viernes, 29 de mayo de 2009

REFLEJOS DE PRAGA

Desde el parque






















Desde el parque de Letna,
alivio de caminantes,
gran parte de la alta Praga,
incluidas las columnas con ángeles alados
del puente del Moldava, sus activos
embarcaderos, los otros puentes de ensueño,
tejados, cúpulas, donde la vista palpa
pechos inverosímiles, se ofrece gratis
(cosa rara porque en Praga
ruedan las coronas por casi todo)
bajo nubes grises.
No estaría mal una lluvia ahora
porque los adoquines son más bellos
si el charol de la humedad los acaricia.
Aquí en el parque, a nuestro alrededor
huelen las rosas especialmente
y los pájaros cantando entre las frondas imitan a Dvorak.
Lástima que las pintadas cutres sobre los bancos de mármol
nos recuerden tan cruelmente la vida cotidiana.
Así que volvemos a nuestro camino
porque en medio del andamio brilla más la belleza.












Barrio judío




























Sinagogas... lápidas... El cementerio judío
bajo las hordas de los turistas guarda silencio.
Sus piedras verticales, grises, bajo los árboles
repiten en confusión precisa persecuciones, miedos.
Aquí y ahora, en las manadas de los visitantes confundido,
asisto a la impasividad del tiempo
y las tiendas turísticas que exponen
camisetas y jarras con la efigie de Kafka
y cristales, de Bohemia o falsificados, y marionetas
de madera. Como marionetas de carne y hueso,
manejadas por los hilos del tiempo, seguimos
archivando sorpresas, atlantes en las casas cubistas,
estatuas dormidas al lado de los contrafuertes grises
de las iglesias, casi de la mano de las sinagogas...
Praga, a estas horas, se amodorra bajo los pasos en tropel
de los visitantes. Sólo despierta cuando el palio nocturno
cae sobre sus campanas y sus estrellas de David.

Barrio judío...
Y Kafka montado a hombros de un fantasma
sin manos, sin cabeza... ¿Es esto otra parábola?





En el Slavia


A través de una ventana veo pasar el tranvía
muy cerca de la esquina del Teatro Nacional,
columnas jónicas, arcos elegantes, bóvedas
donde resuenan las voces y las máscaras,
cariátides, leones, metopas, estatuas asomadas
a Nerodni, remates dorados y cuadrigas...
El público, impaciente, aguarda a que comience otro acto.
En cambio, yo, con todo el tiempo de Praga por delante,
me tomo una cerveza en el Slavia
(la espuma es sueño blanco que me habla entre los labios)
con los ecos de Rilke y los germanos
a quienes satirizaba en sus escritos
grabados en los espejos del Café,
en los verdes veladores,
en las lámparas cónicas que cuelgan de los techos...
Mientras suenan las notas románticas del piano,
soñamos en la eterna juventud
que no tiene laberintos de tristeza.
Desde la ventana del Slavia (refugio intemporal)
veo cómo el tiempo se desangra en las vías,
en la piedra bella del teatro pero perecedera,
como las obras que se representan en su escenario,
como las voces y las máscaras de los actores, que mueren cerca,
como el público, que siempre muere lejos.









miércoles, 27 de mayo de 2009

REFLEJOS DE PRAGA

EN LA PLAZA DE LA CIUDAD VIEJA

Ante al monumento de Jan Hus

















De espaldas a Tyn,
desafías a la noche, que ya envuelve en su ropaje negro
el negro de tu bronce. En el recuerdo
el fuego que acabó contigo es ceniza callada,
rumor de conversaciones que se alejan en el corredor sin vuelta de la historia.
Con los siglos, todo vuelve a ser sencillo, cotidiano,
como este mundo en crisis que, pese a todo,
sigue apostando por el dinero que no tiene,
por las pizzas a media tarde en alguna terraza de la Plaza,
junto a la muerte que llama cada hora
a las hordas de turistas que aguantan estoicamente
a que se abran las ventanas del reloj del Ayuntamiento
para ver la ronda de los apóstoles,
por el trago de cerveza bien sentado
al resguardo de una tarjeta de crédito
y cinco días pagados en una agencia de viajes,
guía incluido... Buenas noches, Jan Hus,
ahora, cuando me marche, ya puedes dejar de disimular
y echarte a dormir con tus otros hermanos de bronce
y de aventura, ajeno para siempre a los católicos
que te dieron el pasaporte, no a su cielo,
que es estrecho y aburrido,
sino a tu cielo, que es alegre y abierto
como este cielo limpio de tu Praga.



Por la calle Celetna

Por la calle Celetna,
cuando ya la noche paguense
ha apagado todas las músicas
y las figuras de Hus y sus adláteres
son sombras en las sombras,
encuentro mi talismán dorado,
el sol negro.
Con él en la solapa,
como un escudo invulnerable, damos la vuelta
por Stuparska hasta el patio de Tyn,
donde la bomba de agua duerme para siempre
y las terrazas, vacías, ocupadas solamente
por el rocío de la noche, esperan la mañana.
El sol negro me mira
cuando cierro los ojos en Metamorphis,
este hotel amable que me acoge en primavera,
en esta Praga dulce que es de todos,
menos de Kafka, pobre,
que aún busca a Max Brod para ajustarle cuentas
por haberle publicado sus angustias
en contra de su voluntad.
Mañana quizá amanezca
el suelo de la plaza mojado por la niebla nocturna,
pero con mi sol negro en la solapa
seguiré mi camino como otro Kafka nuevo.




La campanilla


A las nueve de la noche vemos a la muerte tocar la campanilla. Como a cada hora en punto, las nueve de la noche es otra hora mágica, la hora de un nuevo milagro. La plaza está llena de turistas. Las farolas de repente se llenan de música y se enciende la fachada de Nuestra Señora de Tyn. Podíamos haber estado en cualquier parte del mundo ahora. Pero estamos en Praga. El corazón y la mirada son sólo para Praga, para este rincón de vida y de belleza que es la plaza del reloj astronómico. El esqueleto agita la campanilla dorada. Las ventanas se abren y desfilan en círculo tras ellas los doce apóstoles. Luego canta el gallo dorado superior y por último suenan las campanadas de la hora. Las nueve de la noche. Después se disgrega de nuevo el gentío. La plaza regala generosamente todas sus joyas entre los mendigos viajeros, mendigos de ilusión y de belleza. La muerte sólo es un juego en la torre del Ayuntamiento, y dura unos segundos. Luego sigue la vida tocando sus canciones. Praga es una sala de música.








lunes, 25 de mayo de 2009

REFLEJOS DE PRAGA

DURANTE EL VIAJE





Primer contacto con Praga





Tras dejar la maleta en el hotel, en el corazón de la Ciudad Vieja (cerquísima la magia arquitectónica de Nuestra Señora de Tyn), entramos en contacto con el aliento vital y antiguo de Praga. No sabemos muy bien por dónde vamos, pero la vista dominante del Castillo nos lleva al otro lado del Moldava por el Puente de Iván. Cuestas empinadas por donde suben y bajan los tranvías y, finalmente, una escalinata interminable nos lleva al parque del Castillo, desde el cual se disfruta de una panorámica excepcional de Praga sobre la que se cierne una luz especial, que quizás es la que proyectan nuestras emociones. Bordeando el parque accedemos al recinto mágico del Castillo donde destaca la catedral de San Vito (mosaicos, gárgolas, dorados y demás elementos de cuento). Es inevitable recordar la capilla de San Wenceslao con la aldaba de bronce a la que se agarró en el momento en que era asesinado por su hermano Boleslao. Lo miramos todo y todo va dejando en nuestros corazones un poso de unicidad y belleza: la torre de Dalivor con su tejado cónico y su escudo de armas y sobre todo la historia triste del condenado a muerte por proteger a siervos proscritos, el hombre que le da nombre a la torre y que aprendió, según la leyenda, a tocar el violín, a cuyos acordes acudía la gente a oírle tocar y a llevarle comida y bebida que desde una ventana le hacía llegar colgándola de una cuerda). La plaza de las fuentes, el Callejón del Oro (llamado así por los alquimistas y en una de cuyas casitas, de color azul y señalada con el número 22, vivió una temporada Kafka en compañía de su hermana favorita Ottla), los simpáticos y marciales cambios de la guardia, las esculturas (las negras y doradas sobre todo), el ruido de los chorros del agua de las fuentes (aquella singular que canta junto a San Vito)... De regreso bajamos por Nerudova: el águila, la rueda, los dos soles, el cisne, la herradura, los violines (cada fachada tiene un símbolo) y al fondo la sensación de atravesar de nuevo el Moldava sobre el puente más emblemático de Praga, el de Carlos, lamentablemente en obras pero lleno de encanto (los puestos de arte y baratijas, las negras estatuas que lo flanquean, las orquestas improvisadas, los turistas haciendo de oro los relieves de San Juan Nepomuceno en busca de la suerte...). Estamos borrachos de arte y cansados de caminar...



Acabar en Carlova
sentados en un bar
frente al Teatro de la Fantasía,
cuando el sol de la tarde estalla
en la piedra negra del Puente de Carlos,
con una pivo checa entre los dedos,
después de haber subido hasta San Vito
y leer la voz de Kafka en el Callejón del Oro,
con la vista puesta en los peatones
que pasan sin parar camino de la música
o del arte o del simple no hacer nada
(sino hacer todo porque en Praga
se vive aunque uno no quiera),
con el alma dormida en el trascurso
de esta hora sin tiempo,
con la espuma en los labios...
certifico que sigo estando vivo,
que no sueño
(aunque parezca que todo aquí es un sueño de belleza).



