miércoles, 25 de junio de 2014

CUENTAS PARA UN COLLAR DE LONDRES

Del reciente viaje efectuado a Londres me he traído un buen montón de cuentas para formar un collar digno de su belleza. Aquí están las primeras.





 Empezar el recorrido de la National Gallery por Leonardo da Vinci (el Cartón de Burlington House) es abrir el corazón sin reserva alguna al mundo de la belleza y el arte. Es asistir al parto de la luz más auténtica en la penumbra de la cueva de Platón.
 Y seguir por Rafael (la Virgen con el Niño y san Juan) es entrar de lleno en la claridad que alumbra el más hermético de los silencios.
Claro que al rato la Coronación de espinas del Bosco introduce en el arte pictórico el guiño sin paliativos de la ironía y el humor, a modo de greguería o relángrafo de la belleza. Si no, repárese en los cuatro personajes que rodean a Jesús: uno con un collar de púas al cuello, como un perro guardián de ovejas; otro con el turbante atravesado por una flecha y poniendo la corona de espinas con una mano acorazada; el del ángulo inferior derecho desvistiendo al Salvador y el del ángulo contrario riendo con su barbita de chivo raída y blanca.
Más sorpresas: Piero de la Francesca en su Natividad inacabada e incompleta sacó tiempo para posar una urraca perfectamente acabada (sólo le falta graznar) sobre el tejadillo del Portal.

En cuanto a la Venus de Boticelli, se ha vestido después de llegar a tierra desnuda como el arte y la mitología la creó a bordo de una concha gigante para velar la siesta de Marte, dios de la guerra (¿hace falta añadir de qué guerra se trata aquí viendo cómo los risueños faunillos retozan con las armas del guerrero?).











viernes, 20 de junio de 2014

TRES NOTICIAS DE JUNIO



En menos de tres días de junio han tenido lugar tres noticias que darán la vuelta al mundo: una, deportiva, y es la eliminación del equipo de fútbol de España de la Copa del Mundo que se celebra en Brasil, y en la primera fase del campeonato; de campeona del mundo en 2010 a triste y pobremente eliminada en 2014; la pregunta es: en estos cuatro años que han transcurrido desde la feliz proclamación de campeones del mundo, ¿ha llegado el momento de dar las gracias a los futbolistas que nos dieron esa alegría y, una vez despedidas las viejas glorias con honores, dejar paso a la segunda generación de futbolistas, que vienen más fuertes y jóvenes y más ambiciosos?
La segunda noticia, de tono político, es la abdicación de Juan Carlos I y la coronación del príncipe heredero, que reinará con el nombre de Felipe VI. Y me viene a las mentes otra pregunta: ¿ha llegado el momento de aceptar una España unida pero diversa y, por lo tanto, sujeta a cambios importantes que harán nuestro país más moderno y abierto a aspiraciones diferentes de sus pueblos dentro de la ley y el marco de la Constitución, cuya obediencia habrá jurado el nuevo monarca?



La tercera y última noticia, ésta de condición artística, tiene que ver con la exposición que ofrece la Caixa Forum de Barcelona sobre el pintor Sorolla y que tuve la suerte de presenciar a mi vuelta del viaje a Londres. Borracho del arte pictórico que pude presenciar en la capital británica en lugares tan emblemáticos como la Tate Modern, la Nacional Gallery o la Wallace Colection, la visión de estos cuadros del mar de uno de nuestros mejores pintores del siglo XIX y principios del XX, representa un relax modesto donde los reflejos y la luz del agua y las ropas de los personajes que se enmarcan en el mar es lo más significativo.

