viernes, 23 de octubre de 2020

EL AÑO DE GALDÓS (IV) CARTAS ABIERTAS A DON BENITO. Gabriel Araceli

 

Apreciado don Benito. Un octubre como este de hace quince años, durante un viaje a Madrid para recibir el premio de cuentos El Chiscón por un relato que titulé El jardín secreto de Don Quijote, tuve la fortuna de ver una estatua suya en el Parque del Retiro, obra de Victorio Macho, y era tal la paz que me transmitía su contemplación, que escribí un poema, nada del otro mundo, dedicado a lo que un pedazo de piedra que representa a un escritor que uno siempre ha admirado, podía despertar en el alma de quien lo vuelve a ver vivir en una estatua. Son tantas las ganas que tengo de que usted conozca de primera mano la admiración que siento por su obra, que no me resisto a incluir aquí unos cuantos versos de ese poema antes de revelarle el verdadero motivo de esta carta:

En piedra blanca, como el alma de un niño,

sentado en la paz del Retiro madrileño,

Galdós descansa del trabajo glorioso

de describir con verdad y respeto

la vida de la capital de España

con sus costumbres, virtudes y defectos…

Satisfecho mi deseo y, tras pedirle perdón por mi atrevimiento, paso a comunicarle el verdadero motivo de esta carta. Y no es otro que agradecerle los momentos inolvidables que siempre me producen las aventuras, andanzas, peligros y amores de Gabriel Araceli, que quizá sea el personaje de ficción más entrañable y carismático de sus épico-líricos Episodios Nacionales. Por algo lo convertiría usted en el protagonista narrador de las novelas que componen la Primera Serie, punto de partida de una hermosa colección de relatos (46 nada menos), en cuya creación ocupó usted prácticamente todo el siglo XIX, concretamente desde 1807 a 1898, alternando su escritura con otras obras suyas de igual importancia que le convirtieron en uno de los mejores novelistas españoles seguidores de Cervantes.

Así pues Gabriel Araceli es el punto central de esta carta, y antes de desarrollarlo quiero contarle una anécdota relacionada con él que me ocurrió hace muchos años siendo profesor de literatura en un colegio privado porque a Gabriel le debo haber ganado un concurso de cultura general de modesto alcance entre colegas durante la sobremesa de una cena de Navidad en la que nos acompañaban nuestras respectivas esposas. Tras la serie de preguntas que nos había formulado en voz alta un profesor independiente, y comprobar las respuestas de los cuatro equipos que competíamos, el resultado fue que dos estábamos empatados a puntos: el 2 y el 3. Y como sólo había como premio un objeto de decoración para el que resultara ganador, se decidió que el profesor independiente formulara a los finalistas una última pregunta. Repartió una octavilla en blanco para que los equipos escribiéramos la respuesta y formuló la pregunta, que no era otra que la siguiente: “¿Cuál es el nombre y el apellido del protagonista de Cádiz, Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós?” Mis compañeros de equipo, que ocupábamos la mesa 2,  me miraron inquisitivamente; asentí para su alegría y la mía y escribí la respuesta en la octavilla. Agotado el tiempo otorgado, el interrogador pasó por las dos mesas contendientes a recoger la respuesta. Mientras él volvía a la tarima para dar a conocer el resultado, el corazón me latía a mil por hora. Se hizo un silencio en toda la sala. El profesor leyó en silencio las respuestas de las octavillas y acto seguido dijo: “La respuesta correcta de la pregunta formulada es… Gabriel Araceli. Y el ganador es el equipo de la mesa 2.” 


Y ahora lo que quiero es, como he dicho más arriba, mostrarle mi más sincero agradecimiento por haberme brindado la ocasión de conocer a Gabriel Araceli, mi personaje favorito de sus Episodios, y que conste que hay otros personajes que también me gustan; sólo entre los que pertenecen a la Primera Serie, destacaría, por supuesto en primer lugar, a Inés, la amada del propio Gabriel, a Marcial, a Juan de Dios, al licenciado Lobo, a la condesa Amaranta o a Andrés Marijuán, que es quien pone en antecedentes a Gabriel en Cádiz del heroico sitio de Gerona, en el que había participado y cuyo contenido constituye el Episodio Nacional titulado precisamente así, Gerona.

La vida de Gabriel de niño me recuerda la del Lazarillo, salvando las distancias, claro. ¡Qué acertadamente usted la pinta! Hijo de una pobre mujer viuda que intentaba ganarse el pan lavando la ropa de los marineros, Gabrielillo nunca supo quién fue su padre y pasó su infancia rodeado de los granujillas de los muelles de Cádiz y haciendo de cicerone a los extranjeros. A la muerte de su madre, huyó del pariente que se encargaba de su tutela porque le maltrataba, iniciando una peregrinación por distintas poblaciones, San Fernando, Puerto Real, Medina Sidonia… Y hubiera seguido indefinidamente a no ser porque en esta última ciudad lo tomó como paje don Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de la Marina retirado, que lo llevó consigo a su casa de Vejer de la Frontera. Y aquí cambió radicalmente la suerte y la vida de Gabriel Araceli. En casa del marino jubilado conoció a Marcial, que había participado en diversos combates navales, y, acompañando a los dos hombres, viajaron en secreto a Cádiz, a la casa de doña Flora, hermana de don Alonso, donde llegó a conocer a Churruca, el héroe de la batalla de Trafalgar.