Por la calle de Neruda
baja el mundo cuajado de cristales.
Las fachadas
muestran águilas y violines que no vuelan,
que no tocan músicas aladas,
pero tras los visillos de algunas ventanas
se asoman fugazmente rostros sin edad,
que un día existieron en las cartas de Rilke
o en las canciones de John Lennon.
Hoy he visto unos dedos ardiendo
con las pavesas de un cigarrillo
mientras el humo desdibujaba
unos ojos soñadores
de querer descender calle abajo
y cogerse a mi brazo... Y todo es
esta magia
de estar caminando por un sueño.

domingo, 24 de mayo de 2009

REFLEJOS DE PRAGA

ANTES DEL VIAJE















DOS LIBROS AJENOS Y UN RELATO PROPIO


Relatos de Praga, de Rainer María de Rilke, es un libro que pese a su horrible traducción española (éstas son algunas lindezas del lenguaje que emplea la traductora: "la vieja andó", "encima suyo", "delante suyo", "no era dentro de él que lloraba", etcétera), incluye la historia del deforme Bohusch, callado y discreto en las reuniones de literatos a las que asistía pero que a la primera ocasión que tiene emite sus inquietudes sobre el presente y el futuro de Praga, la historia de su amada Frantischka o la de los fanáticos que se reúnen en el sótano de la casa de Bohusch y, lo que es más importantes para mí, las impresiones líricas y conmovedoras con que intenta describir su ciudad: "Al fondo de todo se halla, apretada entre el Laurenziberg y el Belvedere, en un panorama espléndido, Praga, este rico y gigantesco poema épico de la arquitectura."(págs. 39 y 40). "Yo conozco a mi madrecita Praga hasta el corazón, sí, y a mí ningún poeta me ha contado nada. Basta con crecer entre todas estas iglesias y palacios. Dios sabe que no necesitan que nadie hable por ellos, hablan por sí solos, quiero decir. Basta con que a uno le guste escuchar. ¡Oh! la de historias que saben" (pág. 54).
Del libro me quedo, más que con las historias que cuenta Rilke, con estas dos citas sobre Praga y con el parrafito siguiente que el autor deja escrito en el Prólogo: "Del pasado sólo poseemos aquello que amamos. Y queremos poseer todo lo que hemos vivido."




Praga mágica es un libro curioso donde los haya que recoge relatos de escritores en lengua alemana que crearon y convivieron en la capital checa y que recibieron el nombre de "Escuela de Praga". Entre esos escritores figuran Ronald Cross, Rainer María Rilke, Paul Leppin, Leo Perutz, Alfred Kubin, Max Brod o Franz Kafka. Y entre los relatos incluidos en el librito destacan los titulados ¡La guillotina para los poetas!, El fantasma del barrio judío, La condena, La madre del asesino o La casa de los nueve diablos. Tras su apasionante lectura, apunto a continuación tres impresiones recibidas.




1.
Con la guillotina se intentó acallar la lengua de la poesía y empezaron a rodar bajo la fatídica cuchilla las cabezas más líricas de Praga, la de Adler, la de Max Brod, las de los hermanos Capek, la de Paul Leppin, la de Kafka...
Y cuando todos los poetas fueron guillotinados, Europa amaneció al día siguiente cubierta con una espesa manta de silencio, muerta también como aquellos poetas. Y es que arrebatar al mundo sus poetas es como condenar a los jardines a un invierno eterno.




2.
El corazón de plata que sostienen los huesos de la mano de Santo Tomás cae al suelo del altar de la iglesia de su mismo nombre, al final de Nerudova en Mala Strana. Entonces el oro que se esconde bajo las baldosas sale a la plaza y se convierte en polvo. Y en el momento en que la ciudad, entristecida, abate sus torres, un hombre solitario cruza cabizbajo el puente de Carlos hacia el miedo y el absurdo. Antes de desaparecer por el pasadizo del Clementinum rumbo a la Ciudad Vieja, mira atrás por última vez. Es Franz Kafka.




3.
Ahí, a un paso de la isla de Kampa, en la zona de Mala Strana, se hallaba la casa de los Nueve Diablos y su moradora, la anciana que la cuidaba. En un aposento secreto de la casa había un cuadro ovalado con el retrato de un caballero; en realidad, un mago; mejor, un alquimista al que acudían algunos rabinos de Josefof en busca de fórmulas mágicas. Uno de estos rabinos, el judio Low aprendió del extraño caballero que, según contaba la cuidadora de la casa, era el dueño de la misma y que se ausentaba de ella durante largas temporadas sin que nadie supiera adónde iba, aprendió Low algunas estrategias antes de crear su famoso Golem.



Por último, hablando del Golem, antes de partir hacia Praga, mientras leía por enésima vez las páginas de mi guía favorita sobre la capital checa, se me ocurrió este pequeño relato sobre el judio Low y la criatura de su extraña invención.

LA PIEDRA DEL GOLEM

Cuando al rabino Low le mostraron aquella piedrecilla roja que un súbdito checo había traído de su viaje a Jerusalem, una idea cruzó veloz el cielo de su mente. Llevaba días esperando algo así, después de que hubiera creado con arcilla un ser con forma humana al que llamaba Golem y que todavía no había dado señales de vida. Había leído en un viejo códice que estas figuras humanoides raras veces llegan a adquirir rasgos vitales si no es con la ayuda de ciertas piedras que se crían en Tierra Santa. Había probado también aplicar fórmulas mágicas para conferir vida a su criatura sin que hubiera conseguido nada positivo hasta la fecha. Y aquella tarde de invierno en Praga, a la vista de la piedrecilla roja recién llegada de Jerusalem, se le ocurrió algo que aún no había probado. Tras despedir a la visita, acudió a su escritorio para abrir el arcón donde el Golem dormía sin vida allí dentro. Alzó la tapa y fijó sus ojos en la criatura de barro. Luego tomó el códice de las fórmulas mágicas y lo abrió por una página que conocía muy bien y, haciendo un hueco en el lugar de la boca del Golem para incrustar en él la piedrecilla roja de Jerusalem, musitó la fórmula que animaba a tomar vida a los seres inanimados sin prestar demasiado caso al viento inoportuno que se acababa de colar en la estancia y le cambió de página al códice momentáneamente; resuelto el problema, añadió la frase: “Y que esta piedra, que ha estado en contacto con el suelo que pisó el Omnipotente, venga a darte el impulso final para que vivas, hables y obedezcas a tu amo.” No bien hubo acabado de pronunciar la fórmula, cuando el Golem abrió los párpados de barro y dejó ver unos ojos sanguinolentos que se clavaron profundamente en los del rabino. Después el movimiento vital fue llenando todos sus miembros hasta permitirle incorporarse dentro del arcón que le había servido de tumba. Finalmente, brotó de su interior una voz cavernosa que dijo: “Manda, amo, que yo te serviré.” El rabino Low no acababa de dar crédito a sus ojos. Vivamente emocionado, sólo se le ocurrió decir, mientras cerraba la ventana y echaba una ojeada alrededor: “De momento, limpia y ordena el escritorio.” A partir de ese momento el Golem sirvió fielmente al rabino en las tareas domésticas y en otras que nada tenían que ver con el quehacer casero. Hasta que un día, sobrepasando sus funciones de criado, abrió en ausencia del rabino la puerta de su escritorio a una visita inoportuna que puso en serio riesgo la seguridad de Low. Sin embargo, armado de paciencia y después de reponerse de un falso testimonio que, valiéndose de un documento que el rabino guardaba celosamente en su escritorio, le había levantado aquella visita inoportuna, perdonó al olvidadizo siervo no sin antes obligarle a prometer que en lo sucesivo se limitara a cumplir con las funciones para las que había sido creado. Pasó un tiempo y el Golem se olvidó de las recomendaciones de su amo, permitiendo que un sicario de su enemigo practicara en los escalones de la vivienda una trampa en la que cayó el rabino con tan mala fortuna que se quebró una pierna y un brazo. De nada le sirvió al siervo deshacerse en disculpas solicitando el perdón de su amo. Pues éste, pasado el tiempo de su convalecencia, aprovechó una noche en que el Golem dormía profundamente en su arcón para arrancarle de la boca la piedrecilla de Jerusalem y llevarla colgada al cuello hasta el día de su muerte. Luego mandó a un albañil de confianza emparedar el arcón con el desobediente siervo dentro en un rincón de la buhardilla y nunca más volvió a oírse hablar del Golem. Salvo los días de vendaval en que se oían en la calleja contigua alaridos horribles confundidos con los aullidos del viento. Dicen los que conocen bien el final de la leyenda que, al morir el rabino Low, la piedrecilla roja de Jerusalem desapareció de su cuello y que en otro lugar de Praga, al otro lado del Moldava, el acérrimo enemigo del rabino se hacía servir por una criatura de aspecto humano cuya procedencia nadie conocía. Hoy, con el paso de los siglos, y una vez que nadie puede negar que haya esparcidos por el mundo centenares de Golem, el atento visitante del Cementerio Judío de Praga, puede descubrir sobre la tumba del rabino Low un montoncito de guijarros rojizos.

sábado, 23 de mayo de 2009

ADIÓS A BENEDETTI

La redacción se toma esta segunda quincena de mayo de total desconexión de la Revista para hablar de las impresiones recibidas durante la reciente estancia del editor en Praga, la ciudad de las cien torres, nombre que entre otros recibe la ciudad donde nació Kafka. Ya en vuelo, el editor se entera por el periódico de que el poeta uruguayo Mario Benedetti ha dejado de cantar a la vida para descansar al lado de su querida Luz, mujer de su existencia a la que dedica las Canciones del que no canta, poemario aparecido en 2007 y donde llega a decir:


"A uno las letras le salen de adentro
y vienen hechas de sangre y sudor
pero la música espera en el aire
y elige el verso que más le conviene."
