lunes, 2 de junio de 2014

EL REY HACE MUTIS POR EL FORO





Hoy, 2 de junio, con el tiempo algo más revuelto y el viento como protagonista, ha saltado a los medios la que será sin duda la noticia política española más importante del año: la abdicación de la corona del rey Juan Carlos a favor del Príncipe heredero, que subirá al trono con el nombre de Felipe VI. La noticia ha generado todo tipo de comentarios, unos positivos y otros no tanto (los exaltados ya hablan de hacer un referéndum para votar o monarquía o república; este país no tiene remedio en lo que a algunos aficionados a la política se refiere). 
Yo me quedo con los positivos y aporto mi pequeño granito de arena. La decisión de Juan Carlos I es acertada. Los tiempos que corren no son buenos para nuestra Monarquía después de los graves resbalones delictivos del yerno del Rey y, presuntamente, de su hija la infanta doña Elena, a quien el juez Castro insiste en imputarla en el archiconocido caso Nóos, y de los no tan graves, pero igualmente decisivos en la infravaloración de la Corona, experimentados por el propio Monarca, que le llevó incluso a reconocer ante las cámaras sus errores y a pedir disculpas a todos los españoles.
Así que lo mejor es que Juan Carlos I, que ojalá la historia no le discuta el lugar que le corresponde por haber favorecido la implantación de la democracia en nuestro país y salvaguardarla en un momento tan delicado como fue el intento de golpe de estado del 23 F, salga de la escena política sin excesivo ruido y con la elegancia y simpatía de que ha hecho gala en multitud de veces y deje actuar libremente al futuro Rey de España, que vigor, experiencia y rectitud de intenciones no le faltan.

