

DON ILLÁN. Estupendo. Ya sabe lo de mi hijo. A él le vendría muy bien ese cargo.

EL DEÁN. ¡Cuánto lo siento! Verá. Me gustaría dar ese Obispado a un tío mío, hermano de mi madre, puesto que se muere por él. Pero si viene conmigo acompañado de su hijo, allí podré encontrarle un cargo que le venga muy bien. ¿Qué le parece?

DON ILLÁN. Como le he dicho otras veces, prefiero quedarme aquí en Toledo y asistir a la conclusión de los estudios de mi hijo. (Finge estar afligido.)

EL DEÁN. No debe entristecerse. Tarde o temprano logrará su hijo situarse en la vida, mientras que usted, dueño de los conocimientos de las artes mágicas, puede convertirse en el dueño del mundo y de los destinos de los hombres.

DON ILLÁN. Eso espero, pero de momento me conformo con lo que tengo.

EL DEÁN. Que es mucho. Y hablando de lo que posee, ¿por qué no me cede un poquito de su magia?

DON ILLÁN. Para eso, debe estar convencido de que lo que vaya a hacer con la magia es producto de su humildad y no de su engreimiento. Los magos deben ser los hombres más humildes de la creación y usted…

EL DEÁN. (Extrañado.) ¿Yo qué?

DON ILLÁN. Enseguida lo verá. (En ese momento llaman a la puerta.) ¡Adelante! (Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)


 

MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Vaticano.

EL DEÁN. (Extrañado.) Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece. A DON ILLÁN.) Perdone un instante. (Lee en silencio la carta. Gestos de júbilo.)

DON ILLÁN. Algo que ni se imaginaba, ¿verdad?

EL DEÁN. El Papa ha muerto y el Cónclave me ha nombrado su sucesor. ¡No me lo puedo creer!

DON ILLÁN. Así que Papa, ¿eh?

EL DEÁN. Sí, Papa.

DON ILLÁN. Bueno y ahora que usted es nada más ni nada menos que Papa. El hombre que manda en la tierra. Ahora ya no tiene usted excusas para no cumplir lo que me prometió. Ya le dije al principio que sospechaba de sus promesas.

EL DEÁN. (Irritado.) ¡Cómo se atreve a hablarme así! Soy el Papa y puedo condenarle a prisión de por vida. Usted no es más que un hereje y amigo de encantamientos y brujerías, que no tiene otro oficio en Toledo que ejercer el arte de la nigromancia.

DON ILLÁN. (Sonriendo.) Ya me esperaba una cosa así. Usted se ha convertido por mi magia en toda la jerarquía de la Iglesia aquí en mi laboratorio de Toledo. Y en vista de su desagradecimiento, le hago volver a su cargo de deán, que nunca ha dejado de ser. Ni le voy a dar lecciones de magia ni parte de mi cena. (Coge la campanilla de la mesa y la hace sonar. Al punto se abre la puerta y aparece la CRIADA.)

CRIADA. Diga, señor.

DON ILLÁN. Ponga a guisar las perdices para la cena y acompañe al deán hasta la salida. (Al DEÁN.) Buen viaje de vuelta. Si tiene hambre, a la salida de la calle encontrará una posada. (Salen la CRIADA y EL DEÁN.) (Al público.) A quienes ayuden y no sepan reconocer sus favores, ninguna ayuda tendrán de ellos cuando sean personas muy importantes.

(Oscuro.)

FIN



 

domingo, 21 de noviembre de 2021

DEL TEATRO AL CINE (V) Eloísa está debajo de un almendro, de Jardiel Poncela


 

Eloísa está debajo de un almendro es una obra teatral escrita, como quedó dicho en una entrada anterior, por Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952), que fue periodista, novelista y dramaturgo. Aunque se inició como periodista, colaborando en la revista La correspondencia de España y en diversos diarios, y cultivó la novela (caricaturizando personajes y ambientes y empleando un lenguaje hábil y brillante) en títulos como Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía o La tournée de Dios, su fama de escritor la obtuvo como dramaturgo, adscribiéndose al teatro del absurdo (dejando a un lado el humor de siempre para abrazar un humor intelectual pero muchas veces fuera de toda lógica y otras verdaderamente inverosímil), lo que le situó al margen del teatro español de su época. Antes de la Guerra estrenó piezas como Usted tiene ojos de mujer fatal y Angelina o el honor de un brigadier. Tras la Guerra llevó a las tablas varias obras más, entre las cuales destaca Eloísa está debajo de un almendro, la pieza que estamos tratando aquí y ahora.