No sé si se lo dije en la primera carta, don Benito, pero por si acaso no lo hice, permítame que le diga que en mi libro de BUP La Lengua Diaria, que sirvió de manual de texto en el colegio privado donde fui profesor, me agradó mucho incluir como lectura de punto de partida para la enseñanza y aprendizaje de la lectura mecánica y comprensiva, vocabulario, ortografía y expresión oral y escrita, precisamente un fragmento de Trafalgar, título que otorgó usted a su primer Episodio Nacional. Se trata de la Lectura VII, que comienza así: “Por todos lados descubríamos navíos dispersos, la mayor parte ingleses, no sin grandes averías y procurando todos alcanzar la costa para refugiarse. También los mismos españoles y franceses, unos desarbolados, otros remolcados por algún barco enemigo. Marcial reconoció en unote éstos al “San Ildefonso”. Vimos flotando en el agua multitud de restos y despojos, como masteleros, cofas, lanchas rotas, escotillas, trozos de balconaje, portas y, por último, avistamos dos infelices marineros que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas, y habrían perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles auxilio. Traídos a bordo del “Trinidad”, volvieron a la vida, que, recobrada después de sentirse en brazos de la muerte, equivale a nacer de nuevo…”


Sabiendo que al instante habrá reconocido el fragmento copiado, me gustaría agradecerle también la técnica que ha empleado usted en éste y otros Episodios Nacionales, así como en el resto de su producción narrativa, especialmente en las que llamó Novelas Contemporáneas, y es utilizar uno de sus personajes ficticios para introducir en la novela, realidad inventada, la realidad histórica y hacer que ambos mundos coexistan en la trama narrativa con la máxima naturalidad. Le recordaré unos cuantos ejemplos extraídos de sus Episodios Nacionales de la Primera Serie. En el primero, Trafalgar, nada más hospedarse, junto con su amo don Alonso y Marcial, en la casa que tiene en Cádiz doña Flora de Cisniega, hermana de don Alonso, tiene la oportunidad de conocer a Churruca, militar que, habiendo nacido en Guipúzcoa en 1765, encontró heroicamente la muerte en la batalla de Trafalgar en octubre de 1805 tras recibir un cañonazo que le voló una pierna, y que póstumamente fue nombrado almirante.

 En La corte de Carlos IV, vemos a Gabriel ya con 16 años de edad, sirviendo en su casa de Madrid a la actriz Pepita González, circunstancia que le permite describir la vida de los cómicos y de los teatros de principios del siglo XIX, incluido el estreno de la famosa comedia de Leandro Fernández de Moratín El sí de las niñas. En esas tertulias que se celebran en casa de doña Pepita se habla también de política y de las intrigas de la Corte que favorecen al Príncipe de Asturias, conspiración encaminada a destronar a Carlos IV. 

En El 19 de marzo y el 2 de mayo, Gabriel, muerta doña Juana, supuesta madre de su amada Inés y llevada ésta a Aranjuez por don Celestino de Malvar, que ha sido nombrado cura ecónomo del Real Sitio, a visitarla algunos domingos, y uno de éstos se ve envuelto por el motín contra Godoy, primer ministro del Rey, del 19 de marzo de 1808, perpetrado por los partidarios fernandinos, motín que usted, don Benito, le hace describir magistralmente. 


En Cádiz, Gabriel, que sirve en la guarnición de la Isla, acude, cuando está libre de servicio, a casa de doña Flora, en la que llega a conocer a los poetas Quintana y Arriaza; el primero (Madrid, 1722- 1857), fue amigo de Jovellanos y autor, entre otras, de la famosa oda Al combate de Trafalgar y del drama Pelayo; Arriaza (Madrid, 1770- 1837) fue en su juventud oficial de marina y autor de poemas neoclásicos y prerrománticos, como La tempestad y la guerra, inspirada también por la batalla naval de Trafalgar, o Recuerdos del Dos de Mayo. 

El último caso pertenece a La batalla de los Arapiles, donde, como usted muy bien dice, Gabriel ya sólo soñaba en librar a su amada Inés de las adversidades que la hacían sufrir sobremanera y casarse con ella. Pues bien, en este Episodio Nacional, Gabriel, ya hecho un hombre, se ofrece de voluntario al duque de Wellington para entrar en Salamanca y hacer un rápido croquis de los planos de las fortificaciones de los franceses; primero disfrazado de aldeano consigue burlar a la guardia francesa y luego, una vez dibujados los planos de defensa, sale disfrazado de juglar como sus acompañantes. Wellington (Dublín, 1769-Walmer, 1852) fue un militar, político y estadista británico que participó en las guerras napoleónicas en coalición con España. 