ADIÓS A BENEDETTI DESDE EL CIELO



En vuelo hacia Praga
leo en el periódico que Benedetti murió anoche.
Hay cosas que suceden sin más, como esta muerte,
y se alojan en el alma del que las ve pasar.
Y no se puede hacer nada: sólo verlas
como se ve a las hojas temblar en otoño
o a los blancos Alpes levantar sus coronas nevadas
ahora hacia el cielo
por donde navega el avión que me lleva hacia Praga.

Las canciones del que no canta
suenan a esta altura,
casi irreal para los hombres,
como latigazos de protesta, como voces
que no acatan sin más la desaparición de su dueño.

Sus versos, prosa cotidiana y musical,
de oficinistas enamorados, de exiliados poetas,
de gente anónima que a hora temprana coge el metro
para alzar el andamio de los días,
se desgranan llenos de sudor y sangre
desde Urugay a Praga
pasando por los Alpes.


Adiós a Benedetti, al poeta del purgatorio cotidiano
entre días de persianas rotas y noches de amor desconsolado,
entre orillas donde las leyes mueren
y ríos de cordura donde los libros nacen.


Y la vejez se ríe de su vieja primavera.

martes, 5 de mayo de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN. Número 9. 15 de mayo de 2009. Cerdanyola del Vallés.






EL POEMA






El otro Dios





El otro Dios vivía allí, en la iglesia
Del barrio,
Bajo el misterio de los santos corporales,
En el rezo de la ausente carcoma
O en el olor a incienso de las misas cantadas.
Era un Dios aprendido
Con el latín del cura,
El canto funeral de las campanas
O las sagradas formas que se hacían
En la misa la carne más sagrada.
Era pura liturgia,
Religión de martes por la tarde
En catequesis llenas de catarros
Y padrenuestros rotos
Por el hambre atroz de la merienda.
Era un Dios escondido
En los gruesos misales,
En los altos retablos
O en el terciopelo hundido de los reclinatorios.
Nos hablaba muy serio, con voz que nos sonaba
A murmullos de fúnebre carcoma,
Al latín de la misa
O a duras penitencias de confesionarios.



Y no era tan amigo como el otro,
Como tú, Dios feliz de la infancia,
Que jugabas a dola,
A contrabando
O te bañabas
Salpicando el charol de nuestros cuerpos.
Aquel Dios de la iglesia
No era tan cercano como Tú,
Que nos llamabas
Desde el fondo del soto para acudir al nido,
al pájaro enramado que cantaba
Con músicas sentidas
O al ruido duradero
Del Duero en las aceñas de Olivares.
El otro Dios ponía condiciones
De procesiones, cirios,
Confesiones de duras penitencias.
Y tú, en cambio, te dabas a nosotros
Sin religión ni pruebas
Como un amigo más de la pandilla.





EL RELATO



La piedra de vetas



Ya hacía casi diez años que no había vuelto a hacer leer Alfanhuí a mis alumnos. Y cuando, al volver de una baja duradera al Instituto donde ejercía de profesor de Castellano, les propuse la lectura del libro de Sánchez Ferlosio para las vacaciones de Semana Santa, encontré alguna resistencia por parte, sobre todo, de los chicos de 4º C. Les dije que si no querían leer Alfanhuí podían escoger El Jarama, del mismo autor. Y como lo que querían en el fondo, como siempre, era no leer ninguno, se dejaron convencer por la ley del mínimo esfuerzo, que era leer el más “sencillo” y “divertido”, que según el parecer más común y cómodo era Alfanhuí. Llegado el viernes, víspera del primer día de vacaciones, me despedí de mis alumnos deseándoles que aprovecharan bien los días de asueto y, de paso, disfrutaran de la lectura.
Aquella Semana Santa me fui de vacaciones a un pueblo de Castilla llamado Valdezarzas de los Ríos y me alojé en una casa de campo, antigua pero bien conservada, desde cuyos balcones se contemplaba una vista estupenda. La habitación que me fue adjudicada, además de esas vistas, recibía el sol varias horas al día, lo cual me permitió prescindir de la estufa algunos ratos, dada mi aversión a esos artefactos. Durante la mañana salía a pasear por los campos de los alrededores y durante uno de esos paseos encontré una ermita románica en ruinas y devorada por las zarzas. Desde entonces no había día en que no me acercara a lo que quedaba del templo para sentarme un rato sobre algún trozo de columna a escuchar el silencio del paisaje. Por las tardes las pasaba sentado gran parte de ellas en el balcón de mi habitación leyendo o escribiendo notas sobre Alfanhuí, cuya lectura había recomendado a mis alumnos. Una noche, después de cenar con el dueño de la casa, un hombre muy mayor que, sin embargo, aún poseía cierta agilidad de movimientos y en especial una memoria excelente, nos sentamos a la mesa del café para charlar un rato. El anciano reparó en volumen de Alfanhuí que yo llevaba y me dijo:
--Es curioso que precisamente usted, mi huésped, esté leyendo ese libro.
Me extrañó la observación.
--¿Por qué?
--Le diré. En una página del libro el maestro le cuenta a Alfanhuí que su padre fabricaba lámparas de todo tipo, ¿lo recuerda?
Yo asentí sin adivinar hacia dónde avanzaba el razonamiento del anciano, que al punto satisfizo mi inquietud.
--Recordará también que el maestro le dice al niño que su padre tenía un libro donde se hablaba de una extrañísima lámpara que tenía poderes y…
--Sí, la piedra de vetas.
--Efectivamente, la piedra de vetas. Por si le interesa, señor, en un lugar de la casa conservo ese libro
--¡No me diga!—exclamé extrañado, habida cuenta de que ese detalle no era más que una fantasía de Rafael Sánchez Ferlosio.
--No se lo cree, ¿verdad? En su mirada lo veo. Como todo el mundo, habrá pensado que ese libro de lámparas no es más que una invención del novelista.
--¿Y no es así?
--No, señor. Como tampoco lo es la piedra de vetas, la lámpara de piedra que se describe en ese libro.
--¿Quiere decirme que tanto el libro de lámparas como la piedra de vetas son reales?
--Veo que le interesa el tema. Pues le voy a alegrar estas vacaciones. Porque debo decirle que yo tengo las dos cosas.
--¿Las dos cosas?
--Sí, señor, el libro y la piedra de vetas. Mañana, con la luz del día, se las mostraré.
No tengo que añadir que aquella noche me fui a la cama más contento que un niño que espera la llegada de los Reyes Magos. No dejaba de pensar en lo que representaba para el mundo editorial y de los bibliófilos la primicia que me acababa de servir en bandeja el dueño de la casa. De pronto, la pura fantasía de Ferlosio dejaba caer su máscara irreal para dejar al descubierto la meridiana realidad de un libro que hablaba de cómo confeccionar lámparas y, todavía más, de una lámpara de piedra que, con un mecanismo increíble, daba una luz perenne, la llamada piedra de vetas. Antes de dormirme, repasé el pasaje del lírico relato una vez más:
“Cuando yo era niño, Alfanhuí, mi padre fabricaba lámparas de aceite. Trabajaba todo el día y hacía candiles de hierro para las cabañas y lámparas de latón dorado para los palacios. Hacía mil y mil clases de lámparas distintas. Tenía también los mejores libros que se habían escrito sobre lámparas. En uno de ellos se hablaba de la “piedra de vetas”. Seguía el párrafo con la descripción de la piedra, a la vez dura y esponjosa; luego hablaba de su tamaño (el de un huevo), de su forma (la de una almendra) y de su extraordinaria virtud, la de beberse nada más ni nada menos que siete tinajas de aceite. “La dejaba en una tinaja y a la mañana siguiente todo el aceite había desaparecido y la piedra tenía el mismo tamaño. Cuando se había bebido siete tinajas, ya no quería más. Entonces bastaba ponerle una torcida y encender para que diese una llama blanca como la leche, que duraba eternamente. Cuando se quería también podía apagarse.” Para obtener de nuevo el aceite, la cosa era más misteriosa aún que el hecho de dar la lámpara una luz perenne. Porque sólo una lechuza, ave nocturna que se alimenta, entre otras cosas, del aceite de las lámparas de las iglesias, era capaz de absorberlo todo. Y, como si nada, la piedra de vetas volvía a aparecer tan seca como al principio ("enjuta como antes", son las palabras de Ferlosio).
En cuanto vi la primera luz de la mañana en la rendija del balcón, bajé a desayunar. En el comedor me esperaba el dueño de la casa. Apenas probé bocado, tan deseoso como estaba de ver las maravillas que me había prometido la noche anterior. Lo primero que me enseñó fue una cantarera gigantesca donde guardaba alrededor de una docena de tinajas.
--Son para recargar las piedras de vetas—dijo enarcando las cejas misteriosamente mientras le quitaba la tapa a una tinaja y me invitaba a asomarme a su interior. El olor a aceite de oliva que salía de ella era inconfundible.
Luego me llevó a un cuarto oscuro lleno de jaulas puestas en un vasar de obra. En cada jaula había una lechuza.
--Son para rescatar el aceite de las lámparas—me dijo mientras sacaba un pañuelo blanco de un bolsillo y lo agitaba en círculos en el aire delante de una jaula. Acto seguido vi cómo la lechuza que la ocupaba empezaba a dar vueltas a su cabeza plana y blanca siguiendo el movimiento del pañuelo.—Son unas aves extraordinarias-- concluyó deteniendo los giros del pañuelo cuando ya la cabeza del pájaro amenazaba salir centrifugada de su cuerpo.
Yo, sin embargo, esperaba anhelosamente que me mostrara el motivo de mi excitación, es decir, el libro y la piedra de vetas.
--No se impaciente—me dijo como adivinando mis pensamientos--, todo llegará a su debido tiempo.
Me invitó a pasar al interior de un baúl que ocupaba el rincón de lo que me pareció una cámara para madurar frutos. Mi extrañeza fue enorme, pero enseguida me la disipó levantando su fondo de madera para mostrarme el arranque de una escalera.
--Está abajo—dijo a secas--. Sígame.
Estuvimos bajando escalones durante un trayecto que, calculé, debía de corresponder a la altura de una habitación más que normal, hasta llegar a una estancia cuyas paredes estaban forradas de madera de nogal, y que aparecía iluminada de forma fantasmal porque no vi por ningún lado lámpara alguna. La habitación estaba totalmente desnuda a no ser por una pequeña biblioteca acristalada y con estantes llenos de libros que ocupaba exactamente el centro de la estancia.
--Ahí debe hallarse el libro de las lámparas…--dije con un hilo de voz.
--Efectivamente—dijo haciendo resbalar los sonidos de la palabra--. Ábrala y eche una ojeada.
Abrí las puertas acristaladas y al mirar adentro no pude evitar exhalar una exclamación. Todos los libros tenían escrito el mismo título en sus lomos: EL LIBRO DE LAS LÁMPARAS DE ACEITE. Miré con sorpresa a mi anfitrión.
--Sí—dijo con una sonrisa arcana--, todos llevan el mismo título pero sólo uno es el original. Y al llegar a este punto, le propongo el problema que ya propuse a todos mis huéspedes anteriores. Si acierta cuál es el original tendrá derecho a contemplar la piedra de vetas.
No supe qué pensar. Sólo se me ocurrió hacerle la siguiente pregunta:
--¿Alguno acertó?
La respuesta fue contundente:
--Todos. Pero luego lo estropearon. Usted parece diferente. Suerte. Le concedo los minutos equivalentes al número de libros que contiene esa biblioteca, sesenta. Adelante.
Y se retiró a un lado para dejarme hacer. Saqué el primero de la izquierda de la primera tabla. Era una caja vacía, como esas que ponen en los muebles de algunos comercios. Hice lo mismo con todos los de las tres tablas, veinte en cada una. Y los fui dejando en su sitio, hasta que di con el libro verdadero. Lo abrí y al punto oí a mis espaldas un ruido de algo que rodaba despacio. Me giré y descubrí un hueco en la pared forrada de madera.
--Lo está haciendo muy bien. Pero le falta un detalle.
--¿Cuál?
--Eso debe descubrirlo usted solo. Pero le daré una pista. Es tan fácil como repetir algo conocido.
Quise entender que se refería a que dejara, como había hecho con el resto, el libro en su sitio, pero aquel libro representaba mucho para mí. Era una prueba fehaciente de que Ferlosio no había fantaseado como en otros pasajes de su libro.
--¿Qué desea hacer?—me preguntó--, ¿irse o quedarse?
--No le entiendo.
--Si se lleva el libro, verá la piedra de vetas, pero no saldrá de aquí.
Menudo dilema. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a renunciar a ver el prodigio de la lámpara que daba una luz inextinguible.
--Me quedo con el libro –dije sin detenerme a pensar en las consecuencias.
--Pues sígame.
Le obedecí y nada más cruzar el vano, me vi en una zona húmeda, una especie de sótano o cueva, iluminada por luces pequeñas y temblorosas situadas en una mesa corrida que abarcaba la pared más lejana del habitáculo.
--¿No serán…?—pregunté ansiosamente.
--Así es, amigo. Son piedras de vetas encendidas. Acérquese un poco más para verlas mejor.
Le obedecí. Parecían piedras normales, ninguna de las cuales llegaba al grosor de mi muñeca, y todas eran un poco ovaladas; de su parte más elevada sobresalía la mecha encendida con una llamita blanca como la leche.
--¿Puedo tocar una?
--Claro. Pero tenga con cuidado.
Alargué la mano y cogí una de aquellas prodigiosas lámparas eternas. Pero la solté enseguida porque su peso era desorbitado y el calor que desprendía inaguantable. Cayó al suelo y allí empezó a botar sin apagarse su llama, mientras sus golpes sonaban más fuertes cada vez hasta llegar al estruendo…
Desperté sobresaltado. Los golpes en la puerta de mi habitación seguían sonando.
--¿Qué pasa?—pregunté sudando y sin recuperarme del todo del susto.
--El desayuno le espera desde hace un buen rato—contestó la voz del anciano dueño de la casa.