martes, 13 de mayo de 2014

MEMORIAS DE UN JUBILADO Recuerdo de Mercedes Salisachs




El pasado jueves, 8 de mayo, fallecía la novelista catalana Mercedes Salisachs (había nacido en Barcelona en 1916), de la que guardo un recuerdo muy entrañable pues fue ella quien me entregó el trofeo del Premio de Poesía Don Balón en 1987 en el marco incomparable del Ritz barcelonés y en una ceremonia conducida por el también prestigioso periodista Luis del Olmo; formaban parte del jurado entre otros Manuel Alcántara, Pedro Ruiz y Joan Manuel Serrat, con quienes años después yo mismo formaría parte del jurado encargado de seleccionar los poemas que concurrieron a las convocatorias sucesivas del Premio.
Volviendo al recuerdo que conservo de aquella noche tan importante para mí, me viene a la memoria la exquisita figura de Mercedes Salisachs, bella, menuda y risueña,  de ojos vivarachos y gestos comedidos, entregándome el premio y escuchando atenta minutos más tarde el poema ganador, Dioses contra la derrota, que recité emocionado y hecho un manojo de nervios por aquel micrófono que utilizaba con su maestría habitual Luis del Olmo y ante el numeroso público que ocupaba el salón del hotel. Nunca olvidaré la mirada viva y abierta de Mecedes Salisachs ni sus pequeñas y pulidas manos entregándome aquel pesado trofeo compuesto de una base de mármol rosa y un monolito de metal blanco con un ramo de laurel y un libro pegados a él. Y más ahora, sabiendo que la novelista se ha ido para siempre.
Por ello me siento doblemente obligado a dedicarle este recuerdo cariñoso y unas palabras celebrando su trayectoria como escritora. Sus novelas, redactadas al uso tradicional, sin querer destacar con ello ningún aspecto negativo, sino todo lo contrario, teniendo en cuenta lo que se escribe hoy en día bajo los disfraces de modernidad y experimentación narrativas, merecieron importantes reconocimientos en su día, sobre todo, Una mujer llega al pueblo, Premio Ciudad de Barcelona en 1956, Adagio confidencial, finalista del Planeta en 1973, La gangrena, que obtuvo el galardón dos años más tarde, o El volumen de la ausencia, Premio Ateneo de Sevilla en 1983.
La lectura de esta última me anuncia el principio de la inmensidad que tendrá a partir de hoy la ausencia de Mercedes Salisachs en el mundo de las letras. La narración (en primera persona cuando habla la protagonista Ida Sierra, en tercera cuando lo hace el narrador omnisciente) gira en torno a la figura del pintor Juan Arenal, con el que Ida mantuvo una relación amorosa en el pasado. En cuatro horas y media de una tarde de agosto, desde las 16, en que asiste Ida a la última consulta médica con el doctor Barquireno, hasta las 20’30, en que la mujer, sabedora de lo poco que le queda de vida, entra en el piso del desaparecido Juan Arenal como para despedirse del mundo y afrontar la eternidad, transcurre el tiempo actual de la protagonista contado por el narrador omnisciente, al lado del otro tiempo pretérito y recordado por medio de constantes flashback por el personaje principal narrador, que en primera persona reproduce su vida de casada, de madre y de amante; la primera en compañía de Daniel, un hombre 15 años mayor que ella, en un piso de la calle de Aribau amueblado por Soledad, su suegra; la segunda, como madre de tres hijos cada cual más diferente, Andrea, Rodolfo y Jacobo; y la tercera, su aventura amorosa con Juan Arenal, pintor exiliado que regresa a España tras los primeros síntomas de normalidad política en tiempos de Franco. A través del primer tiempo, el presente y actual de la novela, asistimos al momento, ya presentido por Ida Sierra, en que el doctor Barquireno le da los resultados de los múltiples análisis y pruebas que la paciente se ha hecho a prescripción suya: padece un cáncer en el cerebro tan adelantado que en cuatro meses a lo sumo le causará la muerte, y a los siguientes en que la enferma afronta su destino con resignación. Mientras que, a través del segundo tiempo, muchísimo más extenso pues abarca la mayor parte de la vida de la protagonista, asistimos como testigos de primer orden a la evolución de su propia existencia al lado de la de otros personajes que se mueven en el círculo más cercano a ella: Daniel, un marido egoísta y autoritario, Soledad, una suegra falsa e igualmente dictatorial, Andrea, una hija absorbente y conflictiva y Juan un amante que, aunque la hizo feliz durante un tiempo, no supo entenderla totalmente y tras su muerte la deja en una soledad difícil de sobrellevar. Pese a todo eso, en su fuero interno Ida Sierra sigue esperando que algo o alguien cambie su existencia. “En el fondo, dice, vivir es sentirse esperado. Y esperar. Y ocupar horas, lugares, recuerdos. Saberse único para un alguien que también consideramos único.” Pues para la protagonista la esperanza, junto con la amistad, forman los dos pilares de la vida. No en balde define así a la amistad: “Río de lealtades que, para fluir, no precisa el estímulo de la juventud, ni se interrumpe por los surcos del rostro ni pide cuentas a las energías físicas.” La amistad la cifra Ida en su amiga Mónica Portela, que sabe ser su confidente discreto respecto a su relación con Juan por un lado y por otro le pone en contacto con el doctor privado para que le proporcione un diagnóstico de su enfermedad diferente del que le había dado la Seguridad Social.
El estilo de la novela, pese a ser tradicional y buscar ante todo la claridad expresiva, tan importante para mantener al lector de su parte, muestra a veces rasgos propios de la narrativa más actual, como el empleo de la citada primera persona del protagonista narrador, o de la segunda para convertir a Juan Arenal en receptor de sus principales confidencias, sin olvidar el llamado monólogo interior desde que en 1962 abusara tanto de él Martín Santos, por citar uno de nuestros novelistas más conocidos, en su Tiempo de silencio, con el que, por cierto, aunque salvando las diferencias, Mercedes Salisachs guarda algunos parecidos, especialmente el tono pesimista general de la novela, las situaciones médicas y patógenas con desenlaces negativos, el empleo de la primera persona narrativa o el tratamiento temporal, entre otros. He aquí un ejemplo del citado monólogo interior: “Papá se muere y mamá va a quedarse muy sola los bolsillos de Rodolfo han vuelto a descoserse y Daniel sigue cobrando lo mismo mañana tendré que madrugar para coserlos Soledad es envidiosa no se parece a mamá ¿por qué sólo envejecen los buenos? Andrea no me ayuda y podría hacerlo ¿qué será de mamá cuando papá muera?...”
Posiblemente, volveré en otra ocasión a hablar de la producción narrativa, enormemente interesante, de Mercedes Salisachs. De momento, me siento orgulloso de haberle dedicado las anteriores líneas.