Ahora que acabo de destacar estos casos en que Gabriel Araceli, personaje inventado por usted, introduce en la trama narrativa ficticia ilustres personajes de la realidad histórica, no puedo evitar recordar con qué realismo y emoción hace un retrato completo de Churruca, del cual copio el fragmento siguiente: “Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo. Más que guerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que, sin duda, encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que, sin duda, contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, aquel hombre tenía tanto corazón como inteligencia. Era Churruca.” 

Enhorabuena mil veces, don Benito, por esa fuerza arrebatadora que mezcló tan sabiamente en su escritura con la belleza más exquisita y la emoción más entrañable.

jueves, 8 de octubre de 2020

EL AÑO DE GALDÓS (III) CARTAS ABIERTAS A DON BENITO. La mujer

 

 


Apreciado don Benito. Soy un sencillo profesor de Literatura jubilado de forma diferente a la suya, pues usted disfruta de la merecida jubilación. Un profesor del montón después de escoger que quisiera, si me permite que le quite un poquito de esa paz que está gozando, darle las gracias por retratar tan fielmente la vida española de finales del siglo XIX, que, pese a todos los detractores que tuvo que sufrir en su tiempo, continúa estando vigente en pleno siglo XXI. 


Los temas que usted tan justa y honestamente trata en sus novelas, desde el amor, los celos o el adulterio hasta la caridad, la amistad, el dolor, la enfermedad o la muerte, relacionados todos con la condición humana, sin olvidar la cultura, la sociedad y la política a la que pertenecen los hombres y las mujeres que llenan de vida sus páginas, trajinando sin parar y mostrando directamente sus defectos y virtudes; los temas, digo, de sus novelas son los de siempre, los que ya trató Cervantes, su maestro español favorito, en las aventuras y desventuras de Don Quijote y Sancho Panza, que representan respectivamente la idealización de la realidad y la propia realidad, franca y cruda, y los que tratarían después sus propios discípulos, don Benito; discípulos entre los que se cuentan, en la generación que siguió a la suya, Azorín, Baroja o Unamuno; posteriormente, Cela, Delibes, Gironella, Zunzunegui…, y ya en nuestros días, Rafael Chirbes, Almudena Grandes, Fernando Aramburu o Javier Cercas, por no hacer la enumeración de nombres demasiado larga. Gracias por todo ello, don Benito.


Y gracias, en especial, por haber contado con la mujer como protagonista o personaje principal de muchas de sus narraciones. Y en este último detalle quiero centrar el motivo de mi carta. Muchas son las novelas que ya tituló usted con nombre propio de mujer: Gloria, Halma, Marianela, Fortunata y Jacinta, Doña Perfecta, Tristana…, y también son abundantes las novelas que tienen como protagonistas a mujeres de toda condición social y humana: María Egipciaca ( en La familia de León Roch), Isidora Rufete ( en La desheredada), Amparito Emperador o Tormento, como la llama el sacerdote D. Pedro Polo ( en Tormento), Doña Rosita Pipaón ( en La de Bringas), que ya había hecho usted aparecer en la novela anteriormente citada junto a su esposo D. Francisco Bringas, Camila (en Lo prohibido) y Benigna, Benina o simplemente Nina ( en Misericordia).


Y antes de terminar esta primera carta, quisiera destacar la figura de la última mujer mencionada, Benina, como otros personajes de la novela gustan llamarla, porque en ella ha cifrado usted una de las virtudes más generosas que un ser humano puede mostrar aun en sus momentos más desgraciados. Pues, encariñada con su antigua señora doña Francisca Juárez, viuda que se encuentra en un estado lamentable de pobreza (perdóneme por citar los datos que tan bien conoce porque son suyos), gasta sus propios ahorrillos para mantenerla y, cuando éstos se acaban, se dedica a mendigar por las calles para seguir ayudando a doña Francisca, a quien miente diciendo que hace de asistenta en casa de un sacerdote llamado D. Romualdo, todo inventado por Benina para que su antigua señora no sepa que está ejerciendo la mendicidad. A Benigna le dio usted un corazón que no le cabía en el pecho, capaz no sólo de llegar a contraer pequeñas deudas por doña Francisca, sino también de manifestar su bonachona caridad a otras personas de la novela, como Obdulia, la propia hija de doña Francisca, casada con un sinvergüenza que la tiene muerta de hambre, o Frasquito Pontes, un caballero arruinado (“Persona más inofensiva no creo haya existido nunca; más inútil, tampoco”, son dos de la abundancia de  calificativos que usted le dedica).


Además, por medio de la señá Benina, usted no sólo pinta excelentemente la mendicidad en Madrid en el siglo XIX, sino también denuncia sin  paliativos las costumbres de la picaresca de entonces (en este detalle, don Benito,  demuestra usted soberbiamente la provechosa lectura de nuestros clásicos de los siglos XVI y XVII, del Lazarillo, de Guzmán de Alfarache, de Quevedo o del propio Cervantes, su verdadero mentor), que explota la caridad especialmente en las puertas de los templos de la capital de España. Quizá el tipo más elocuente de esa mendicidad sea el ciego Almudena, personaje que, cuando leí la novela para explicársela a mis alumnos, me hizo pensar inmediatamente en el ciego del Lazarillo, sin que llegue a poseer su malicia, desde luego.