Su argumento, grosso modo, es como sigue: Mariana está enamorada de Fernando porque lo considera portador de un gran secreto, en el que ella tiene algo que ver, pero a la vez lo odia cuando el hombre ase enmascara de persona corriente. Según Clotilde, la única persona de la familia en su sano juicio y tía de Mariana, el afecto amoroso de ésta no es normal, y eso se explica porque forma parte de una familia de locos, en la que su padre, sin ir más lejos, no ha pisado la calle desde hace muchísimos años, pero viaja en un tren imaginario todas las semanas; su tía Micaela está obsesionada con los ladrones y con coleccionar búhos, y su hermana, la loca oficial de la familia, está desaparecida. Por ello no es demasiado raro que Mariana necesite que su  novio sea un hombre misterioso y que le oculte algo grave para ser feliz. Por su parte, Ezequiel, el tío de Fernando, puede que también esconda algún turbio secreto…


     He aquí una conversación entre Mariana y su tía Clotilde sobre Fernando y el amor que siente por él la sobrina:

“MARIANA.—Entonces, ¿por qué no encontrar normalidad en mis sentimientos?

CLOTILDE.—Porque no es muy corriente que digamos que una muchacha espere para marido a un hombre misterioso y , a ser posible, provisto de un secreto grave...

MARIANA.—Tampoco yo esperaría eso de otro; pero de Fernando sí.

CLOTILDE.—¿Y por qué esperarlo de él?

MARIANA.—Porque él ha sido el único que me hizo pensar al conocerle, y porque, a veces, me lo hace pensar todavía.

CLOTILDE.—¿Eh?

MARIANA.—(Confidencialmente, a media voz.) No siempre, ¿sabes?; pero a ratos hay algo en él, en sus ojos, en su gesto, en sus palabras y en sus silencios, hay algo en él, ¿no lo has notado?, inexplicable, oscuro, tenebroso. Su actitud entonces conmigo, la manera de mirarme y de tratarme, las cosas que me dice y el modo de decírmelo, aunque no me hable de amor, todo ello no puede definirse, pero es terrible; y me atrae y me fascina. (Subiendo el tono de la voz.) En esos momentos siento que hemos venido al mundo para unirnos y que ya hemos estado unidos antes de ahora. (Vibrantemente.) En esos momentos, tía Clotilde, ¡le adoro!... (Rápidamente; explicativa.) Pero esto no significa que exista en mí algo anormal; ¿acaso soy yo la única muchacha a quien le fascina y le atrae lo misterioso y lo que no puede explicarse? (Volviendo al tono de antes.) Y en otras ocasiones, que, por desgracia, son las más frecuentes, él reacciona, como alarmado y arrepentido de haber descubierto quizá el verdadero fondo de su alma: sus ojos miran como los de todo el mundo, sus gestos y sus palabras son los gestos y
las palabras de cualquiera, y sus silencios están vacíos; se transforma en un hombre corriente; pierde todo encanto; bromea y ríe; se recubre de esa capa insulsa, hueca e irresistible que la gente llama simpatía personal... (Elevando el tono de voz, como antes.) Y entonces siento que uno y otro no tenemos nada de común, y me molesta que me hable, y si me habla de amor me crispa, y no puedo soportar su presencia y estoy deseando perderle de vista (Vibrantemente.) porque entonces me repele y
me repugna ¡y le detesto!”

Eloísa está debajo de un almendro se estrenó en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1940, interpretando sus principales papeles Elvira Noriega, Guadalupe Muñoz Sampedro, que fue sustituida posteriormente por María Luisa Moneró, Mariano Azaña, José Orjas, Carlos Lemos, Fernando Fernán Gómez y María Asquerino. Y fue luego muchas veces representada en teatros madrileños como el María Guerrero, el Centro Cultural de la Villa o el Español, y en los años 2016-17 en una gira por toda España.

Dicho lo anterior, Enrique Jardiel Poncela también fue un gran devoto del cine pues escribió guiones cinematográficos, viajó a EEUU para colaborar, siguiendo a Arranz, “en películas basadas en sus obras, como Angelina o el honor de un brigadier (…); dirigió algunos cortometrajes y puso hilarantes diálogos a la película muda Mauricio o Una víctima del vicio).” Conviene añadir, antes de hablar de la adaptación al cine de su Eloísa está debajo de un almendro, que varias piezas teatrales suyas fueron llevadas también a la gran pantalla, como Es peligroso asomarse al exterior, Un adulterio decente y Blanca por fuera y rosa por dentro.