jueves, 8 de mayo de 2014

DICCIONARIO PERSONAL DE ZAMORA Águedas, Ajo, Alba y Aliste, Alcañices



ÁGUEDAS, Las
Una vez al año, por febrero, las mujeres zamoranas asumen el gobierno del mundo en medio de la fiesta, corros, cantos y bailes, donde son las protagonistas.
Se encomiendan a Santa Águeda, la mártir de los senos cortados, con misas y oraciones, y la Santa las viste con los trajes regionales que duermen todo el año en el baúl con alcanfor para que los luzcan con orgullo en su fiesta y, sobre todo, les da alas para volar más altas que ninguna otra criatura del Señor, incluidas las cigüeñas, que ya por estas fechas de febrero adornan blanquinegras el cielo azul de Zamora.
Claudio Rodríguez, nuestro máximo poeta, dijo en El baile de las Águedas:
“Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca…,
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.”




AJO zamorano
Al arte culinario de Zamora le faltaría uno de sus duendes principales si no contara en sus platos más conocidos con un diente de ajo, el ajo que en la Feria de San Pedro luce en soberbias ristras al lado de otros frutos de la tierra, cerámica y aperos de labranza. Ahí están el ajo arriero tan presente en la merluza o en el imprescindible y omnipresente bacalao, las suculentas sopas de ajo que los portadores de los pasos de la madrugada del Viernes Santo consumen en el Alto de las Tres Cruces para reponer fuerzas, o el ajo sin más que acompaña a tantos guisos zamoranos.
El dramaturgo Ricardo de la Vega dijo:
“Siete virtudes
tienen las sopas
quitan el hambre,
y dan sed poca.
Hacen dormir
y digerir.
Nunca enfadan
y siempre agradan.
Y crían la cara
colorada.”





ALBA y Aliste, Palacio de los Condes de
En mi infancia era el Hospicio y muchas veces motivo para poner a prueba mis habilidades de futbolista, pues de camino del Puente que me llevaba a mi barrio, tuve que devolver en más de una ocasión la pelota de los hospicianos que en un lance del juego había ido a parar a la Cuesta de Alfonso XII, por donde yo bajaba en ese momento. Una pelota que, por otra parte, dejaba en evidencia los paupérrimos años de la posguerra, pues la mayoría de las veces estaba construida de trapos, remiendos y gomas de neumático de coche, para botar más.
Ahora el antiguo Palacio de los Condes de Alba y Aliste ha recuperado su origen, aun superándolo con creces ya que se ha convertido en Parador Nacional. Situado estratégicamente en el mismo centro histórico de la ciudad, frente al Hospital de la Encarnación y vecino del monumento a Viriato, tiene la suerte de ser testigo de las principales procesiones de la Semana Santa zamorana, especialmente la del Yacente, de la noche del Jueves Santo en que los cofrades, vestidos con hábito de estameña blanca, entonan delante del Palacio su solemne Miserere.

ALCAÑICES
Es la capital de la emblemática comarca de Aliste, situada al noroeste de la provincia y haciendo frontera con Portugal. En tiempos medievales fue dominada por los Templarios, aquellos hombres mitad monjes mitad guerreros que defendían hasta morir los Santos Lugares. Aún quedan reliquias de la Orden del Temple en la comarca y, concretamente, en Alcañices aún puede verse la Torre del Reloj de su castillo templario.  otro pueblo de entrañable recuerdo para mí, Fornillos de Aliste, donde de pequeño viví momentos muy felices junto a mis vecinos Eulalia y Julio, maestros de profesión y hospitalarios de corazón, si bien el recuerdo más poderoso fue el de la visita que me hizo mi padre durante una ruta en bicicleta por los embalses. También hay que recordar a Bercianos de Aliste por su Cristo articulado que durante el Viernes Santo los vecinos del lugar se acercan a la iglesia donde está crucificado para, una vez desclavarlo de la cruz, llevarlo a enterrar al campo.