LA NOTICIA


Noticias menos malas, para variar




Se me ocurre, en vista del año que vivimos o nos toca vivir, mencionar, aunque sólo sea de pasada, algunas noticias de prensa donde la sonrisa o la esperanza (que a menudo son sinónimas)acaban apareciendo. Cojo un periódico (no digo cuál, pero es casi el único que leo cuyas causas ya he dicho alguna vez), y en su primera página leo en grandes caracteres que la Audiencia Nacional piensa abrir una causa contra Guantánamo (intentarlo ya nos parece algo muy positivo después de tantos juicios paralelos como ha habido y sigue habiendo sobre el caso); las páginas siguientes se dedican a martillear el tema (a ver si no queda sólo en unos ruidos de tinta). Segunda noticia (no en orden de importancia): el Gobierno da luz verde a la RTVE sin publicidad (buen asunto; a ver si podemos ver un debate serio, una película digna, un programa interesante sin interrupciones para los anuncios con opción al zapeo); sin embargo, desde este rincón aséptico no acabamos de creérnoslo; cuando eso llegue, ya hablaremos e incluso nos comprometemos a comentarlo sin apasionamientos. Seguimos con el Gobierno, que en el plano de las elecciones europeas, a las que nos vemos abocados dentro de pocos días, está revisando con lupa las listas del 7-J para descubrir la presencia en ellas de algún miembro de Batasuna (¿vamos camino de que desaparezcan del espectro político las ideologías no democráticas y amigas de la violencia para imponer sus "ideas"? Ojalá). Hablemos de economía, de la galopante crisis económica en que se haya sumido el planeta. Casi todas las noticias al respecto, por no decir todas, son negativas; sin embargo, alguna de ellas no lo es tanto; un ejemplo: en EEUU, país que sirve de referencia a los demás en casi todo, el paro crece al ritmo más bajo desde octubre (a ver si eso mismo podemos decirlo muy pronto de nuestro país). Pese a esta crisis, no podemos obviar una noticia positiva referida a la Bolsa, y es que los mercados siguen con su racha alcista (el Ibex 35 supera los 9400 puntos y gana un 2'31 %). Otra. Hace unos días salió en algún medio de comunicación la brillante idea de cobrar plaza doble en los aviones a las personas con sobrepeso (¡el colmo de la estupidez!), pues bien, ahora la compañía aérea Ryanair se adelanta para decir que no cobrará recargo a los obesos (nos alegramos de la iniciativa, aunque son los propios pasajeros quienes elevaron la voz para quejarse de que las personas obesas ocupaban demasiado espacio (¿adónde llegaremos?). Y llegamos, ¿cómo no?, a la gripe que nos tiene preocupados; cada día nos enteramos de un infectado más, cuando no de una víctima mortal que hay que añadir a las que ya se ha cobrado esta pandemia; sin embargo, una noticia sobre la gripe (a la que ya no se llama porcina) quita un poco de gravedad a su virulencia; los científicos aseguran que la nueva gripe no debería causar pánico porque es muy parecida a la gripe estacional y porque en su H1N1 no existe la virulencia de la pandemia de 1918, cuyo virus infeccioso atacaba los pulmones, provocando un bajón de las defensas y, consecuentemente, permitía la entrada en tromba de estafilococos y estrecptococos; todo esto, unido a que no se había descubierto aún la penicilina, llevó a la muerte de muchas personas por neumonías bacterianas; es decir, que, según los entendidos, la circunstancia actual nada tiene que ver con aquella (respiremos confiados, pero no mucho por lo que pueda pasar). También en el ámbito policial (tan de capa caída en estos tiempos), conviene destacar una noticia positiva, según la cual la Policía Nacional desarticula una mafia carcelaria en Alicante y Madrid que exigía a sus víctimas (generalmente, familiares de presos) el pago de una cantidad de dinero para librarse de la amenaza de muerte de que habían sido objeto; la mafia estaba integrada por un grupo que actuaba dentro de las cárcel (4 reclusos de Fontcalent y Valdemoro) y otro exterior que efectuaba su "trabajo" (amenazar y cobrar el dinero, preferentemente). Y para terminar, una noticia perteneciente al mundo cultural, que felizmente también pertenece a nuestro mundo, y es que Josep Carreras, frente a los rumores publicados en The Times, según los cuales el tenor catalán se retiraba de los escenarios operísticos, seguirá deleitándonos con su voz (su representante acaba de afirmar que tiene contratos firmados para 2012), y en el momento de redactarse esta noticia Carreras se encontraba en Corea ofreciendo varios conciertos (aplaudimos el tesón y el buen hacer de Carreras, modelo de hombre comprometido con una causa hermosísima y de cantante comprometido con el arte que le ha dado alta fama y suprema dignidad).