  Eloísa está debajo de un almendro
fue adaptada al cine con el mismo nombre por Rafael Gil en 1943 de manera bastante libre pues, según Arranz, el cineasta le dio al texto de Jardiel Poncela “un tratamiento de cine de suspense bastante atractivo y que no perdía nunca la perspectiva humorística de su original. Incluso en algunos tratados fílmicos se dice que entronca con el cine de terror gótico, quizá por la presencia de la fallecida (Eloísa), que parece impregnarlo todo.” En cuanto al humor absurdo característico de Jardiel, el director no sólo lo mantiene vivo en el filme, sino que lo concilió “con el romántico, interpretado por la pareja de moda Durán y Ribelles, que se repitieron poco después en El clavo.”

En la película lo primero que aparece, a diferencia del orden de las escenas teatrales, es el regreso de Fernando a su hogar después de haber estudiado en Bélgica. Una vez en casa, descubre una misteriosa carta de su padre, en la que le pide que averigüe las extrañas circunstancias de la muerte de Eloísa, a quien años atrás había amado fervientemente. Fernando en sus investigaciones encuentra varios objetos relacionados con Eloísa que lo llevan a la casa de la familia de Mariana, de la que se enamora. Etcétera.

Rafael Gil además de dirigir la película escribió su guion cinematográfico, mientras que la fotografía corrió a cargo de Alfredo Fraile y la música de Juan Quintero. Sus principales actores fueron Rafael Durán (Fernando), Amparo Ribelles (Mariana), Guadalupe Muñoz San Pedro (Clotilde) y Alberto Romea (Ezequiel).



domingo, 14 de noviembre de 2021

ENRIQUE BADOSA Verso (II)

 


Es hora ya de hablar, en esta puerta... (Historias en Venecia)


Especie de estancia asonantada compuesta de versos de sílabas impares (endecasílabos, la mayoría, con algún que otro eneasílabo y el resto heptasílabos) rimando en o-a en los versos pares, aunque la asonancia se produce a prudente distancia (sólo se observa claramente al principio del poema). Veámoslo:

"Es hora ya de hablar. En esta puerta

el día terminó. Ven y reposa

junto a la luz de nuestras noches blancas,

la luz de estar a solas.

Ya todo es del amor, y velaremos

en las palabras tenues,

pues de nuevo sucede que la noche

deja de ser oscura en nuestras horas.

Agua fresca en tu voz, yo que la bebo,

tú cercana, tan cierta,

dormir y despertarnos poco a poco

en palabras de amor madrugadoras.

La luz de cuanto hablamos, fue dejando

un horizonte azul en la pared...

¡El día una vez más, y ven conmigo

a dar un nombre nuevo a cada cosa!"

Íntimo y profundo poema de amor expresado con palabras cotidianas, nocturno clásico en el que al acabar el día y acogerse a la noche para acudir a la confidencia, el poeta enamorado ve el momento de hablar con su amada, de invitarla a reposar junto a él, en la luz de sus noches blancas. Ya es hora de entregarse al amor y velar en la íntima conversación hasta que el sueño les venza y despierten con más palabras de amor. El gozo de estar juntos un día más invita a dar un nuevo nombre a las cosas de su entorno. No en balde los enamorados se encuentran en Venecia, mágica ciudad.



Salamina (Mapa de Grecia)


Composición escueta, rotunda, como los cinco endecasílabos libres la forman. Libres y elocuentes como el significado del título del poema, que dice:

"Por esto ha sido escrito el Partenón

con la más bella tinta de la tierra.

Por esto se ha labrado el pensamiento

en la piedra más sabia y perdurable.

Por esto estás hablando en lengua libre."

Como si se tratara de una imborrable inscripción, leemos los cinco versos que hacen referencia a la batalla naval de Salamina en la que los griegos derrotaron a la flota naval persa que había intentado por segunda vez invadir Grecia en el año 480 antes de Cristo. Gracias a esta victoria providencial, Grecia puede mostrar orgullosa al mundo uno de los monumentos arquitectónicos fundamentales de su cultura, el Partenón, que corona la Acrópolis “con la más bella tinta de la tierra”, con “la piedra más sabia y perdurable.” Gracias a lo que significó el triunfo griego sobre el extranjero que quería apoderarse de su tierra, todos nosotros, los descendientes de la cultura clásica, hoy nos expresamos en un idioma libre.