Luis Cortés dijo en su obra Mi libro de Zamora:
“Señalemos que bien anteriormente los Templarios fueron señores de Alcañices como aún señalaremos que posteriores señores de esta villa lograron hacerla cabeza de un marquesado que ha dejado su nombre en nuestra historia. ¡Tiempos mejores serían sin duda aquellos en que por Aliste había aún bosques con venados o en que los Templarios encontraban algo a su conveniencia en tales pagos de carrapitos y jarales.”

Y en otro lugar del mismo libro:
“Vamos a asistir al alucinante entierro de Cristo, en la tarde del Viernes, entre fantasmales cofrades de blancas vestiduras, que no otra cosa son que los sudarios con que entregarán su cuerpo a la tierra áspera y dura, que han arañado a diario durante su peregrinar humano, para extraer de ella su humilde yantar. Permitidme desertar por una vez la conmemoración ciudadana para vivir el Viernes Santo aldeano de Bercianos de Aliste, nombre oficial de lo que vecinos y aledaños llaman Bercianos del Camino o la Ribera, allí donde casi terminan Zamora y España, hacia la banda portuguesa de poniente.”

domingo, 27 de abril de 2014

DICCIONARIO PERSONAL DE ZAMORA Abrantes, Aceitadas, Aceñas



Pasada la Semana Santa de mi tierra, doy comienzo a uno de mis proyectos más antiguos, que es confeccionar un Diccionario personal de Zamora. En la entrada de hoy recojo los primeros apuntes.



A

ABRANTES, Ramón


Pequeñito de cuerpo pero inmenso como artista escultor, nació Ramón Abrantes en Corrales del Vino (Zamora), aunque muy pronto se trasladó con su familia a la capital. Allí vivió unos años en Cabañales, el barrio de mi sangre. Autodidacto, montó al poco tiempo un taller al otro lado del río. De sus prodigiosas manos salieron esculturas que recorrieron medio mundo. Pero la obra que le ha dado más fama es la Virgen de la Amargura (1959), cuyas cabeza y manos expresan el dolor más humano, y desfila por las calles de Zamora tras el paso de Jesús en su Tercera Caída, de cuya restauración se encargó él mismo. Entre sus esculturas abunda la imagen de la maternidad. En mis regresos a la ciudad del alma solía pasarme por su taller de la calle Sacramento, y en una de mis primeras visitas me emocioné mucho al mostrarme su primer caballete hecho por mi padre, que era ebanista. Durante otra visita me regaló un libro de Claudio Rodríguez, de quien era amigo personal. En la última, ya muy enfermo, me habló de la muerte como de una amiga que está aguardando siempre su ocasión de entrar en contacto con él. Corría el mes de julio de 2006. Un mes más tarde me enteré por unos amigos zamoranos que el escultor acaba de morir.
Dije en otra parte: 
“Voy de asombro en asombro porque Abrantes
me enseña el caballete que le hiciera
mi padre en otro tiempo en la primera
hornada que esculpió con sus amantes
diamantes de diez dedos. Los diamantes
postreros me los muestra en primavera
de tacto silencioso y luz certera
de cuerpos femeninos y fragantes.

Voy de asombro en asombro por el arte
que Abrantes tiene vivo por su casa
en bronce, en barro, en piedra… Y es tan fuerte
la huella que en el alma me reparte,
que, aunque sé que el artista muere y pasa,
sus diamantes de dios no tienen muerte.”