Y acabo constatando asimismo que, al lado de esa caridad, que es amor sagrado en  Benigna (¡qué bien, por cierto, ha elegido usted el nombre de su protagonista, cuyos sinónimos son bien elocuentes: benévola, bondadosa, indulgente, complaciente, propicia, magnánimo, misericordiosa!); al lado de eso, usted ha contrapuesto al final de la novela, sabiamente, la ingratitud (desagradecimiento, egoísmo) de doña Francisca que, al recibir una herencia que la hace rica, lejos de acoger de nuevo en su casa a la persona que le dio todo lo que tenía por ayudarla cuando era pobre de solemnidad, tranquiliza su conciencia con la mezquindad de asignarle una pensión de dos reales diarios y prometerle gestionar su ingreso en la Casa de Misericordia. Misericordia, título irónico de la novela.


 

Gracias nuevamente, don Benito. Y siga gozando de la jubilación eterna.

lunes, 21 de septiembre de 2020

EL AÑO DE GALDÓS (II)

 

ASCENDIENTES VASCOS DE BENITO PÉREZ GALDÓS



Queriendo documentarse nuestro mejor novelista del siglo XIX Benito Pérez Galdós (1843-1920) para escribir Zumalacárregui (1898), uno de sus Episodios Nacionales más conocidos sobre la Guerra Carlista y al que pertenece el siguiente fragmento: “Cerca ya de Peralta, los disparos que oyeron y la columna de negro humo que del pueblo salía, enroscándose, pausada y lúgubre, les anunciaron que Zumalacárregui había mandado atacar el fuerte defendido por los urbanos. Si tenaces y fieros eran los sitiadores, no les iban en zaga los de dentro, mandados por un tal Iracheta, de casta de leones. Ansioso de ver de cerca el combate, saltó Fago de la galera y adelantose al pueblo. Sentía inexplicable comezón de impresiones trágicas, y anhelo de ver que el furor de los hombres con toda fuerza se desplegara. Y sin darse cuenta de lo mal que cuadraba esta querencia con su anterior propósito de recobrar la quietud del alma, obra del estudio y la oración, su mente, no bien curada aún de la fiebre poemática, ansiaba el espectáculo de la historia viva, de la página contemplada antes de perder en las manos del historiador el encanto de la realidad.” Queriendo, digo, documentarse para escribir dicho Episodio Nacional, nuestro novelista fue a ver a su amigo Vázquez Mella (1861-1928), que era un erudito sobre el tema.


Vázquez Mella le dio información suficiente sobre poblaciones que habían sido teatro de las guerras carlistas como Cegama, Pamplona, Estella, Viana o Azpeitia, entre otras. Y hacia allí viajó. En Azpeitia había nacido su abuelo materno, don Domingo Galdós y Alcorta, y sentía el cronista deseos de conocer la villa, que le pareció feísima, con las casas altas y sombrías, pese a que en su iglesia parroquial se conservaba la pila bautismal donde fue cristianado san Ignacio de Loyola (1491- 1556). Allí buscó rastros de sus ancestros, pero según le dijeron los últimos Galdós se habían ausentado de Azpeitia algunos años antes y la madre Ignacia Galdós del convento de dominicas de la población había pasado a mejor vida cuatro años antes.


En Cegama visitó Galdós al cura don Miguel Zumalacárregui, sobrino del famoso militar que había muerto en la población en junio de 1835, al regresar malherido del primer sitio de Bilbao. En Cegama vio Galdós la habitación donde Zumalacárregui había muerto. Allí permanecía la misma cama cubierta con una colcha de damasco amarillo. También contempló el escritor en la iglesia parroquial el sepulcro del general carlista, coronado por una estatua suya que no mostraba “la severa gallardía y arrogancia de aquella figura que con un gesto y una voz conducía a sus huestes a encarnizadas peleas.”


 

 

martes, 8 de septiembre de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO La Barcelona de ayer (2)

 

 

                         

                            La ruta semanal

La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas duras que inyectaban furiosos los exámenes.

El resto era volver a los amigos,  al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales  de la música dulce de San Remo.

El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida.

Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.

 

                       Ella, al fin

Al fin la conocí. Ella era la vida,  la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza.

Fue en la marabunta de la música y el ron con cocacola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa del amigo pintor cuando sus padres se iban de fin de semana a su segunda residencia.

Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda  bailable y bailarina y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia.

Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera.

 


                     Dulces retornos

El tranvía  me llevaba cansado al otro extremo  de la ciudad. El sereno acudía a mi llamada, golpeando la acera con el chuzo y agitando las llaves de la noche, mientras todo el mundo perseguía al Fugitivo en su televisión particular.

Después caía en la cama como un Orfeo que ha abrazado a su Eurídice y sueña que el infierno es un regreso constante a las delicias del Olimpo.

¡Qué tiempos cuando el alma se inundaba de música de disco (el Richard Anthony de “Aranjuez mon amour”) y mi cuerpo ardía mientras iba a buscarla a su trabajo!

Un dios Pan, disfrazado de estudiante con apuntes del Cid y cien poemas temblando por hallar sus cauces vivos, era yo camino de sus besos.