EL COMENTARIO




Elogio de la lectura





Hoy más que nunca, y cuando el presidente del Gobierno anuncia que habrá un ordenador para cada alumno, recomiendo volver a la lectura, a la lectura de siempre, la de libro. Hace unos años decía en mi trabajo La lectura y la redacción (Seuba ediciones, Barcelona, 1988) que un buen libro, además de comportarse como un amigo silencioso que no te reprocha nunca nada, puede servirte para recrear el entendimiento, enriquecer la memoria, alimentar la voluntad, ensanchar el corazón y satisfacer el espíritu (pág. 147) y, más abajo, que el gusto por la lectura se debe fundamentalmente a dos factores inherentes al ser humano: el interés y la sentimentalidad. Hoy parece que se trata por todos los medios de suplir esos dos factores por un tercero, seguir la moda que marcan los avances tecnológicos, cuando éstos todo el mundo sabe que no son útiles en sí mismos sino sólo en cuanto son medios para lograr la formación integral de la persona. Un ordenador para cada alumno. Vale; eso está muy bien si se le enseña a utilizarlo como eso, como un medio eficacísimo para ponernos en comunicación con otros saberes que, sin la lectura personal, solitaria, reflexiva y enriquecedora quedarían sin significación y no pasarían a formar parte del bagaje cultural e integrador del individuo, sino que sería como una especie de barniz que al menor roce con la intemperie de la realidad acabaría desprendiéndose. Como educador durante más de cuarenta años en centros privados y estatales, he podido asistir a la moda escolar de proponer al alumnado ejercicios de búsqueda de información de todo tipo (en el caso de mi asignatura, Lengua castellana y Literatura, información sobre obras y autores de la literatura española y universal, especialmente) a través de la red de Internet, con la consiguiente constatación de lo hábiles que llegan a ser nuestros chicos y chicas a la hora de localizar cualquier información. Digo localizar cualquier información que, en la dualidad enseñanza-aprendizaje, no es nunca lo más importante. Lo que en el fondo los profesores perseguimos al proponer esa actividad a nuestros alumnos es que sean capaces de asimilar la información localizada y reelaborarla como obra propia. En muchos casos (y si no, que me corrijan mis colegas) el trabajo que entregan ellos es el folio impreso de la información que ofrece Internet. En algunos casos, lo máximo que llegan a hacer es preparar la lectura del impreso por si el profesor le pide que lo lea en voz alta en el aula. Y es una pena dejar escapar una ocasión tan propicia para acercarnos a un autor o a un poema determinados. También se nos habla últimamente del libro digital. Ya el sintagma "libro digital" nos parece contradictorio porque si es digital no es libro (reunión de hojas impresas, por el orden en que han de ser leídas, y encuadernadas formando un todo), y si es libro no es digital. Y aunque la idea nos la venden muy bien en todos los medios de comunicación social diciéndonos que dentro de un tiempo la lectura por este medio alcanzará cotas muy altas, la verdad es que la lectura hecha en el libro de siempre no desaparecerá nunca porque este libro determinado que estamos leyendo ahora es familiar, motivo muchas veces de un regalo de amor o la conmemoración de un hecho entrañable e íntimo, como el mismo acto de la lectura. Como la lectura que nos espera en ese libro que tenemos sobre la mesilla de noche no hay otra. Como ese libro que leyó nuestra madre y en cuyos márgenes apuntó sus opiniones no hay otro. ¿Para qué seguir citando las razones (miles de razones) que cada lector tiene para defender la lectura de un determinado libro? Otra cosa es fomentar el gusto por la lectura. Por ello concluyo repitiendo las palabras que decía en La lectura y la redacción: "No debemos, sin embargo, movernos sólo por esos dos factores (el interés y la sentimentalidad); debemos aspirar a más y leer, impulsados por el ansia del disfrute estético y conceptual, cualquier tipo de literatura que nos hagan pensar a la vez que sentir, ensanchen los horizontes de nuestro saber y afinen nuestra sensibilidad."

















OTROS







La radio sigue ahí





Entre la radio y yo existe una especie de vínculo que va más allá de la amistad y es amistad y confidencialidad y ... Desde hace unos quince años esos lazos intimaron aún más. Fue cuando se rompió mi seguridad laboral y, con ella, mi estabilidad física y mental. Mi cuerpo se desarregló totalmente. Me subió el colesterol y sufrí ataques continuos de ansiedad; el insomnio y horribles palpitaciones me obligaban a tirarme de la cama en medio de la noche y sentarme en el sofá del comedor presa de un pánico tan exagerado que más de una vez me sentí morir. En suma, perdí el norte y me puse en manos de médicos y fármacos que, con todo, no lograron disipar todos los miedos que de un modo u otro ponían trabas y trampas a mis pasos cotidianos. Fue entonces cuando empecé a recurrir con mayor frecuencia a la radio en busca de ayuda. Lo mismo era en altas horas de la noche que en la madugada o al rayar el día. Sudando de miedo, buscaba a oscuras, en medio del silencio hueco y prolongado de la noche, en el dial de mi receptor una voz, una música, un anuncio que me hiciera compañía. Unas veces era Cataluña Información, otras Cadena Dial, otras la Ser, otras la Cope, las que el azar me pusiera al alcance sin mirar el signo o tendencia a que pertenecieran unas y otras. Las voces de los locutores, las canciones, las músicas que aparecían de pronto en mis oídos representaban un oasis de paz en medio de mi desasosegado desierto nocturno. Y aliviaban mis desórdenes de miedo, los sudores, las palpitaciones... Me dormía con los auriculares puestos oyendo la voz acariciadora de un locutor que daba consejos a invisibles oyentes que acaso estaban sufriendo aún más que yo o escuchando una romántica canción que me llevaba a otros momentos más felices de mi vida. Y el lugar y el momento no tenían importancia: lo mismo me daba estar en una pensión de la Seo de Urgell en las primeras vacaciones de verano después del rompimiento laboral o en Lisboa años más tarde cuando ya las crisis no eran tan agudas ni tan duraderas. Allí estaba mi incondicional amiga la radio abrazándome en la noche como una madre actúa con el niño que acaba de sufrir una pesadilla. Y anoche, entre el 13 y el 14 de mayo, sin sobresaltos como los de antaño (sólo me había visto obligado a ir al lavabo), a eso de las cuatro y media de la madrugada, buscando al azar como siempre la mano amaiga de la radio, di con la voz de un locutor que en CatFM repasaba la vida y la carrera musical del recientemente fallecido Antonio Vega, símbolo de la llamada Movida de Madrid de los años ochenta. Fue una hora mágica la que el fino locutor puso a mi alcance tan generosamente. Canciones que yo conocía y otras que no había oído nunca fueron sonando para mí en medio de la noche. La chica de ayer, Lucha de gigantes, El sitio de mi recreo, Desordenada habitación y algunas otras que Antonio Vega, en medio de su lucha desigual con la droga y sus demonios personales, había ido creando para sobrevivirse siempre. Quiero recordar aquí y ahora la letra de una de las canciones que más me impresionaron oyéndosela cantar anoche al mismo fundador de Nacha Pop. Me refiero a Se dejaba llevar por ti:

Azul, líneas en el mar, que profundo
y sin domar acaricia una verdad.
Eh, tú, no lo pienses más,
o te largas de una vez o no vuelves nunca hacia atrás.
Se dejaba llevar, se dejaba llevar por ti,
no esperaba jamás y no espera si no es por ti.
Nunca la oyes hablar, sólo habla contigo y nadie más,
nada puede sufrir, que él no sepa solucionar.
Temor, alcohol de quemar,
pon tus manos a volar o en tus ojos el terror.
Azul, vuelve a reflejar y fundido con el sol
reina un sueño con sonido a mar. Se dejaba llevar...

Oyendo la canción en la concha silenciosa de mi oído, sólo sonando para mí, me dieron ganas de poner las manos a volar, como dice la letra. Estas alegrías, estos deseos, esta paz dulcísima que viene a visitarme tan generosamente en el pozo profundo y alargado de la noche, se los debo, ¿cómo no?, a mi confidente incondicional la radio. Gracias, por seguir siempre ahí.

sábado, 18 de abril de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN. Número 8. 30 de abril de 2009. Tossa de Mar




EL POEMA




1944



















1.
Yo venía a la luz
Del río y de las huertas.
El cine encandilaba soledades
Y aliviaba dolores de cien guerras.
Era el año de El clavo,
Cementerio de escuálida provincia,
Amapolas de crímenes ocultos
Que sólo puede el tiempo,
Detective implacable,
Restaurar el orden de la vida
A partir de un cráneo taladrado.

2.
Yo venía al sonido
Del agua en las azudas.
Era el año también de Rosellini,
De aquella luz enferma de cristales
Cuarteados por las bombas de la guerra,
De tristes bicicletas, soles puros
Rodando hacia los miedos y hacia el hambre
De Romas pisoteadas por botas alemanas
Donde niños muy frágiles
Jugaban a ser hombres huyendo de la infancia.


3.
Yo venía al sabor
De las almendras altas.
Era el año en que Laura
Moría entre las sombras
Y echaba sobre todos
La lluvia del misterio,
La turbia primavera de un retrato.
Sospecha de un silencio
Que el azar de los lirios
Pobló de mil palabras.
Geney Tierny, la sombra
Que llenaba los cines de susurros.

4.
Yo venía en febrero
A inaugurar un tiempo de tristezas,
De luces que agonizan
En el desván del alma.
Viajes al Oriente
Donde todo era magia
Aunque aquí, en Occidente,
Un asesino en serie
decoraba con sangre las esquinas
mientras Lang aliviaba soledades
con la mujer azul de nuevos sueños.



