martes, 14 de julio de 2026

PIEL DE TORO (II)



       Y su voz, la voz clara y justa de Ortega, además de incansable y cariñosa, me contaba de su primo Alfonso cosas y aventuras que le pasaron en Madrid cuando su tío Florencio había dejado el pueblo para traladarse a la Corte en busca de mejores aires para su familia. Una de esas cosas le ocurrió en plenas fiestas de la capital de España, con corridas de toros en Las Ventas. Manolo, el hijo mayor del tío Florencio, se había ido a la Plaza para ver torear a Jumillano, que era un matador muy reconocido entonces. En el piso que el tío había comprado en Entrevías se hallaban, junto con el patriarca y su consorte la tía Eduviges, los hijos pequeños, Silín, Marta y Josefa, y su sobrino Alfonso, que estaba preparando la merienda-cena, cuando al tío Florencio le dio un síncope y cayó al suelo como fulminado. Avisaron a la ambulancia y en el momento en que se lo llevaban a La Paz, la tía le pidió a Alfonso que fuera a la Plaza de Toros e intentara avisar por todos los medios a Manolo.                Alfonso, sin saber muy bien qué iba a hacer salió para las Ventas. Cuando llegó estaban toreando el quinto toro y las puertas se abrieron gratis para la gente que se agolpaba en la entrada principal en espera de esa ocasión. Alfonso se metió en la oleada de gente y, ya en un tendido, se puso a mirar a todas partes en busca de Manolo. Al cabo de un rato lo vio en el tendido opuesto, atento a la faena del torero en la arena. Alfonso se colocó las manos en la boca a modo de bocina y empezó a gritar: “¡Manolo!, ¡Manolo!, ¡Manolo!” Pero Manolo no le oía, entre otras cosas porque Manolo estaba al otro lado de la Plaza y porque en ésta había un follón de espanto, entre los olés, las múltiples conversaciones y la música de la orquesta que no paraba de tocar pasodobles. 



De repente, Alfonso vio a su lado a un hombre que utilizaba unos prismáticos para enfocar la faena del matador. “¿Eso pa qué sirve”, le preguntó. El aludido le contestó asombrado: “Esto, caballero, son unos prismáticos y sirven para ver de cerca lo que está lejos.” El primo Alfonso, debió de ver en aquel objeto la solución para su problema, porque acto seguido, le dijo: “¿Quiere hacer el favor de prestármelos un segundo? Es un asunto muy grave.” El dueño de los prismáticos se los descolgó del cuello y se los prestó. Entonces Alfonso se los puso delante de los ojos tal como había visto al caballero y los dirigió hacia donde estaba Manolo, al otro lado de la Plaza, como digo. "¡Milagro!", debió de pensar. Tenía a su primo Manolo al alcance de la mano. Entonces, con una sonrisa de satisfacción, le dijo en voz baja: “Manolo, vuelve a casa pronto, que a tu padre le acaba de dar un soponcio y se lo han llevado al hospital.”

Ortega tenía una voz parecida a la de Valladares y además de escribir poesía, la sabía recitar como los propios ángeles. Una vez en la tertulia a la que solíamos acudir en Barcelona (la ciudad donde lo conocí) alguien habló de un romance que había escrito el poeta Miguel Hernández donde habla de muchos animales y nos pidió a los contertulios si alguien recordaba algunos versos del romance en cuestión, y a Ortega le faltó tiempo para levantar la mano y decir: “Creo que sé a qué romance te refieres y recuerdo muy bien unos versos donde Hernández menciona vacas y toros, por si quieres oírlos.” Acto seguido el contertulio le animó a que los recitara para todos los que allí estábamos. Y él, que era un rapsoda de dos pares de... empezó a declamar: “En los templados establos/ donde el amor huele a paja,/ a honrado estiércol y a leche,/ hay un estruendo de vacas/ que se enamoran a solas/ y a solas rumian y braman./ Los toros de las dehesas/ las oyen dentro del agua/ y hunden con ira en la arena/ sus enamoradas astas.” El aplauso fue unánime.


Ortega en una época en que daba clases particulares a un vecino suyo que estaba enfermo le comunicaron que había ganado un premio de poesía taurina en Valencia, y a la ciudad de Las Fallas fuimos a vivir un par de días de ilusión y fiesta, ardiendo de alegría junto con los monumentos de cartón y madera que la ciudad del Turia levanta en sus calles y plazas con la llegada de la primavera.

Y ahora, muchos años después, mientras iba yo hacia la taberna del paseo del mar en Roquetas para intentar saber algo de mi amigo desaparecido, recordaba aquellos dos días pasados con él en Valencia entre tracas y petardos de mil ruidos, buñuelos, faldas de flores, horchata y mascletás, y especialmente el momento glorioso de recibir en la Peña Taurina que patrocinaba el Premio el sobre con el dinero del galardón, y de la lectura del poema que hizo Ortega ante la admiración de los concurrentes, un poema antitaurino, a juicio del presidente del jurado que se lo premió: “Te estoy pidiendo, toro de la noche,/ amigo de la luna y el silencio,/ que no hagas mucho daño a ese chaval/ que te cita en la valla de la dehesa./ No sabe ni de muertes ni de odios/ ni de heridas atroces que conducen al fin./ Igual que tú, toro inmenso, negra catarata,/ que ignoras tu final en el acero./ Míralo cómo pisa tus dominios,/ con qué temblor de rama sacudida/ avanza por la hierba que estremeces con tu peso/ de dios bravo y antiguo./ Ten piedad de esa nueva, inocente muleta de alquiler./ No acudas a la cita de esa sangre quemada en un impulso...”. 