¡Qué retornos más dulces a la casa con la brisa de su pelo enredada aún en el mío, con el gusto a manzana de sus labios aún besando la fiebre de los míos!

Nostalgia inútil, te odio, pero te amo también porque el recuerdo me da vida.

 



                             Horta

Y viviendo la luz que me dio ella,  otro barrio brilló bajo mis pies: su nombre, Horta, de casas y torres con glicinias y pisos heridos de aluminosis; de plazas donde el pueblo compartía su tipismo con fuet y con sardanas, de cines donde ardíamos sin ver las películas que proyectaban en los cines románticos: Diamante, Astor, Virrey, Venecia, Horta, Maragall, Odeón... . Y bailes donde juntábamos volcanes de deseos con músicas melódicas en tanto que la tarde, mareada, daba fe  del amor enredado en nuestras yedras.

 


                            Garraf

Y en tiempos de toalla y mar amigo, de arena y bronce gratis, nos armábamos de paciencia infinita y de nevera portátil, y cogíamos el tren para Garraf.

Era casi imposible echar el cuerpo a la larga sobre la arena entre tanta carne puesta al asador, y apenas la toalla señalaba el candor de nuestra piel.

El agua, acometida, se quejaba de tanta pierna y tanto brazo, era como entrar en la gresca de un buen caldo.

Pero pronto, recogidos los útiles, monte arriba, entre pinos, requeríamos un refugio tranquilo para comer y echar la siesta luego.

¡Un paraíso al alcance de Romeo y Julieta! 

 


El nubarrón

No todo era soñar y dar los pasos por sendas florecidas, vino y arte en aquel sesenta y cinco de la luz que vino a deslumbrar aun más mi vida.

Había un nubarrón que amenazaba la mies de la familia, un nubarrón inexorable, una termita hambrienta dispuesta a socavar la luz de casa.

El hospital artístico, de cúpulas de fresa que yo había conocido, fue también bisturí y convalecencia para el padre operado.

Y la termita que roía el pilar de su estatura siguió sembrando el luto agazapada, mordiendo, devorando amor y tiempo.

 


                      Dios no disponible

Dios no estaba nunca disponible. Busqué su compañía en las iglesias, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio; de día, cuando todo es más abierto y la luz unge labios y miradas; de noche, cuando el miedo se hace pánico y el pánico sepulcro de deseos.

Las clases eran humo donde Góngora luchaba por lucir sus “Soledades”. Nada, nada lograba detener mis ríos de tristeza, la esperanza era una lluvia sucia que se hundía en las bocas del alcantarillado.

Y Dios no estaba en las iglesias, no estaba en ningún sitio, despachaba ignorancias y olvidos. Yo no iba a pedirle milagros, sólo tiempo, un poco más de tiempo para el hombre que me había traído a  la ciudad un año antes. ¡Tan sólo tiempo, tiempo! Y el tiempo era ya humo para él.

Y aunque Dios no quería oírme, le dije de todo menos “Dios”,  por las calles, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio, y en las iglesias donde sólo estaba el tedioso silencio de su ausencia.

 



                                Cómplices silencios

Y empezamos en casa a practicar los cómplices silencios que amortiguan el llanto y el dolor, las frías sombras que amenazan de muerte al hombre bueno que ha sido para ti un dios tranquilo, la mano que alzó un día el andamiaje de tu propia estatura, que dio pan de sueño a tu niñez.

Y planeamos meriendas a Las Planas, donde el padre reía débilmente, acaso cómplice también del disimulo, como magia para alargar el trágico momento, y elevaba el porrón para que el vino le bendijera como en años más jóvenes.

Y al Tibidabo, donde los espejos cóncavos nos partían de risa y él soñaba aún con primaveras y viajes subido al avión y viendo el mar al fondo de la niebla, tras las grises avenidas de nuestra gran ciudad.

 


          Tristeza

Yo no disfrutaba con los cuadros que pintábamos por los alrededores, estaciones en ruinas, campos rubios,  barcos desahuciados o masías con perros que espantaban nuestras telas.

Ni comprando en Canuda libros viejos con pétalos de rosas en sus páginas y tarjetas postales con Colón apuntando hacia el mar, y entradas rotas del Liceo, y estampas y billetes que nunca más compraron...

Yo no disfrutaba con los vinos de Las Botas.  Ni los versos procaces de Espronceda,  ni los chistes subidos distraían la alarma de mi pena.

Sabía que más tarde o más temprano no podría acallar más la morfina los perros de la muerte. Que mi padre, cansado de luchar contra el dolor, cerraría las puertas al verano, y, las manos en cruz sobre su pecho, iniciaría la ruta de la seda.

 


                        La muerte

Lejos de la gran ciudad, de la casa donde la muerte estaba gobernando, una noche de mili encabronada escuché la noticia bien sabida.

Un tren de medianoche atravesó tierras y lágrimas sin un descanso.

En mi macuto ardían cien poemas de rabia contra Dios, contra la vida, contra la primavera que incendiaba los campos de lujuria.