EL RELATO


Las vacaciones son algo pasajero
















El Domingo de Ramos volví a ver en la tele Quo Vadis? Desde las primeras escenas empecé a recordar momentos entrañables de mi infancia. Marco Vinicio, el Robert Tylor arrogante de siempre, apareció en el palacio del viejo general dispuesto a enamorarse de Ligia, la dulce Deborah Kerr de siempre. Eso a nosotros, los chicos de la posguerra, nos agrandaba el corazón y ardíamos en deseos de ver las escenas del circo en que la bella mujer, atada a un poste, era defendida por el fiel Ursus de las afiladas astas de un toro. Una vez tras otra veíamos la película como quien se asoma al espejo de la valentía y del amor. Espadas de madera caían melladas en nuestras aventuras vespertinas tras presenciar el film. Año tras año, caían mellados por el tiempo que amenazaba con la espada del olvido. Pero Quo Vadis? Sabía devolvernos milagrosamente al refugio inviolable e inamovible de la infancia. Eunice besando la estatua de Petronio era una escena que nos encendía el alma y el cuerpo. Una esclava hispana que rechaza la invitación de pertenecer a Vinicio, aunque vaya a recibir a cambio diez latigazos, porque está enamorada perdidamente de Petronio. Aquellos ojos verdes de la sierva nos perseguían a los chicos de la posguerra en nuestras aventuras por el soto del río y acababan en el tacto solitario y placentero de la mano oculta bajo el pantalón. ¿Y la insoportable vanidad de Nerón? Su infinita estupidez nos hacía reír, aunque sabíamos de antemano que acabaría incendiando a Roma sólo con el objeto de buscar inspiración para sus malísimos versos. Y en la escena de la cueva donde los cristianos se reúnen para escuchar de labios de Pedro el resumen de la Pasión de Jesús, veíamos las sombras fervorosas de las noches de nuestra ciudad por cuyas calles desfilaban durante la Semana Santa los pasos que recordaban la muerte de Cristo en la cruz, aquel carpintero que fue Dios y del que el cura del barrio nos había hablado cientos de veces desde el púlpito de la iglesia. También es inolvidable la escena de Pedro en el camino, donde la luz estalla entre las ramas de un árbol inmóvil bajo un vendaval, mientras la voz de Dios suena en boca de Nazario, su pequeño acompañante, y el bastón del Apóstol, erguido, sin caerse pese a que nadie lo sostiene, acaba floreciendo, como si se tratara de un árbol mágico. ¿Y el suicidio de Petronio y su amada la bella Eunice, la sierva de los ojos verdes, ante sus amigos, en un acto cívico irrepetible mientras manda redactar al amanuense una carta dirigida al loco Nerón, en la cual le pide que no vuelva a aburrir a nadie con sus pésimos versos? Pero ninguna escena iguala a la del circo. Los leones, las muertes de los mártires y el final apoteósico de la película en la que ganan los buenos.¡Oh, divino don de la infancia, el de convertir en eterna una cosa tan material y contingente como una película, y eternos los sentimientos que provoca! Y sobre todo, el de hacer volver a un adulto a su más tierna infancia.

El Lunes Santo amaneció nublado. Barrí el jardín como cada día y luego me senté a contemplarlo. Mientras lo hacía, notaba cómo la claridad iba iluminándolo todo cada vez más, como cuando nos ponemos a hacer memoria con atención y a nuestra mente acuden más limpiamente los recuerdos. La luz iba destacando la violeta floración del lilo, el rojo encarnado del pruno, el oro encendido de la carolina, los aún verdes frutos del níspero, que ya empezaban a destacarse entre las enormes hojas del árbol, los soldaditos azules de las ajugas y la pujanza de los evónimos, las okubas y la aralia que, tras la poda que le hice hace unos meses, subía arrimada a la pared del fondo abriendo sus manos gigantes de incansable mendigo. Sin olvidar la frondosa viña virgen que, imparable, empezaba a tapizar las vallas de brezo. Quedaba aún la esperanza insinuada de las campánulas del arriate del centro, del joven madroño, el granado y tantas otras plantas que con el paso de la primavera alcanzarán su máximo esplendor.
También para hacer un poco de ejercicio físico fui a echar al correo un poemario que acababa de corregir por enésima vez. El buzón de correos se encuentra a unas cuantas manzanas de casa y el paseo hasta él siempre es agradable y variopinto ya que por encima de las tapias de los jardines de las casas puedo asistir al paso de las estaciones en las galas y adornos de las plantas que asoman por ellas. Colores y olores se mezclaban en el aire de la mañana, aire algo turbio por la escasa luz que mostraba el día. Pero la esperanza que respiraba en todo me hacía mucho bien lo mismo que el paseo. El tema del poemario que llevaba encerrado en el sobre camino del buzón hablaba del influjo del paso del tiempo sobre las cosas que rodean la vida del hombre y sobre el hombre mismo. Sus maneras de pensar y de sentir se ven obligados a cambiar pese a que en el núcleo de su persona, siempre perenne e insobornable, sigue viviendo, pensando y sintiendo el niño que fue un día.
Por la tarde fuimos a ver a la abuela a la Residencia donde se halla internada. El viento había llenado la Plaza de Ibiza de polen amarillento, y los recuerdos de cuando vivimos en el barrio de Horta salían a recibirnos en todas las esquinas. Visitar a alguien querido en una Residencia en Semana Santa es revivir el dolor. La anciana estaba acostada en su cama en la habitación de techos altos que comparte con otras dos internas. La residencia fue un antiguo palacete modernista, que ahora huele a sopa de tarde y se escucha rezumando de sus viejas paredes un silencio perdido. El jardín de la Residencia, solitario, rezaba en las palmeras y en los cipreses del fondo, mientras que la gata y el perro del lugar, verdaderos talismanes de los enfermos, recorrían los rincones de la terraza bajo las columnas del porche. Tras echar una rápida ojeada a la soledad y quietud del jardín, regresamos a la habitación de Mercedes que, acurrucada en su lecho, aprendía a morir despacio, sin saber quién es ella ni quiénes somos nosotros. En el escaso brillo de sus pequeños ojos se esconde el calvario de todas las Semanas Santas juntas y en sus manos el inexorable adiós a lo que fue un día allá en su infancia, a lo que fue cuando se enamoró y se casó con el padre de sus ocho hijas, el adiós a lo que fue ayer y ahora mismo. Salí de la Residencia como una lluvia sin mar ni primavera.

El Martes Santo nos vinimos a Tossa, donde escribo estas notas. El sol y el mar tejen una alianza perfecta para encontrar la paz, después del largo trimestre que acabo de vivir, y tomar fuerzas para enfilar la última recta del curso escolar. Como es habitual en nosotros, tras dejar el equipaje hemos subido por la cuesta del pintor hasta la plaza de Ava Gardner para luego bajar por la rampa del mar hasta los pies de la muralla, con la vista del pueblo extendido en arco alrededor de la bahía. Ya había gente en la playa tomando el sol, pero el agua, azul y quieta como una gigantesca lentilla, estaba solitaria; quizás su baja temperatura aún no la hace apta para el baño. En la biblioteca nos hemos pertrechado de lectura y cine para un par de días. En ARTE me he encontrado con la sorpresa de ultratumba del rey Pakal, un tesoro arqueológico de valor incalculable perteneciente al mundo maya que ha sido encontrado en la tumba que dicho rey tiene en el templo de las Inscripciones de Palenque. Desde el balcón se domina una vista excepcional: la riera y los pinos en primer término y, al fondo, sobre las casas escalando la montaña, la Torre de los Moros. Tras la comida, hicieron su aparición la paloma negra y la lavandera, aves acostumbradas a la marquesina del supermercado. Por la tarde, paseo habitual hasta la Mar Menuda. Y al volver a casa, antes de cenar, Cumbres borrascosas en el DVD. Volvimos a vivir la emoción salvaje de la pasión en que se queman Cathy y Heathclif en un mundo de ilusión y poesía. ¿Quién entendería hoy el amor que sentía Cathy por un mendigo atrabiliario como Heathclif? Sólo dos almas gemelas podrían amarse como los personajes que encarnan en la película de William Wyler Merle Overon y Laurence Olivier. El páramo, las rocas de la colina, la tétrica mansión… constituyen una atmósfera irreal que favorece la pasión desmedida que los dos jóvenes sienten primero en la vida y después en la muerte. ¡Aquella rama de árbol golpeando bajo la tormenta de nieve la ventana de la habitación de Cathy después de que la joven hubiera muerto y Heathclif invitando al fantasma de su amada a entrar en la estancia! ¿Existe destrucción tan apasionada como la que los dos amantes se infligen mutuamente? Jamás el odio unió tanto a dos seres más allá de la vida y de la muerte. “Ojalá no descanses mientras yo viva. Enloquéceme, pero no me dejes solo…” Luego nos fuimos al baile. Por primera vez en mi vida me olvidé de la procesión nocturna de la Esperanza de mi barrio natal, con la muralla en sombras y los faroles y los cirios de los pasos y los cofrades iluminando la masa misteriosa del Puente de Piedra sobre el Duero. Las cumbias y los boleros fueron en el baile como una manta de música eterna que cubrió el nostálgico silencio de la infancia.

Nada más desayunar al día siguiente, cogí la bicicleta y me fui a despertar los rocíos y los rincones umbríos de la mañana. Era un gozo indescriptible notar el aire frío en la cara mientras la bici me llevaba por el sendero paralelo a la riera, acompañado de los cantos de los pájaros y los rojos melancólicos de las amapolas. Di la vuelta acostumbrada: el parque, el estanque con las espadañas, el islote con las tortugas al sol, el croar de las ranas y los patos surcando con majestuosidad el espejo del estanque. Me paré un ratito en el banco de madera acostumbrado para verlo todo con calma. Un perro solitario se acercó a mí y me olisqueó los bajos del pantalón del chándal, pero viendo que allí no había nada que le recordara pasados fisiológicos ha seguido su peregrinaje matutino. Después seguí la ruta en bici hasta entrar en el pueblo por la Villa Romana y desembocar en el paseo del mar por meandros de callejas silenciosas y deshabitadas. Finalmente, hice un alto en la Mar Menuda, dejé sobre las rocas del milagro la bicicleta y subí por uno de los peñones hasta ver el acantilado y las rocas que dan al norte, la del toro, el perro y otros peñascos zoomorfos que son besados por la espuma del mar. Aspiré profundamente el aire apenas estrenado de la mañana y luego, más vivo y más descansado, regresé a casa. Ayudé a Nasi en la cocina a preparar berenjenas rellenas (la carne bien picada, la cebolla, el ajo sofrito…). Cuando las góndolas de la huerta quedaron listas, les echamos por encima la besamel, y al horno.
Por la tarde, durante nuestro paseo acostumbrado, descubrimos que los chiringuitos sobre la arena de la playa, las barcas fondeando en el mar y las hamacas estaban ya inaugurando la temporada.
Después de cenar y dispuestos a bajar al Don Juan para nuestro baile nocturno, nuestros amigos de pista nos avisaron por teléfono que el músico no iba ese día; así que nos quedamos en el piso viendo la televisión. Espartaco y su aventura de libertad nos acompañaron hasta la hora de meternos en la cama.