Astrelia (Cuadernos de barlovento)


Astrelia es una breve narración lírica o un verdadero poema en prosa, como se quiera decir. Sólo deseo destacar de este texto singular de Badosa la segunda parte del mismo. En la primera relata el poeta su llegada al último muelle de la isla acantilada cuando el sol estaba a punto de ponerse. En medio de una soledad y un silencio extraños, recorrió la distancia que le separaba el puerto de la plaza en cuyo centro se levantaba el mástil de una bandera. Y justo cuando el sol desapareció en el horizonte, empezaron a abrirse puertas y ventanas y a salir la gente de sus casas como si hubieran confundido el amanecer con el ocaso. Y mientras la oscuridad se iba extendiendo por todas partes, el poeta empezó a escuchar “un rumor de pasos solemnes y procesionales.” Y ahora la segunda parte anunciada.

“Desde el muelle, multitud de encapuchados arrastraba con dificultad un gran cofre de madera transparente. Se detuvieron al pie del mástil, rodeado de la aglomeración de los lugareños. El hierofante dio la orden, y los tapados sacaron y desplegaron una enorme bandera. En medio de casi total oscuridad y con liturgia siempre silenciosa, la izaron. Muy alto, en un cielo de tiniebla de estrellas, se percibió un gualdrapazo. El flamear de la bandera, extendida por un viento que salía de sus mismos colores, expandió una luz cálida, acogedora y plácida que disponía a todo trabajo y esclarecía la mente y el corazón. Astrónomos, astrólogos y viejos pescadores se reunieron en buena compaña para estudiar en esa luz los más recónditos espacios siderales, y los cuerpos celestes que les dan nombre. Yo me acerqué por si me llegaba alguna palabra reveladora de todo en cuanto en tierra firme me circunda, me hace ser o me impide ser quien quisiera. Los apuntes que tomo, quedan escritos en lengua todavía ignorada por mí. Pero están escritos.”

Un poema en prosa que trata de explicar en un lengua todavía ignorada por el hombre los misterios insondables que rodean a diario al ser humano que busca afanosamente la revelación de lo que, como dice Badosa de sí mismo, “me hace ser o me impide ser quien quisiera.” Ojalá un día visitara al mundo esa “luz cálida, acogedora y plácida” que impulsa a trabajar y esclarece las mentes y los corazones humanos.


Poema XXVIII (Epigramas confidenciales)


Seis versos endecasílabos libres que se ajustan, sin embargo, perfectamente en forma y fondo a los dos significados principales que posee el término “epigrama” porque, métricamente, es en verdad una composición poética muy breve que expresa con gran precisión y agudeza un pensamiento satírico, y, semánticamente, una inscripción grabada sobre piedra, metal u otro material duro.

Leámoslos para comprobar lo anterior:

"Eres inteligente e ilustrado,

sin embargo no puedo decir culto.

Mi olfato ya no logra soportar

tu alto vocabulario excrementicio.

Toma papel, y límpiate la boca.

Tira de la cadena cuando calles."

El poeta denuncia, o condena más bien, el habla obscena y escatológica de cierta persona conocida, la cual, aunque parece inteligente, está muy lejos de ser culta (educada), empleando ingenio y exactitud en la exhortación que le dirige: “Toma papel, y límpiate la boca”, que se acentúa sobremanera en el último verso: “Tira de la cadena cuando calles.” El texto completo merecería grabarse sobre piedra, metal u otro material duro para que todo el mundo lo tuviera presente cada vez que abre la boca para hablar en público.





domingo, 7 de noviembre de 2021

ENRIQUE BADOSA Verso (I)

 

Acaban de cumplirse ahora cinco meses del fallecimiento del poeta, ensayista y traductor Enrique Badosa (1927-2021), y es el momento de dedicarle un cariñoso recuerdo. Recuerdo que empiezo haciendo referencia al acto literario que se celebró en su honor en el Ateneo barcelonés y en el que cambié unas palabras con él.

    1. GUÍA DEL ACTO LITERARIO

En Barcelona, el 14 de junio de 2013 tuve la suerte de disfrutar no sólo de la presencia de Enrique Badosa, sino de una presentación de su semblanza biográfica y literaria en el marco serio y responsable del Ateneo de la ciudad condal, al que me siento unido desde hace unos cuantos años, en que presenté un libro monográfico de un colega de la Enseñanza, y ya luego yo mismo fui presentado por otros poetas amigos.