Llegué, limpio de llantos, hasta el lecho donde el padre aguardaba mis besos, mis palabras, tal vez la confesión de que él había significado todo para mí. Pero nada dije, nada hice sino mirarlo lentamente como quien ve partir el barco que un día lo había traído hasta esta orilla.

Más tarde, cuando dejamos su envoltura corporal en el gris Cementerio de Montjuic, supe bien que cualquier descubrimiento lleva luz a las almas y penumbras, y que los cuerpos crecen con heridas que la vida les va abriendo sin causa, como letra obligada en un poema.

 


                             Bálsamo

Menos mal que el amor es puro bálsamo y su ternura aligera cualquier herida . Si no, todo habría sido un tobogán hacia el odio del vino y la desidia.

Las Ramblas de los pájaros, las Ramblas por donde el mundo entero se codea entre razas y lenguas de Babel, fueron ojos de mi florecimiento, oídos de mi amor. (La pena ardía entre sus manos blancas hasta hacerse ceniza de ternura.)

Ella me hablaba de barcos y gaviotas que tenían nombres de personas que queríamos, mientras la “golondrina” se alejaba por la dársena azul hacia los cubos grises del rompeolas, y su estela era el limpio recuerdo de una vida que nos seguía mar adentro, como el eco de la voz que nos hablaba momentos antes.

Ella lo decía y yo me lo creía. ¡Puro bálsamo!

 



                   Amor en todas partes

Y Montjuic me mostraba sus rincones con la procacidad del primer día, los arcos del Museo Arqueológico, la Font del Gat llorando cantos viejos, la grata Rosaleda, el Teatre Grec... y en todas partes era fácil, libre, el beso, el desamarre del amor, en todas partes dábamos fe viva de que la soledad más triste canta y explota cuando hierve en luz la sangre, si otra sangre baila con la tuya.

Y si no era Montjuic, era el Parc Güell, la piedra vuelta loca en maceteros, en arcos, en columnas, en la gracia que aquel loco arquitecto de inquietudes y sueños sembró en el corazón de Barcelona.

En todas partes ella hacía de mí una soledad pequeña, una elegía menos triste y más alta y más auténtica.

 


                          Los amigos

Y los amigos siguieron siendo amigos, compartiendo conmigo endiosadas ebriedades, poemas y pinturas. Fueron manos sinceras que aguantaron mi caída cuando yo estaba herido de tristeza y era como un pájaro en la lluvia.

Pero a unos unas cosas y otras cosas a otros, los fueron apartando del camino común, y sólo a veces, y muy pocos amigos, solíamos encontrarnos en Parés o en la Cueva del vino y recordábamos con los ojos brillantes nuestras juergas pacíficas.

El amigo pintor y yo, los más asiduos, cruzábamos a veces nuestras miradas sabiendo que algo puro, vivo, auténtico, a punto estaba de desvanecerse como el perfume de una dama hermosa que deja nuestro cuarto tras amarnos, como si aquella Barcelona amada estuviera diciéndonos adiós.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

EL AÑO DE GALDÓS (I)




Ahora que  hace unos días en casa releíamos Fortunata y Jacinta, y sobre la novela y sus tres principales personajes, Fortunata, Jacinta y Juanito Santa Cruz, hablábamos apasionadamente, caigo en la cuenta de que, así como a Delibes (se cumple este año el centenario de su nacimiento) le he dedicado unas cuantas entradas en mi blog para recordarlo, voy a hacer lo mismo con Galdós porque en este año 2020 se cumple también el centenario de su muerte.





De Galdós y sus lecturas guardo hermosos recuerdos, casi todos referidos a mi vida como docente, aunque también hay recuerdos que me llevan a mi adolescencia y vida de estudiante, cuando descubrí La sombra, un relato fantástico inspirado en otros escritores de mi preferencia entonces, entre otros, Hoffmann y  Poe, pero también en Cervantes (de su novela El extremeño celoso, extrajo Gldós el nombre del protagonista) y, sobre todo, de los cuentos de bruja que leyó en su infancia.

El doctor Anselmo es una especie de Fausto español, cuyos celos le atormentan tanto que se materializan en una sombra que lo persigue a todas partes. Pero eso es un pretexto para hablarnos de misterios, mitología, arte y aventuras fantásticas.
He aquí algunos datos sobre la vida del doctor Anselmo:
“Vivía de cierta módica pensión que le daban no sabemos dónde, y de los cuartejos que había realizado vendiendo los últimos restos de su fortuna. Parecía, en resumen, uno de esos eremitas de la ciencia, que se aniquilan víctimas de su celo, y se espiritualizan, perdiendo poco a poco hasta la vulgar corteza de hombres corrientes, y haciéndose unos majaderos que sirven para pocas cosas útiles, y entre ellas para hacer reír a los desocupados. Su hábito, su temperamento, su personalidad era la narración. Cuando contaba algo, era él, era el doctor Anselmo en su genuina forma y exacta expresión. Sus narraciones eran por lo general parecidas a las sobrenaturales y fabulosas empresas de la caballería andante, si bien teniendo por principal fundamento sucesos de la vida actual, que él elevaba a lo maravilloso con el vuelo de su fantasía. Al contar estas cosas, siempre referentes a algún pasaje de su vida, ponía en juego los más caprichosos recursos de la retórica y un copioso caudal de retazos eruditos que desembuchaba aquí y allí con gran desenfado. Su estilo no carecía de arte, siendo por lo general difuso, vivo y pintoresco.”