         Y todo eso iba unido a la oportunidad de pasear por la ciudad del Turia, viviendo de cerca la plantá, y el bullicio, los churros, los fuegos artificiales..., alegría en una palabra que, por otra parte, tiene siempre su final aunque viva en el recuerdo para siempre.

Desde que Ortega, en vida de su padre, al que le gustaban mucho los toreros y las corridas de toros, frecuentaba el mercadillo de libros y revistas de ocasión de San Antonio, buscando no sólo libros para él, sino también y sobre todo números de la revista El Ruedo para su progenitor, empezó a interesarse (y nunca dejó de hacerlo) por el mundo taurino, y siempre que podía escribía y hablaba con pasión del tema. Como la vez que se fue a correr los Sanfermines y en medio de un follón increíble se atrevió a llamarme por el móvil, diciéndome: “Mira, joven, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Hay uno de nosotros, que es el que peor está de todos por los excesos de anoche, que quiere salir a correr con los toros, y, aunque todos le decimos que se quede tras las vallas como el público, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Joven, que tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde.” Aún me parece estar oyendo su voz.

Y aún lo veo a él, a Ortega, a mi lado, en ocasiones parecidas, como cuando hicimos un viaje en autobús en una compañía barata, cuyo nombre he olvidado adrede. Alojados en un hotel de Teruel, cercano a una de sus torres mudéjares tan emblemáticas, poco después de deayunar llegó el autobús que iba a llevarnos a Albarracín. Una vez subidos a bordo, y después de haber visto pasar cerca de la carretera al río Turia, que estaba naciendo en la vecina sierra de Albarracín y a la vez repetía su camino hacia Valencia, escuchamos la voz de la guía llamándonos la atención sobre la violácea silueta inconfundible de la sierra que teníamos delante del autobús. 


Poco antes de llegar a Albarracín, Ortega me lee en voz alta en el librito de Teruel algunas notas sobre el pueblo declarado Conjunto Histórico en 1961. Sus empinadas y estrechas calles, de trazado musulmán, sus fachadas rojas, sus casas colgadas, sus celosías y aleros de madera, sus elaboradas rejerías… Dejó de leer para decir: “Se acentúa el apetito que ya traía de meterme por sus calles, respirar el aire sano de la sierra circundante y empaparme la mirada de belleza y el corazón de emociones.” Pero una sorpresa de otro tipo nos esperaba a Ortega y a mí al llegar al pueblo. Al apearnos del autobús, nos enteramos de que Albarracín se hallaba en fiestas y que de un momento a otro comenzaría el encierro de toros. En efecto, al momento empezaron a sonar los estampidos de los cohetes que anunciaban el comienzo del encierro, que tendría lugar a lo largo de la calle central y acabaría en la plaza del Ayuntamiento, convertida al efecto en un coso taurino. Ante tal circunstancia, el recorrido preparado para visitar las calles principales del pueblo quedó momentáneamente suspendido, y como solución alternativa, la guía nos propuso ir subiendo al pie de las rocas, bordeando la población ante la vista de las casas colgadas y el perfil formado por la Catedral, el Castillo, la escarpada sierra y el verde y frondoso valle. Sin embargo, a Ortega y a mí la idea de perdernos la vistosidad del encierro nos comía por dentro. De modo que planteamos a la guía nuestro deseo de asistir al encierro y quedamos con ella en volvernos a juntar con el grupo a la hora de comer en el Hotel que llevaba el nombre del pueblo. 


Y por la primera rampa desembocamos en un lateral de la plaza del Ayuntamiento. Allí nos encontramos con las primeras trancas de madera. Nos asomamos y lo primero que vimos fue un par de toreros apoyados sobre las maderas, los cuales iban pertrechados de capotes y estoques. Efectivamente, habíamos llegado a un improvisado coso taurino, con arena en el suelo, barreras alrededor del perímetro de la plaza, tendidos improvisados aquí y allá, arrimados a las fachadas de las casas que forman ángulo con el Ayuntamiento, a cuyos balcones se asomaba una gente dispuesta a divertirse. Cerraba el cuadrado un tablado en alto donde la banda del pueblo tocaba pasodobles sin parar, mientras en el cielo azul estallaban los cohetes entre estruendosos estampidos y navegaba por el aire el típico olor a pólvora de los festejos. Hablamos con un hombre de la barrera sobre cómo acceder a uno de los graderíos, cuando en un ángulo de la plaza aparecieron dos cabestros y detrás de ellos hasta tres vaquillas para ser toreadas. El hombre de la barrera nos dijo que la manera más “fácil” de acercarnos al tendido del Ayuntamiento era entrar en el coso entre los barrotes de madera y trepar por ellos hasta alcanzar el hueco deseado, entre gente que sacaba fotos, fumaba sin parar y voceaba a los toreadores del ruedo. Y de repente Ortega, tras pedirme que lo esperara allí un momento, saltó al ruedo, pidió una muleta y un estoque a uno de los toreros y se puso a torear con otros una vaquilla que daba brincos sin parar. El espectáculo duró poco porque el encargado de la fiesta mandó recoger a las vaquillas en el chiquero improvisado en uno de los ángulos de la plaza mientras la banda anunciaba el final de la fiesta 
mediante un putpurri de conocidas canciones. Ortega me hizo una señal desde el ruedo y yo bajé a reunirme con él. Luego dimos una vuelta al pueblo, cuando ya la tranquilidad había vuelto a las calles de Albarracín.


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