Ese día, recuerdo, hacía mucho calor en el aula donde tuvo lugar el susodicho acto, programado, todo hay que decirlo, por El Laberinto de Ariadna, y el homenajeado pidió encarecidamente que se abrieran las ventanas que daban a la Plaza de la Villa de Madrid porque no se sentía muy bien, El caso es que en los minutos previos a las diversas intervenciones de los componentes de la mesa que flanqueaban a Badosa, a todos los circunstantes se nos entregó un pequeño dossier de cuatro folios en los que se incluían varias informaciones sobre lo que sería el contenido de la charla colectiva, las primeras, relacionadas con la obra del poeta, dividida en Poesía, Ensayo, Traducción y Bibliografía.

A continuación, en la especie de guía del acto que se nos había entregado, se añadía, tras una nota biobibliográfica de Badosa escrita por el poeta Giménez-Frontín en 2006, una relación de los textos badosianos escogidos tanto de su poesía como de sus traducciones, para documentar la presentación. Resumida la nota bibliográfica de Giménez Frontín, sería algo parecido al texto siguiente: Enrique Badosa (Barcelona, 1927), poeta, traductor de poesía, ensayista y crítico literario, fue tutor durante dos décadas de las Selecciones de Poesía Española y las Selecciones de Poesía Universal de la editorial Plaza y Janés, Como poeta, Badosa aporta una voz inconfundible a lo más selecto del grupo poético de los 50 en varios registros: lírico, satírico-epigramático, de viajes, de traducción... En el registro lírico destacan títulos como Baladas para la paz, Historias de Venecia, Marco Aurelio 14, Ya cada día es más de noche; en el satírico-epigramático, Dad este escrito a las llamas o Epigramas confidenciales o Epigramas de la Gaya Ciencia; en la vertiente de poesía de viajes, Mapa de Grecia, Cuadernos de Barlovento, Relación verdadera de un viaje americano o Cuaderno de las Ínsulas Extrañas; finalmente, destacan las traducciones poéticas de Horacio, Espriu o J. V. Foix.


En lo que respecta a los textos escogidos de Badosa de que se hablaría en la presentación, se mencionaban los poemas siguientes (en riguroso orden de publicación): En memoria (Más allá del viento, 1956), De la posible historia de un amor (Historias en Venecia, 1971), Salamina (Mapa de Grecia, 1979), Astrelia (Cuadernos de Barlovento, 1986), el poema XXVIII (libro III, Epigramas confidenciales, 1986), Tikal (Relación verdadera de un viaje americano, 1994), Vinimos al silencio al que se nos llamaba (Marco Aurelio 14, 1998), el poema XIX (Epigramas de la Gaya Ciencia, 2000), Epitafio de un poeta renegado (Parnaso funerario, 2002) y Puesto que cada día es más de noche (Ya cada día es más de noche, 2006). Luego se citaban la versión en castellano de Salvador Espriu, Remor de cops d'aixada, no la sents? (Llibre de Sinera, Antología de Salvador Espriu, 1972) y la traducción de Horacio, Parcus deorum cultor et infrequens (XXV Odas de Horacio, 1992).





    1. TEXTOS ESCOGIDOS

Antes de hablar de la intervención del propio Enrique Badosa, que era el punto fuerte del acto poético, deseo hacer una breve referencia a sus textos escogidos.


En memoria (Más allá del viento)


Se trata de un soneto perfectamente ejecutado, con un esquema clásico: 11A, 11B, 11B, 11A; 11A, 11B, 11B, 11A; 11C, 11D, 11E; 11C, 11D, 11E, si bien las rimas son bastantes asequibles (ido, ado, ento, ada, ombra), que dice así:


"¿Qué caminos te tienen escondido?

Un roce te apartó de nuestro lado,

y dejaste de andar por un cansado

viento de puertas rotas al olvido.


Hacia un buscarte a ti tan sólo has ido.

Te inicias en tu muerte. Te has llamado

fuera de este lugar acostumbrado.

Te alejas de vivir. Te has conseguido.


¡Qué pronto te apartaba el pensamiento

de nuestra soledad tan acallada.

Pero queda el silencio que te nombra.


Ya recorres, veraz, extraño, lento,

tu plenitud sabida y encontrada,

donde vive en tu luz tu misma sombra."


Bellísima y emotiva composición entre canto y elegía escrita como para él mismo. Los caminos que buscaba ya los habrá encontrado y ahora ya no le perturba ningún olvido. Al alejarse de la vida ha conseguido ser él en todos los sentidos: se ha encontrado a sí mismo. Y aunque el pensamiento nos separaba de él tras su adiós, nos queda su recuerdo que lo tiene siempre presente. Se encuentra por fin en la plenitud que deseaba y “vive en su luz su misma sombra.”