ACEITADAS




Dulce sabroso de Semana Santa para degustar con una copita de anís mientras suena la Marcha de Thalberg y desfila al otro lado del balcón la procesión del Martes Santo, con la Virgen de la Esperanza que pernoctará en las Dueñas, la iglesia de nuestro barrio de Cabañales, y el Jesús de San Frontis con la cruz a cuestas, que lo hará en su templo.
Harina, huevos y aceite amasados por las amorosas manos de nuestra madre en algún horno de la ciudad del alma.
Las aceitadas son el calambre dulce que despierta los mejores recuerdos de nuestra infancia durante la Semana Santa.
Dije en otra parte: 
“Alargaba la mano por debajo del mueble y recibía un chispazo eléctrico cuando mis yemas acariciaban la cruz abierta de la aceitada. Un aluvión de jugos gástricos me empujaba al instante a rescatarla de su escondrijo. Era como un ritual. En cualquier momento podían oírse en lontananza los inequívocos pasos de mi madre, lontananza que se convertía en inminencia con el crujido de los escalones.
“Los pasos de mi madre eran la alarma que indicaba peligro, que el plan A había fallado y había que poner en práctica el B, que consistía, simplemente, en devolver a su sitio la aceitada y salir escapado hacia la sala de los chicos y allí hacer ruido con el plumier de los lápices, arrastrando una silla o dejando caer de su caja unas cuantas canicas para que la voz de mi madre sonara fiscalizadora.
--¿Ya estás, hijo, otra vez con los dulces?
 “Sin embargo, casi siempre llegaba su voz en el momento más crucial, cuando yo ya había alojado la masa harinosa y dulce de la aceitada en mi boca. Entonces la cosa no tenía remedio…”




ACEÑAS, Las 
Inmóviles barcos de piedra anclados en el Duero para moler el trigo del trabajo y la esperanza de los más pobres. En un ayer muy lejano.
Hoy las aceñas de los barrios que besa el río, de Pinilla, de Cabañales, de Olivares, ya no mueven sus palas de madera para hacer la harina del futuro.
Hoy son recuerdos puros del tiempo que pasó y ya no existe sino en la niebla de la añoranza, y en algunos casos, bares tranquilos donde se bebe el vino del presente o siempre museos de la palabra lírica donde la memoria abreva para no morir de olvido.
Dije en otra parte:
“Tres aceñas tiene el Duero
que ya no muelen el trigo:
la de Olivares, que reza
entre sus ruinas al Cristo;
la de Cabañales, rota
y sangrando en sus ladrillos;
y la del puente de Hierro,
que vende paz y buen vino.
Las aceñas olvidaron
las palas y los molinos
para avanzar en el alma
sagrada de nuestro río:
barcos varados en aguas
que sueñan con mil caminos.
Aceñas, aquí tenéis
un corazón bien sencillo:
dejad que sueñe en el tiempo,
dejad que sueñe en el sitio
del espejo que corriendo
bendice vuestro destino.”

Y en otro lugar de mi Zamora entre la ausencia y el reencuentro:

“En la aceña de mi barrio
el río cobra el jornal
por las anguilas de plata
y la harina candeal
sin saber que el tiempo ha roto
la tela de la verdad.”
 