El Jueves Santo amaneció nublado y con temperaturas bajas. Aún así, salí con la bici. Volví a casa mocoso y estornudando más de la cuenta, viendo, sin embargo, que los visitantes del mercadillo de los jueves inundaban las calles donde estaban instalados los puestos. Luego salió el sol y pudimos bajar a la playa un rato. De vuelta nos pusimos a hacer torrijas castellanas. Las torrijas castellanas se diferencian de las andaluzas en que éstas se hacen con vino en vez de leche. De nuevo el mundo de mi infancia en Semana Santa vino a mi memoria. Mi madre destacaba entre las imágenes recordadas. Manejaba las rodajas de pan en un plato hondo lleno de leche hasta empaparlas. Luego las rebozaba de huevo, y a la sartén con el aceite bien caliente. El azúcar y la canela finales… y un olor a gloria perfumando toda la casa.
Por la noche sí pudimos mover el esqueleto en el Don Juan. Vino el grupo de las trompetas y la vocalista, e hicieron sonar la música caliente del Caribe. Entre baile y baile, comentábamos cosas de siempre, la juventud que no vuelve nunca más y la vejez que nos va arrinconando en el no va más, jueguen señores. ¡Pero que nos quiten lo bailao!
El piso recién comprado con vistas a la riera y a la montaña, el balcón desde donde se disfruta de toda esa vista y donde anoto estos apuntes, nos ha empujado a la vida de nuevo pese a que yo soy un cobarde para todo esto de las mudanzas. Echar raíces dondequiera que voy me da más vida. ¿Y mi ciudad? ¿Dónde queda? ¿Qué sitio ocupa en mi corazón? No sabría, a estas alturas de la vida, decirlo con seguridad. La televisión se encarga de traerme más recuerdos (la procesión de la Vera Cruz, que desfila el Jueves Santo por la tarde, entra en el recinto externo de la Catedral: la Santa Cena, el Ecce Homo, el Huerto de los Olivos…).


El Viernes Santo, al contrario que la víspera, amaneció limpio y luminoso, aunque con el paso de las horas empezó a nublarse y a perder claridad. Menos mal que el paseo en bici me permitió disfrutar de la mañana recién estrenada. Los chicos venían a comer con nosotros a Tossa y temía que el día se estropeara aún más. Y así fue. Sin embargo, después de comer, subimos hasta el Faro, al nuevo bar que acaban de abrir allí. El viento le sacudía de lo lindo; pero, bien pertrechados, pudimos disfrutar de unas vistas de película. Y como el tiempo no estaba para fiestas y paseos, volvimos todos a casa. Por la televisión nos enteramos de que en mi ciudad de la infancia habían suprimido la procesión del Santo Entierro por culpa de la lluvia. Pasamos la tarde viendo en la 5 una película eterna, En el principio (que parecía no tener final). La Historia Sagrada que aprendí de niño desfiló casi toda ella en imágenes por la pequeña pantalla: la historia de José y sus hermanos en Egipto, la de Moisés, salvado de las aguas por la hija del Faraón y otros detalles estelares como las señales de sangre en las puertas para salvar a los hijos de Israel, las plagas, el paso milagroso del Mar Rojo…
Mis hijos, pasado el día con nosotros, regresaron ya de noche a Barcelona. Y cuando algo más tarde volvíamos del baile, descubrimos en el móvil un mensaje suyo diciendo que habían llegado sanos y salvos a su destino.


El día siguiente, Sábado Santo, amaneció tan cubierto que a poco de comenzar mi rutinario paseo en bicicleta, empezó a llover y tuve que regresar a casa pedaleando como un energúmeno para no empaparme como una sopa. Pero antes de que la lluvia hiciera acto de presencia, tuve una sorpresa que no vivía hacía muchos años. Estaba reposando según costumbre en el banco de madera del estanque cuando vi en la margen opuesta a una abubilla picoteando en la hierba de la orilla. Su cabeza en pico, con la cresta recogida, subía y bajaba como yo la había visto de niño. Los colores de las alas, recogidas también, no me decían mucho al lado de lo que yo verdaderamente deseaba que ocurriera. Y ocurrió. Levantó el vuelo y vi el misterioso pájaro con las alas desplegadas y recorridas por franjas marrones, en medio de aquel vuelo espasmódico y eléctrico, de autómata, y sobre todo con su cresta desplegada en un abanico de fuego. Y pasó sobre mi cabeza para posarse en el prado, junto a la depuradora. Allí siguió picoteando al lado de un bando de palomas torcaces. Monté en la bici y pedaleé hacia la abubilla. Al verme se echó en brazos del aire y en vuelos pequeños fue a posarse en la rama de un pino. Desde allí me miró unos segundos. Detuve la bici a pocos metros. La miré como a algo que ya no me pertenece. De pronto extendió su cresta y de un nuevo y definitivo vuelo se perdió en la espesura del pinar. Aquel Sábado Santo no pude escuchar su característico bu-bu-bu. Quizá algún día.
La jornada, finalmente, se fue entre nubes, amenazas de nuevas lluvias y algo de sol tímido. Y también con la movida del baile en el hotel, entre amigos y música.

Y hoy, Domingo de Resurrección, tendido al sol en la playa, siento que las vacaciones son ya algo pasajero, humo de un fuego que ardió. Mañana volveremos a la rutina y el martes todo será humo volandero al lado del presente inaplazable de las aulas, alumnos y lecciones. Pero ahora dejo, tendido sobre la fresca arena, que el beso cálido del sol acaricie a veces mi piel y otras ceda su vez a la caricia suave de la brisa mojada con gotitas del mar cercano. Pienso en unos versos que aún no tienen forma, en un relato tal vez, mientras de repente una niebla espesa nacida en el mar avanza hacia nosotros y poco a poco engulle el promontorio de la Ciudad Vieja.
Es el presente que engulle lentamente lo poco que queda de estas vacaciones de Tossa.







LA NOTICIA



El premio Cervantes de este año: Juan Marsé



El premio Cervantes de Literatura se instituyó en los años setenta para premiar a un autor español o hispanoamericano por toda su obra. Se suele entregar el 23 de abril de cada año, fecha que conmemora la muerte del más grande escritor español de todos los tiempos y la entrega la efectúa el rey Juan Carlos I. Entre los españoles que han recibido tan prestigioso galardón destacan los poetas Jorge Guillén, Luis Rosales, Gerardo Diego o José García Nieto, por citar unos pocos, o narradores como Miguel Delibes, Camilo José Cela, Francisco Umbral o Rafael Sánchez Ferlosio. Y entre los hispanoamericanos, conviene mencionar nombres como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Cabrera Infante, Alejo Carpentier o Juan Carlos Onetti. El Cervantes de este año ha recaído en el narrador Juan Marsé (Barcelona, 1933). Su relación con Cervantes data de cuando a los dieciséis años se internó en la lectura del Quijote. Trabajó como joyero, pero pronto de dedicó de lleno a la literatura. Con el relato Nada para morir ganó el Premio Sésamo de cuentos en 1959 y dos años más tarde fue finalista en el Biblioteca Breve con su novela Encerrados con un solo juguete. Otros títulos y otros premios fueron Últimas tardes con Teresa (Biblioteca Breve, 1965), Si te dicen que caí (México de Novela, 1973), La muchacha de las bragas de oro (Planeta, 1978), Ronda del Guinardó (Ciudad de Barcelona, 1984), El amante bilingüe (Ateneo de Sevilla, 1990), El embrujo de Shanghai (Premio de la Crítica, 1994), etcétera. El universo narrativo de Marsé ronda en torno a la Barcelona de la posguerra de la que critica en especial la sociedad burguesa y ensalza la lucha diaria por salir adelante de la clase más desprotegida. Personajes de sus novelas que se han hecho inolvidables son Teresa o Montse, pertenecientes a la clase privilegiada, o Pijoparte, representante indiscutible del emigrante dispuesto a labrarse un destino mejor a cualquier coste. Sus historias narrativas han sido llevadas al cine en diversas ocasiones (recordemos, entre otros títulos cinematográficos, La oscura historia de la prima Montse, de Jordi Cadena, La muchacha de las bragas de oro, de Vicente Aranda, Últimas tardes con Teresa, de Gonzalo Herralde, o El embrujo de Shanghai, de Fernando Trueba. Juan Marsé, durante la entrega del Cervantes empezó su discurso con estas palabras: "Yo soy un catalán que escribe en castellano". A propósito del bilingüismo, afirmó que la dualidad idiomática que existe en Cataluña no sólo no supone ninguna amenaza para los dos idiomas cooficiales ni es causa de preocupación, sino que además enriquece a los ciudadanos que viven en Cataluña. En referencia a la memoria histórica, señaló que "el recuerdo en nuestros días lleva todavía una carga de dolor y sentimientos, suspicacias y malentendidos" y añadió que existe "una memoria compartida que no debe arrogarse nadie, una memoria que fue durante años sojuzgada, esquilmada y manipulada". Asimismo habló de lo que sabe hacer mejor, es decir, la literatura, cuyos dos ingredientes principales son la imaginación y la memoria pues "no hay literatura sin memoria", concluyó al respecto, y citó algunos de sus antecedentes literarios, como Baroja, Galdós o Dickens, sin olvidar al Príncipe de los Ingenios, que es quien otorga el nombre al premio recibido.



