Febrero ya está aquí y es bueno el momento para recordar y homenajear a Ramón J. Sender, ya que el 3 de febrero de 1901, (hace 125 años), nacía el escritor aragonés en Chalamera (Huesca) en el seno de una familia de clase media (su madre era maestra y su padre secretario de ayuntamiento). Y murió en San Diego (California) en enero de 1982. Su infancia la pasó en su pueblo natal y en otros como Alcolea del Cinca y Tauste, donde su padre ejercía su oficio.
Comenzó a estudiar el bachillerato como alumno libre (su profesor particular fue el capellán del convento de Santa Clara de Tauste) y se examinó en un Instituto de Zaragoza. Más tarde la familia se trasladó a la última ciudad mencionada y allí cursó quinto y sexto de bachiller, pero al estallar los desórdenes estudiantiles algunos estudiosos dicen que le echaron injustamente las culpas a Sender y le suspendieron todas las asignaturas; acabó los estudios en Alcañiz (Teruel), donde trabajó en una farmacia para mantenerse, ya que, como se veía venir, se había enemistado finalmente con su padre (así lo cuenta en su libro de memorias Crónica del alba).
Al acabar el bachillerato se trasladó a Madrid y, como sólo tenía 17 años y vacío el bolsillo, dormía en el Retiro y se aseaba en el Ateneo, adonde iba a leer y escribir todos los días (colaboraba en varios periódicos con artículos y cuentos, uno de ellos, Las brujas del compromiso), volvió a trabajar en una botica y, aunque también se matriculó en Filosofía y Letras, no cumplió con la disciplina adecuada y dejó los estudios oficiales sin dejar por ello de formarse leyendo en las bibliotecas y comprando libros cuando podía; paralelamente, continuó su vocación literaria y también la política por medio de actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas.
Pero ahora aquí me importa más hablar de su obra literaria, aun reconociendo que tanto ésta como su vida personal y familiar siempre se vieron ligadas a su ideología política y gravemente afectada por ella (recordemos que él mismo sufrió encierro en un campo de concentración y posteriormente exilio en América, y que su primera esposa Amparo Barayón fue fusilada en Zamora y sus hijos quedaron desamparados durante un tiempo, hasta que él los recuperó en Bayona por medio de la Cruz Roja Internacional).
Tres de sus obras más importantes son: Míster Witt en el cantón (1935), sobre el movimiento cantonalista de Cartagena acaudillado por Roque Barcia, novela por la que recibió el Premio Nacional de Literatura. Réquiem por un campesino español (impreso antes en México como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo anterior en 1960), novela corta pero muy intensa, sobre la que comentó el propio Sender: “resume toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo".
Réquiem por un campesino español narra los sucesos más importantes de la vida de Paco el del Molino, así como la intriga, la venganza, el miedo y la ira a la que se ve sometido. Y las tres últimas novelas de su enealogía Crónica del alba (1942-1966), una obra autobiográfica y de aprendizaje que cuenta la infancia, adolescencia y compromiso político de un joven llamado José Garcés (recuérdese que Garcés es el segundo apellido de Ramón J. Sender), aunque la mejor novela sin duda es la primera de esas tres, cuyo título es precisamente Crónica del alba.
A continuación incluyo un fragmento de Réquiem por un campesino español (para muchos una de las mejores producciones literarias de Sender), cuya lectura puede ayudar a conocer un poco mejor el carácter y el compromiso moral de los dos protagonistas de la novela: Paco el del Molino y mosén Millán. Y también el ambiente precario, social y humano del pueblo donde ambos se han visto obligados a vivir.
“Paco iba entonces a la casa del cura en grupo con otros chicos, que se preparaban también para la primera comunión. El cura los instruía y les aconsejaba que en aquellos días no hicieran diabluras. No debían pelear ni ir al lavadero público, donde las mujeres hablaban demasiado libremente. Los chicos sentían desde entonces una curiosidad más viva, y si pasaban cerca del lavadero aguzaban el oído. Hablando los chicos entre sí de la comunión, inventaban peligros extraños y decían que al comulgar era necesario abrir mucho la boca, porque si la hostia tocaba en los dientes, el comulgante caía muerto, y se iba derecho al infierno.
Un día, mosén Millán pidió al monaguillo que le acompañara a llevar la extremaunción a un enfermo grave. Fueron a las afueras del pueblo, donde ya no había casas, y la gente vivía en unas cuevas abiertas en la roca. Se entraba en ellas por un agujero rectangular que tenía alrededor una cenefa encalada. Paco llevaba colgada del hombro una bolsa de terciopelo donde el cura había puesto los objetos litúrgicos. Entraron bajando la cabeza y pisando con cuidado. Había dentro dos cuartos con el suelo de losas de piedra mal ajustadas. Estaba ya oscureciendo, y en el cuarto primero no había luz. En el segundo se veía sólo una lamparilla de aceite. Una anciana, vestida de harapos, los recibió con un cabo de vela encendido. El techo de roca era muy bajo, y aunque se podía estar de pie, el sacerdote bajaba la cabeza por precaución. No había otra ventilación que la de la puerta exterior. La anciana tenía los ojos secos y una expresión de fatiga y de espanto frío. En un rincón había un camastro de tablas, y en él estaba el enfermo. El cura no dijo nada, la mujer tampoco. Sólo se oía un ronquido regular, bronco y persistente, que salía del pecho del enfermo. Paco abrió la bolsa, y el sacerdote, después de ponerse la estola, fue sacando trocitos de estopa y una pequeña vasija con aceite, y comenzó a rezar en latín. La anciana escuchaba con la vista en el suelo y el cabo de vela en la mano. La silueta del enfermo -que tenía el pecho muy levantado y la cabeza muy baja- se proyectaba en el muro, y el más pequeño movimiento del cirio hacía moverse la sombra.”