martes, 8 de abril de 2014

UNA DE LOPE EN EL LLIURE




El caballero de Olmedo



El sábado 5 de abril fuimos al Teatro Lliure para ver El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. Llegamos con adelanto y ocupamos nuestras privilegiadas butacas a la espera de que comenzara el espectáculo. Y enseguida me llevo la primera sorpresa.
Trece sillas solitarias para una de las mejores piezas teatrales del Fénix de los Ingenios me ha parecido un mal agüero para que el experimento de Lluís Pasqual saliera adelante, como todas las críticas que cuelgan del vestíbulo del Teatro no paran de celebrar. Sin embargo, la magia ha empezado cuando los actores, la mayoría muy jóvenes, han subido al escenario y se han reunido en un ángulo para cantar a coro la copla del Caballero, origen de la redacción del drama lopesco, mientras la astuta Fabia se dirigía al público para pedirnos que apagáramos los móviles porque la obra estaba a punto de comenzar. Y ante nuestros ojos, incrédulos por lo desnudo, espartano y minimalista del escenario, así como por los ropajes callejeros y actuales de los actores, empezaron  a desplegarse los cincelados y emotivos versos de Lope que, en sus labios, apenas sin contexto, escenas, actos (sólo la voz de Fabia nos avisará que un acto acaba y empieza otro, pues la representación empieza y concluye de un tirón; sólo hay un pequeño respiro en el clímax para oír, imitando al acostumbrado entremés de la época clásica, un tango que al pobre Monstruo de la Naturaleza hubiera hecho gritar fuera de sí, pero que a nosotros nos parece hasta acertado). Las luces y los fundidos, las proyecciones al fondo del desnudo escenario, la música de guitarra y percusión se encargan de marcar el cambio y transcurso del tiempo, como los amaneceres o las noches, así como el galopar de los caballos o el viento, sin olvidar de encuadrar emocionalmente el amor entre Alonso e Inés, el odio y el ansia de venganza de Rodrigo, o destacar, finalmente, la tragedia de la muerte del protagonista precedida del disparo de arcabuz que lo derribará a tierra a medio camino entre Medina y Olmedo.
Y la magia del teatro, creada este caso por Lluis Pasqual, va de Fabia a Tello, de Inés a Alonso… hasta que las sillas solitarias del escenario se hacen a un lado para que los actores se despidan de nosotros, que, tras premiarles el milagro que han desplegado ante nuestros ojos, descendemos al mundo real de los semáforos y los bocadillos con cerveza de la cercana Plaza de las Arenas, mientras que el jilguero del amor y la vida, que en el sueño de Alonso es muerto por el Azor, vuela feliz otra vez abierto a la aventura cotidiana.
Más tarde, desaparecidas las emociones de la atmósfera creada por la ficción teatral y la interactividad entre actores y espectadores, el análisis en frío de lo contemplado entre las cuatro paredes del teatro arroja un saldo no muy equilibrado: los medios empleados (personales, de atrezzo, tramoya, luminotecnia y texto…) no consiguen el cien por cien de la eficacia teatral que se esperaba. La antigua polémica entre espectáculo y texto en la puesta de escena de Lluís Pasqual se decanta por el mero recitado de los versos de Lope a cargo de los diversos personajes, que no siempre es acertado, a excepción de Fabia (Francesca Piñón), Tello (Pol López), Inés ( Mima Riera) y Leonor (Paula Blanco), sobre todo, los dos primeros, que los bordan y en ocasiones hacen saltar las lágrimas. El vestuario, que le daría a la obra contexto y profundidad (sólo se ha intentado acercarse en la indumentaria de Fabia y de Tello), es más bien pobre y rudimentario (unas cuantas capas, un par de sombreros, zahones de montar y poco más), y en ocasiones me atrevería a tildar de ridículo, y si no, repárese en la corona de papel del rey Juan II (Samuel Viyuela), que más bien parece que viene de saborear el roscón de reyes en una fiesta familiar. Lo mismo cabe decir del uso de la tramoya y otras técnicas escenográficas: raya en lo simple el hecho de colgar de una cuerda las cintas de Inés que luego lucirán los sombreros de Rodrigo (Francisco Ortiz) y Fernando (Carlos Cuevas), o el hecho de situar la palangana de agua fuera del escenario, sobre un trípode, y que en un par de ocasiones salpica al espectador de la primera fila. ¿Eso es realismo, proximidad y complicidad con el público? Y no hablemos de la coreografía de las espadas o la presencia de las lanzas de rejoneador en dos momentos de la obra que, lejos de intensificar la acción, la paralizan (sobre todo, en el de las espadas). Sí que ejerce su papel de atrezzo necesario la bolsa de Fabia y su contenido, que pinta magistralmente el oficio del personaje, que va de alcahueta a medio maga.
Y no sigo porque prefiero quedarme con la primera impresión que recibí mientras estuve metido en el ambiente de por sí sugeridor del espectáculo. ¿No dicen que la primera impresión es la que vale? Pero…