También leí en mi época de estudiante algunas novelas sentimentales y costumbristas, la más importante de las cuales es Misericordia, de la que guardo un  recuerdo entrañable, centrado en la señá Benigna (Benina o Nina), el prototipo femenino de la caridad cristiana. De ella dice Galdós:
“Respondía al nombre de la señá Benina y era la más callada y humilde de la cominidad, si así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los parroquianos que entraban o salían; en los repartos, aun siendo leoninos, nunca formuló protesta, no se la vio siguiendo de cerca ni de lejos la bandera turbulenta y demagógica de la Burlada. Con todas y con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con miramiento a la Casiana, con respeto al Cojo, y únicamente se permitía trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia, con el ciego llamado Almudena (todos estos nombres mencionados son de personas que iban a pedir como la Benina), del cual, por el pronto, no diré más sino que es árabe (…). Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante. (…) Eran sus manos como de lavandera, y aún conservaban hánitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la frente; sobre ella, pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en penitencia. Faltábale sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si bien podría creerse que hacía las veces de ésta el lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo.”

Y un par de Episodios Nacionales, Trafalgar y Zaragoza, cuyo protagonista es Gabriel Araceli (personaje ficticio), un muchacho gaditano, huérfano para más señas, que cuenta en primera persona y desde su peculiar punto de vista lo que sucede en torno suyo y en ocasiones muy cerca de él. De un momento del sitio de Zaragoza dice:
“Los franceses nos abrasaron con un fuego espantoso, porque, viendo que el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo, llegando al borde mismo del foso. Era locura tratar de tapar aquel hueco formidable, y, hacerlo a pecho descubierto, era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible: se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por la lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído deseamos unánimemente la vida, y, saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara, enterrándonos a todos.” 



Pero fue en mi etapa de profesor de Literatura donde me interesé más por la figura del escritor canario y su obra centrada preferentemente en el Madrid decimonónico, si bien en mi libro La lengua diaria ya había incluido en uno de sus capítulos un fragmento de Trafalgar como punto de partida para estudiar los diversos aspectos de la lengua, lectura oral y comprensiva, vocabulario y expresión escrita. Éste:
“Por todos lados descubríamos navíos dispersos, la mayor parte ingleses, no sin grandes averías y procurando todos alcanzar la costa para refugiarse. También los mismos españoles y franceses, unos desarbolados, otros remolcados por algún barco enemigo. Marcial reconoció en uno de éstos al “San Ildefonso”. Vimos flotando en el agua multitud de restos y despojos, como masteleros, cofas, lanchas rotas, escotillas, trozos de balconaje, portas, y, por último, avistamos dos infelices marineros que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas, y habrían perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles auxilio. Traídos a bordo del “Trinidad”, volvieron a la vida, que recobrada después de sentirse en los brazos de la muerte, equivale a nacer de nuevo.
“El día pasó entre agonías y esperanzas; ya nos parecía que era indispensable el trasbordo a un buque inglés para salvarnos, ya creíamos posible conservar el nuestro.”

En resumidas cuentas, Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria,1843- Madrid, 1920), como persona fue liberal y amante de su país, y como novelista intentó reformar lo que no le agradaba de lo que sucedía a su alrededor, suponiendo que el conocimiento de los problemas y el planteamiento de los mismos por escrito podría ayudar a solucionarlos. Y empezó su labor en el pasado más reciente, escribiendo los citados Episodios Nacionales, comenzando con la batalla naval de Trafalgar (1805) , en que España y Francia se aliaron para luchar contra Inglaterra, y acabándololos aproximadamente setenta años más tarde, coincidiendo con la Restauración de la monarquía borbónica.
Aí pues, ese Madrid decimonónico está presente ya en muchos Episodios Nacionales ( El 19 de marzo y el 2 de mayo, El equipaje del rey José, La estafeta romántica, Prim, España trágica…) y en gran parte de sus novelas ( Miau, Fortunata y Jacinta, La desheredada, Misericordia, Nazarín, las novelas que tienen de referencia la figura de Torquemada…)
Tal vez sea Fortunata y Jacinta la novela de Madrid. La capital de España, como centro y resumen del vivir español, fue el escenario elegido por Galdós para hablar de las diversas clases sociales que conviven en ella, desde la aristocracia venida a menos hasta los mendigos y gente de mal vivir, sin olvidar a los clérigos, a los burgueses adinerados, a los funcionarios que aparentar tener lo que no tienen, a los comerciantes que malviven con sus pequeñas tiendas o los que sobreviven de un escaso jornal…, todos obligados a cumplir las leyes sociales (recordemos, a propósito, lo que Fortunata, verdadera protagonista de la novela, perteneciente al pueblo madrileño, tantas veces viéndose obligado a vivir marginado, tiene que hacer antes de morir: entregar a su hijo al matrimonio Santa Cruz, formado por Jacinta (de los Arnáiz) y Juanito (de los Santa Cruz), pertenecientes a sendas familias de la burguesía adinerada.