EL COMENTARIO


Miguel Hernández, periodista comprometido


Entre las virtudes del periódico Público destaca el regalo semanal que hace de cultura, aunque sea la suya, no siempre del gusto general (sólo faltaría): cine, música... El día del Libro fue más allá y regaló un librito muy interesante que recoge algunas crónicas periodísticas que Miguel Hernández, el poeta del pueblo, escribió para diversos medios de prensa del ejército republicano (Acero, Al ataque, Avanzadilla, Pasaremos, Nuestra Bandera, etcétera) durante los años 1937 y 1938 de la guerra civil. El poeta García Montero, encargado del prólogo, afirma, entre otras cosas, que "los artículos bélicos de Miguel Hernández recogen la moral comunista heroica de resistencia ante el ejército franquista", que "el golpe militar de Franco fue un fracaso y que nunca hubiera sostenido una guerra sin la ayuda de los dictadores europeos" o que "lo importante es la intención de arrebatarle al autodenominado bando nacional la legitimidad de la nación". En la Introducción, escrita por Francisco Esteve Ramírez, se hace un repaso a la producción literaria del poeta de Orihuela y en ella ocupa un papel interesante la atividad periodística. Y así fue crítico literario en el Diario de Cádiz (comentario a Trasluz, obra de Pedro Clotet, amigo del poeta), El Sol (comentario a Residencia en la tierra, del admirado Neruda), etc. Pero fue en el periodismo comprometido donde Hernández alcanzó alturas considerables. Cuando se dio la rebelión militar del 18 de julio de 1936, el poeta se enroló como voluntario en el V Regimiento donde se dedicó en un principio a levantar fortificaciones y abrir trincheras. Pero enseguida se le asignaron tareas culturales y periodísticas al saber que era un gran poeta. Así fue como se convirtió en corresponsal de guerra en muchos lugares del frente, director del Altavoz del Frente Sur y Comisario de Cultura. Entre sus crónicas de guerra, firmadas a veces con seudónimos (Antonio López o Miguel López son dos de ellos) destacan, por su fuerza lírica, su plasticidad y su compromiso, las siguientes: Para ganar la guerra, donde leemos: "Vivimos una gran época de sangre. Por el territorio de españa corren en estos días más ríos de sangre que de agua y hay más sementeras de muertos que de trigo. Seguramente la cosecha de varios años próximos van a ser de un color arrebatado y un sabor amargo, alimentadas por tanto cuerpo caído..." Primeros días de un combatiente, de la que sacamos estas frases: "Las bombas llovieron sobre nosotros. Yo las veía caer tendido boca arriba y el cuerpo me rebotaba en las explosiones. No sé por qué me reía de no ser dueño de mi persona, y mis carcajadas indignaron al cordobés. Se levantó escupiendo tierra y me gritó que el caso no era para risa..." Carta abierta a Valentín González "El Campesino", importante porque en ella incluyó el romance que empieza "Hombres que seguís a este hombre, / por laberintos que marcha/ a páramos de derrota / y a viñas de triunfo y palma..." El hijo del pobre, que es un poema en prosa: "Al hijo del rico se le daba a escoger títulos y carreras; al hijo del pobre siempre se le ha obligado a ser el mulo de carga de todos los oficios. No le han dejado ni tiempo ni voluntad para elegir un camino en el trabajo. Se le ha empujado contra el barbecho, contra el yunque, contra el andamio; se le ha obligado a empuñar una herramienta que, a la vez, no le correspondía. Las universidades nunca han tenido puertas ni libros para los hijos de los pobres, que no han conocido en la niñez más alegría que la que da el mendrugo a los hambrientos, ni más descanso que un sueño de cinco horas..." Son, pues, algunas de estas crónicas, la lisa y llana expresión de un ser comprometido con una causa política y, como reza el subtítulo de este librito, ni más ni menos que las manifestaciones de "un poeta en el frente".




OTROS

Épica, lírica y el género de las armas





Esta liga tiene, si no ocurre un milagro a favor del Real Madrid, un claro ganador: el Fútbol Club Barcelona. Méritos y buen juego demuestra en casa y a domicilio, y de airearlos se encargan todos los medios informativos tras cada jornada liguera. Incluso a ciertos periodistas se le llenan la boca de exquisiteces literarias para elogiar tanto a sus jugadores como a las jugadas que realizan. Y comparando el juego del Barça y el de su eterno rival se ha llegado a decir que si el juego del Real Madrid es épico, el del Barça es lírico. Con la literatura topamos. En preceptiva, la épica trata de los hechos que llevan a cabo unos determinados personajes en un marco espacio-temporal concreto, mientras que la lírica se encarga de hablar del mundo interior del personaje. Parece que si una y otra las aplicamos al juego que realizan los dos equipos principales de la presente liga española, fallan estrepitosamente, salvo que sea al revés. Más épica (gesta, acción heroica y esforzada, que puede convertirse en modelo de actuación) que está demostrando el Barça no existe ( su primer puesto en la clasificación y los seis puntos que le saca al segundo clasificado, el Real Madrid, son hechos incuestionables) y no añadimos lo que está haciendo en la Champion League o en la Copa del Rey (que, por otra parte, también puede ganar aunque tenemos nuestras reservas, al menos en la competición europea). Y para "líricas" extremas, tenemos la prueba fehaciente (todas las televisiones la han mostrado con todo lujo de detalles) de un defensa del Madrid, que no dudó en expresar ante millones de ojos sus sentimientos más violentos en las personas de dos jugadores del Getafe durante el partido que enfrentó hace unos días a los dos equipos. Pero no nos alejemos de nuestro primer propósito, que era el constatar la afición que han adquirido algunos periodistas por elogiar los méritos y el juego del Barça con calificativos literarios. Tengo delante una columna de Público (es el periódico que más leo últimamente) del viernes 24 de abril titulada Desde la Sexta, de la que extraigo el primer párrafo: "En sólo dos minutos. Ese es el tiempo que necesitó el Barcelona para acabar con el sueño de quienes quieren ver algún signo de debilidad en este grupo poético que, como aquella generación del 27, prefiere la búsqueda permanente de la estética a través de la inteligencia y la sensibilidad. Este grupo lo hace todo fácil por poseer el mejor arma (las negritas son nuestras)para ello: el don del talento." ¿Han visto qué lección de Preceptiva e Historia de la Literatura? Grupo poético, generación del 27, estética... ¡Lástima que el párrafo no pueda también convertirse en lección de Gramática. Y es por lo de siempre, por no tener a mano un Diccionario de la RAE. Con lo poco que cuesta. El periodista que firma la columna se hubiera dado cuenta de que el sustantivo "arma" es femenino y el artículo que debe acompañarlo cuando entre ambas palabras va un adjetivo (mejor) ha de ser el artículo femenino "la" y así el párrafo, tan literario, no quedaría cojo gramaticalmente hablando. La mejor arma para escribir es, pues, tener a mano (y consultarlo, claro) un buen diccionario.



OTROS



2009, año negro


"¡Vaya año has elegido para jubilarte!", me dicen algunos de mis amigos al ver el panorama en que vivimos. "¿Y qué podía hacer, les contesto, si cumplo los años requeridos para jubilarme en este?" La verdad es que 2009 es un año negro, negrísimo. La gran oscuridad es esta crisis económica que proyecta una muy larga noche sobre nuestras vidas. Ya hay más de cuatro millones de trabajadores en paro. El Banco Nacional de España aconseja bajar las pensiones y hasta cosas peores en las que ni siquiera deseo pensar. Pero no es sólo esta imparable oscuridad la que se cierne sobre España y el mundo. La justicia hace aguas por todas partes. La política está manchada con el chapapote de la corrupción. La delincuencia sigue su marcha ascendiente. Aún quedan delitos gravísimos sin resolver (el más preocupante, la desaparición de la chica sevillana Marta del Castillo, y las personas inculpadas en su posible asesinato y desaparición siguen burlándose de la policía y la justicia). El problema de la emigración sigue sin resolverse. ¿Para qué seguir? Y esto sólo en nuestro país. Fuera siguen las catástrofes naturales sembrando el miedo y la muerte (hace poco fue el terremoto en la zona italiana de l'Aquila y en estos días las inundaciones de Sri Lanca). Y ahora, otro cataclismo, este sanitario, el de la gripe porcina, flagela medio mundo desde que se iniciara el brote en México (hasta el momento de la redacción de este texto la epidemia ya ha causado alrededor de ciento cincuenta muertos en el país azteca) y se convirtiera en pandemia al descubrirse otros contagiados de la fiebre porcina en Estados Unidos, Canadá y algunas naciones europeas como la nuestra, que ya cuenta con una veintena de casos posibles que están siendo observados en centros sanitarios repartidos por todo el país (Cataluña es, por el momento, la comunidad donde más enfermos hay), aunque los únicos casos verdaderamente probados son los de los dos jóvenes que, a la hora de cerrar esta edición, están hospitalizados uno en Almansa (Albacete) y otro en Valencia, ambos pertenecientes a un grupo de estudiantes universitarios que pasaban unos días en Cancún (México). No quisiera adoptar tonos apocalípticos porque, entre otras cosas, no resuelven nada, pero la situación mundial y, concretamente, la española es verdaderamente preocupante. De todos modos, confiemos en que esta larga y dura noche en que estamos sumidos poco a poco se vaya despejando y deje entrever la esperanzadora luz rosada de un nuevo amanecer.