Me gusta destacar siempre un par de fragmentos de la novela que se refieren sendos personajes de cierta edad donde Galdós, instalado en su provecta vejez, se retrata a sí mismo. Uno es Evaristo González Feijóo que aconseja varias veces a Fortunata a que se vaya a vivir con su marido Maximiliano e intente vivir tranquila y pendiente de los asuntos de su casa y su familia,  sin pensar en el calavera de Juanito, que sólo puede traerle desgracias.
“Era un hombre de edad, solterón, y vivía desahogadamente de sus rentas. Era el único individuo de la tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero. Hacía gala de ser tolerante con el amor. Por eso no se quiso casar. No olvidemos que Feijóo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casan y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos al filo mismo de su santísima voluntad.”
El otro personaje es Plácido Estupiñá, empleado de los Arnáiz y ejemplo del pequeño comerciante, que parecía ser un frecuente asiduo de las tertulias que tenían lugar en muchas tiendas de Madrid y con cuya presencia se animaban las conversaciones. Y cuando dejó de trabajar para Arnáiz para montar su propia tienda de bayetas y paños en la Plaza Mayor, “su tertulia fue la más dicharachera de todo el barrio.” La cosa es que Galdós, al referirse al Estupiñá de las tertulias de antaño, dice de él:
“En 1871 conocí a este hombre que fundaba su vanidad en haber visto toda la historia de España en el presente siglo. Había venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como éste, el 19 de julio del citado año. Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos: --Vi a José Primero como le estoy viendo a usted ahora. Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: --¿Vio usted al duque de Angulema, a lord Wllington…? –Pues ya lo creo—su contestación era siempre la misma--: Como le estoy viendo a usted.”


martes, 4 de agosto de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. La Barcelona de ayer (1)





Hace unos días volví a Barcelona y experimenté una sensación de tristeza al ver el cambio desfavorable que ha dado su aspecto exterior (muy moderno y todo lo que se quiera, pero falto de alegría y humanidad) y la forma de vivir de muchos de sus habitantes, un tanto depreocupada y sólo atenta a sus intereses personales en perjuicido de la buena convivencia de la comunidad en general, y no sólo me refiero a la influencia que ha causado en ella la pandemia del coronavirus, que sigue dejando su terrible huella. 

A consecuencia de todo ello, no he podido evitar que aflore en mí la nostalgia de la Barcelona de ayer, cuando un verano como éste hace ya más de cincuenta años, empezamos aquí una nueva vida llena de ilusiones y proyectos. Notalgia que expongo en forma de pequeñas instantáneas vitales.



La estación de Francia
Una de las primeras cosas que vi al llegar a Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas  y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.
Los cuatro viajeros de entonces alucinábamos ante la imparable cascada de habla y etnia junto al tren, en aquella estación de puertas libres. Eso fue lo primero: la preclara, libre apertura hacia verdades vivas.



El sitio de la casa 
El sitio de la casa, luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) El piso en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)
Y también aprendía de los míos: cinco hermanos ardiendo en sueños..., y los padres  haciendo lo posible por que se cumplieran. Versos hablan con gratitud de aquellos manantiales de esperanza.
El mar
Pero también del mar en Can Tunis, al pie del Cementerio de Montjuic,  el agua alegre  brillando en nuestros cuerpos. Era verano y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, les daría humo de versos,  y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.


Nombres
Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan  del estudio del amigo pintor donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza.
La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, en torno a cuya estatua solíamos librar batallas de sueños, versos, y galerías de arte.
Y el tranvía, sin dejar de soñar con la gloria,  nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas.
Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarro, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.



Brillos de diamante
Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la nostalgia inútil. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían  sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común,  por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, a los barrios de las tentaciones del cuerpo y del arte.
Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles.
Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas  a las musas, mientras uno perdía lápices en Cristos agonizantes y mujeres desnudas, otro buscaba sus minotauros, un tercero soñaba con París, una flotaba en nubes de Picasso y el amigo pintor la dibujaba con pinceles  impregnados del óleo eterno del corazón.

 
El refugio
Las inocentes ebriedades duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de amor y de magia.
En el estudio  pasábamos el tiempo hablando de Dios, del arte, del amor y el erotismo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso con pasión.


El Mercadillo de los libros
Como también recuerdo el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio. Libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de inaciable estudiante y de poeta.
El amigo pintor me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños...  Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar, entre los labios,  arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.


Aquel 64
Aquel 64 del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas,  de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Martí de Riquer, Blecua , Castro Calvo..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio...
Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia.
Aquel 64 del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi cerebro.


La ciudad en invierno
Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso  con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia  y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche, a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios.
Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas...
Era todo la fiebre de la edad,  que lo mismo encendía nuestra sangre joven que alzaba el corazón del alma a los altares.


Sitges
O nos daba de pronto por cambiar  de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia, de arte y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat.
Comíamos entonces  bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras quemaba  los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo.
Hay fotos que dan fe de aquellos días,  y humos de cigarros y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.